Tuesday, May 8, 2007

  Ha dicho todo eso rápido, con furia sorda, y ninguna de sus parientes le pregunta nada.  El silencio en el pequeño comedor parece el que antecede a los truenos, en las ruidosas tormentas del verano.  Lejos, hiere la noche una sirena.  Sansón se pasea nervioso por su barrita de madera, encrespando las plumas.

 

  –Me parecía un viejo, me daba risa su manera de hablar tan machucada, su cicatriz en el cuello me dio miedo -Urania se retuerce las manos-.  Qué me iba a hacer a mí un piropo, en esos momentos.  Pero, después, me acordé mucho de esas flores que me echó.

 

  Vuelve a callar, exhausta.  Lucinda hace un comentario -«¿Tú tenías catorce años, no?»- que a Urania le parece estúpido.  Lucinda sabe muy bien que son del mismo año.  Catorce, qué edad mentirosa.  Habían dejado de ser niñas pero no eran todavía señoritas.

 

  –Tres o cuatro meses antes, me vino la regla por primera vez -susurra-.  Se me adelantó, parece.

 

  –Se me acaba de ocurrir, se me ocurrió al entrar -dice el embajador, estirando la mano y sirviéndose otro whisky; atiende, también, al dueño de casa-.  Siempre he sido así: primero el jefe, después yo.  Te quedaste demudado, Agustín. ¿Me equivoco? No dije nada, olvídate.  Yo, ya me olvidé. ¡Salud, Cerebrito!

 

  El senador Cabral bebe un largo trago.  El whisky le rasca la garganta y enrojece sus ojos. ¿Cantaba un gallo a estas horas?

 

  –Es que, es que… -repite, sin saber qué añadir.

 

  –Olvidémoslo.  Espero que no lo hayas tomado mal, Cerebrito. ¡Olvídate! ¡Olvidémoslo!

 

  Manuel Alfonso se ha puesto de pie.  Pasea entre los muebles anodinos de la salita, arreglada y aseada pero sin aquel toque femenino que da una eficiente ama de casa.  El senador Cabral piensa -¿cuántas veces lo ha pensado en estos años?- que hizo mal permaneciendo solo, luego de la muerte de su esposa.  Debió casarse, tener otros hijos, acaso no le hubiera ocurrido esta desgracia. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por Uranita, como decía a todo el mundo? No. Para dedicar más tiempo al jefe, consagrarle días y noches, demostrarle que nada ni nadie era más importante en la vida de Agustín Cabral.

 

  –No lo tomé mal -hace un enorme esfuerzo para parecer sereno-.  Es que estoy desconcertado.  Algo que no esperaba, Manuel.

 

  –La crees una niña, no te diste cuenta que se volvió una mujercita -Manuel Alfonso hace tintinear los cubitos de hielo de su vaso-.  Una linda muchacha.  Estarás orgulloso de tener una hija así.

 

  –Por supuesto -y añade, torpe-: Ha sido siempre la primera de su clase.

 

  –¿Sabes una cosa, Cerebrito? Yo no hubiera vacilado ni un segundo.  No para reconquistar su confianza, no Para mostrarle que soy capaz de cualquier sacrificio por él.  Simplemente, porque nada me daría más satisfacción, más felicidad, que el Jefe hiciera gozar a una hija mía y gozara con ella.  No exagero, Agustín.  Trujillo es una de esas anomalías en la historia.  Carlomagno, Napoleón, Bolívar: de esa estirpe.  Fuerzas de la Naturaleza, instrumentos de Dios, hacedores de pueblos. Él es uno de ellos, Cerebrito.  Hemos tenido el privilegio de estar a su lado, de verlo actuar, de colaborar con él.  Eso no tiene precio.

 

  Apuró su vaso y Agustín Cabral se llevó el suyo a la boca, pero apenas se mojó los labios.  Aunque se le había quitado el mareo, ahora tenía revuelto el estómago.  En cualquier momento comenzaría a vomitar.

 

  –Es todavía una niña -balbuceó.

 

  –¡Mejor, entonces! -exclamó el embajador-.  El jefe apreciará más el gesto.  Comprenderá que se equivocó, que te juzgó de manera precipitada, dejándose guiar por susceptibilidades o dando oídas a tus enemigos.  No pienses sólo en ti, Agustín. No seas egoísta.  Piensa en tu muchachita. ¿Qué será de ella si pierdes todo y terminas en la cárcel acusado de malos manejos y defraudación?

 

   –¿Crees que no he pensado en eso, Manuel?

 

  El embajador alzó los hombros.

 

  –Se me acaba de ocurrir al ver lo linda que se ha puesto -repitió-.  El jefe aprecia la belleza.  Si le digo: «Cerebrito quiere ofrecerle, en prueba de cariño y de lealtad, a su linda hija, que es todavía señorita», no la rechaza.  Yo lo conozco.  Él es un caballero, con un tremendo sentido del honor.  Se sentirá tocado en el corazón.  Te llamará.  Te devolverá lo que te han quitado.  Uranita tendrá su porvenir seguro.  Piensa en ella, Agustín, y sacúdete los prejuicios anticuados.  No seas egoísta.

 

  Cogió de nuevo la botella y sirvió unos chorritos de whisky en su vaso y en el de Cabral.  Echó con su mano los cubitos de hielo en ambos vasos.

 

  –Se meacaba de ocurrir, al ver lo bella que se ha puesto –salmodió, por cuarta o quinta vez. ¿Le molestaba, lo enloquecía la garganta? Movía la cabeza y se acariciaba la cicatriz con la yema de los dedos-. Si te molestó, no dije nada.

 

  –Dijiste vil y malvado -estalla de pronto la tía Adelina-.  Eso dijiste de tu padre muerto en vida, esperando el final.  De mi hermano, del ser que yo más he querido y respetado.  No vas a salir de esta casa sin explicarme el porqué de esos insultos, Urania.

 

  –Dije vil y malvado porque no hay palabras más fuertes -explica Urania, despacito-.  Si las hubiera, las habría dicho.  Tuvo sus razones, seguramente.  Sus atenuantes, sus motivos.  Pero yo no lo he perdonado ni lo perdonaré.

 

  –¿Por qué lo ayudas, si lo odias tanto? -la anciana vibra de indignación; está muy pálida, como si fuera a desmayarse-. ¿Por qué la enfermera, la comida? Déjalo morirse, entonces.

 

  –Prefiero que viva así, muerto en vida, sufriendo -habla muy serena, con los ojos bajos-.  Por eso lo ayudo, tía.

 

  –Pero, pero ¿qué te hizo para que lo odies así, para que digas algo tan monstruoso? -Lucindita alza los brazos, sin dar crédito a lo que acaba de oír-. ¡Dios bendito!

 

  –Te sorprender’á lo que voy a decirte, Cerebrito -exclama Manuel Alfonso, con dramatismo-.  Cuando veo una belleza, una real hembra, una de esas que te viran la cabeza, yo no pienso en mí.  Sino en el Jefe.  SI, en él. ¿Le gustaría apretarla en sus brazos, amarla? Esto no se lo he contado a nadie.  Ni al Jefe.  Pero, él lo sabe.  Que, para mí, ha sido siempre el primero, incluso en eso.  Y conste que a mí me gustan mucho las mujeres, Agustín.  No creas que me he sacrificado cediéndole hembras bellísimas por adulación, para obtener favores, negocios.  Eso creen los ruines, los puercos. ¿Sabes por qué? Por cariño, por compasión, por piedad.  Tú lo puedes comprender, Cerebrito.  Tú y yo sabemos lo que ha sido su vida.  Trabajar desde el alba hasta la medianoche, siete días por semana, doce meses al año.  Sin descansar jamás. Ocupándose de lo importante y de lo mínimo.  Tomando cada momento decisiones de las que dependen la vida y la muerte de tres millones de dominicanos.  Para meternos en el siglo XX. Teniendo que cuidarse de los resentidos, de los mediocres, de la ingratitud de tanto pobre diablo. ¿No merece, un hombre así, distraerse de cuando en cuando? ¿Gozar unos minutos con una hembra? Una de las pocas compensaciones en su vida, Agustín.  Por eso, me siento orgulloso de ser lo que dicen tantas víboras: el celestina del Jefe. ¡A mucha honra, Cerebrito!

 

  Se llevó el vaso sin whisky a los labios y se metió a la boca un cubito de hielo.  Permaneció buen rato en silencio chupando, concentrado, extenuado por el soliloquio.  Cabral lo observaba, callado también, acariciando su vaso lleno de whisky.

 

  –Se terminó la botella y no tengo otra -se excusó. Tómate el mío, yo no puedo beber más.

 

  Asintiendo, el embajador le estiró el vaso vacío y el senador Cabral le echó los restos del suyo.

 

  –Me emociona lo que dices, Manuel –murmuró-. Pero, no me sorprende.  Lo que tú sientes por él, esa admiración,- esa gratitud, es lo que he sentido siempre por el Jefe.  Por eso me duele tanto esta situación.

 

  El embajador le puso la mano en el hombro.

 

  –Se arreglará, Cerebrito.  Hablaré con él.  Yo sé cómo decirle las cosas.  Le explicaré.  No le diré que es idea mía, sino tuya.  Una iniciativa de Agustín Cabral.  Un leal a toda prueba, incluso desde la desgracia, desde la humillación.  Tú ya conoces al jefe.  Le gustan los gestos.  Puede tener sus años, su salud resentida.  Pero, nunca rechazó los desafíos del amor.  Lo organizaré todo, con la más absoluta discreción.  No te preocupes.  Recuperarás tu posición, los que te dieron la espalda harán cola en esta puerta muy pronto. Ahora, tengo que irme.  Gracias por los whiskys.  En mi casa, no me dejan probar una gota de alcohol.  Qué bueno ha sido sentir en mi pobre garganta ese cosquilleo un poco ardiente, un poco amargo.  Adiós, Cerebrito.  No te angusties más. Déjame a mí.  Tú, más bien, prepara a Uranita.  Sin entrar en detalles.  No hace falta.  Se encargará el Jefe.  No puedes imaginar la delicadeza, la ternura, el don de gentes, con que actúa en estos casos.  La hará feliz, la recompensará, tendrá un futuro asegurado.  Siempre lo hizo.  Más todavía con una criatura tan dulce y tan bella.

 

  Fue tambaleándose hasta la puerta, y abandonó la casa dando un ligero portazo.  Desde el sofá de la sala, donde seguía con     el vaso vacío en las manos, Agustín Cabral sintió el motor del auto, partiendo.  Sentía lasitud, una abulia inconmensurable. jamás tendría fuerzas para ponerse de pie, subir los escalones, desnudarse, ir al baño, lavarse los dientes, acostarse, apagar la luz.

 

  –¿Estás tratando de decir que Manuel Alfonso propuso a tu padre que, que…? -la tía Adelina no puede terminar, la cólera la ahoga, no encuentra las palabras que rebajen, hagan presentable lo que quiere decir.  Para terminar de algún modo, amenaza con su puño al loro Sansón, que ni siquiera ha abierto el pico-: ¡Quieto, animal de porquería!

 

  –No trato.  Te cuento lo que pasó -dice Urania-. Si no quieres oírlo, me callo y me voy.

 

  La tía Adelina abre la boca, pero no logra decir nada.

 

  Por lo demás, Urania tampoco conocía los pormenores de la conversación entre Manuel Alfonso y su papá aquella noche en que, por primera vez en su vida, el senador no subió a acostarse.  Se quedó dormido en la sala, vestido, un vaso y una botella de whisky vacíos a sus pies.  El espectáculo que encontró a la mañana siguiente, al bajar a tomar desayuno para ir al colegio, la sobrecogió.  Su papá no era un borracho, al contrario, siempre criticaba a borrachos y juerguistas.  Se había emborrachado por desesperación, por estar acosado, perseguido, investigado, destituido, con sus cuentas congeladas, por algo que no había hecho.  Sollozó, abrazada a su papá, tumbado en el sillón de la sala.  Cuando éste abrió los ojos y la vio junto a él, llorando, la besó muchas veces: «No llores, corazón.  Saldremos de ésta, verás, no nos dejaremos derrotar».  Se incorporó, arregló sus ropas, acompañó a su hija a tomar desayuno.  Mientras le acariciaba los cabellos y le decía que no contara nada en el colegio, la observaba de una manera rara.

 

  –Debía dudar, retorcerse -imagina Urania-. Pensaría en exiliarse.  Pero, jamás hubiera podido entrar a una embajada.  Ya no había legaciones latinoamericanas, desde las sanciones.  Y los caliés daban vueltas, haciendo guardia a la puerta de las que quedaban.  Pasaría un día horrible, peleando contra sus escrúpulos.  Esa tarde, cuando regresé del colegio, ya había dado el paso.

 

  La tía Adelina no protesta.  Sólo la mira, desde el fondo de sus cuencas hundidas, con reproche mezclado de espanto, y una incredulidad que, pese a sus esfuerzos, se va apagando.  Manolita se enrula y desenrula una mecha de cabello.  Lucinda y Marianita se han vuelto estatuas.

 

  Estaba bañado y vestido con la corrección de costumbre; no quedaba en él rastro de la mala noche.  Pero no había probado bocado, y las dudas y la amargura se reflejaban en su palidez cadavérica, en sus ojeras y el brillo asustadizo de su mirada.

 

  –Te sientes mal, papi? ¿Por qué estás tan pálido?

 

  –Tenemos que hablar, Uranita.  Ven, subamos a tu cuarto.  No quiero que el servicio nos escuche.

 

  «Lo van a meter preso», pensó la niña. «Va a decirme que tengo que ir a vivir donde el tío Aníbal y la tía Adelina.» Entraron al cuarto, Urania echó al voleo los libros sobre su mesita de trabajo y se sentó a la orilla de la cama (con cubrecamas azul y los animalitos de Walt Disney»), su padre fue a acodarse en la ventana.

 

  –Tú eres lo que más quiero en el mundo -le sonrió-. Lo mejor que tengo. Desde que murió tu mamá, lo único que me queda en esta vida. ¿Te das cuenta, hijita?

 

  –Claro, papi -repuso ella-. ¿Qué otra cosa terrible ha pasado? ¿Te van a meter preso?

 

  –No, no -negó él con la cabeza-. Más bien, hay una posibilidad de que todo se arregle.

 

  Hizo una pausa, incapaz de continuar. Le temblaban labios y manos. Ella lo miraba sorprendida. Pero, entonces, ésa era una gran noticia. ¿Una posibilidad de que dejaran de atacarlo radios y periódicos? ¿De que volviera a ser presidente del Senado? Si era así, por qué esa cara, papi, por qué tan abatido, tan triste.

 

  –Porque me piden un sacrificio, hijita -murmuró-. Quiero que sepas una cosa. Yo no haría nunca nada, nada, entiéndelo bien, mételo en la cabecita, que no fuera por tu bien. júrame que nunca olvidarás lo que te estoy diciendo.

 

  Uranita comienza a irritarse. ¿De qué hablaba? ¿Por qué no se lo decía de una vez?

 

  –Por supuesto, papi -dice al fin, con gesto de cansancio-. Pero qué ha pasado, por qué tantas vueltas.

 

  Su padre se dejó caer a su lado en la cama, la tomó de los hombros, la recostó contra él, la besó en los cabellos.

 

  –Hay una fiesta y el Generalísimo te ha invitado -mantenía los labios apretados contra la frente de la niña-. En la casa que tiene en San Cristóbal, en la Hacienda Fundación.

 

  Urania se desprendió de sus brazos.

 

  –¿Una fiesta? ¿Y Trujillo nos invita? quiere decir que todo se arregló. ¿Verdad?

 

  El senador Cabral encogió los hombros.

 

  -‑No sé, Uranita. El jefe es impredecible. De intenciones no siempre fáciles de adivinar. No nos ha invitado a los dos. Sólo a ti.

 

  –¿A mí?

 

  -‑Te llevará Manuel Alfonso. Él te traerá, también. No sé por qué te invita a ti y a mí no. Es seguramente un primer gesto, una manera de hacerme saber que no todo está perdido. Eso, al menos, deduce Manuel.

 

  -‑Qué mal se sentía ‑dice Urania, advirtiendo que la tía Adelina, cabizbaja, ya no la riñe con esa mirada en que se ha eclipsado la seguridad‑. Se enredaba, se contradecía. Temblaba de que yo no le creyera sus mentiras.

 

  -‑Manuel Alfonso pudo engañarlo también… ‑comienza a decir la tía Adelina, pero la frase se le corta. Hace un gesto de contrición, disculpándose con las manos y la cabeza.

 

  -‑Si no quieres ir, no irás, Uranita ‑Agustín Cabral se restriega las manos, como si, en ese atardecer caluroso que se está volviendo noche, él tuviera frío‑. Llamo ahora mismo a Manuel Alfonso y le digo que te sientes mal, que te disculpe con el Jefe. No tienes ninguna obligación, hijita.

 

  No sabe qué contestar. ¿Por qué tenía que tomar ella semejante decisión?

 

  -‑No sé, papi ‑duda, confusa‑. Me parece rarísimo. ¿Por qué me invita a mí sola? ¿Qué voy a hacer ahí, en una fiesta de viejos? ¿O están invitadas otras muchachas de mi edad?

 

  La pequeña nuez sube y baja por la garganta delgadita del senador Cabral. Sus ojos esquivan los de Urania.

 

  -‑Cuando te ha invitado a ti, habrá también otras jóvenes ‑balbucea‑. Será que ya no te considera niña, sino señorita.

 

  -‑Pero si a mí ni me conoce, sólo me ha visto  de lejos, entre montones de gente. Qué va a acordarse, papi.

 

  –Le habrán hablado de ti, Uranita -se escabulle su padre‑. Te repito, no tienes obligación ninguna. Si quieres, llamo a Manuel Alfonso a decirle que te sientes mal.

 

  -‑Bueno, no sé, papi. Si quieres voy, y si no, no. Lo que YO quiero es ayudarte. ¿No se enojará si lo desairo?

 

  -‑¿No te dabas cuenta de nada? ‑se atreve a preguntarle Manolita.

 

  De nada, Urania. Eras aún una niña, cuando ser niña quería decir todavía ser totalmente inocente para ciertas cosas relacionadas con el deseo, los instintos y el poder, y con los infinitos excesos y bestialidades que esas cosas mezcladas podían significar en un país modelado por Trujillo. A ella, que era despierta, todo le parecía precipitado, desde luego. ¿Dónde se había visto una invitación a una fiesta hecha el mismo día, sin dar tiempo a la invitada a prepararse? Pero, era una niña normal y sana ‑el último día que lo serías, Urania‑, novelera, y, de pronto, esa fiesta, en San Cristóbal, en la famosa hacienda del Generalísimo, de donde salían los caballos y las vacas que ganaban todos los concursos, no podía no excitarla, llenarla de curiosidad, pensando en lo que contaría a sus amigas del Santo Domingo, la envidia que haría Sentir a esas compañeras que, estos días, la habían hecho pasar tan malos ratos hablándole de las barbaridades que decían contra el senador Agustin Cabral en periódicos Y radios. ¿Por qué habría tenido recelo de algo que tenía el visto bueno de su padre? Más bien, la ilusionaba que, como dijo el senador, aquella invitación fuera el primer síntoma de un desagravio, un gesto para hacer saber a su padre que el calvario había terminado.

 

  No sospechó nada. Como la mujercita en ciernes que era, se preocupó de cosas más livianas, ¿qué se pondría, pa­pi?, ¿qué zapatos?, lástima que fuera tan tarde, hubieran podido llamar a la peluquera que la peinó y maquilló el mes pasado, cuando fue damita de la Reina del Santo Domingo.

 

  Fue su única preocupación, a partir del momento en que, para no ofender al Jefe, su padre y ella decidieron que iría a la fiesta.  Don Manuel Alfonso vendría a recogerla a las ocho de la noche.  No le quedaba tiempo para las tareas del colegio.

 

  –¿Hasta qué hora le has dicho al señor Alfonso que puedo quedarme?

 

  –Bueno, hasta que empiece a despedirse la gente -dice el senador Cabral, estrujándose las manos-.  Si quieres salir antes, porque te sientes cansada o lo que sea, se lo dices y Manuel Alfonso te trae de vuelta de inmediato.

 

 

 

XVII

 

 

 

Cuando el doctor Vélez Santana y Bienvenido García, el yerno del general Juan Tomás Díaz, se llevaron en la camioneta a Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional, el trío inseparable -Amadito, Antonio Imbert y el Turco Estrella Sadhalá- se decidió: no tenía sentido seguir esperando allí que el general Díaz, Luis Amiama y Antonio de la Maza encontraran al general José René Román.  Mejor, buscar un médico que les curara las heridas, cambiarse las ropas manchadas y buscar un refugio, hasta que las cosas se aclararan. ¿A qué médico de confianza podían recurrir, a estas horas? Era cerca de medianoche’

 

  –Mi primo Manuel -dijo Imbert-.  Manuel Durán Barreras.  Vive cerca de aquí y tiene el consultorio junto a su casa.  Es de confianza.

 

  Tony tenía el gesto sombrío, lo que sorprendía a Amadito.  En el auto en el que Salvador los llevaba a casa del doctor Durán Barreras -la ciudad estaba en silencio y las calles sin tráfico, aún no había trascendido la noticia- le preguntó:

 

  –¿Por qué esa cara de entierro?

 

  –Esta vaina se fue al carajo -respondió Imbert, sordamente.

 

  El Turco y el teniente lo miraron.

 

  –¿Les parece normal que Pupo Román no aparezca? -añadió, entre dientes-.  Sólo hay dos explicaciones.  Lo han descubierto y está preso, o se asustó.  En cualquier Caso, nos jodimos.

 

  –¡Pero hemos matado a Trujillo, Tony! -lo animó Amadito-. Nadie lo va a resucitar.

 

  –No creas que me arrepiento -dijo Imbert-.  La verdad, nunca me hice ilusiones sobre el golpe de Estado, la junta cívico-militar, esos sueños de Antonio de la Maza.  Yo nos vi siempre como un comando suicida.

 

  –Haberlo dicho antes, mi hermano -bromeó Amadito-.  Para escribir mi testamento.

 

  El Turco los dejó donde el doctor Durán Barreras y se fue a su casa; como los caliés descubrirían pronto su carro abandonado en la carretera, quería alertar a su mujer y a sus hijos, y sacar alguna ropa y dinero.  El doctor Durán Barreras estaba acostado.  Salió en bata, desperezándose.  Se le descolgó la mandíbula cuando Imbert le explicó por qué estaban embarcados y ensangrentados y qué esperaban de él. Durante muchos segundos los miró atónito, con su gran cara huesosa, de barba crecida, deformada por la perplejidad.  Amadito podía ver la manzana de Adán subiendo y bajando por la garganta del médico.  De rato en rato se frotaba los ojos como temiendo ver fantasmas.  Por fin, reaccionó:

 

  –Lo primero es curarlos.  Vamos al consultorio.

 

  El que estaba peor era Amadito.  Una bala le había perforado el tobillo; se veían los orificios de entrada y salida del proyectil, con pedazos astillados de hueso asomando por la herida.  La hinchazón le deformaba el pie y parte del tobillo.

 

  –No sé cómo puedes estar de pie con un destrozo así -comentó el doctor, mientras le desinfectaba la herida.

 

  –Sólo ahora me doy cuenta que me duele -repuso el teniente.

 

  Con la euforia de lo sucedido, apenas había prestado atención a su pie.  Pero, ahora, el dolor estaba allí acompañado de un cosquilleo ardiente que subía hasta la rodilla. El médico lo vendó, le puso una inyección y le dio un frasquito con pastillas, para tomar cada cuatro horas.

 

  –Tienes donde ir? -le preguntó Imbert, mientras lo curaban.

 

  Amadito pensó inmediatamente en su tía Meca.  Era una de sus once tías abuelas, la que más lo había mimado desde niño.  La viejecita vivía sola, en una casa de madera llena de  macetas de flores, en la avenida San Martín, no lejos del parque Independencia.

 

  –Donde primero nos buscarán será en casa de los parientes -le advirtió Tony-.  Algún amigo de confianza, más bien.

 

  –Todos mis amigos son militares, mi hermano.  Trujillistas acérrimos.

 

  Veía a Imbert tan preocupado y pesimista que no acababa de entender.  Pupo Román aparecería y pondría el Plan en marcha, era seguro.  Y, en todo caso, con la muerte de Trujillo, el régimen se desharía como castillo de naipes.

 

  –Creo que puedo ayudarte, muchacho -intervino el doctor Durán Barreras-.  El mecánico que me repara la camioneta tiene una finquita y quiere alquilarla. Por el ensanche Ozama. ¿Le hablo?

 

  Lo hizo y resultó sorprendentemente fácil.  El mecánico se llamaba Antonio Sánchez (Toño) y, pese a la hora, vino a la casa apenas el doctor lo llamó.  Le contaron la verdad. «¡Carajo, esta noche me emborracho!», exclamó.  Era un honor prestarles su finquita.  El teniente estaría a salvo, no había vecinos cerca. Él mismo lo llevaría en su jeep,  y se encargaría de que no le faltara comida. 
-¿Cómo te puedo pagar todo esto,            matasanos?  -preguntó Amadito a Durán Barreras.

 

  –Cuidándote, muchacho -le dio la mano el médico, mirándolo con compasión-. No quisiera estar en tu pellejo si te agarran.

 

  –Eso no ocurrirá, matasanos.

 

  Se había quedado sin balas, pero Imbert tenía una buena provisión y le regaló un puñado de municiones.  El teniente cargó su pistola 45 y, a modo de despedida, afirmó:

 

  –Así me siento más seguro.

 

  –Espero verte pronto, Amadito -lo abrazó  Tony-.  Tu amistad es una de las buenas cosas que me han pasado.

 

  Cuando iban rumbo al ensanche Ozama en el jeep de Toño Sánchez, la ciudad había cambiado. Cruzaron un par de «cepillos» con caliés, y, cruzando el Puente Radhamés, vieron llegar un camión con guardias, que saltaban a colocar una barrera.

 

  –Ya saben que el Chivo está muerto -dijo Amadito-.  Me gustaría ver qué cara pusieron, ahora que se quedaron sin su jefe.

 

  –Nadie se lo va a creer hasta que vean y huelan el cadáver -comentó el mecánico-. ¡Qué distinto  va a ser este país sin Trujillo, coñazo!

 

  La finquita era una construcción rústica, en el centro de una propiedad de diez hectáreas, sin cultivar.  La vivienda estaba semivacía: un catre con colchón, unas sillas rotas, y un botellón de agua destilada. «Mañana te traigo algo de comer», le prometió Toño Sánchez. «No te preocupes.  Aquí no vendrá nadie.»

 

  La casa no tenía luz eléctrica.  Amadito se sacó los zapatos y se echó vestido sobre el catre.  El motor del jeep de Toño Sánchez se fue apagando, hasta desaparecer.  Estaba cansado y le dolían el talón y el tobillo, pero sentía una gran serenidad.  Con Trujillo muerto, se le había quitado un gran peso de encima.  La mala conciencia que le roía el alma desde que se vio obligado a matar a ese pobre hombre  -¡el hermano de Luisa Gil, Dios mío!-, ahora, estaba seguro, se iría disipando.  Volvería a ser el de antes, un muchacho que se miraba al espejo sin sentir asco de la cara que veía reflejada.  Ah, coño, si pudiera acabar también con Abbes García y el mayor Roberto Figueroa Carrión, no le importaría nada.  Moriría en paz.  Se acurrucó, cambió varias veces de postura buscando el sueño, pero no lo consiguió.  Oyó en la oscuridad ruiditos, carreritas.  Al amanecer, la excitación y el dolor amainaron y pudo pescar el sueño, unas horas.

 

  Se despertó sobresaltado.  Había tenido una pesadilla, no recordaba sobre qué.

 

  Se pasó todas las horas del nuevo día espiando por las ventanas la aparición del jeep.  No había nada de comer en la casita, pero no tenía hambre.  Los sorbitos de agua destilada que tomaba de rato en rato le distraían el estómago.  Pero lo atormentaban la soledad, el aburrimiento, la falta de noticias. ¡Si por lo menos hubiera una radio! Resistió la tentación de salir andando hasta algún lugar habitado, en busca de un periódico.  Aguanta la impaciencia, muchacho, Toño Sánchez ya vendría.

 

  Vino sólo al tercer día.  Se apareció al mediodía del 2 de junio, precisamente el día en que Amadito, medio muerto de hambre y desesperado por la falta de noticias, cumplía treinta y dos años.  Toño ya no era  el hombre campechano, efusivo y seguro de sí mismo que lo trajo aquí. Estaba pálido, comido por la inquietud, sin afeitar, y tartamudeaba.  Le alcanzó un termo con café caliente y unos sándwiches de longaniza y queso, que Amadito devoró mientras oía las malas nuevas.  Su retrato estaba en todos los periódicos y lo pasaban a cada rato por la televisión, junto con los del general Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza, Estrella Sadhalá, Fifí Pastoriza, Pedro Livio Cedeño, Antonio Imbert, Huáscar Tejeda y Luis Amiama.  Pedro Livio

 

  Cedeño, preso, los había denunciado.  Ofrecían chorros de pesos a quien diera información sobre ellos.  Había una persecución atroz contra todo sospechoso de antitrujillismo. El doctor Durán Barreras había sido detenido la víspera; Toño pensaba que, sometido a torturas, terminaría por delatarlos.  Era peligrosísimo que Amadito continuara aquí.

 

  –No me quedaría aquí aunque fuera un escondite seguro, Toño -le dijo el teniente-.  Que me maten, antes de volver a pasar otros tres días en esta soledad.

 

  –¿Y adónde vas a ir?

 

  Pensó en su primo Máximo Mieses, que tenía una tierrita por la carretera Duarte.  Pero Toño lo desanimó: las carreteras estaban llenas de patrullas y registraban los vehículos.  Jamás llegaría hasta la finca de su primo sin ser reconocido.

 

  –No te das cuenta de la situación -se enfureció Toño Sánchez-.  Hay centenares de detenidos.  Están como locos, buscándolos.

 

  –Que se vayan al carajo -dijo Amadito-.  Que me maten.  El Chivo está tieso y no lo van a resucitar.  Tú no te preocupes, mi hermano.  Has hecho mucho por mí. ¿Puedes sacarme hasta la carretera? Volveré a la capital andando.

 

  –Tengo miedo, pero no tanto como para dejarte tirado, no soy tan hijo de puta -dijo un Toño más calmado. Le dio una palmada-.  Vamos, te llevo.  Si nos pescan, tú me obligaste con tu revólver ¿okey?

 

  Acomodó a Amadito en la parte trasera del jeep, debajo de una lona, encima de la cual puso un rollo de sogas y unas latas de gasolina que zangoloteaban sobre el encogido teniente.  La postura le dio calambres y aumentó el dolor de su pie; en cada bache de la carretera, se golpeaba los hombros, la espalda, la cabeza.  Pero en ningún momento descuidó su pistola 45; la llevaba en la mano derecha, sin seguro.  Pasara lo que pasara, no lo cogerían vivo.  No sentía temor.  La verdad, no abrigaba muchas esperanzas de salir de ésta.  Pero, qué importaba.  No había vuelto a sentir una tranquilidad así desde aquella siniestra noche con Johnny Abbes.

 

  –Estamos llegando al Puente Radhamés -oyó decir, despavorido, a Toño Sánchez-.  No te muevas, no hagas ruido, una patrulla.

 

  El jeep se detuvo.  Oyó voces, pasos, y, luego de una pausa, exclamaciones amistosas: «Pero si eres t’, Toñito». «¿Qué hay, compadre.» Los autorizaron a seguir, sin registrar el vehículo.  Estarían a medio puente, cuando oyó de nuevo a Toño Sánchez:

 

  –El capitán era mi amigo, el flaco Rasputín, ¡qué suerte, coño! Todavía tengo los huevos de corbata, Amadito. ¿Dónde te dejo?

 

  –En la avenida San Martín.

 

  Poco después, el jeep frenó.

 

  –No veo caliés por ninguna parte, aprovecha -le dijo Toño-.  Que Dios te acompañe, muchacho.

 

  El teniente se zafó de la lona y las latas y brincó a la vereda.  Pasaban algunos autos, pero no vio peatones, salvo un hombre con bastón que se alejaba, dándole la espalda.

 

  –Que Dios te lo pague, Toño.

 

  –Que Él te acompañe -repitió Toño Sánchez, arrancando.

 

  La casita de la tía Meca -toda de madera, de una sola planta, con verja y sin jardín pero rodeada de macetas con geranios en las ventanas- estaba a unos veinte metros, que Amadito cruzó a trancos largos, cojeando, sin ocultar el revólver.  Apenas tocó, la puerta se abrió.  La tía Meca no tuvo tiempo de asombrarse, porque el teniente entró de un salto, apartándola y cerrando la puerta tras él.

 

  –No sé qué hacer, dónde esconderme, tía Meca. Será por uno o dos días, hasta que encuentre un lugar seguro.

 

  Su tía lo besaba y abrazaba con el cariño de siempre.

 

  No parecía tan asustada como Amadito temía.

 

  –Te tienen que haber visto, hijito.  Cómo se te ocurre venir en pleno día.  Mis vecinos son furibundos trujillistas.  Estás lleno de sangre. ¿Y esas vendas? ¿Te han herido?

 

  Amadito espiaba la calle a través de los visillos. No habla gente en las veredas.  Puertas y ventanas del otro lado de la calle estaban cerradas.

 

  –Desde que se dio la noticia le he estado rezando a san Pedro Claver por ti, Amadito, él es un santo tan milagroso -su tía Meca le tenía apresada la cara en sus manos-.  Cuando saliste en la televisión y en El Caribe, varias vecinas vinieron a preguntarme, a averiguar.  Ojalá que no te hayan visto.  En qué facha estás, hijito. ¿Quieres algo?

 

  –Sí, tía -se rió él, acariciándole los blancos cabellos-.  Una ducha y algo de comer.  Me muero de hambre.

 

  –¡Si además es tu cumpleaños! -recordó la tía Meca y volvió a abrazarlo.

 

  Era una anciana menuda y enérgica, de expresión firme y ojos profundos y bondadosos.  Hizo que se quitara el pantalón y la camisa, para limpiárselos, y, mientras Amadito se bañaba -fue un placer de los dioses-, le calentó todos los sobrantes de comida en la cocina.  En calzoncillos y camiseta, el teniente encontró en la mesa un banquete: fritos verdes, longaniza frita, arroz y chicharrones de pollo.  Comió con apetito, escuchando las historias de su tía Meca.  El revuelo que causó en la familia saber que era uno de los asesinos de Trujillo.  A casa de tres de sus hermanas se habían presentado los caliés, en la madrugada, preguntando por él.  Aquí no habían venido todavía.

 

  –Si no te importa, quisiera dormir un poco, tía. Hace días que apenas pego los ojos.  De aburrimiento.  Me siento feliz de estar aquí contigo.

 

  Ella lo llevó hasta su dormitorio y lo hizo echarse en su cama, bajo una imagen de san Pedro Claver, su santo favorito.  Cerró los postigos para oscurecer la habitación, dijo que, mientras dormía la siesta, le limpiaría y plancharía el uniforme. «Ya se nos ocurrirá dónde esconderte, Amadito.» Lo besó muchas veces en la frente y la cabeza: «Y yo que te creía tan trujillista, hijo».  Se quedó dormido al instante. soñó que el Turco Sadhalá y Antonio Imbert lo llamaban con insistencia: «¡Amadito, Amadito!».  Querían comunicarle algo importante y él no les entendía los gestos ni las palabras.  Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando sintió que lo remecían.  Ahí estaba la tía Meca, tan blanca y espantada que sintió pena por ella, remordimientos por haberla metido en esta vaina.

 

  –Ahí están, ahí están -se ahogaba, persignándose-.  Diez o doce «cepillos» y montones de caliés, hijito.

 

  Él estaba ahora lúcido y sabía perfectamente qué hacer.  Obligó a la anciana a tumbarse en el suelo, detrás de la cama, contra la pared, a los pies de san Pedro Claver.

 

  –No te muevas, no te levantes por nada del mundo -le ordenó-.  Te quiero mucho, tía Meca.

 

  Tenía la pistola 45 en la mano.  Descalzo, vestido solo con la camiseta y el calzoncillo color caqui del uniforme, se deslizó, pegado a la pared, hasta la puerta principal.  Espió entre los visillos, sin dejarse ver.  Era una tarde de cielo nublado y a lo lejos tocaban un bolero.  Varios Volkswagen negros del SIM cubrían la pista.  Había lo menos una veintena de caliés armados con metralletas y revólveres, rodeando la casa.  Tres individuos estaban frente a la puerta.  Uno de ellos la golpeó con el puño, haciendo remecer sus maderas.  Gritó a voz en cuello:

 

  –¡Sabemos que estás ahí, García Guerrero! ¡Sal con los brazos en alto, si no quieres morir como un perro!

 

  «Como un perro, no», murmuró.  A la vez que abrió la puerta con la mano izquierda, con la derecha disparó.  Alcanzó a vaciar el cargador de su pistola y vio caer, rugiendo, alcanzado en pleno pecho, al que lo conminaba a rendirse.

 

  Pero, aniquilado por innumerables balas de metralleta y revólver, no vio que, además de matar a un calié, había herido a otros dos, antes de morir él mismo.  No vio cómo su cadáver fue sujetado -como sujetaban los cazadores a los venados muertos en las cacerías de la cordillera Central- en el techo de un Volkswagen, y que así, cogidos sus tobillos y muñecas por los hombres de Johnny Abbes que estaban en el interior del «cepillo», fue exhibido a los mirones del parque Independencia, por donde sus victimarios dieron una vuelta triunfal, mientras otros caliés entraban a la casa, encontraban a la tía Meca más muerta que viva donde él la dejó, y se la llevaban a empujones y escupitajos a los locales del SIM, al tiempo que una turba codiciosa comenzaba, ante las miradas burlonas o impávidas de la policía, a saquear la casa, apoderándose de todo lo que no hablan robado antes los caliés, casa a la que, luego de saquear, destrozarían, destablarían, destecharían y por fin quemarían hasta que, al anochecer, no quedara de ella más que cenizas y escombros carbonizados.

 

 

 

XVIII

 

 

 

Cuando uno de los ayudantes militares hizo pasar al despacho a Luis Rodríguez, chofer de Manuel Alfonso, el Generalísimo se levantó para recibirlo, lo que no hacía ni con los más importantes personajes.

 

  –¿Cómo sigue el embajador? -le preguntó, ansioso.

 

  –Regular, Jefe -el chofer puso cara de circunstancias y se tocó la garganta-.  Muchos dolores, otra vez.  Esta mañana me mandó traer al médico, para que le pusiera una inyección.

 

Pobre Manuel.  No era justo, coño.  Que alguien que dedicó su vida a cuidar su cuerpo, a ser bello, elegante, a resistir esa maldita ley de la Naturaleza de que todo debía afearse, fuera castigado así, en lo que más podía humillarlo: esa cara que respiraba vida, apostura, salud.  Mejor se hubiera quedado en la mesa de operaciones.  Cuando lo vio al retornar a Ciudad Trujillo luego de la operación en la Clínica Mayo, al Benefactor se le aguaron los ojos.  En qué ruina estaba convertido.  Y apenas se le entendía, ahora que le habían sacado media lengua.

 

  –Salúdalo de mi parte -el Generalísimo examinó a Luis Rodríguez; traje oscuro, camisa blanca, corbata azul, zapatos lustrados: el negro mejor adornado de la República Dominicana-. ¿Qué noticias?

 

  –Muy buenas, jefe -chisporrotearon los ojazos de Luis Rodríguez-.  Encontré a la muchacha, no hubo problema.  Cuando usted diga.

 

  –¿Seguro que es la misma?

 

  La gran cara morena, con cicatrices y bigote, asintió varias veces.

 

  –Segurísimo.  La que le entregó las flores el lunes, en nombre de la Juventud Sancristobalense.  Yolanda Esterel.  Diecisiete añitos.  Aquí está su foto.

 

  Era una fotografía de carnet escolar, pero Trujillo reconoció los ojitos lánguidos, la boquita de labios gruesos y los cabellos sueltos barriendo sus hombros.  La muchachita había desfilado al frente de las escuelas, llevando una gran fotografía del Generalísimo, ante la tribuna levantada en el parque central de San Cristóbal, y luego subió al estrado a entregarle un ramo de rosas y hortensias envuelto en papel celofán.  Recordó el cuerpecillo lleno, las formas desarrolladas, los pechitos breves, sueltos, insinuados bajo la blusa, la cadera saliente.  Un cosquilleo en los testículos le animó el espíritu.

 

  –Llévala a la Casa de Caoba, a eso de las diez -dijo, reprimiendo ese fantaseo que le hacía perder tiempo-.  Mis cariños a Manuel.  Que se cuide.

 

  –SI, Jefe, de su parte.  La llevaré un poco antes de las diez.

 

  Se marchó haciendo venias.  El Generalísimo llamó, por uno de los seis teléfonos de su escritorio laqueado, al retén de guardia en la Casa de Caoba, para que Benita Sepúlveda tuviera las habitaciones con olor a anís y llenas de flores frescas. (Era una precaución innecesaria, pues la cuidadora, sabiendo que podía aparecer en cualquier momento, siempre tenía la Casa de Caoba brillando, pero él nunca dejaba de prevenirla.) Ordenó a los ayudantes militares que tuvieran dispuesto el Chevrolet y que llamaran a su chofer, edecán y guardaespaldas, Zacarías de la Cruz, pues esta noche, luego del paseo, iría a San Cristóbal.

 

  La perspectiva lo tenía entusiasmado. ¿No sería hija de aquella directora de escuela de San Cristóbal, que, diez años atrás, le recitó una poesía de Salomé Ureña, durante otra visita política a su ciudad natal, excitándole tanto con sus axilas depiladas que exhibía al declamar, que abandonó la recepción oficial en su honor apenas comenzada para llevarse a la sancristobalense a la Casa de Caoba? ¿Terencia Esterel? Asi se llamaba.  Sintió otra vaharada de excitación imaginando que Yolanda era hija o hermanita de aquella maestrilla.  Iba deprisa, cruzando los jardines entre el Palacio Nacional y la Estancia Radhamés, y apenas escuchaba las explicaciones de un ayudante de la escolta: repetidas llamadas del secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, general Román Fernández, poniéndose a sus órdenes, por si Su Excelencia queria verlo antes del paseo.  Ah, se asustó con la llamada de esta mañana.  Se llevaría un susto mayor cuando lo rellenara de coños, mostrándole el charco de aguas mugrientas.

 

  Entró como una tromba a sus habitaciones de la Estancia Radhamés.  Lo esperaba el uniforme verde oliva de diario, dispuesto sobre la cama.  Sinforoso era adivino.  No le había dicho que iría a San Cristóbal, pero el viejo le tenía preparada la ropa con que iba siempre a la Hacienda Fundación. ¿Por qué se ponía este uniforme de diario para la Casa de Caoba? No sabía.  Esa pasión por los ritos, por la repetición de gestos y actos que abrigaba desde joven.  Los signos eran favorables: ni el calzoncillo ni el pantalón tenían manchas de orina.  Se le había disipado la irritación que le causó Balaguer, atreviéndose a objetar el ascenso del teniente Víctor Alicinio Peña Rivera.  Se sentía optimista, rejuvenecido con ese gracioso hormigueo en los testículos y la expectativa de tener en los brazos a la hija o hermana de aquella Terencia de tan buen recuerdo. ¿Seria virgen? Esta vez no tendría la desagradable experiencia que tuvo con el esqueletito.

 

  Lo alegraba pasar la hora siguiente oliendo el aire salobre, recibiendo la brisa marina y viendo reventar las olas contra la Avenida.  La gimnasia lo ayudaría a borrar el mal sabor de buena parte de esta tarde, algo que rara vez le ocurría: nunca fue propenso a depresiones ni pendejadas.

 

  Cuando salía, una sirvienta vino a decirle que doña María quería transmitirle un recado del joven Ramfis, quien había llamado de París. «Más tarde, más tarde, no tengo tiempo.» Una conversación con la vieja pijotera le estropearía el buen humor.

 

  Cruzó de nuevo los jardines de la Estancia Radhamés a paso vivo, impaciente por llegar a la orilla del mar.  Pero, antes, como todos los días, pasó por casa de su madre, en la avenida Máximo Gómez.  En la puerta de la gran residencia color rosado de doña Julia, lo esperaba la veintena de personas que lo acompañaría, privilegiados que, por escoltarlo cada atardecer, eran envidiados y detestados por quienes no habían alcanzado semejante honor.  Entre los oficiales y civiles agolpados en los jardines de la Excelsa Matrona que se abrieron en dos filas para dejarlo pasar, «Buenas tardes, jefe», «Buenas tardes, Excelencia», reconoció a Navajita Espaillat, al general José René Román -¡qué preocupación en los ojos del pobre tonto’-, al coronel Johnny Abbes García, al senador Henry Chirinos, a su yerno el coronel León Estévez, a su amigo comarcano Modesto Díaz, al senador jeremías Quintanilla que acababa de reemplazar a Agustín Cabral como presidente del Senado, al director de El Caribe, don Panchito, y, extraviado entre ellos, al diminuto Presidente Balaguer.  No dio la mano a nadie.  Subió al primer piso, donde doña Julia se sentaba en su mecedora a la hora del crepúsculo.  Ahí estaba la anciana, hundida en su sillón.  Menuda, una enanita, miraba fijamente el fuego de artificio del sol mientras se iba sumergiendo en el horizonte, aureolado por nubes enrojecidas.  Las señoras y sirvientas que rodeaban a su madre se apartaron.  Se inclinó, besó las mejillas apergaminadas de doña Julia y le acarició los cabellos con ternura.

 

  –Te gusta mucho el atardecer ¿verdad, viejita?

 

  Ella asintió, sonriéndole con sus ojitos hundidos pero ágiles, y el pequeño garfio que era su mano le rozó la mejilla. ¿Lo reconocía? Doña Altagracia Julia Molina tenía noventa y seis años y su memoria debía ser un agua jabonosa donde se derretían los recuerdos. Pero, un instinto le diría que, ese hombre que venía puntualmente a visitarla cada tarde, era un ser querido. Siempre fue buenísima esta hija ilegítima de haitianos emigrados a San Cristóbal, cuyos rasgos faciales habían heredado él y sus hermanos, algo que, pese a quererla tanto, nunca dejó de avergonzarlo. Aunque, a veces, cuando en el Hipódromo, el Country Club o Bellas Artes veía a todas las familias aristocráticas dominicanas rindiéndole pleitesías, pensaba con burla: «Lamen el suelo por un descendiente de esclavos». ¿Qué culpa tenía la Excelsa Matrona de que corriera sangre negra por sus venas? Doña Julia sólo había vivido para su marido, ese borrachín buenote y mujeriego, don José Trujillo Valdez, y para sus hijos, olvidándose de ella y poniéndose para todo en el último lugar. Siempre lo maravilló esta mujercita que jamás le pidió dinero, ni ropas, ni viajes, ni bienes. Nada, nunca. Todo se lo dio él a la fuerza. Con su frugalidad congénita, doña Julia seguiría viviendo en la modesta casita de San Cristóbal donde el Generalísimo nació y pasó su infancia, o en uno de esos bohíos de sus ancestros haitianos muertos de hambre. Lo único que le pedía doña Julia en la vida era conmiseración para Petán, Negro, Pipi, Aníbal, esos hermanos lerdos y pícaros, cada vez que cometían fechorías, o para Angelita, Ramfis y Radhamés, que desde niños se escudaban en la abuela para amortiguar la ira del padre. Y, por doña Julia, Trujillo los perdonaba. ¿Se habría enterado que centenares de calles, parques y colegios de la República se llamaban Julia Molina viuda Trujillo? A Pesar de ser adulada y festejada, seguía siendo la discreta, la invisible mujer que Trujillo recordaba de su infancia.

 

  A veces, permanecía un buen rato junto a su madre, refiriéndole los sucesos del día, aun cuando ella no pudiera entenderlo.  Hoy se limitó a decirle unas frases tiernas y volvió a la Máximo Gómez, impaciente por aspirar el aroma del mar.

 

  Apenas salió a la ancha Avenida -el ramillete de civiles y oficiales volvió a abrirse- echó a andar.  Divisaba el Caribe ocho cuadras abajo, encendido por los oros y fuegos del crepúsculo.  Sintió otra oleada de satisfacción.  Caminaba por la derecha, seguido por los cortesanos abiertos en abanico y grupos que ocupaban la pista y la vereda.  A esta hora se interrumpía el tráfico en la Máximo Gómez y la Avenida, aunque, por órdenes suyas, Johnny Abbes había vuelto casi secreta la vigilancia en las calles laterales, pues al Generalísimo acabaron por darle claustrofobia esas esquinas atestadas de guardias y caliés.  Nadie cruzaba la barrera de los ayudantes militares, a un metro del jefe.  Todos esperaban que éste indicara quién podía acercarse.  Después de media cuadra, aspirando el aliento de los jardines, se volvió, buscó la cabeza semicalva de Modesto Díaz y le hizo una seña.  Hubo una pequeña confusión, pues el pulposo senador Chirinos, que iba junto a Modesto Díaz, creyó ser el ungido y se precipitó hacia el Generalísimo.  Fue atajado y devuelto al montón.  A Modesto Díaz, entrado en carnes, estos paseos, al ritmo de Trujillo, le costaban gran esfuerzo.  Sudaba copiosamente.  Tenía el pañuelo en la mano y, de tanto en tanto, se secaba la frente, el cuello y los pómulos hinchados.

 

  –Buenas tardes, jefe.

 

  –Tendrías que ponerte a dieta -le aconsejó Trujillo-.  Apenas cincuenta años y echas los bofes.  Aprende de mí, setenta primaveras y en plena forma.

 

  –Me lo dice a diario mi mujer, Jefe.  Me prepara calditos de pollo y ensaladas.  Pero, para eso no tengo voluntad.  Puedo renunciar a todo, menos a la buena mesa.

 

  Su redonda humanidad apenas lograba mantenerse a su altura.  Modesto tenía de su hermano, el general Juan Tomás Díaz, la misma cara ancha de nariz achatada, gruesos labios y una piel de inconfundibles reminiscencias raciales, pero era más inteligente que él y que la mayor parte de los dominicanos que Trujillo conocía.  Había sido presidente del Partido Dominicano, congresista y ministro; pero el Generalísimo no le permitió que durara demasiado en el gobierno, precisamente porque su claridad mental para exponer, analizar y resolver un problema, le pareció peligrosa, capaz de ensoberbecerlo y llevarlo a la traición.

 

  –¿En qué conspiración anda metido Juan Tomás? -le soltó, volviéndose a mirarlo-.  Estarás al tanto de las andanzas de tu hermano y yerno, supongo’

 

  Modesto sonrió, como festejando una broma:

 

  –¿Juan Tomás? Entre sus fincas y negocios, el whisky y las sesiones de cine en el jardín de su casa, dudo que le quede un rato libre para conspirar.

 

  –Anda conspirando con Henry Dearborn, el diplomático yanqui -afirmó Trujillo, como si no lo hubiera oído-. Que se deje de pendejadas, porque ya lo pasó mal una vez y lo puede pasar peor.

 

  –Mi hermano no es tan tonto para conspirar contra usted, jefe.  Pero, en fin, se lo diré.

 

  Qué agradable: la brisa marina le ventilaba los pulmones, y oía el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas y el muro de cemento de la Avenida.  Modesto Díaz hizo ademán de apartarse, pero el Benefactor lo contuvo:

 

  –Espera, no he terminado. ¿O ya no puedes más?

 

  –Por usted, me arriesgo al infarto.

 

  Trujillo lo premió con una sonrisa.  Siempre sintió simpatía por Modesto, que, además de inteligente, era ponderado, justo, afable, sin dobleces.  Sin embargo, su inteligencia no era controlable y aprovechable, como la de Cerebrito, el Constitucionalista Beodo o Balaguer.  En la de Modesto había un filo indómito y una independencia que podían volverse sediciosos si adquiría demasiado poder. Él y Juan Tomás eran también de San Cristóbal, los había frecuentado desde jóvenes, y, además de darle cargos, había utilizado a Modesto en innumerables ocasiones como consejero.  Lo sometió a pruebas severísimas, de las que salió airoso.  La primera, a fines de los años cuarenta, luego de visitar la Feria Ganadera de toros de raza y vacas lecheras que Modesto Díaz organizó en Villa Mella.  Vaya sorpresa: la finca, no muy grande, era tan aseada, moderna y próspera como la Hacienda Fundación.  Más que los impecables establos y las rozagantes vacas lecheras, hirió su susceptibilidad la satisfacción arrogante con que Modesto les mostraba la granja de crianza a él y los otros invitados.  Al día siguiente, le envió a la Inmundicia Viviente con un cheque de diez mil pesos para formalizar la compraventa.  Sin la menor reticencia por tener que vender esa niña de sus ojos a un precio ridículo (costaba más una sola de sus vacas), Modesto firmó el contrato y envió una nota manuscrita a Trujillo agradeciéndole que «Su Excelencia considere mi pequeña empresa agro-ganadera digna de ser explotada por su experimentada mano».  Después de ponderar si en esas líneas había una ironía punible, el Benefactor decidió que no.  Cinco años más tarde, Modesto Díaz tenía otra extensa y hermosa finca ganadera, en una apartada región de La Estrella. ¿Pensaba que en esas lejanías pasaría desapercibido? Muerto de risa, Trujillo le envió a Cerebrito Cabral con otro cheque de diez mil pesos, diciéndole que tenía tanta confianza en su talento agrícola-ganadero que le compraba la finca a ciegas, sin visitarla.  Modesto firmó el traspaso, se embolsilló la simbólica suma, y agradeció al Generalísimo con otra esquela afectuosa.  Para premiar su docilidad, algún tiempo después Trujillo le regaló la concesión exclusiva para importar lavadoras y batidoras domésticas, con lo que el hermano del general Juan Tomás Díaz se resarció de aquellas pérdidas.

 

  –Este lío, con los curas comemierdas -rezongó Trujillo- ¿Tiene o no tiene arreglo?

 

  –Desde luego que lo tiene, Jefe -Modesto iba con la lengua afuera; además de la frente y el cuello, le sudaba la calva-.  Pero, si me permite, los problemas con la Iglesia no cuentan.  Se arreglarán solos si se soluciona lo principal: los gringos.  De ellos depende todo.

 

  –Entonces, no hay solución.  Kennedy quiere mi cabeza.  Como no tengo intención de dársela, habrá guerra para rato.

 

  –A quien los gringos temen no es a usted, sino a Castro, Jefe.  Sobre todo, después del fracaso de Bahía de Cochinos.  Ahora, más que nunca los espanta que el comunismo pueda propasarse por América Latina.  Es el momento de mostrarles que la mejor defensa contra los rojos en la región es usted, no Betancourt ni Figueres.

 

  –Han tenido tiempo de darse cuenta, Modesto.

 

  –Hay que abrirles los ojos, Jefe.  Los gringos son lerdos a veces.  Atacar a Betancourt, a Figueres, a Muñoz Marín, no es suficiente.  Más efectivo sería ayudar, con discreción, a comunistas venezolanos y costarricenses.  Y a los independentistas puertorriqueños.  Cuando Kennedy vea que las guerrillas empiezan a alborotar esos países, y los compare con la tranquilidad de aquí, entenderá.

 

  –Ya conversaremos -lo cortó el Generalísimo, de manera abrupta.

 

  Oírlo hablar de las cosas de antes, le hizo mal efecto.  Nada de pensamientos sombríos.  Quería conservar la buena disposición con que inició el paseo.  Se impuso pensar en la chiquilla de la pancarta y las flores. «Dios mío, hazme esa gracia.  Necesito tirarme como es debido, esta noche, a Yolanda Esterel.  Para saber que no estoy muerto.  Que no estoy viejo.  Que puedo seguir reemplazándote en la tarea de sacar adelante este endemoniado país de pendejos. No me importan los curas, los gringos, los conspiradores, los exiliados.  Yo me basto para barrer esa mierda.  Pero, para tirarme a esa muchacha, necesito tu ayuda.  No seas mezquino, no seas avaro.  Dámela, dámela.» Suspiró con la desagradable sospecha de que aquel a quien imploraba, si existía, estaría observándolo divertido desde ese fondo azul oscuro en el que asomaban las primeras estrellas.

 

  La caminata por la Máximo Gómez hervía de reminiscencias.  Las casas que iba dejando atrás eran símbolos de personajes y episodios descollantes de sus treinta y un años en el poder.  La de Ramfis, en el solar donde estuvo la de Anselmo Paulino, su brazo derecho por diez años hasta 1955, cuando le confiscó todas sus propiedades, y, después de tenerlo un tiempo en la cárcel, lo despachó a Suiza con un cheque de siete millones de dólares por los servicios prestados.  Frente a la de Angelita y Pechito León Estévez, estuvo, antes, la del general Ludovino Fernández, bestia servicial que tanta sangre derramó por el régimen y a quien se vio obligado a matar porque lo aquejaron veleidades politiqueras.  Contiguos a la Estancia Radhamés, estaban los jardines de la embajada de Estados Unidos, por más de veintiocho años una casa amiga, que se había vuelto nido de víboras.  Ahí estaba el play de béisbol que hizo edificar para que Ramfis y Radhamés se divirtieran jugando a la pelota.  Ahí, como hermanas gemelas, la casa de Balaguer y la nunciatura, otra que se volvió torva, malagradecida y vil.  Más allá, la imponente mansión del general Espaillat, su antiguo jefe de los servicios secretos.  Al frente, bajando, la del general Rodríguez Méndez, amigo de farras de Ramfis.  Luego, las embajadas, ahora desiertas, de Argentina y México, y la casa de su hermano Negro.  Y, por último, la residencia de los Vicini, millonarios cañeros, con su vasta explanada de césped y cuidados arriates de flores, que flanqueaba en este momento.

 

  Apenas cruzó la amplia Avenida para andar por la vereda del Malecón pegada al mar, rumbo al obelisco, sintió las salpicaduras de la espuma.  Se apoyó en el bordillo y, con los ojos cerrados, escuchó los chillidos y el aleteo de las bandadas de gaviotas.  La brisa inundó sus pulmones.  Un baño purificador, que le devolvía la fuerza.  Pero, no debía distraerse; aún tenía trabajo por delante.

 

  –Llame a Johnny Abbes.

 

  Desprendido del racimo de civiles y militares -el Generalísimo caminaba a paso vivo, rumbo a aquella estela de cemento imitada del obelisco de Washington, la inelegante figura blandengue del jefe del SIM vino a colocarse a su lado.  Pese a su obesidad, Johnny Abbes García lo seguía sin apremio.

 

  –Qué pasa con Juan Tomás? -le preguntó, sin mirarlo.

 

  –Nada importante, Excelencia -contestó el jefe del SIM-. Estuvo hoy en su finca de Moca, con Antonio de la Maza.  Trajeron un becerro.  Hubo una pelea doméstica, entre el general y su esposa Chana, porque ella decía que cortar y adobar el becerro da mucho trabajo.

 

  -¿Se han visto Balaguer y Juan Tomás en estos días? -lo calló Trujillo.

 

  Como Abbes García tardaba en responder, se volvió a mirarlo.  El coronel negó con la cabeza.

 

  –No, Excelencia.  Que yo sepa, no se ven hace tiempo, - ¿Por qué me lo pregunta?

 

  –Por nada concreto -encogió los hombros el Generalísimo-. Pero, ahora, en el despacho, al mencionarle la conspiración de Juan Tomás, noté algo raro.  Sentíalgo raro. No sé qué, algo. ¿Nada en sus informes que permita sospechar del Presidente?

 

  –Nada, Excelencia.  Usted sabe que lo tengo bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.  No da un paso, no recibe a nadie, no hace una llamada sin que lo sepamos.

 

  Trujillo asintió.  No había razón para desconfiar del Presidente pelele: el pálpito podía ser errado.  Esa conspiración no parecía seria. ¿Antonio de la Maza, uno de los conspiradores? Otro resentido que se consolaba de su frustración a punta de whisky y comilonas.  Se tragarían un becerro chilindrón no nato, esta noche. ¿Y si irrumpía en la casa de Juan Tomás, en Gazcue? «Buenas noches, caballeros. ¿Les importa compartir conmigo el asado? ¡Huele tan bien! El aroma llegó hasta Palacio y me guió hasta aquí.» ¿Pondrían caras de terror o de alegría? ¿Pensarían que la inesperada visita sellaba su rehabilitación? No, esta noche, a San Cristóbal, a hacer chillar a Yolanda Esterel, para sentirse mañana sano y joven.

 

  –¿Por qué dejó partir a Estados Unidos, hace dos semanas, a la hija de Cabral?

 

  Esta vez sí tomó por sorpresa al coronel Abbes García.  Lo vio pasarse la mano por las infladas mejillas, sin saber qué responder.

 

  –¿A la hija del senador Agustín Cabral? -musitó, ganando tiempo.

 

  –Uranita Cabral, la hija de Cerebrito.  Las monjas del Santo Domingo la han becado en Estados Unidos. ¿Por qué la dejó salir del país sin consultarme?

 

  Le pareció que el coronel se demacraba.  Abría y cerraba la boca, buscando qué decir.

 

  –Lo siento, Excelencia -exclamó, bajando la cabeza-.  Sus instrucciones eran seguir al senador y arrestarlo si trataba de asilarse.  No se me ocurrió que la muchacha, habiendo estado la otra noche en la Casa de Caoba y con un permiso de salida firmado por el Presidente Balaguer… La verdad, ni siquiera se me ocurrió comentárselo, no creí que tuviera importancia.

 

  –Esas cosas deben ocurrírsele -lo amonestó Trujillo-.  Quiero que investigue al personal de mi secretaría.  Alguien me escondió un memorándum de Balaguer sobre el viaje de esa joven.  Quiero saber quién fue y por qué lo hizo.

 

  –De inmediato, Excelencia.  Le ruego que perdone este descuido.  No volverá a ocurrir.

 

  –Así lo espero -lo despidió Trujillo.

 

  El coronel le hizo un saludo militar (daban ganas de reírse) y regresó donde los cortesanos.  Caminó un par de cuadras sin llamar a nadie, reflexionando.  Abbes García había seguido sólo en parte sus instrucciones de retirar a guardias y caliés.  No veía en las esquinas las barreras de alambres y parapetos, ni los pequeños Volkswagen, ni policías uniformados y con metralletas.  Pero, de rato en rato, en las bocacalles de la Avenida, distinguía a lo lejos un «cepillo» negro con cabezas de caliés en las ventanillas, o civiles de semblante rufianesco, apoyados en los faroles, los sobacos abultados por las pistolas.  No se había interrumpido el tráfico por la avenida George Washington.  De camiones y automóviles asomaban gentes que le hacían adiós: «¡Viva el Jefe!».  Sumido en el esfuerzo de la caminata, que había dado a su cuerpo un delicioso calorcillo y cierto cansancio en las piernas, agradecía con la mano.  No había paseantes adultos en la Avenida, sólo niños desarrapados, limpiabotas y vendedores de chocolates y cigarrillos que lo miraban boquiabiertos.  Al paso, les hacía un cariño o les arrojaba unas monedas (llevaba siempre mucho menudo en los bolsillos).  Poco después, llamó a la Inmundicia Viviente.

 

  El senador Chirinos se acercó acezando como un perro cazador.  Sudaba más que Modesto Díaz.  Se sintió alentado, El Constitucionalista Beodo era más joven que él y una Pequeña caminata lo dejaba en ruinas.  En vez de responder a sus «Buenas tardes, Jefe», le preguntó:

 

  –¿Llamaste a Ramfis? ¿Dio explicaciones al Lloyd’s de Londres?

 

  –Hablé con él dos veces -el senador Chirinos arrastraba mucho los pies, y las suelas y punteras de sus zapatos deformados iban chocando contra las baldosas levantadas por las raíces de palmas canas y almendros-.  Le expliqué el problema, le repetí sus órdenes.  Bueno, ya se imagina.  Pero, al final, aceptó mis razones.  Me prometió la carta al Lloyd’s, aclarando el malentendido y confirmando que la partida debe ser transferida al Banco Central.

 

  –¿Lo ha hecho? -lo interrumpió Trujillo, con brusquedad.

 

  –Para eso lo llamé la segunda vez, jefe.  Quiere que un traductor revise su telegrama, como su inglés es imperfecto no vaya a llegar al Lloyd’s con faltas.  Lo enviará sin falta. Me dijo que lamenta lo sucedido.

 

  ¿Lo creía ya muy viejo para obedecerlo, Ramfis? Antes, no hubiera demorado en acatar una orden suya con un pretexto tan fútil.

 

  –Llámalo de nuevo -ordenó, de mal modo-.  Si no arregla hoy ese enredo con el Lloyd’s, tendrá que vérselas conmigo.

 

  –Enseguida, Jefe.  Pero, no se preocupe, Ramfis ha entendido la situación.

 

  Despidió a Chirinos y se resignó a poner fin a su paseo en solitario, para no defraudar a los otros, que aspiraban a cambiar unas palabras con él.  Esperó a la coleta humana y se internó en ella, colocándose en medio de Virgilio Alvarez Pina y del secretario de Estado del Interior y Cultos, Paino Pichardo.  En el grupo estaban también Navajita Espaillat, el jefe de Policía, el director de El Caríbe y el flamante presidente del Senado, Jeremías Quintanilla, a quien felicitó y deseó éxito.  El ascendido rutilaba de contento, vaciándose en agradecimientos.  Al mismo paso celero, avanzando siempre hacia el este por la parte ceñida al mar, pidió, en voz alta:

 

  –A ver, señores, cuéntenme los últimos chistes antitrujillistas.

 

  Una onda de risas celebró su ocurrencia y, momentos después, todos parloteaban como loros.  Simulando es~ cucharlos, asentía, sonreía.  A ratos, espiaba al cariacontecido general José René Román.  El secretario de Estado de las Fuerzas Armadas no podía ocultar su angustia: ¿qué le iría a reprochar el Jefe? Pronto lo sabrás, tonto.  Alternando con un grupo y otro, a fin de que nadie se sintiera preterido, cruzó los cuidados jardines del Hotel Jaragua, de donde llegaron a sus oídos los sones de la orquesta que amenizaba la hora del coctel, y, una cuadra después, pasó bajo los balcones del Partido Dominicano.  Empleados, oficinistas y la gente que había ido a pedir dádivas, salieron a aplaudirlo.  Al llegar al obelisco, miró su reloj: una hora y tres minutos.  Comenzaba a oscurecer.  Ya no revoloteaban las gaviotas; se habían recogido en sus escondites de la playa.  Refulgían algunas estrellas, pero unas nubes ventrudas tapaban la luna.  Al pie del obelisco, lo esperaba el Cadillac último modelo estrenado la semana anterior.  Se despidió de manera colectiva («Buenas noches, caballeros, gracias por su compañía»), a la vez que, sin mirarlo, con gesto imperioso, señalaba al general José René Román la puerta del auto que el uniformado chofer le tenía abierta:

 

  –Tú, ven conmigo.

 

  El general Román -enérgico choque de talón, mano a la visera del quepis- se apresuró a obedecerle.  Entró al automóvil y se sentó en el extremo, con la gorra en las rodillas muy erecto.

 

  –A San Isidro, a la Base.

 

  Mientras el coche oficial avanzaba rumbo al centro, para cruzar a la orilla oriental del Ozama por el Puente Radhamés, se puso a contemplar el paisaje, como si estuviera solo. El general Román no osaba dirigirle la palabra, esperando el chaparrón. Éste comenzó a anunciarse cuando habían recorrido ya unas tres millas de las diez que separaban el obelisco de la Base Aérea.

 

  –¿Cuántos años tienes? -le preguntó, sin volverse a mirarlo.

 

  –Acabo de cumplir cincuenta y seis, jefe.

 

  Román -todos le decían Pupo- era un hombre alto, fuerte y atlético, con el pelo cortado casi al rape.  Gracias al deporte mantenía un excelente físico, sin asomo de grasa.  Le respondía bajito, con humildad, tratando de apaciguarlo.

 

  –¿Cuántos en el Ejército? -prosiguió Trujillo, ojeando el exterior, como si interrogara a un ausente.

 

  –Treinta y uno, jefe, desde mi graduación.

 

  Dejó pasar unos segundos sin decir nada.  Por fin, se volvió hacia el jefe de las Fuerzas Armadas, con el infinito desprecio que siempre le inspiró.  En las sombras, que habían crecido rápidamente, no alcanzaba a verle los ojos, pero estaba seguro de que Pupo Román pestañeaba, o tenía los Ojos entrecerrados, como los niños cuando se despiertan en la noche y atisban temerosos la oscuridad.

 

  –¿Y en tantos años no has aprendido que el superior responde por sus subordinados? ¿Que es responsable por las faltas de éstos?

 

  –Lo sé muy bien, Jefe.  Si me indica de qué se trata, tal vez pueda darle una explicación.

 

  –Ya verás de qué se trata -dijo Trujillo, con esa aparente calma que sus colaboradores temían más que sus gritos-. ¿Tú te bañas y jabonas todos los días?

 

  –Por supuesto, Jefe -el general Román Intentó una risita, pero, como el Generalísimo seguía serio, se calló.

 

  –Así lo espero, por Mireya.  Me parece muy bien que te bañes y jabones todos los días, que lleves tu uniforme bien planchado y tus zapatos lustrados.  Como jefe de las Fuerzas Armadas te corresponde dar ejemplo de aseo y buena presencia a los oficiales y soldados dominicanos. ¿No es verdad?

 

  –Desde luego que sí, jefe -se humilló el general-.  Le suplico que me diga en qué le he fallado.  Para rectificar, para enmendarme.  No quiero decepcionarlo.

 

  –La apariencia es el espejo del alma -filosofó Trujillo-. Si alguien anda apestoso y con los mocos chorreándosele, no es una persona a la que se pueda confiar la higiene pública. ¿No crees?

 

  –Claro que no, jefe.

 

  –Lo mismo ocurre con las instituciones. ¿Qué respeto se les puede tener si ni siquiera cuidan su apariencia?

 

  El general Román optó por enmudecer.  El Generalísimo se había ido enardeciendo y no cesó de increparlo los quince minutos que les tomó llegar a la Base Aérea de San Isidro.  Recordó a Pupo cuánto había lamentado que la hija de su hermana Marina fuera tan loca de casarse con un oficial mediocre como él, lo que seguía siendo, pese a que, gracias a su parentesco político con el Benefactor, había ido ascendiendo hasta llegar al vértice de la jerarquía.  Esos privilegios, en vez de estimularlo, lo llevaron a dormirse sobre sus laureles, decepcionando una y mil veces la confianza de Trujillo.  No contento con ser la nulidad que era como militar, se había metido a ganadero, como si para la crianza y administración de tierras y lecherías no hicieran falta sesos. ¿Cuál era el resultado? Llenarse de deudas, una vergüenza para la familia. Hacía apenas dieciocho días que él en persona pagó de su dinero la deuda de cuatrocientos mil pesos contraída por Román con el Banco Agrícola, para evitar que le remataran la finca del kilómetro catorce de la autopista Duarte. Y, a pesar de eso, no hacía el menor esfuerzo para dejar de ser tan tonto.

 

  El general José René Román Fernández permanecía

 

  Mudo e inmóvil mientras recriminaciones e insultos caían sobre él. Trujillo no se atropellaba; la cólera lo hacía vocalizar con cuidado, como si, de este modo, cada sílaba, cada letra, fuera más pugnaz.  El chofer conducía deprisa, sin desviarse un milímetro del centro de la desierta carretera.

 

  –Para -ordenó Trujillo, poco antes del primer retén de la extensa y cercada Base Aérea de San Isidro.

 

  Bajó de un salto, y, aunque estaba oscuro, localizó de inmediato el gran charco de aguas pestilentes.  La inmundicia líquida seguía manando de la cañería rota, y, además de barro y hediondez, había constelado la atmósfera de mosquitos que acudieron a asaetearlos.

 

  –La primera guarnición militar de la República -dijo Trujillo, despacio, conteniendo apenas la nueva oleada de rabia-. ¿Te parece bien que, a la entrada de la Base Aérea más importante del Caribe, reciba al visitante esta mierda de basuras, barro, malos olores y alimañas?                Román se puso en cuclillas.  Examinaba, se Levantaba, volvía a inclinarse, no vaciló en ensuciarse las manos palpando el tubo del desagüe en busca del forado. Parecía aliviado al descubrir la causa del enojo del jefe. ¿El imbécil temía algo más grave?

 

  –Es una vergüenza, por supuesto -trataba de mostrar más indignación de la que sentía-.  Tomaré todas las previsiones para que la avería sea reparada en el acto, Excelencia.  Castigaré a los responsables, de la cabeza a la cola.

 

  –Empezando por Virgilio García Trujillo, el jefe de la Base -rugió el Benefactor-.  Tú eres el primer responsable y el segundo él.  Espero que te atrevas a imponerle la máxima sanción, aunque sea mi sobrino y tu cuñado. Si no te atreves, seré yo quien les aplique a los dos la sanción que corresponde.  Ni tú, ni Virgilio, ni ningún generalito de pacotilla va a destruir mi obra.  Las Fuerzas Armadas seguirán siendo la institución modelo en que las convertí, aunque tenga que meterte a ti, a Virgilio y a todos los inútiles con uniforme, en un calabozo por el resto de sus días.

 

  El general Román se cuadró e hizo chocar los tacones.

 

  –Sí, Excelencia.  No se volverá a repetir, se lo juro.

 

  Pero Trujillo había dado ya media vuelta, metiéndose al automóvil.

 

  –Pobre de ti si queda algún rastro de lo que estoy viendo y oliendo, cuando vuelva por acá. ¡Soldadito de mierda!

 

  Volviéndose al chofer, ordenó: «Vamos».  Partieron, dejando al ministro de las Fuerzas Armadas en el lodazal.

 

  Apenas dejó atrás a Román, patética figurita chapoteando en el barro, se le esfumó el mal humor.  Soltó una risita.  De una cosa estaba seguro: Pupo movería cielo y tierra y echaría los carajos necesarios para que la avería fuera reparada.  Si esto pasaba estando él vivo ¿qué no sucedería cuando ya no pudiera impedir personalmente que la torpeza, la desidia y la imbecilidad echaran por los suelos lo que tanto esfuerzo costó levantar? ¿Volverían la anarquía y miseria, el atraso y aislamiento de 1930? Ah, si Ramfis, el hijo tan deseado, hubiera sido capaz de continuar su obra.  Pero, no tenía el menor interés en la política ni en el país; sólo el trago, el polo y las mujeres. ¡Carajo! El general Ramfis Trujillo, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la República Dominicana, jugando al polo y tirándose a las bailarinas del Lido de París, mientras su padre se batía solo aquí, contra la iglesia, los Estados Unidos, los conspiradores y los tarados como Pupo Román.  Movió la cabeza, tratando de sacudirse esos pensamientos amargos.  Dentro de hora y media estaría en San Cristóbal, en la tranquila querencia de la Hacienda Fundación, rodeado de campos y establos relucientes, con sus bellas arboledas, el ancho río Nigua cuyo lento caminar por el valle observaría a través de las copas de los caobos, las Palmas reales y el gran árbol de anacahuita de la casa de la Colina.  Le haría bien despertar allí mañana, acariciando, Mientras contemplaba ese panorama sosegado y limpio, el cuerpito de Yolanda Esterel.  La receta de Petronio y del rey Salomón: un coñito fresco para devolver la juventud a un veterano de setenta primaveras.

 

  En la Estancia Radhamés, Zacarías de la Cruz había sacado ya del garaje el Chevrolet Bel Air 1957, color azul claro, de cuatro puertas, en el que iba siempre a San Cristóbal.  Un ayudante militar lo esperaba con el maletín lleno de los documentos que estudiaría mañana en la Casa de Caoba y ciento diez mil pesos en billetes, para la nómina de la hacienda, más imprevistos.  Hacia veinte años que no efectuaba un desplazamiento, aun de pocas horas, sin ese maletín color marrón con sus iniciales grabadas, y algunos miles de dólares o pesos en efectivo, para regalos y gastos inesperados.  Indicó al ayudante que pusiera el maletín en el asiento delantero y dijo a Zacarías, el moreno alto y fornido que lo acompañaba desde hacia tres décadas -había sido su ordenanza en el Ejército-, que bajaba enseguida.  Las nueve ya.  Se había hecho tarde.

 

  Subió a sus habitaciones para asearse, y, en el cuarto de baño, nada más entrar, advirtió la mancha.  De la bragueta a la entrepierna.  Sintió que temblaba de pies a cabeza: precisamente ahora, coño.  Pidió a Sinforoso otro uniforme verde oliva y otra muda de ropa interior.  Perdió quince minutos en el bidé y el lavador, jabonándose los testículos, el falo, la cara y las axilas, y echándose cremas y perfumes, antes de cambiarse.  La culpa era aquel ataque de mal humor, por el comemierda de Pupo.  Volvió a sumirse en un estado lúgubre.  Le pareció un pronóstico agorero para San Cristóbal.  Cuando se vestía, Sinforoso le alcanzó el telegrama: «Asunto Lloyd’s solucionado.  Hablé con persona encargada.  Remesa directamente al Banco Central.  Cariñosos recuerdos Ramfis».  Su hijo estaba avergonzado: por eso, en vez de llamarlo, le enviaba un telegrama.

 

  –Se ha hecho un poco tarde, Zacarías -dijo-. Así que apúrate.

 

  –Entendido, jefe.

 

  Acomodó a su espalda los cojines del asiento y entrecerró los ojos, disponiéndose a descansar la hora y diez minutos que tomaría el viaje a San Cristóbal.  Avanzaban rumbo al suroeste, hacia la avenida George Washington y la carretera, cuando entreabrió los ojos:

 

  –¿Te acuerdas de la casa de Moni, Zacarías?

 

  –¿Allí, en la Wenceslao Alvarez, por donde vivía Marrero Aristy?

 

  –Vamos allá.

 

  Había sido una iluminación, un fogonazo.  De pronto, vio la cara rellenita color canela de Moni, su melena enrulada, la malicia de sus ojos almendrados, llenos de estrellas, sus formas apretadas, sus altos pechos, su colita de nalgas firmes, la cadera voluptuosa, y sintió otra vez el delicioso cosquilleo en los testículos.  La cabecita del pene, despertándose, se daba contra el pantalón.  Moni.  Por qué no.  Era una linda y cariñosa muchacha, que nunca lo había defraudado, desde aquella vez, en Quinigua, cuando su padre en persona se la llevó a la fiesta que le daban los americanos de La Yuquera: «Mire la sorpresa que le traigo, Jefe>,.  La casita donde vivía, en la nueva urbanización, al final de la avenida México, se la regaló él, el día de su boda con un muchacho de buena familia.  Cuando la requería, muy de tiempo en tiempo, la llevaba a una de las suites en El Embajador o El Jaragua que Manuel Alfonso tenía dispuestas para estas ocasiones.  La idea de coger a Moni en su Propia casa, lo excitó.  Enviarían al marido a tomarse una cerveza al Rincón Pony, por cuenta de Trujillo -se rió- o que se entretuviera conversando con Zacarías de la Cruz.

 

  La calle estaba a oscuras y desierta, pero la casa tenía luz en el primer piso. «Llámala.» Vio franquear al chofer la verja de la entrada y tocar el timbre.  Demoraron en abrir.  Por fin, debió salir una sirvienta, con la que Zacarías cuchicheó.  Lo dejaron en la puerta, esperando. ¡La bella Moni!

 

  Su padre era un buen dirigente del Partido Dominicano en el Cibao y se la llevó él mismo a aquella recepción, gesto simpático.  Hacía de esto ya unos años, y, la verdad, todas las veces que había singado a esta linda mujer, se sintió muy contento.  La puerta se abrió de nuevo, y, en el resplandor del interior, vio la silueta de Moni.  Tuvo otra vaharada de excitación.  Después de hablar un momento con Zacarías, avanzó hacia el automóvil.  En la penumbra, no advirtió cómo estaba vestida.  Abrió la portezuela para que entrara y la recibió besándole la mano:

 

  –No esperabas esta visita, belleza.

 

  –Vaya, qué honor.  Cómo está, cómo está, Jefe.

 

  Trujillo le retenía la mano entre las suyas.  Al sentirla tan cerca, rozándola, oliendo su aroma, se sintió dueño de todas sus fuerzas.

 

  –Estaba yendo a San Cristóbal, pero, de pronto, me acordé de ti.

 

  –Cuánto honor, Jefe -repitió ella, hecha un mar de confusión-.  Si hubiera sabido, me preparaba para recibirlo.

 

  –Tú siempre eres bella, estés como estés -la atrajo, y mientras sus manos le acariciaban los pechos y las piernas, la besó.  Sintió un comienzo de erección que lo reconcilió con el mundo y con la vida.  Moni se dejaba acariciar y lo besaba, cohibida.  Zacarías permanecía en el exterior, a un par de metros del Chevrolet, y, precavido como siempre, llevaba en las manos el fusil ametralladora. ¿Qué era eso? Había en Moni un nerviosismo inusual.

 

  –¿Está en casa tu marido?

 

  –Sí -repuso ella, bajito-.  Estábamos por cenar.

 

  –Que se vaya a tomar una cerveza -dijo Trujillo-. Daré una vuelta a la manzana.  Vuelvo en cinco minutos.

 

  –Es que… -balbuceó ella, y el Generalísimo sintió que se ponía rígida.  Vaciló y, por fin, musitó, casi inaudible-: Tengo el periodo, jefe.

 

  Toda la excitación se le fue, en segundos.

 

  –¿La regla? -exclamó, decepcionado.

 

  –Mil perdones, jefe -balbuceó ella-.  Pasado mañana estaré bien.

 

  La soltó y respiró hondo, disgustado.

 

  –Bueno, ya vendré a verte.  Adiós -sacó la cabeza por el hueco de la portezuela por la que Moni acababa de salir-. ¡Nos vamos, Zacarías!

 

  Poco después, le preguntó a de la Cruz si alguna vez se había tirado a una mujer que menstruaba.

 

  –Nunca, Jefe -se escandalizó éste, haciendo ascos-.  Dicen que contagia la sífilis.

 

  –Es, sobre todo, sucio -se lamentó Trujillo. ¿Y si Yolanda Esterel, por maldita coincidencia, tenía también hoy su regla?

 

  Habían tomado la carretera a San Cristóbal, y, a su derecha, vio las luces de la Feria Ganadera y de El Pony lleno de parejas comiendo y bebiendo. ¿No era raro que Moni se mostrara tan reticente y apocada? Ella solía ser despercudida, siempre a la orden. ¿La presencia del marido la puso así? ¿Se inventaría la menstruación para que la dejara en paz? Vagamente, advirtió que un carro les tocaba bocina.  Iba con las luces largas encendidas.

 

  –Estos borrachos… -comentó Zacarias de la Cruz.

 

  En ese momento, a Trujillo se le ocurrió que tal vez no era un borracho, y se viró en busca del revólver que llevaba en el asiento, pero no alcanzó a cogerlo, pues simultáneamente oyó la explosión de un fusil cuyo proyectil hizo volar el cristal de la ventanilla trasera y le arrancó un pedazo del hombro y del brazo izquierdo.

 

 

 

XIX

 

 

 

Cuando Antonio de la Maza vio las caras con que volvían el general Juan Tomás Díaz, su hermano Modesto y Luis Amiama supo, antes de que abrieran la boca, que la búsqueda del general Román había sido inútil.

 

  –Me cuesta creerlo -murmuró Luis Amiama, mordiéndose los labios finos-.  Pero, parece que Pupo se nos escabulle.  Ni rastro de él.

 

  Habían dado vueltas por todos los lugares donde podía hallarse, incluido el Estado Mayor, en la Fortaleza 18 de Diciembre; pero Luis Amiama y Bibín Román, hermano menor de Pupo, fueron echados de allí por la guardia de mala manera: el compadre no podía o no quería verlos.

 

  –Mi última esperanza es que esté ejecutando el plan por su cuenta -fantaseó Modesto Díaz, sin mucha convicción-.  Movilizando guarniciones, convenciendo a los jefes militares.  En todo caso, nosotros estamos ahora en una situación muy comprometida.

 

  Conversaban de pie, en la sala del general Juan Tomás Díaz.  Chana, la joven esposa de éste, les alcanzó unas limonadas con hielo.

 

  –Hay que esconderse, hasta saber a qué atenernos respecto a Pupo -dijo el general Juan Tomás Díaz.

 

  Antonio de la Maza, que había permanecido sin hablar, sintió una oleada de ira recorriéndole el cuerpo.

 

  –¿Esconderse? -exclamó, furioso-.  Se ocultan los cobardes.  Acabemos el trabajo, Juan Tomás.  Ponte tu uniforme de general, préstanos uniformes a nosotros y vamos al lacio.  Desde allí, llamaremos al pueblo a levantarse.

 

  –¿A tomar el Palacio nosotros cuatro? -trató de llamarlo a la razón Luis Amiama-. ¿Te has vuelto loco, Antonio?

 

  –No hay nadie ahora, sólo la guardia -insistió éste-.  Hay que ganarle la mano al trujillismo antes que reaccione.  Llamaremos al pueblo, utilizando la conexión con todas las estaciones de radio del país.  Que salga a las calles.  El Ejército terminará apoyándonos.

 

  Las expresiones escépticas de Juan Tomás, Amiama y Modesto Díaz, lo exasperaron aún más.  Al poco rato se sumaron a ellos Salvador Estrella Sadhalá, quien acababa de dejar a Antonio Imbert y a Amadito donde el médico, y el doctor Vélez Santana, que había acompañado a Pedro Livio Cedeño a la Clínica Internacional.  Quedaron consternados con la desaparición de Pupo Román.  También a ellos les pareció una temeridad inútil, un suicidio, la idea de Antonio de infiltrarse en Palacio Nacional disfrazados de oficiales.  Y todos se opusieron con energía a la nueva propuesta de Antonio: llevar el cadáver de Trujillo al parque Independencia y colgarlo en el baluarte, para que el pueblo capitaleño viera cómo había terminado.  El rechazo de sus compañeros, provocó en De la Maza una de esas rabietas destempladas de los últimos tiempos. ¡Miedosos y traidores! ¡No estaban a la altura de lo que habían hecho, librando a la Patria de la Bestia! Cuando vio entrar a la sala, con los ojos asustados por la gritería, a Chana Díaz, comprendió que había ido demasiado lejos.  Masculló unas excusas a sus amigos y se calló.  Pero, adentro, sentía arcadas de disgusto.

 

  –Todos estamos alterados, Antonio -le dio una palmada Luis Amiama-.  LO importante, ahora, es encontrar un lugar seguro.  Hasta que aparezca Pupo.  Y ver cómo reacciona el pueblo cuando sepa que Trujillo ha muerto.

 

  Muy pálido, Antonio de la Maza asintió.  Si, después de todo, Amiama, que tanto había trabajado para incorporar militares y jerarcas del régimen a la conjura, tal vez tenía razón.

 

  Luis Amiama y Modesto Díaz decidieron irse cada uno por su cuenta; pensaban que, separados, tenían más posibilidades de pasar inadvertidos.  Antonio persuadió a Juan Tomás y el Turco Sadhalá de que permanecieran unidos.  Barajaron posibilidades -parientes, amigos- que fueron descartando; todas esas casas serían registradas por la policía.  Quien dio un nombre aceptable fue Vélez Santana:

 

  –Robert Reid Cabral.  Es amigo mío.  Totalmente apolítico, sólo vive para la Medicina.  No se negará.

 

  Los llevó en su automóvil.  Ni el general Díaz ni el Turco lo conocían personalmente; pero Antonio de la Maza era amigo del hermano mayor de Robert, Donald Reid Cabral, quien trabajaba en Washington y New York para la conspiración.  La sorpresa del joven médico, al que cerca de la medianoche vinieron a despertar, fue mayúscula.  No sabía nada del complot; ni siquiera estaba al tanto de que su hermano Donald colaboraba con los americanos.  Sin embargo, apenas recuperó el color y la palabra, se apresuró a hacerlos pasar a su casita de dos pisos estilo morisco, tan angosta que parecía salida de un cuento de brujas.  Era un muchacho lampiño, de ojos bondadosos, que hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular su desazón.  Les presentó a su mujer, Ligia, embarazada de varios meses.  Ella tomó la invasión de forasteros con benevolencia, sin mucha alarma.  Les mostró a su hijito de dos años, al que habían instalado en un rincón del comedor.

 

  La joven pareja guió a los conjurados hasta un estrécho cuartito del segundo piso que servía de desván y despensa.  Casi no tenía ventilación y el calor resultaba insoportable, por el techo tan bajo.  Sólo cabían sentados y con las piernas recogidas; cuando se enderezaban tenían que permanecer agachados para no darse contra las vigas.  Esa primera noche, apenas notaron la incomodidad y el calor; la pasaron hablando a media voz, tratando de adivinar lo ocurrido con Pupo Román: ¿por qué se hizo humo, cuando todo dependía de él? El general Díaz recordó su conversación con Pupo, el 24 de mayo, cumpleaños de éste, en su finca del kilómetro catorce.  Les aseguró a él y a Luis Amiama que tenía todo listo para movilizar a las Fuerzas Armadas apenas le mostraran el cadáver.

 

  Marcelino Vélez Santana se quedó con ellos, por solidaridad, pues no tenía razón para ocultarse.  A la mañana siguiente, salió en busca de noticias.  Volvió poco antes del mediodía, demudado.  No había levantamiento militar alguno. Por el contrario, se advertía una frenética movilización de <cepillos» del SIM y de jeeps y camiones militares.  Las patrullas registraban todos los barrios.  Según rumores, cientos de hombres, mujeres, viejos y niños, eran sacados a empellones de sus casas y llevados a La Victoria, El Nueve o La Cuarenta.  También en el interior había redadas contra los sospechosos de antitrujillismo.  Un colega de La Vega contó al doctor Vélez Santana que toda la familia De la Maza, empezando por el padre, don Vicente, y siguiendo con todos los hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas, primos y primas de Antonio, habían sido arrestados en Moca. Ésta era ahora una ciudad ocupada por guardias y caliés.  La casa de Juan Tomás, la de su hermano Modesto, la de Imbert y la de Salvador estaban rodeadas de parapetos con alambres y guardias armados.

 

  Antonio no hizo comentario alguno.  No tenía por qué sorprenderse.  Siempre supo que, si el complot no triunfaba, la-reacción del régimen sería de una inigualable ferocidad.  Se le encogió el corazón imaginando a su anciano padre, don Vicente, y a sus hermanos, vejados y maltratados por Abbes García.  A eso de la una de la tarde, aparecieron por la calle dos Volkswagen negros llenos de caliés.  Ligia, la esposa de Reid Cabral -él había ido a su consultorio, para no despertar sospechas en el vecindario- vino a susurrarles que hombres de civil con metralletas registraban una casa vecina.  Antonio estalló en improperios (aunque bajando la voz):

 

  –Debieron hacerme caso, pendejos. ¿No era preferible morir peleando en el Palacio que en esta ratonera?

 

  A lo largo del día, discutieron y se hicieron reproches, una y otra vez.  En una de esas disputas, Vélez Santana estalló.  Cogió por la camisa al general Juan Tomás Díaz, acusándolo de haberlo complicado gratuitamente en un complot disparatado, absurdo, en el que ni siquiera habían previsto la fuga de los conspiradores. ¿Se daba cuenta de lo que les iba a ocurrir ahora? El Turco Estrella Sadhalá se interpuso entre ellos, para evitar que se pegaran.  Antonio se aguantaba las ganas de vomitar.

 

  La segunda noche estaban tan exhaustos de discutir e insultarse, que durmieron, unos sobre otros, usándose respectivamente como almohadas, chorreando sudor, medio asfixiados por la candente atmósfera.

 

  El día tercero, cuando el doctor Vélez Santana trajo a su escondite El Caribe y vieron sus fotos bajo el gran titular: «Asesinos buscados por la muerte de Trujillo», y, más abajo, la foto del general Román Fernández abrazando a Ramfis en los funerales del Generalísimo, supieron que estaban perdidos.  No habría junta cívico-militar.  Ramfis y Radhamés habían vuelto y el país entero lloraba al dictador.

 

  –Pupo nos traicionó -el general Juan Tomás Díaz parecía desfondado.  Se había quitado los zapatos, tenía los pies muy hinchados y acezaba.

 

  –Hay que salir de aquí -dijo Antonio de la Maza-.  No podemos joder más a esta familia.  Si nos descubren, los matarán a ellos también.

 

  –Tienes razón -lo apoyó el Turco-.  No sería justo. Salgamos de aquí.

 

  ¿Adónde irían? Todo el 2 de junio lo pasaron considerando posibles planes de fuga.  Poco antes del mediodía, dos «cepillos» con caliés pararon en la casa del frente y media docena de hombres armados entraron en ella, abriendo la puerta a golpes.  Alertados por Ligia, aguardaron, con los revólveres listos.  Pero los caliés partieron, arrastrando a un joven al que habían puesto esposas.  De todas las sugerencias, la mejor parecía la de Antonio: conseguir un auto o camioneta y tratar de llegar a Restauración, donde él, por sus fincas de pino y de café y el aserradero de Trujillo que administraba, conocía mucha gente. Estando tan cerca de la frontera, no les sería difícil cruzar a Haití. ¿Pero, qué carro conseguir? ¿A quién pedírselo? Esa noche tampoco pegaron los ojos, atormentados por la angustia, la fatiga, la desesperanza, las dudas.  A medianoche, el dueño de casa, con lágrimas en los ojos, subió al altillo:

 

  –Han registrado tres casas en esta calle -les imploró-.  En cualquier momento, le tocará a la mía.  A mí no me importa morir.  Pero ¿y mi mujer y mi hijito? ¿Y el niño por nacer?

 

  Le juraron que partirían al día siguiente, como fuera. Así lo hicieron, al atardecer del 4 de junio.  Salvador Estrella Sadhalá decidió irse por su cuenta.  No sabía adónde, pero pensaba que, solo, tenía más posibilidades de escapar que con Juan Tomás y Antonio, cuyos nombres y caras eran los que más aparecían en la televisión y los periódicos.  El Turco fue el primero en partir, a diez para las seis, cuando comenzaba a oscurecer.  Por las persianas del dormitorio de los Reid Cabral, Antonio de la Maza lo vio caminar deprisa hasta la esquina, y allí, alzando las manos, parar un taxi.  Sintió pena: el Turco había sido su amigo del alma y nunca se habían reconciliado a fondo, desde aquella maldita pelea.  No habría otra oportunidad.

 

  El doctor Marcelino Vélez Santana decidió quedarse todavía un rato con su colega y amigo, el doctor Reid Cabral, a quien se notaba abrumado.  Antonio se afeitó el bigote y se embutió hasta las orejas un sombrero viejo que encontró en el desván.  Juan Tomás Díaz, en cambio, no hizo el menor esfuerzo por disfrazarse.  Ambos abrazaron al doctor Vélez Santana.

 

  –¿Sin rencores?

 

  –Sin rencores.  Buena suerte.

 

  Ligia Reid Cabral, cuando ellos le agradecían la hospitalidad, se echó a llorar y les hizo la señal de la cruz: «Dios los proteja».

 

  Caminaron ocho cuadras, por calles desiertas, con las manos en los bolsillos, apretando los revólveres, hasta la casa de un concuñado de Antonio de la Maza, Toñito Mota. Tenía una camioneta Ford; quizá se la prestara o aceptara dejársela robar.  Pero Toñito no estaba en casa, ni la camioneta en el garaje.  El mayordomo que abrió la puerta reconoció en el acto a De la Maza: «¡Don Antonio! ¡Usted, acá!».  Puso una cara despavorida, y Antonio y el general, se~ guros de que, apenas partieran, llamaría a la policía, se alejaron deprisa.  No sabían qué carajo hacer.

 

  –¿Quieres que te diga una cosa, Juan Tomás?

 

  –¿Qué, Antonio?

 

  –Me alegro de haber salido de esa ratonera.  De ese calor, de ese polvo que se metía en la nariz y no dejaba respirar.  De esa incomodidad.  Qué bueno estar al aire libre, sentir que se limpian los pulmones.

 

  –Sólo falta que me digas: «Vamos a tomarnos unas frías para celebrar lo linda que es la vida». ¡Qué cojones tiene usted, bróder!

 

  Los dos se rieron, con unas risitas intensas y fugaces. En la avenida Pasteur, durante un buen rato trataron de parar un taxi.  Los que pasaban, iban llenos.

 

  –Siento no haber estado con ustedes allá en la Avenida -dijo el general Díaz, de pronto, como acordándose de algo importante-.  No haberle disparado yo también al Chivo. ¡Coño y recontracoño!

 

  –Es como si hubieras estado, Juan Tomás.  Pregúntales a Johnny Abbes, a Negro, a Petán, a Ramfis y verás.  Para ellos, también estuviste con nosotros en la carretera haciendo tragar plomo al Jefe.  No te preocupes.  Uno de los tiros, se lo di por ti.

 

  Por fin, paró un taxi.  Subieron, y, al ver que vacilaban en indicarle dónde querían ir, el chofer, un moreno gordo y canoso en mangas de camisa, se volvió a mirarlos.  En sus ojos vio Antonio de la Maza que los había reconocido.

 

  –A la San Martín -le ordenó.

 

  El moreno asintió, sin abrir la boca.  Poco después, murmuró que se estaba quedando sin gasolina; tenía que llenar el tanque.  Cruzó por la 30 de Marzo, donde el tráfico era más denso, y en la esquina de San Martín y Tiradentes, se detuvo en una gasolinera Texaco.  Se bajó del auto para abrir el tanque.  Antonio y Juan Tomás tenían ahora los revólveres en las manos.  De la Maza se sacó el zapato derecho y manipuló el taco, del que extrajo una pequeña bolsita de papel celofán, que guardó en su bolsillo.  Como Juan Tomás Díaz lo miraba intrigado, le explicó:

 

  –Es estricnina.  La conseguí en Moca, con el pretexto de un perro rabioso.

 

  El gordo general se encogió de hombros, desdeñoso, Y   mostró su revólver:

 

  –No hay mejor estricnina que ésta, hermano.  El veneno es para los perros y las mujeres, no jodas con semejante bobería.  Además, uno se suicida con cianuro, no con estricnina, pendejo.

 

  Volvieron a reírse, con la misma risita feroz y triste.

 

  –¿Te has fijado en el tipo que está en la caja? -Antonio de la Maza señaló la ventanilla-. ¿A quién crees que está telefoneando?

 

  –Puede que a su mujer, para preguntarle cómo sigue del coño.

 

  Antonio de la Maza volvió a reírse, esta vez de verdad, con una carcajada larga y franca.

 

  –De qué coño te ríes, pendejo.

 

  –¿No te parece cómico? -dijo Antonio, ya serio-.  Los dos, en este taxi. ¿Qué carajo hacemos aquí? Si no sabemos siquiera dónde ir.

 

  Le ordenaron al chofer que volviera a la zona colonial.  A Antonio se le había ocurrido algo, y una vez que estuvieron en el centro antiguo, ordenaron al taxista que entrara por la calle Espaillat, desde la Billini.  Allí vivía el abogado Generoso Fernández, al que ambos conocían.  Antonio recordaba haberlo oído hablar pestes de Trujillo; tal vez podría facilitarles un vehículo.  El abogado se acercó a la puerta, pero no los hizo pasar.  Cuando pudo recuperarse de la impresión -los miraba horrorizado, pestañeando- sólo atinó a reñirlos, indignado:

 

  –¿Están locos? ¡Cómo se les ocurre comprometerme así! ¿No saben quién entró ahí, al frente, hace un minuto? ¡El Constitucionalista Beodo! ¿No podían pensar antes de hacerme esto? Váyanse, váyanse, yo tengo familia.  Por lo que más quieran, ¡váyanse! YO no soy nadie, nadie.

 

  Les dio con la puerta en las narices.  Volvieron al taxi.  El viejo moreno seguía dócilmente sentado al volante, sin mirarlos.  Luego de un rato, masculló:

 

  –¿Dónde, ahora?

 

  –Hacia el parque Independencia -le indicó Antonio, por decir algo.

 

  Segundos después de arrancar -habían prendido los faroles de las esquinas y la gente comenzaba a salir a las veredas, a tomar el fresco-, el chofer los previno:

 

  –Ahí están los «cepillos», detrás de nosotros.  Lo siento de verdad, caballeros.

 

  Antonio sintió alivio.  Este ridículo recorrido sin rumbo terminaba, por fin.  Mejor acabar pegando tiros que como un par de pendejos.  Se volvieron.  Había dos Volkswagen verdes siguiéndolos a unos diez metros de distancia.

 

  –No quisiera morir, caballeros -les rogó el taxista, Santiguándose-. ¡Por la Virgen, señores!

 

  –Está bien, coge para el parque comoquiera y déjanos en la esquina de la ferretería -dijo Antonio.

 

  Había mucho tráfico.  El chofer, maniobrando, consiguió abrirse paso entre una guagua con racimos de gente colgada de las puertas y un camión.  Frenó en seco, a pocos metros de la gran fachada de cristales de la ferretería Reid.  Al saltar del taxi, con el revólver en la mano, Antonio alcanzó a darse cuenta que las luces del parque se encendían, como dándoles la bienvenida.  Había limpiabotas, vendedores ambulantes, jugadores de rocambor, vagos y mendigos pegados a las paredes.  Olía a fruta y frituras.  Se volvió a apurar a Juan Tomás, que, gordo y cansado, no conseguía correr a su ritmo.  En eso, estalló la balacera a sus espaldas.  Una gritería ensordecedora se levantó alrededor; la gente corría entre los autos, los carros se trepaban a las veredas.  Antonio oyó voces histéricas: «¡Ríndanse, carajo!». «¡Están rodeados, pendejos!» Al ver que Juan Tomás, exhausto, se paraba, se paró también a su lado y comenzó a disparar.  Lo hacía a ciegas, porque caliés y guardias se escudaban detrás de los Volkswagen, atravesados como parapetos en la pista, interrumpiendo el tráfico.  Vio caer a Juan Tomás de rodillas, y lo vio llevarse la pistola a la boca, pero no alcanzó a dispararse porque varios impactos lo tumbaron.  A él le habían caído muchas balas ya, pero no estaba muerto. «No estoy muerto, coño, no estoy.» Había disparado todos los tiros de su cargador y, en el suelo, trataba de deslizar la mano al bolsillo para tragarse la estricnina.  La maldita mano pendeja no le obedeció.  No hacía falta, Antonio.  Veía las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se sentía joven otra vez.

 

 

 

XX

 

 

 

Cuando la limousine del jefe partió, abandonándolo en el hediondo lodazal, el general José René Román temblaba de pies a cabeza, como los soldaditos que había visto morir de paludismo en Dajabón, guarnición de la frontera haitiano-dominicana, en los comienzos de su carrera militar.  Hacía muchos años que Trujillo se encarnizaba con él, haciéndole sentir en familia y ante extraños el poco respeto que le merecía, llamándolo tonto con cualquier pretexto.  Pero nunca antes había llevado su menosprecio y sus ofensas al extremo de esta noche.

 

  Esperó que disminuyera la tembladera antes de dirigirse a la Base Aérea de San Isidro.  El oficial de guardia se llevó un susto al ver surgir, en medio de la noche, a pie y embarrado, al mismísimo jefe de las Fuerzas Armadas.  El general Virgilio García Trujillo, comandante de San Isidro y cuñado de Román -era hermano gemelo de Mireya- no estaba, pero el ministro de las Fuerzas Armadas reunió a todos los oficiales y los recriminó: la cañería rota que había sacado de sus casillas a Su Excelencia debía ser reparada ipso facto, so pena de severísimos castigos.  El Jefe vendría a verificarlo y todos sabían que era implacable en lo concerniente a la limpieza.  Ordenó un jeep con un chofer para regresar a su casa; no se cambió ni aseó antes de partir.

 

  En el jeep, rumbo a Ciudad Trujillo, se dijo que, en verdad, aquella tembladera no se debió a los insultos del jefe sino a la tensión, desde la llamada por la que supo que el Benefactor estaba bravo.  A lo largo del día, mil veces se dijo que era imposible, absolutamente imposible, que pudiera haberse enterado de la conspiración tramada por su compadre Luis Amiama y su íntimo amigo el general Juan Tomás Díaz.  No lo hubiera llamado por teléfono; lo habría hecho arrestar y estaría ahora en La Cuarenta o El Nueve.  Pese a ello, el gusanito de la duda no le permitió probar bocado a la hora de la comida.  En fin, pese al mal rato, era un alivio que los insultos se debieran a una cañería rota y no a una conjura.  La sola idea de que Trujillo hubiera podido enterarse de que era uno de los conspiradores, le heló los huesos.

 

  Podía ser acusado de muchas cosas, menos de cobarde.  Desde cadete, y en todos sus destinos, mostró arrojo físico y actuó con una temeridad ante el peligro que le ganó fama de macho entre compañeros y subordinados.  Siempre fue bueno peleando, con guantes o a puño limpio. jamás permitió a nadie faltarle el respeto.  Pero, como tantos oficiales, como tantos dominicanos, frente a Trujillo su valentía y su sentido del honor se eclipsaban, y se apoderaba de él una parálisis de la razón y de los músculos, una docilidad y reverencia serviles.  Muchas veces se había preguntado por qué la sola presencia del jefe -su vocecita aflautada y la fijeza de su mirada- lo aniquilaba moralmente.

 

  Porque conocía el poder que Trujillo tenía sobre su carácter, el general Román respondió instantáneamente, cinco meses y medio atrás, a Luis Amiama, cuando éste le habló por primera vez de una conspiración para acabar con este régimen:

 

  –¿Secuestrarlo? ¡Qué pendejada! Mientras esté Vivo, nada cambiará.  Hay que matarlo.

 

  Estaban en la finca de guineos que Luis Amiama tenía en Guayubín, en Montecristi, viendo discurrir desde la terraza soleada las aguas terrosas del río Yaque.  Su compadre le explicó que él y Juan Tomás armaban esta operación para evitar que el régimen hundiera del todo al país y precipitara otra revolución comunista, estilo Cuba.  Era un plan serio, que contaba con el respaldo de Estados Unidos.  Henry Dearborn, John Banfield y Bob Owen, de la legación, habían dado su apoyo formal y encargado al responsable de la CIA en Ciudad Trujillo, Lorenzo D. Berry («¿El dueño del supermercado Wimpy’s?» «SI, él mismo-»), que les suministrara dinero, armas y explosivos.  Estados Unidos se hallaba inquieto con los excesos de Trujillo, desde el atentado contra el Presidente venezolano Rómulo Betancourt, y quería sacárselo de encima; y, al mismo tiempo, asegurarse de que no lo reemplazara un segundo Fidel Castro.  Por eso, apoyaría a un grupo serio, claramente anticomunista, que constituyera una Junta cívico-militar, que, a los seis meses, convocara elecciones.  Amiama, Juan Tomás Díaz y los gringos estaban de acuerdo: Pupo Román debía presidir esa junta. ¿Quién mejor para conseguir la adhesión de las guarniciones y una transición ordenada hacia la democracia?

 

  –¿Secuestrarlo, pedirle la renuncia? -se escandalizó Pupo-.  Se equivocan de país y de persona, compadre. Parece que no lo conocieras.  Jamás se dejará capturar vivo.  Y nunca le sacarán la renuncia.  Hay que matarlo.

 

  El chofer del jeep, un sargento, conducía en silencio, y Román daba hondos copazos de Lucky Strike, sus cigarrillos preferidos. ¿Por qué aceptó plegarse a la conjura? A diferencia de Juan Tomás, caído en desgracia y apartado del Ejército, él sí tenía todo que perder.  Había llegado al cargo más alto que podía aspirar un Militar, y, aunque no le fuera bien en los negocios, sus fincas estaban siempre en su poder.  El peligro de que las embargaran desapareció con el pago de cuatrocientos mil pesos al Banco Agrícola.  El jefe no cubrió esa deuda por deferencia a su persona, sino por ese arrogante sentimiento de que su familia no debía dar nunca una mala impresión, de que la imagen de los Trujillo y allegados quedara siempre inmaculada.  Tampoco fue el apetito de poder, la perspectiva de verse ungido Presidente provisional de la República Dominicana -y la posibilidad, grande, de pasar luego a Presidente elegido- lo que lo llevó a dar su visto bueno a la conspiración.  Fue el rencor, acumulado por las infinitas ofensas de que Trujillo lo había hecho víctima desde ese matrimonio con Mireya que lo convirtió en miembro del clan privilegiado e intocable.  Por eso, el jefe lo hizo ascender antes que a otros, lo nombró a puestos importantes, y, de vez en cuando, le hizo esos regalos en efectivo o en prebendas que le permitieron el alto nivel de vida que tenía.  Pero, favores y distinciones los tuvo que pagar con desplantes y malos tratos. «Y eso es lo que más cuenta», pensó.

 

  En estos cinco meses y medio, cada vez que el Jefe lo humillaba, el general Román, igual que ahora, mientras el jeep cruzaba el Puente Radhamés, se decía que pronto se sentiría un hombre entero, con vida propia, y no, como Trujillo se esmeraba en hacerlo sentir, un ser baldado.  Aunque Luis Amiama y Juan Tomás no lo sospecharan, él estaba en la conspiración para demostrarle al jefe que no era el inútil que creía.

 

  Sus condiciones fueron muy concretas.  No movería un dedo mientras sus ojos no lo vieran ajusticiado.  Sólo entonces procedería a movilizar tropas y capturar a los hermanos Trujillo y a los oficiales y civiles más comprometidos con el régimen, empezando por Johnny Abbes García.  Ni Luis Amiama ni el general Díaz debían mencionar a nadie -ni siquiera al jefe del grupo de acción, Antonio de la Maza, que formaba parte de la conjura.  No habría mensajes escritos ni llamadas telefónicas, sólo conversaciones directas. Él iría, con cautela, colocando a oficiales de confianza en los cargos claves, de modo que llegado el día las guarniciones le obedecieran a una sola voz.

 

  Así lo había hecho, poniendo al frente de la Fortaleza de Santiago de los Caballeros, la segunda del país, al general César A. Oliva, compañero de promoción y amigo íntimo.  También se las arregló para llevar a la comandancia de la Cuarta Brigada, con sede en Dajabón, al general García Urbáez, leal aliado suyo.  Del otro lado, contaba con el general Guarionex Estrella, comandante de la Segunda Brigada, estacionada en La Vega.  No era muy amigo con Guaro, trujillista acérrimo, pero, siendo hermano del Turco Estrella Sadhalá, del grupo de acción, era lógico suponer que tomaría partido por su hermano.  No había confiado su secreto a ninguno de esos generales; era demasiado astuto para exponerse a una delación.  Pero contaba con que, ocurridos los hechos, todos ellos se plegarían sin titubear.

 

  ¿Cuándo ocurriría? Muy pronto, sin duda.  El día de su cumpleaños, 24 de mayo, apenas seis días atrás, Luis Amiama y Juan Tomás Díaz, invitados por él a su casa de campo, le aseguraron que todo estaba a punto.  Juan Tomás fue categórico: «En cualquier momento, Pupo».  Le dijeron que el Presidente Joaquín Balaguer habría aceptado formar parte de la junta cívico-militar, presidida por él. Les pidió detalles, pero no pudieron dárselos; había hecho la gestión el doctor Rafael Batlle Viñas, casado con Indiana, prima de Antonio de la Maza y médico de cabecera de Balaguer. Sondeó al Presidente fantoche, preguntándole si, en caso de desaparición súbita de Trujillo, «colaboraría con los patriotas». Su respuesta fue críptica: «Según la Constitución, si Trujillo desapareciera, se tendría que contar conmigo». ¿Era una buena noticia? A Pupo Román, ese hombrecito suave y astuto le inspiró siempre la desconfianza instintiva que le merecían burócratas e intelectuales. Era imposible saber lo que pensaba; detrás de sus maneras afables y su desenvoltura, había un enigma. Pero, en fin, lo que decían sus amigos era cierto: la complicidad de Balaguer tranquilizaría a los yanquis.

 

  Al llegar a su casa de Gazcue eran las nueve y media de la noche.  Despachó al jeep de vuelta a San Isidro.  Mireya y su hijo Alvaro, joven teniente del Ejército que estaba en su día libre y había venido a visitarlos, se alarmaron al verlo en ese estado.  Mientras se quitaba las ropas sucias, les explicó. Hizo que Mireya llamara por teléfono a su hermano y puso al general Virgilio García Trujillo al tanto de la rabieta del jefe:

 

  –Lo siento, cuñado, pero estoy obligado a amonestarte.  Preséntate mañana en mi despacho, antes de las diez.

 

  –¡Por una cañería rota, coño! -exclamó Virgilio, divertido-. ¡El hombre no puede con su genio!

 

  Tomó una ducha y se jabonó de pies a cabeza.  Al salir de la bañera, Mireya le alcanzó un pijama limpio y una bata de seda.  Lo acompañó mientras se secaba, echaba colonia y vestía.  Contrariamente a lo que muchos creían, empezando por el jefe, no se casó con Mireya por interés.  Se enamoró de esa muchacha morocha y tímida, y arriesgó la vida cortejándola pese a la oposición de Trujillo.  Eran una pareja feliz, sin peleas ni rupturas en esos veintitantos años juntos.  Mientras platicaba con Mireya y Alvaro en la mesa -no tenía hambre, se limitó a tomar un ron en la roca- se preguntaba cuál sería la reacción de su mujer. ¿Tomar partido por su marido o con el clan? La duda lo mortificaba. Muchas veces vio a Mireya indignada por las maneras despectivas del jefe; tal vez esto inclinaría la balanza a su favor. Además, ¿a qué dominicana no le gustaría convertirse en la primera dama de la nación?

 

  Acabada la cena, Álvaro salió a tomar una cerveza con unos amigos. Mireya y él subieron al dormitorio, en el segundo piso, y encendieron La Voz Dominicana. Pasaban un programa de música bailable con cantantes y orquestas de moda. Antes de las sanciones, la estación contrataba a los mejores artistas latinoamericanos, pero, el último año, debido a la crisis, casi toda la producción de la televisora de Petán Trujillo se hacía con artistas locales. Mientras oían los merengues y danzones de la orquesta Generalísimo, dirigida por el maestro Luis Alberti, Mireya comentó apenada que ojalá terminaran pronto estos líos con la Iglesia. Había un ambiente malo y sus amigas, durante la canasta, hablaban de rumores de una revolución, de que Kennedy mandaría a los marines. Pupo la tranquilizó: el jefe se saldría con la suya también esta vez y el país volvería a ser tranquilo y próspero. Su voz le sonaba tan falsa que se calló, simulando una tos.

 

  Poco después, los frenos de un auto chirriaron y estalló un bocinazo frenético. El general saltó de la cama y se asomó al ventanal. Saliendo del automóvil recién llegado, divisó la silueta cortante del general Arturo Espaillat, Navajita. Apenas divisó su cara, amarillando a la luz del farol, su corazón brincó: ya está.

 

  –¿Qué pasa, Arturo? -preguntó, sacando la cabeza.

 

  –Algo muy grave -dijo el general Espaillat, acercándose-. Estaba con mi mujer en El Pony y pasó el Chevrolet del Jefe. Poco después, oí un tiroteo. Fui a ver y me di con una balacera, en plena pista.

 

  –Bajo, bajo -gritó Pupo Román. Mireya se ponía una bata al tiempo que se santiguaba: «Dios mío, mi tío», «Dios no lo quiera, Jesús santo».

 

  Desde ese momento, y en todos los minutos y horas siguientes, tiempo en el que se decidió su suerte, la de su familia, la de los conjurados, y, a fin de cuentas, la de la República Dominicana, el general José René Román supo siempre, con total lucidez, lo que debía hacer. ¿Por qué hizo exactamente lo contrario? Se lo preguntaría muchas veces los meses siguientes, sin encontrar respuesta. Supo, mientras bajaba las escaleras, que en aquellas circunstancias lo único sensato si tenía apego a la vida y no quería que la conjura se frustrara, era abrir la puerta al ex jefe del SIM, el militar más comprometido con las operaciones criminales del régimen, ejecutor de incontables secuestros, chantajes, torturas y asesinatos por orden de Trujillo, y descerrajarle todos los tiros de su revólver.  A Navajita su prontuario no le dejaba otra alternativa que mantener una lealtad perruna a Trujillo y al régimen, para no ir a la cárcel o ser asesinado.

 

  Aunque sabía esto muy bien, abrió la puerta e hizo entrar al general Espaillat y a su esposa, a la que besó en la mejilla y tranquilizó, pues Ligia Fernández de Espaillat había perdido el control y balbuceaba incoherencias.  Navajita le dio precisiones: al acercar su auto, se dio con un tiroteo ensordecedor, de revólveres, carabinas y metralletas; en los fogonazos reconoció el Chevrolet del jefe y alcanzó a ver una figura en la pista, disparando, acaso Trujillo.  No pudo prestarle ayuda; vestía de civil, no iba armado, y, ante el temor de que una bala alcanzara a Ligia, vino aquí.  Había ocurrido hacía quince, a lo más veinte minutos.

 

  –Espérame, me visto -Román subió a saltos la escalera, seguido de Mireya, que movía las manos y la cabeza como loca.

 

  –Hay que avisar a tío Negro -exclamó, mientras él se ponía el uniforme de diario.  La vio correr al teléfono y marcar, sin darle tiempo de abrir la boca.  Y, aunque supo que debió impedir esa llamada, no lo hizo.  Cogió el auricular, y, abotonándose la camisa, previno al general Héctor Bienvenido Trujillo:

 

  –Acaban de informarme de un posible atentado contra Su Excelencia, en la carretera a San Cristóbal.  Voy para allá.  Lo mantendré informado.

 

  Terminó de vestirse y bajó, con una carabina M-1 en las manos, que llevaba el cargador puesto.  En vez de descargarle una ráfaga y acabar con Navajita, le preservó la vida otra vez y asintió cuando Espaillat, los ojillos ratoniles comidos por la preocupación, le aconsejó alertar al Estado Mayor y dar orden de inamovilidad.  El general Román llamó a la Fortaleza 18 de Diciembre y comunicó a todas las guarniciones un acuartelamiento riguroso, que se cerraban las salidas de la ciudad capital, y previno a los comandantes del interior que en breve se pondría en contacto telefónico o radial con ellos, para un asunto de máxima urgencia.  Estaba perdiendo un tiempo irrecuperable, pero no podía dejar de actuar de esa manera, que, pensaba, despejaría cualquier duda sobre él en la mente de Navajita.

 

  –Vamos -dijo a Espaillat.

 

  –Voy a llevar a Ligia a casa -repuso éste-.  Te encuentro en la carretera.  Es en el kilómetro siete, más o menos.

 

  Cuando partió, al volante de su propio auto, supo que debía ir de inmediato a casa del general Juan Tomás Díaz, a pocos metros de la suya, para verificar si el asesinato se había consumado -seguro que era así- y poner en marcha el golpe de Estado.  Ya no tenía escapatoria; estuviera Trujillo muerto o herido, él era cómplice.  Pero, en vez de ir donde Juan Tomás o Amiama, condujo su automóvil hacia la avenida George Washington.  Cerca de la Feria Ganadera vio en un carro desde el que le hacían señas, al coronel Marcos Antonio Jorge Moreno, jefe de la escolta personal de Trujillo, acompañado del general Pou.

 

  –Estamos preocupados -le gritó Moreno, sacando la cabeza-.  Su Excelencia no ha llegado a San Cristóbal.

 

  –Hubo un atentado -les informó Román-. ¡Síganme!

 

  En el kilómetro siete, cuando, en los haces de luz de las linternas de Moreno y Pou, reconoció el Chevrolet negro perforado, sus vidrios pulverizados y manchas de sangre en el asfalto entre los añicos y cascotes, supo que el atentado había tenido éxito.  Sólo podía estar muerto luego de semejante balacera.  Y, por tanto, debía rendir, reclutar o matar a Moreno y a Pou, dos trujillistas convictos y confesos, y, antes de que llegaran Espaillat y otros militares, volar a la Fortaleza 18 de Diciembre, donde estaría seguro.  Pero tampoco lo hizo, y, más bien, mostrando la misma consternación que
Moreno y Pou, registró con ellos los alrededores, y se alegró cuando el coronel encontró un revólver entre las matas. Momentos después allí estaba Navajita, y llegaban patrulleros y guardias, a quienes ordenó continuar la búsqueda. Él estaría en el Estado Mayor.
Mientras, ya en su coche oficial, era llevado por su chofer el sargento primero Morones, a la Fortaleza 18 de
Diciembre, fumó varios Lucky Strike. Luis Amiama y Juan
Tomás estarían buscándolo afanosamente, con el cadáver
del Jefe a cuestas. Era su deber mandarles alguna señal. Pero, en vez de hacerlo, al llegar al Estado Mayor instruyó a la guardia que por ningún motivo dejaran ingresar al local a elemento civil alguno, fuera quien fuere.
Encontró la Fortaleza en efervescencia, un movimiento inconcebible a estas horas en tiempo normal. Mientras subía las escaleras a trancos rumbo a su puesto de mando y respondía con venias a los oficiales que lo saludaban, oyó preguntas -«¿Un intento de desembarco frente a la
Feria Agrícola y Ganadera, mi general?»- que no se paró a contestar.
Entró, agitado, sintiendo su corazón, y una simple ojeada a la veintena de oficiales de alta graduación reunidos en su despacho, le bastó para saber que, pese a las oportunidades perdidas, se le presentaba todavía una ocasión de poner en marcha el Plan. Esos oficiales que, al verlo, chocaron los
tacos e hicieron el saludo militar, eran un grupo graneado del alto comando, amigos en su gran mayoría, y aguardaban sus órdenes. Sabían o intuían que acababa de producirse un pavoroso vacío, y, formados en la tradición de la disciplina y total dependencia del jefe, esperaban que asumiera el mando,
con claridad de propósitos. En las caras del general Fernando A. Sánchez, del general Radhamés Hungría, de los generales Fausto Caamaño y Félix Hermida, en las de los coroneles Rivera Cuesta y Cruzado Piña, y en las de los mayores Wessin y Wessin, Pagán Montás, Saldaña, Sánchez Pérez, Fernández Domínguez y Hernando Ramírez, había miedo y esperanza.  Querían que los sacara de la inseguridad contra la que no sabían defenderse.  Una arenga pronunciada con la voz de un jefe que tiene los huevos en su sitio y sabe lo que hace, explicándoles que, en las gravísimas circunstancias, la desaparición o muerte de Trujillo, ocurrida por razones que habría que juzgar, abría a la República una oportunidad providencial para el cambio.  Ante todo, evitar el caos, la anarquía, una revolución comunista y su corolario, la ocupación norteamericana. Ellos, patriotas por vocación y profesión, tenían el deber de actuar.  El país tocaba fondo, puesto en cuarentena por los desafueros de un régimen que, aunque en el pasado prestó impagables servicios, había degenerado en una tiranía que provocaba la repulsa universal.  Era preciso adelantarse a los acontecimientos, con visión de futuro. Él los exhortaba a seguirlo, a cerrar juntos el abismo que comenzaba a abrirse.  Como jefe de las Fuerzas Armadas presidiría una junta cívico-militar de figuras notables, encargada de asegurar una transición hacia la democracia, que permitiera levantar las sanciones impuestas por los Estados Unidos, y convocar elecciones, bajo el control de la OEA.  La Junta contaba con el beneplácito de Washíngton y él esperaba de ellos, jefes de la institución más prestigiosa del país, su colaboración.  Sabía que sus palabras habrían sido recibidas con aplausos, y que, si había alguien remiso, la convicción de los demás terminaría por ganarlo.  Sería fácil entonces dar órdenes a oficiales ejecutivos como Fausto Caamaño y Félix Hermida para que arrestaran a los hermanos Trujillo, y acorralaran a Abbes García, al coronel Figueroa Carrión, al capitán Candito Torres, a Clodoveo Ortiz, a Américo Dante Minervino, a César Rodríguez Villeta y a Alicinio Peña Rivera, con lo que la maquinaria del SIM quedaría inutilizada.

 

  Pero, aunque supo con certeza lo que en ese momento debía hacer y decir, tampoco lo hizo.  Luego de unos segundos de vacilante silencio, se limitó a informar a los oficiales, en un lenguaje vago, sincopado, tartamudeante, que, en vista del atentado contra la persona del Generalísimo, las Fuerzas Armadas debían mantenerse como un puño, listas para actuar.  Podía sentir, tocar, la decepción de estos subordinados, a quienes, en vez de infundir confianza, contagiaba su inseguridad.  No era esto lo que esperaban.  Para disimular lo confuso que se sentía, se comunicó con las guarniciones del interior.  Al general César A. Oliva, de Santiago, al general García Urbáez, de Dajabón, y al general Guarionex Estrella, de La Vega, les repitió, de la misma manera incierta -la lengua apenas le obedecía, como si estuviera borracho-, que, debido al presunto magnicidio, tuvieran acuarteladas las tropas, y no hicieran movimiento alguno sin su autorización.

 

  Luego de la ronda de llamadas, rompió la secreta camisa de fuerza que lo atenazaba y tomó una iniciativa en la buena dirección:

 

  –No se retiren -anunció, poniéndose de pie-. Voy a convocar de inmediato una reunión al más alto nivel.
Ordenó llamar al Presidente de la República, al jefe del Servicio de Inteligencia Militar y al ex Presidente general Héctor Bienvenido Trujillo.  Los haría venir y los arrestaría aquí, a los tres.  Si Balaguer estaba en la conspiración, podría echarle una mano en los pasos siguientes.  Percibió desconcierto en los oficiales; intercambio de miradas, cuchicheos.  Le pasaron el teléfono.  Al doctor Joaquín Balaguer acababan de sacarlo de la cama:

 

  –Siento despertarlo, señor Presidente.  Ha habido un atentado contra Su Excelencia, cuando se dirigía a San Cristóbal.  Como secretario de las Fuerzas Armadas estoy convocando una reunión urgente en la Fortaleza 18 de Diciembre.  Le ruego que venga, sin pérdida de tiempo.

 

  El Presidente Balaguer no respondió un largo rato, tanto que Román pensó que se había cortado la comunicación. ¿Era sorpresa lo que causaba su mutismo? ¿Satisfacción de saber que el Plan empezaba a cumplirse? ¿O cumplirse? ¿O desconfianza por esa llamada intempestiva? Por fin, escuchó la respuesta, pronunciada sin la menor emoción:

 

  –Si ha ocurrido algo tan grave, como Presidente de la República no me corresponde estar en un cuartel, sino en el Palacio Nacional. Voy para allá. Le sugiero que la reunión se celebre en mi despacho. Buenas noches.

 

  Sin darle tiempo a replicar, cortó.

 

  Johnny Abbes García lo escuchó con atención. Bien, iría a la reunión, pero después de escuchar el testimonio del capitán Zacarías de la Cruz, que, malherido, acababa de llegar al Hospital Marión. Sólo Negro Trujillo pareció aceptar la convocatoria. «Voy allá de inmediato.» Lo notó desbordado por lo que acontecía. Pero, como luego de media hora de espera, no apareció, el general José René Román supo que su plan de último minuto no tenía posibilidad de concretarse. Ninguno de los tres caería en la emboscada. Y él, por su manera de actuar, comenzaba a hundirse en unas arenas movedizas de las que pronto sería tarde para escapar. A menos que se apoderara de un avión militar y se hiciera llevar a Haití, Trinidad, Puerto Rico, las Antillas francesas o Venezuela, donde lo recibirían con los brazos abiertos.

 

  A partir de ese momento, entró en un estado sonámbulo. El tiempo se eclipsaba, o, en vez de avanzar, giraba, monomaniática repetición que lo deprimía y encolerizaba. No saldría más de ese estado los cuatro meses y medio que le quedaban de vida, si es que eso merecía llamarse vida Y no infierno, pesadilla. Hasta el 12 de octubre de 1961 no Volvió a tener una noción clara de la cronología; si, en cambio, de la misteriosa eternidad, que jamás le interesó. En los sobresaltos de lucidez que lo asaltaban para recordarle que estaba vivo, que aquello no había terminado, se martirizaba con la misma indagación: ¿por qué, sabiendo que era esto lo que te esperaba, no actuaste como debías? Aquella pregunta lo maltrataba más que las torturas a las que se enfrentó con gran coraje, acaso para probarse a sí mismo que no fue por cobardía que se condujo con tanta indecisión aquella interminable noche del 31 de mayo de 1961.

 

  Incapaz de sintonizar con sus actos, cayó en contradicciones e iniciativas erráticas.  Ordenó a su cuñado, el general Virgilio García Trujillo, despachar de San Isidro, donde estaban las divisiones blindadas, cuatro tanques y tres compañías de infantes para reforzar la Fortaleza 18 de Diciembre.  Pero, de inmediato, decidió abandonar este local y trasladarse al Palacio.  Instruyó al jefe de Estado Mayor del Ejército, el joven general Tuntin Sánchez, que lo mantuviera informado sobre la búsqueda.  Antes de partir, llamó a La Victoria, a Américo Dante Minervino.  De manera terminante, le ordenó liquidar en el acto, en la más absoluta discreción, a los detenidos mayor Segundo Imbert Barreras y Rafael Augusto Sánchez Saulley, y hacer desaparecer los cadáveres, pues temió que Antonio Imbert, del grupo de acción, hubiera alertado a su hermano sobre su complicidad en la conjura.  Américo Dante Minervino, habituado a estas misiones, no hizo preguntas: «Entendida la orden, mi general».  Desconcertó al general Tuntin Sánchez diciéndole que aleccionara a las patrullas del SIM, del Ejército y de la Aviación que estaban en la búsqueda, que las personas de las listas de «enemigos» y «desafectos» que se les había entregado, debían ser ultimadas al menor intento de resistir el arresto. («No queremos prisioneros que sirvan para desatar campañas internacionales contra nuestro país».) Su subordinado no hizo comentarios.  Trasmitiría sus instrucciones al pie de la letra, mi general.

 

  Al salir de la Fortaleza rumbo al Palacio, el teniente de guardia le informó que un automóvil con dos civiles, uno de los cuales decía ser su hermano Ramón (Bibín), había llegado a la entrada del recinto, exigiendo verlo.  Siguiendo sus órdenes, los obligó a retirarse.  Asintió, sin decir palabra.  Su hermano estaba, pues, en la conjura, y, por tanto, Bibín pagaría también por sus dudas y rodeos.  Sumído en esa especie de hipnosis pensó que su indolencia acaso se debía a que, aunque el cuerpo del jefe estuviera muerto, su alma, su espíritu o como se llamara eso, continuaba esclavizándolo.

 

  En el Palacio Nacional encontró desbarajuste y desolación.  Casi toda la familia Trujillo estaba reunida.  Petán, botas de montar y metralleta al hombro, acababa de llegar de su feudo de Bonao y se paseaba de un lado a otro como un charro de caricatura.  Héctor (Negro), hundido en su sofá, se frotaba los brazos como con frío.  Mireya, y su suegra Marina, consolaban a doña María, la mujer del jefe, pálida como muerta, cuyos ojos despedían fuego.  En cambio, la bella Angelita lloraba y se retorcía las manos, sin que su marido, el coronel José León Estévez (Pechito), de uniforme y cariacontecido, consiguiera tranquilizarla.  Sintió los ojos de todos clavados en él: ¿alguna noticia? Los abrazó, uno por uno: se estaba pasando a rastrillo la ciudad, casa por casa, calle por calle, y, pronto… Entonces descubrió que ellos sabían más que el jefe de las Fuerzas Armadas.  Había caído uno de los conspiradores, el ex militar Pedro Livio Cedeño, a quien Abbes García interrogaba en la Clínica Internacional.  Y el coronel José León Estévez había ya prevenido a Ramfis y a Radhamés, quienes estaban gestionando el alquiler de un avión de Air France que los trajera de París.  A partir de este momento, supo también que el poder adscrito a su cargo, que había malgastado en las últimas horas, comenzaba a perderlo; las decisiones ya no salían de su despacho, sino del de los jefes del SIM, Johnny Abbes García y el coronel Figueroa Carrión, o de parientes y allegados de Trujillo, como Pechito o su cuñado Virgilio.  Una invisible presión lo alejaba del poder.  No le sorprendió que Negro Trujillo no le diera explicación alguna por no haber asistido a la reunión que lo invitó.

 

  Se apartó del grupo, se precipitó a una cabina y llamó a la Fortaleza.  Ordenó a su jefe de Estado Mayor que enviara tropa a rodear la Clínica Internacional y a poner bajo vigilancia al ex oficial Pedro Livio Cedeño, e impedir que el SIM lo sacara de allí, usando la fuerza si pretendía hacerlo.  El prisionero debía ser trasladado a la Fortaleza 18 de Diciembre. Él iría a interrogarlo personalmente.  Tuntin Sánchez, luego de un ominoso intervalo, se limitó a despedirse: «Buenas noches, mi general».  Se dijo, atormentado, que acaso era ésta su peor equivocación en toda la noche.

 

  En la sala donde se hallaban los Trujillo, había más gente.  Todos escuchaban, en silencio compungido, al coronel Johnny Abbes García, quien, de pie, hablaba con pesadumbre:

 

  –El puente dental encontrado en la carretera es de Su Excelencia.  Lo ha confirmado el doctor Fernando Camino.  Cabe suponer que, si no ha muerto, su estado es gravísimo.

 

  –¿Qué pasa con los asesinos? -lo interrumpió Román, en actitud desafiante-. ¿Habló el sujeto? ¿Denunció a sus cómplices?

 

  La mofletuda cara del jefe del SIM se volvió hacia él. Sus ojillos de batracio lo bañaron con una mirada que, en el grado extremo de susceptibilidad en que se encontraba, le pareció burlona.

 

  –Ha delatado a tres -explicó Johnny Abbes, mirándolo sin pestañear-.  Antonio Imbert, Luis Amiama y el general Juan Tomás Díaz. Éste es el cabecilla, dice.

 

  –¿Los han capturado?

 

  –Mi gente los busca por toda Ciudad Trujillo -aseguró Johnny Abbes García-.  Algo más.  Estados Unidos podría estar detrás de esto.

 

  Musitó unas palabras de felicitación al coronel Abbes y regresó a la cabina.  Volvió a llamar al general Tuntin Sánchez.  Las patrullas debían arrestar de inmediato al general Juan Tomás Díaz, a Luis Amiama y Antonio Imbert, así como a sus familiares, «vivos o muertos, no importaba, acaso mejor muertos, pues la CIA podría intentar sacarlos del país».  Cuando colgó, tuvo una certeza; tal como evolucionaban las cosas, ni siquiera el exilio sería factible.  Tendría que pegarse un tiro.

 

  En el salón, Abbes García seguía hablando.  Ya no de los asesinos; de la situación en que quedaba el país.

 

  –Es indispensable que en estos momentos un miembro de la familia Trujillo asuma la Presidencia de la República -afirmó-.  El doctor Balaguer debe renunciar y ceder su cargo al general Héctor Bienvenido o al general José Arismendi.  Así, el pueblo sabrá que el espíritu, la filosofía y la política del jefe no sufrirán menoscabo y seguirán guiando la vida dominicana.

 

  Hubo un intervalo incómodo.  Los presentes cambiaban miradas.  El vozarrón vulgar y matonesco de Petán Trujillo dominó la sala:

 

  –Johnny tiene razón.  Balaguer debe renunciar.  Asumiremos la Presidencia Negro o yo.  El pueblo sabrá que Trujillo no ha muerto.

 

  Entonces, siguiendo las miradas de todos los presentes, el general Román descubrió que el Presidente fantoche estaba allí.  Menudo y discreto como siempre, había escuchado, en una silla de la esquina, se diría que tratando de no incomodar.  Vestía con la corrección de siempre y mostraba absoluta tranquilidad, como si aquello fuese un trámite menor.  Esbozó media sonrisa y habló con una calma que sedó la atmósfera:

 

  –Como ustedes saben, yo soy Presidente de la República por decisión del Generalísimo, quien siempre se ajustó a los procedimientos constitucionales.  Ocupo este cargo para facilitar las cosas, no para complicarlas.  Si mi renuncia va a aliviar la situación, ahí la tienen.  Pero, permítanme una sugerencia.  Antes de tomar una decisión trascendental, que significa una ruptura de la legalidad, ¿no es prudente esperar la llegada del general Ramfis Trujillo? El hijo mayor del jefe, su heredero espiritual, militar y político ¿no debería ser consultado?

 

  Echó una mirada a la mujer a la que el estricto protocolo trujillista obligaba a los cronistas sociales a llamar siempre la Prestante Dama.  María Martínez de Trujillo reaccionó, imperativa:

 

  –El doctor Balaguer tiene razón.  Hasta que Ramfis llegue, nada debe cambiar -su redonda faz había recobrado los colores.

 

  Viendo bajar los ojos tímidamente al Presidente de la República, el general Román salió por unos segundos del gelatinoso extravío mental para decirse que, a diferencia de él, ese hombrecito desarmado que escribía versos y parecía tan poquita cosa en este mundo de machos con pistolas y metralletas, sabía . muy bien lo que quería y lo que hacía, pues no perdía un instante la serenidad.  En el curso de esa noche, la más larga de su medio siglo de vida, el general Román descubrió que, en el vacío y desorden que lo ocurrido con el Jefe causaba, aquel ser secundario, al que todos habían creído siempre un amanuense, una figurilla decorativa del régimen, empezaba a adquirir sorprendente autoridad.

 

  Como en sueños, en las horas siguientes vio hacerse, deshacerse en grupos y rehacerse a esa asamblea de parientes, allegados y mandos trujillistas, a medida que los hechos se iban relacionando como piezas que llenan los huecos del rompecabezas hasta dar forma a una compacta figura.  Antes de medianoche avisaron que la pistola encontrada en el lugar del atentado pertenecía al general Juan Tomás Díaz.  Cuando Román ordenó que, además de la casa de éste fueran registradas las de todos sus hermanos, le informaron que ya lo hacían las patrullas del SIM, dirigidas por el coronel Figueroa Carrión, y que el hermano de Juan Tomás, Modesto Díaz, entregado al SIM por su amigo el gallero Chucho Malapunta donde se había refugiado, estaba ya preso en La Cuarenta.  Quince minutos después, Pupo telefoneó a su hijo Alvaro.  Le pidió que le trajera municiones extras para su carabina M-1 (no se la había quitado del hombro), convencido de que en cualquier momento tendría que defender su vida, o acabarla por su propia mano.  Luego de conferenciar en su despacho con Abbes García y el coronel Luis José León Estévez (Pechito), sobre el obispo Reilly, tomó la iniciativa de decir que bajo su responsabilidad fuera sacado por la fuerza del Colegio Santo Domingo, y apoyó la tesis del jefe del SIM de ejecutarlo) pues no cabía duda de la Complicidad de la Iglesia en la maquinación criminal.  El marido de Angelita Trujillo, tocándose el revólver, dijo que sería un honor para él ejecutar la orden.  Volvió antes de una hora, airado.  La operación se había realizado sin mayores incidentes, salvo unos cuantos golpes a unas monjas y a dos curas redentoristas, también gringos, que intentaron proteger al purpurado.  El único muerto era un pastor alemán, guardián del colegio, que, antes de recibir un balazo, mordió a un callé. El obispo estaba ahora en el centro de detención de la Fuerza Aérea, en el kilómetro nueve de la carretera a San Isidro. El comandante Rodríguez Méndez, jefe del centro, se negó a ejecutar al obispo e impidió que Pechito León Estévez lo hiciera, alegando órdenes de la Presidencia de la República.

 

  Estupefacto, Román le preguntó si se refería a Balaguer.  El marido de Angelita Trujillo, no menos desconcertado, asintió:

 

  –Por lo visto, se cree que existe.  Lo increíble no es que ese mequetrefe se inmiscuya en este asunto.  Sino que sus órdenes sean obedecidas.  Ramfis debe ponerlo en su sitio.

 

  –No es necesario esperar a Ramfis.  Voy a arreglarle cuentas ahora mismo -estalló Pupo Román.

 

  Se dirigió a trancos a la oficina del Presidente, pero, en el pasillo, tuvo un vahido.  Tanteando, consiguió llegar hasta un sillón apartado, en el que se desplomó.  Se quedó dormido de inmediato.  Cuando despertó, un par de horas más tarde, recordaba una pesadilla polar, en la que, temblando de frío en una estepa nevada, veía avanzar sobre él a una jauría de lobos.  Se levantó de un salto y corrió casi hacia la oficina del Presidente Balaguer.  Encontró las puertas abiertas de par en par.  Entró decidido a hacer sentir su autoridad a ese pigmeo entrometido, pero, nueva sorpresa, se dio en el despacho, cara a cara, con el mismísimo obispo Reilly.  Desencajado, la túnica semidesgarrada, con huellas en el rostro de haber sido maltratado, la alta figura del obispo mantenía sin embargo una majestuosa dignidad.  El Presidente de la República estaba despidiéndolo.

 

  –Ah, monseñor, mire quién está aquí, el secretario de las Fuerzas Armadas, general José René Román Fernández -hizo las presentaciones-.  Viene a reiterarle el pesar de la autoridad militar por el lamentable malentendido.  Tiene usted mi palabra, y la del jefe del Ejército, ¿no es cierto, general Román?, que ni usted, ni prelado alguno, ni las hermanas del Santo Domingo, volverán a ser molestados.  Yo mismo daré explicaciones a sister Williemine y a síster Helen Claire.  Vivimos momentos muy difíciles, y usted, hombre de experiencia, lo entenderá.  Hay subalternos que pierden el control y se exceden, como esta noche.  No se volverá a repetir.  He dispuesto que una escolta lo acompañe hasta el colegio.  Le ruego que, ante el menor problema, se ponga en contacto conmigo personalmente.

 

  El obispo Reilly, que miraba todo aquello como si estuviera rodeado de marcianos, hizo un vago movimiento de cabeza a manera de despedida.  Román encaró al doctor Balaguer de mal modo, tocándose la metralleta:

 

  –Me debe una explicación, señor Balaguer. ¿Quién es usted para dar contraorden a una disposición mía, llamando a un centro militar, a un oficial subalterno, saltándose el escalafón? ¿Quién carajo se cree usted?

 

  El hombrecito lo miró como si oyera llover.  Luego de observarlo un momento, esbozó una sonrisita amistosa.  Y, señalando la silla frente al escritorio, lo invitó a sentarse.  Pupo Román no se movió.  La sangre le bullía en las venas, como una caldera a punto de estallar.

 

  –¡Responda mi pregunta, coño! -gritó.

 

  Tampoco esta vez el doctor Balaguer se alteró.  Con la misma suavidad con que declamaba o leía discursos, lo amonestó paternalmente:

 

  –Está usted ofuscado y no es para menos, general.  Pero, haga un esfuerzo.  Vivimos acaso el momento más crítico de la República, y usted más que nadie debe dar al país ejemplo de serenidad.

 

  Resistió su mirada encolerizada -Pupo tenía ganas de golpearlo, y, al mismo tiempo, lo frenaba la curiosidad-, y, luego de sentarse en el escritorio, con la misma entonación, añadió:_

 

  –Agradézcame haberle impedido cometer una grave equivocación, general.  Asesinando a un obispo, no hubiera resuelto sus problemas.  Los hubiera agravado.  Por si le sirve, sepa que el Presidente al que ha venido a echar palabrotas, está dispuesto a ayudarlo.  Aunque, me temo, no podré hacer mucho por usted.

 

  Román no percibió ironía en aquellas palabras. ¿Escondían una amenaza? No, a juzgar por la bondadosa manera como lo miraba Balaguer.  La furia se le disipó.  Ahora tenía miedo.  Envidiaba la tranquilidad de este enano melifluo.

 

  –Sepa que he ordenado ejecutar a Segundo Imbert y a Papito Sánchez, en La Victoria -rugió, desaforado, sin pensar en lo que decía-.  Estaban también en esta conjura.  Haré lo mismo con todos los implicados en el asesinato del jefe.

 

  El doctor Balaguer asintió levemente, sin que su expresión cambiara un ápice.

 

  –A grandes males, grandes remedios -murmuró, de manera críptica.  Y, levantándose, avanzó hasta la puerta de su despacho, por la que salió, sin despedirse.

 

  Román permaneció allí sin saber qué hacer.  Optó por dirigirse a su oficina.  A las dos y media de la madrugada, llevó a Mireya, que había tomado un tranquilizante, a la casa de Gazcue.  Allí encontró a su hermano Bibín, haciendo tomar tragos a pico de una botella de Carta Dorada que blandía como un estandarte, a los soldados de la guardia.  Bibín, el vago, el juerguista, el calavera, el timbero, el simpático Bibín apenas se tenía en pie.  Tuvo que subirlo en peso al cuarto de baño de los altos, con el pretexto de ayudarlo a vomitar y a lavarse la cara.  Apenas estuvieron solos, Bibín se echó a llorar.  Contemplaba a su hermano con una tristeza infinita en los ojos aguados.  Un hilillo colgaba de sus labios como una telaraña.  Bajando la voz, atorándose, le contó que, toda la noche, él, Luis Amiama y Juan Tomás lo habían buscado por la ciudad, que desesperados llegaron a maldecirlo. ¿Qué pasó, Pupo? ¿Por qué no hizo nada? ¿Por qué se escondió? ¿No había un Plan, acaso? El grupo de acción cumplió su parte.  Le trajeron el cadáver, como pidió.

 

  –¿Por qué tú no cumpliste, Pupo? -Los suspiros estremecían su pecho-. ¿Qué nos va a pasar ahora?

 

  –Hubo contratiempos, Bibín, se apareció Navajita Espaillat, que lo vio todo.  No se pudo.  Ahora…

 

  –Ahora, estamos jodidos -roncó y se tragó los mocos Bibín-.  Luis Amiama, Juan Tomás, Antonio de la Maza, Tony Imbert, todos.  Pero, sobre todo, tú. TU, y, después, yo, por ser tu hermano.  Si me quieres algo, pégame un tiro ahora mismo, Pupo.  Dispárame esa metralleta, aprovecha que estoy borracho.  Antes que lo hagan ellos.  Por lo que más quieras, Pupo.

 

  En eso, tocó la puerta del baño Alvaro: acababan de encontrar el cadáver del Generalísimo en el baúl de un auto, en casa del general Juan Tomás Díaz.

 

  No pegó los ojos aquella noche, ni la siguiente, ni la subsiguiente, y, probablemente, en cuatro meses y medio no volvió a experimentar lo que había sido para él dormir -descansar, olvidarse de sí mismo y de los otros, disolverse en una inexistencia de la que regresaba recuperado, con más ímpetus-, aunque sí perdió el conocimiento muchas veces, y pasó largas horas, días y noches, en un estupor estúpido, sin imágenes, sin ideas, con el fijo deseo de que viniera la muerte a liberarlo.  Todo se mezclaba y revolvía, como si el tiempo se hubiera hecho un asopao, un revoltijo donde antes, ahora y después no tuvieran secuencia lógica, fueran algo recurrente.  Recordaba nítidamente el espectáculo, al llegar al Palacio Nacional, de doña María Martínez de Trujillo, rugiendo ante el cadáver del Jefe: «¡Que la sangre de los asesinos corra hasta la última gota!».  Y, como si fuera consecutivo, pero sólo podía haber ocurrido un día después, la figura esbelta, uniformada, impecable, de un Ramfis descolorido y esclerótico, inclinándose sin doblarse sobre el tallado cajón, contemplando la cara del jefe que había sido maquillada, y murmurando: «Yo no seré tan magnánimo como tú con los enemigos, papi».  Le pareció que Ramfis no hablaba a su padre, sino a él.  Lo abrazó con fuerza y le gimió al oído: «Qué pérdida irreparable, Ramfis.  Menos mal que nos quedas tú».

 

  Se veía a sí mismo, de inmediato, con su uniforme de parada y su inseparable metralleta M-1 en la mano, en la atestada iglesia de San Cristóbal, asistiendo a las honras fúnebres del Jefe.  Algunos párrafos del discurso de un agigantado Presidente Balaguer -«He aquí, señores, tronchado por el soplo de una ráfaga aleve, el roble poderoso que durante más de treinta años desafió todos los rayos y salió vencedor de todas las tempestades»- le humedecieron los ojos.  Lo escuchaba junto a un Ramfis petrificado y rodeado de escoltas con metralletas.  Y se veía, al mismo tiempo, contemplando (¿uno, dos, tres días antes?) la multitudinaria cola de miles y miles de dominicanos de todas las edades, profesiones, razas y clases sociales, esperando, horas de horas, bajo un sol inclemente, para subir las escalinatas de Palacio, y, en medio de exclamaciones histéricas de dolor, desmayos, alaridos, ofrendas a los luases del vudú, rendir su último homenaje al jefe, al Hombre, al Benefactor, al Generalísimo, al Padre.  Y, en medio de eso, él escuchaba los informes de sus ayudantes sobre la captura del ingeniero Huáscar Tejeda y de Salvador Estrella Sadhalá, el final de Antonio de la Maza y del general Juan Tomás Díaz en el parque Independencia esquina Bolívar defendiéndose a balazos, y la muerte, casi simultánea, a poca distancia, del teniente Amador García, también matando antes de que lo mataran, y la devastación y saqueo por el populacho de la casa de la tía que lo asiló.  Recordaba asimismo los rumores sobre la misteriosa desaparición de su compadre Amiama Tió y Antonio Imbert -Ramfis ofrecía medio millón de pesos a quien facilitara su captura-, y la caída de unos doscientos dominicanos, civiles o militares, en Ciudad Trujillo, Santiago, La Vega, San Pedro de Macorís y media docena de lugares más, comprometidos en el asesinato de Trujillo.

 

  Todo aquello se mezclaba, pero, al menos, era inteligible.  Lo era, también, aquel último recuerdo coherente que conservaría su memoria: cómo, al terminar la misa de cuerpo presente del Generalísimo en la iglesia de San Cristóbal, Petán Trujillo lo cogió del brazo: «Vente conmigo en mi carro, Pupo».  En el Cadillac de Petán, supo -fue lo último que supo con certeza total- que ésta era la postrera oportunidad de ahorrarse lo que se venía, descargando su metralleta sobre el hermano del jefe y sobre sí mismo, porque aquel viaje no iba a terminar en su casa de Gazcue.  Terminó en la Base de San Isidro, donde, le mintió Petán, sin Preocuparse de fingir, «habrá una reunión familiar».  En la entrada de la Base Aérea, dos generales, su cuñado Virgilio García Trujillo y el jefe de Estado Mayor del Ejército, Tuntin Sánchez, le informaron que estaba detenido, acusado de complicidad con los asesinos del Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva.  Muy pálidos y evitando mirarlo a los ojos, le pidieron su arma.  Dócilmente, les entregó la metralleta M-1, de la que no se había separado cuatro días.

 

  Lo llevaron a un cuarto con una mesa, una vieja máquina de escribir, un mazo de hojas en blanco y una silla.  Le pidieron que se quitara el cinturón y los zapatos y los entregara a un sargento.  Lo hizo, sin preguntar nada.  Lo dejaron solo, y, minutos después, entraron los dos amigos más íntimos de Ramfis, el coronel Luis José León Estévez (Pechito) y Pirulo Sánchez Rubirosa, quienes, sin saludarlo, le dijeron que escribiera todo lo que sabía sobre la conspiración, dando nombres y apellidos de los conjurados.  El general Ramfis -a quien, por decreto supremo, que el Congreso convalidaría esta noche, el Presidente Balaguer acababa de nombrar comandante en jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República- tenía conocimiento cabal de la trama, gracias a los detenidos, todos los cuales lo habían delatado.

 

  Se sentó a la máquina de escribir y, durante un par de horas, hizo lo que le mandaron.  Era un pésimo mecanógrafo, escribía sólo con dos dedos, y cometió muchas faltas, que no se demoró en corregir.  Lo contó todo, desde su primera conversación con su compadre Luis Amiama, seis meses atrás, y nombró a la veintena de personas que sabía implicadas, pero no a Bibín.  Explicó que para él fue decisivo que Estados Unidos respaldara la conjura, y que sólo aceptó presidir la Junta cívico~militar cuando se enteró, a través de Juan Tomás, que tanto el cónsul Henry Dearborn como el cónsul Jack Bennett, y el jefe de la CIA en Ciudad Trujillo, Lorenzo D. Berry (Wimpy), querían que él la encabezara.  Sólo estampó una mentirita: que exigió, para participar, que el Generalísimo Trujillo fuera secuestrado y obligado a renunciar, pero en ningún caso asesinado.  Los otros conjurados lo traicionaron, incumpliendo esta promesa.  Releyó las cuartillas y las firmó.

 

  Estuvo solo, largo rato, esperando, con una tranquilidad de espíritu que no experimentaba desde la noche del 30 de mayo.  Cuando vinieron a buscarlo, anochecía.  Era un grupo de oficiales desconocidos.  Le pusieron esposas y, siempre sin zapatos, lo sacaron al patio de la Base y lo subieron a una camioneta con los vidrios tintados, en la que leyó «Instituto Panamericano de Educación».  Pensó que lo llevaban a La Cuarenta.  Conocía muy bien aquella tétrica casa de la calle 40, próxima a la Fábrica Dominicana de Cemento.  Había pertenecido al general Juan Tomás Díaz, que la vendió al Estado para que Johnny Abbes la convirtiera en el escenario de sus alambicados métodos de arrancar confesiones a los prisioneros. Él estuvo presente, incluso, luego de la invasión castrista del 14 de junio, cuando uno de los interrogados, el doctor Tejada Florentino, sentado en el grotesco Trono -asiento de jeep, tubos, bastones eléctricos, vergajos de toro, garrote con cabos de madera para estrangular al prisionero a la vez que recibía las descargas-, quedó electrocutado por equivocación del técnico del SIM, que soltó el máximo voltaje.  Pero, no, en vez de a La Cuarenta lo llevaron a El Nueve, en la carretera Mella, una antigua residencia de Pirulo Sánchez Rubirosa.  También albergaba un Trono, más pequeño pero más moderno.

 

  No tenía miedo.  Ahora, no.  El pánico cerval que desde la noche del asesinato de Trujillo lo tuvo como un «montado», según decían de los que quedaban vaciados de sí mismos y ocupados por espíritus en las ceremonias de vudú, se había eclipsado por completo.  En El Nueve, lo desnudaron y sentaron en la silla negruzca, en el centro de una habitación sin ventanas y apenas iluminada.  El fuerte olor a excremento y a orines le dio náuseas.  La silla era deforme y absurda, con sus añadidos.  Estaba empotrada en el piso y tenía correajes y anillos para sujetar los tobillos, las muñecas, el pecho y la cabeza.  Sus brazos estaban revestidos de placas de cobre para facilitar el paso de la corriente.  Un manojo de cables salía del Trono hasta un escritorio o mostrador, donde se controlaba el voltaje.  En la mortecina luz, mientras lo sujetaban a la silla, reconoció entre Pechito León Estévez y Sánchez Rubirosa, la exangüe cara de Ramfis.  Se había cortado el bigote y estaba sin los eternos espejuelos Ray Ban.  Lo miraba con la mirada extraviada que le había visto cuando dirigía las torturas y asesinatos de los sobrevivientes de Constanza, Maimón y Estero Hondo de junio de 1959.  Lo seguía mirando sín decir nada, mientras un callé lo rapaba, otro, arrodillado, le sujetaba los tobillos, y un tercero rociaba perfume por el local.  El general Román Fernández resistió aquellos ojos.

 

  –Tú eres el peor de todos, Pupo -lo oyó decir, de pronto, la voz rota de dolor-.  Todo lo que eres y todo lo que tienes se lo debes a papi. ¿Por qué lo hiciste?

 

  –Por amor a mi Patria -se oyó decir.

 

  Hubo una pausa.  Ramfis habló otra vez:

 

  –¿Está complicado Balaguer?

 

  –No lo sé.  Luis Amiama me dijo que lo habían sondeado, a través de su médico.  No parecía muy seguro.  Tiendo a creer que no lo estaba.

 

  Ramfis movió la cabeza y Pupo se sintió lanzado con fuerza ciclónica hacia adelante.  El sacudón pareció machacarle todos los nervios, del cerebro a los pies.  Correas y anillos le cercenaban los músculos, veía bolas de fuego, agujas filudas le hurgaban los poros.  Resistió sin gritar, sólo rugiendo.  Aunque, a cada descarga -se sucedían con intervalos en que le echaban baldazos de agua para reanimarlo- perdía el conocimiento y quedaba ciego, volvía luego a la conciencia.  Entonces, sus narices se llenaban de ese perfume de sirvientas.  Trataba de guardar cierta compostura, de no humillarse pidiendo compasión.  En la pesadilla de la que nunca saldría, de dos cosas estuvo seguro: entre sus torturadores jamás apareció Johnny Abbes García, y, en algún momento, alguien que podía ser Pechito León Estévez, o el general Tuntin Sánchez, le hizo saber que Bibín había tenido mejores reflejos que él, pues alcanzó a dispararse un balazo en la boca cuando el SIM lo fue a buscar a su casa de la Arzobispo Notiel con la José Reyes.  Pupo se preguntó muchas veces si sus hijos Alvaro y José René, a quienes jamás habló de la conspiración, habrían alcanzado a matarse.

 

  Entre sesión y sesión de silla eléctrica, lo arrastraban, desnudo, a un calabozo húmedo, donde baldazos de agua pestilente lo hacían reaccionar.  Para impedirle dormir le sujetaron los párpados a las cejas con esparadrapo.  Cuando, pese a tener los ojos abiertos, entraba en semiinconsciencia, lo despertaban golpeándolo con bates de béisbol.  Varias veces le embutieron en la boca sustancias incomestibles; alguna vez detectó excremento y vomitó.  Luego, en ese rápido descenso a la inhumanidad, pudo ya retener en el estómago lo que le daban.  En las primeras sesiones de electricidad, Ramfis lo interrogaba.  Repetía muchas veces la misma pregunta, a ver si se contradecía. («¿Está implicado el Presidente Balaguer?».) Respondía haciendo esfuerzos inauditos para que la lengua le obedeciera.  Hasta que oyó risa y, luego, la voz incolora y algo femenina de Ramfis: «Cállate, Pupo.  No tienes nada que contarme.  Ya lo sé todo.  Ahora sólo estás pagando tu traición a papi».  Era la misma voz con altibajos discordantes de la orgía sanguinaria, luego del 14 de junio, cuando perdió la razón y el jefe tuvo que mandarlo a una clínica psiquiátrica de Bélgica.

 

  Cuando ese último diálogo con Ramfis, ya no pudo verlo.  Le habían quitado los esparadrapos, arrancándole de paso las cejas, y una voz ebria y regocijada le anunció: «Ahora vas a tener oscuridad, para que duermas rico».  Sintió la aguja que perforaba sus párpados.  No se movió mientras se los cosían.  Le sorprendió que sellarle los ojos con hilos lo hiciera sufrir menos que los sacudones del Trono.  Para entonces, había fracasado en sus dos intentos de matarse.  El primero, lanzándose de cabeza con todas las fuerzas que le quedaban contra la pared del calabozo.  Perdió el sentido y se ensangrentó los pelos, apenas.  La segunda, estuvo cerca de conseguirlo.  Encaramándose en las rejas -le habían quitado las esposas, preparándolo para una nueva sesión en El Trono- rompió la bombilla que iluminaba el calabozo.  A cuatro patas, se tragó todos los vidrios, esperando que una hemorragia interna acabara con su vida.  Pero el SIM tenía dos médicos en permanencia y una pequeña asistencia dotada de lo indispensable para impedir que los torturados murieran por mano propia.  Lo llevaron a la enfermería, le hicieron tragar un líquido que le provocó vómitos, y le metieron una sonda para limpiarle las tripas.  Lo salvaron, para que Ramfis y sus amigos pudieran seguir matándolo a poquitos.

 

  Cuando lo castraron, el final estaba cerca.  No le cortaron los testículos con un cuchillo, sino con una tijera, mientras estaba en el Trono.  Oía risitas sobreexcitadas y comentarios obscenos, de unos sujetos que eran sólo voces y olores picantes, a axilas y tabaco barato.  No les dio el gusto de gritar.  Le acuñaron sus testículos en la boca, y se los tragó, anhelando que todo esto apresurara su muerte, algo que el nunca sospechó podía desearse tanto.

 

  En algún momento, reconoció la voz de Modesto Díaz, el hermano del general Juan Tomás Díaz, del que se decía era un dominicano tan inteligente como Cerebrito Cabral o el Constitucionalista Beodo. ¿Lo habían metido en la misma celda? ¿Lo torturaban como a él? La voz de Modesto era amarga y acusatoria:

 

  –Estamos aquí por tu culpa, Pupo. ¿Por qué nos traicionaste? ¿No sabías que te pasaría esto? Arrepiéntete de haber traicionado a tus amigos y a tu país.

 

  No tuvo fuerzas para articular sonido alguno, ni abrir la boca.  Algún tiempo, que podían ser horas, días o semanas luego de aquello, distinguió un diálogo entre un médico del SIM y Ramfis Trujillo:

 

  –Imposible prolongarle más la vida, mi general.

 

  –¿Cuánto le queda? -era Ramfis, sin la menor duda.

 

  –Unas horas, tal vez un día si le doblo el suero.  Pero, en el estado en que se halla, no resistirá una descarga.  Es increíble que haya aguantado cuatro meses, mi general.

 

  –Apártate un poquito entonces, no voy a permitir que muera de muerte natural.  Ponte detrás de mi, no te vaya a rebotar un casquillo.

 

  Con felicidad, el general José René Román sintió la ráfaga final.

 

  Cuando, en el asfixiante altillo de la casita morisca del doctor Robert Reid Cabral donde llevaban ya dos días, el doctor Marcelino Vélez Santana, que había salido a la calle en busca de noticias, vino a decirle, poniéndole una compasiva mano en el hombro, que su casa de la Mahatma Gandhi había sido asaltada y que los caliés se llevaron a su mujer y a sus hijos, Salvador Estrella Sadhalá decidió entregarse.  Sudaba, ahogándose. ¿Qué otra cosa hacer? ¿Permitir que         esos bárbaros mataran a su mujer y a sus hijos? Seguramente los estaban torturando.  La angustia no le permitía rezar por su familia.  Entonces, comunicó a sus compañeros de escondite lo que iba a hacer.

 

  –Sabes lo que eso significa, Turco -lo reprendió Antonio de la Maza-.  Te van a vejar y atormentar de la manera más salvaje antes de matarte.

 

  –Y seguirán maltratando a tu familia delante de ti, para que delates a todo el mundo -insistió el general Juan Tomás Díaz.

 

  –Nadie me hará abrir la boca, aunque me quemen vivo -les juró, con lágrimas en los ojos-.  Sólo denunciaré al canalla de Pupo Román.

 

  Le pidieron no salir del escondite antes que ellos y Salvador aceptó quedarse una noche más.  Que su mujer y sus hijos, Luis de catorce años y Carmen Elly de apenas cuatro añitos, estuvieran en las mazmorras del SIM, rodeados de facinerosos sádicos, lo tuvo toda la noche despierto, acezando, sin rezar, sin pensar en otra cosa.  El remordimiento le roía el corazón: ¿cómo pudiste exponer así a tu familia? Y pasó a segundo plano la mala conciencia que tenía por haber disparado contra Pedro Livio Cedeño. ¡Pobre Pedro Livio! Dónde estaría en estos momentos.  Qué horrores habrían hecho con él.

 

  La tarde del 4 de junio fue el primero en abandonar la casa de los Reid Cabral.  Tomó un taxi en la esquina y le dio la dirección, en la calle Santiago, del ingeniero Feliciano Sosa Mieses, primo de su mujer, con quien siempre se había llevado muy bien.  Sólo quería averiguar si tenía noticias de ella y de los niños, y del resto de la familia, pero fue Imposible.  Le abrió la puerta el mismo Feliciano, y, al verlo, hizo un ademán de ¡Vade retro!, como si tuviera delante al demonio.

 

  –¿Qué tú haces aquí, Turco? -exclamó, furioso-. ¿No sabes que tengo familia? ¿Quieres que nos maten? -Vete! ¡Por lo que más quieras, vete de aquí!

 

  Le cerró la puerta con una expresión de miedo y asco que lo dejó sin saber qué hacer.  Regresó al taxi con una depresión que le ablandaba los huesos.  Pese al calor, se moría de frío.

 

  –¿Me has reconocido, no es verdad? -preguntó al chofer, ya en el asiento.

 

  El hombre, que llevaba una gorrita de béisbol embutida hasta las cejas, no se volvió a mirarlo.

 

  –Lo reconocí desde que subió -dijo, muy tranquilo-.  No se preocupe, conmigo está seguro.  Yo soy antitrujillista, también.  Si hay que correr, corremos juntos. ¿Dónde quiere ir?

 

  –A una iglesia -le dijo Salvador-.  No importa cuál.

 

  Se encomendaría a Dios y, si era posible, se confesaría.  Luego de descargar su conciencia, pediría al párroco que llamara a los guardias.  Pero, a poco de estar circulando rumbo al centro por unas calles donde las sombras crecían, el chofer le advirtió:

 

  –Ese tipo lo denunció, señor.  Ahí están los caliés.

 

  –Párate -le ordenó Salvador-.  Antes de que éstos te maten también.

 

  Se persignó y bajó del taxi, con los brazos en alto, indicando así a los hombres con metralletas y pistolas de los Volkswagen que no ofrecería resistencia.  Le pusieron unas esposas que le cortaban las muñecas y lo embutieron en el asiento de atrás de uno de los «cepillos»; los dos caliés medio sentados encima suyo hedían a sudor y pies.  Arrancaron.  Como tomaron la carretera a San Pedro de Macorís, supuso que lo llevaban a El Nueve.  Hizo el trayecto en silencio, tratando de rezar y dolido porque no lo conseguía.  Su cabeza era un hervidero crepitante, caótico, donde nada se estaba quieto, ni un pensamiento ni una imagen: todo estallaba, como burbujas de jabón.

 

  Ahí estaba la famosa casa, en el kilómetro nueve, en efecto, rodeada de un alto muro de concreto.  Cruzaron un jardín y vio una estancia acomodada, con un chalet antiguo rodeado de árboles, y construcciones rústicas flanqueándola. Lo bajaron a empellones del «cepillo».  Atravesó un pasillo en penumbra, con celdas donde había racimos de hombres desnudos, y lo hicieron descender una larga escalinata.  Se sintió mareado por un olor acre, punzante, a excrementos, vómitos y carne chamuscada.  Pensó en el infierno.  Al fondo de la escalera apenas había luz, pero en las semitinieblas alcanzó a percibir una hilera de celdas, con puertas de hierro @, ventanitas con barrotes, atestadas de cabezas, pugnando por ver.  Al final del subterráneo, le arrancaron a jalones el pantalón, la camisa, el calzoncillo, los zapatos y los calcetines.  Quedó desnudo, con las esposas puestas.  Sentía las plantas de los pies mojadas por una sustancia pegajosa, que manchaba todo el piso de losetas sin desbastar.  Siempre a empujones, lo hicieron entrar a otra habitación, casi totalmente a oscuras.  Allí lo sentaron y amarraron en un sillón descoyuntado, forrado de placas metálicas -tuvo un escalofrío- con correas y anillos de metal para manos y pies.

 

  Durante un buen rato no ocurrió nada.  Trataba de rezar.  Uno de los tipos en calzoncillos que lo había atado -sus ojos comenzaban a desentrañar las sombras- empezó a vaporizar el aire y él reconoció ese perfume barato, Nice, que publicitaban en las radios.  Sentía el frío de las láminas en los muslos, las nalgas, la espalda, y al mismo tiempo traspiraba medio ahogado por la candente atmósfera. Ya distinguía las caras de las gentes que se apretaban a su alrededor; sus siluetas, sus olores, unas facciones.  Reconoció esa cara blandengue de doble papada, coronando un cuerpo contrahecho, de barriguita prominente.  Estaba en una banqueta, sentado entre dos personas, a muy poca distancia.

 

  –¡Qué vergüenza, coño! Un hijo del general Piro Estrella metido en esa vaina -dijo Johnny Abbes-.  No hay gratitud en tu sangre, carajo.

 

  Iba a responderle que su familia no tenía nada que ver con lo que había hecho, que ni su padre, ni sus hermanos, ni su mujer, mucho menos Luisito y la pequeña Carmen Elly sabían nada de esto, cuando la descarga eléctrica lo levantó y aplastó contra las ligaduras y anillos que lo sujetaban.  Sintió agujas en los poros, la cabeza le estalló en pequeños bólidos ardientes, y meó, cagó y vomitó lo que tenía en las entrañas.  Un baldazo de agua lo hizo volver en sí.  Inmediatamente reconoció la otra silueta, a la derecha de Abbes García: Ramfis Trujillo.  Quiso insultarlo y a la vez suplicarle que soltara a su mujer, a Luisito y a Carmen, pero su garganta no emitió sonido alguno.

 

  –¿Es verdad que Pupo Román está en el complot? -desafinó Ramfis.

 

  Otro baldazo de agua le devolvió el uso de la palabra.

 

  –Sí, sí -articuló, sin reconocer su voz-.  Ese cobarde, ese traidor, sí. Él nos mintió. Máteme, general Trujillo, pero suelte a mi mujer y a mis hijos.  Son inocentes.

 

  –No va a ser tan fácil, pendejo -contestó Ramfis-.  Antes de irte al infierno, tienes que pasar por el purgatorio. ¡Hijo de puta!

 

  Una segunda descarga volvió a catapultarlo contra las amarras -sintió que sus ojos saltaban de sus órbitas como las de un sapo- y perdió el sentido.  Cuando lo recuperó, estaba en el suelo de una celda, desnudo y esposado, en medio de un charco fangoso.  Le dolían los huesos, los músculos, y sentía un ardor insoportable en los testículos y el ano, como si los tuviera desollados.  Pero, más angustiosa era la sed; su garganta, su lengua, su paladar, parecían lijas ardientes.  Cerró los ojos y rezó.  Pudo hacerlo, con intervalos en los que su mente quedaba en blanco; por unos segundos, volvía a concentrarse en la oración.  Rezó a la Virgen de las Mercedes, recordándole la unción con que había peregrinado, de joven, a Jarabacoa, y subido al Santo Cerro, a arrodillarse a sus pies en el Santuario a su memoria.  Humildemente le pidió que amparase a su mujer, a Luisito y Carmen Elly, de las crueldades de la Bestia.  En medio del horror, se sintió agradecido.  Podía rezar otra vez.

 

  Cuando abrió los ojos, reconoció, en el cuerpo desnudo y magullado, lleno de heridas y hematomas, tumbado a su lado, a su hermano Guarionex. ¡En qué estado habían dejado, Dios mío, al pobre Guaro! El general tenía los ojos abiertos y lo miraba, en la rancia luz que una bombilla del pasillo dejaba filtrarse por la ventanita con barrotes. ¿Lo reconocía?

 

  –Soy el Turco, tu hermano, soy Salvador -le dijo, arrastrándose hacia él-. ¿Puedes oírme? ¿Puedes verme, Guaro?

 

  Estuvo un tiempo infinito tratando de comunicarse con su hermano, pero no lo consiguió.  Guaro estaba vivo; se movía, quejaba, abría y cerraba los ojos.  A veces, prorrumpía en extravagancias y daba órdenes a sus subordinados: «¡Muévame esa mula, sargento!».  Y ellos habían ocultado el Plan al general Guarionex Estrella Sadhalá por considerarlo demasiado trujillista.  Qué sorpresa para el pobre Guaro: ser arrestado, torturado e interrogado por algo que ignoraba totalmente.  Trató de explicárselo a Ramfis y a Johnny Abbes la próxima vez que lo llevaron a la sala de torturas y lo sentaron en El Trono, y se lo repitió y juró muchas veces, entre los desmayos que le producían las descargas, y mientras lo azotaban con esos vergajos, los «güevos de toro», que le arrancaban tirones de piel.  Ellos no parecían interesados en saber la verdad.  Les juró por Dios que ni Guarionex, ni sus otros hermanos, y menos su padre, habían participado en la conjura, y les gritó que lo que le habían hecho al general Estrella Sadhalá era una injusticia monstruosa, por la que responderían en la otra vida.  No lo escuchaban, más interesados en darle tormento que en interrogarlo.  Sólo después de un tiempo interminable -¿habían pasado horas, días, semanas, desde su captura?- se dio cuenta que, con cierta regularidad, le daban una sopa con pedazos de yuca, una raja de pan y unos jarros de agua en los que los carceleros solían escupir al pasárselos.  A él no le importaba nada ya.  Podía rezar.  Lo hacía en todos los momentos libres y lúcidos, y a veces hasta dormido o desmayado.  Pero no cuando lo estaban torturando.  En el Trono, el dolor y el miedo lo paralizaban.  De tanto en tanto, venía un médico del SIM a auscultarle el corazón y a ponerle una inyección que le devolvía las fuerzas.

 

  Un día, o noche, pues en el calabozo era imposible saber la hora, desnudo y en esposas lo sacaron de la celda, lo hicieron subir la escalinata y lo empujaron a un cuartito soleado.  La luz blanca lo cegó.  Al fin, reconoció la pálida cara apuesta de Ramfis Trujillo, y, a su lado, derecho siempre a pesar de sus años, a su padre, el general Piro Estrella.  Al reconocer al anciano, a Salvador los ojos se le aguaron.

 

  Pero, en vez de emocionado al ver el desecho en que estaba convertido su hijo, el general bramó de indignación:

 

  –¡No te reconozco! ¡No eres mi hijo! ¡Asesino! ¡Traidor! -manoseaba, ahogado de ira-. ¿No sabes lo que yo, tú y todos debemos a Trujillo? ¿A ese hombre has asesinado? ¡Arrepiéntete, miserable!

 

  Tuvo que apoyarse en una mesa porque había comenzado a trastabillar.  Bajó los ojos. ¿Fingía el viejo? ¿Aspiraba a ganarse de ese modo a Ramfis, para luego rogarle que le salvara la vida? ¿O el fervor trujillista de su padre era más fuerte que el sentimiento filial? Esa duda lo desgarró todo el tiempo, salvo durante las sesiones de tortura.  Éstas se sucedían cada día, cada dos días, acompañadas, ahora sí, de larguísimos, enloquecedores interrogatorios en los que, una y mil veces, le repetían las mismas preguntas, le exigían los mismos detalles y trataban de hacerle denunciar nuevos conspiradores.  Nunca le creyeron que no conocía a nadie fuera de los que ellos ya conocían, que ninguno de sus familiares había sido cómplice, y menos que nadie Guarionex.  Ni Johnny Abbes ni Ramfis asomaban en aquellas sesiones; las conducían subalternos que llegaron a serle familiares: el teniente Clodoveo Ortiz, el licenciado Eladio Ramírez Suero, el coronel Rafael Trujillo Reynoso, el primer teniente de la Policía Pérez Mercado.  Algunos parecían divertirse con los bastones eléctricos que le pasaban por el cuerpo, o golpeándolo en el cráneo y las espaldas con porras forradas de goma y quemándolo con cigarrillos; otros parecían hacerlo con disgusto o aburrimiento.  Siempre, al comienzo de cada sesión, uno de los esbirros semidesnudos responsables de las descargas, rociaba la atmósfera con Nice, para apagar la hediondez de las defecaciones y la carne chamuscada.

 

  Un día, ¿qué día podía ser?, metieron a su celda a Fifí Pastoriza, Huáscar Tejeda, Modesto Díaz, Pedro Livio Cedeño y a Tunti Cáceres, ese sobrinito de Antonio de la Maza, quien, en el Plan original, iba a manejar el auto que finalmente condujo Antonio Imbert.  Estaban desnudos y espesados, como él.  Habían estado siempre aquí, en El Nueve, en Otras celdas, y recibido el mismo tratamiento de descargas, latigazos, quemaduras y agujas en las orejas y en las uñas.  Y sometidos a infinitos interrogatorios.

 

  Por ellos supo que Imbert y Luis Amiama habían desaparecido, y que, en su desesperación por encontrarlos, Ramfis ofrecía ahora medio millón de pesos a quien facilitara su captura.  Por ellos supo también que habían muerto, peleando, Antonio de la Maza, el general Juan Tomás Díaz y Amadito.  En vez del aislamiento en que lo habían tenido, ellos pudieron conversar con los carceleros y enterarse de qué ocurría en el exterior.  Huáscar Tejeda, a través de uno de sus torturadores, con el que intimó, conoció el diálogo entre Ramfis Trujillo y el padre de Antonio de la Maza.  El hijo del Generalísimo vino a informar a don Vicente de la Maza, en el calabozo, que su hijo había muerto.  El anciano caudillo de Moca preguntó, sin que le temblara la voz: «¿Murió peleando?».  Ramfis asintió.  Don Vicente de la Maza se santiguó: «¡Gracias, Señor!».

 

  Ver que Pedro Livio Cedeño se había recuperado de sus heridas le hizo bien.  El Negro no le guardaba el más mínimo rencor por haber disparado contra él en el atolondramiento de aquella noche. «Lo que no les perdono es que no me remataran», bromeaba. «¿Para qué me salvaron la vida? ¿Para esto? ¡Pendejos!» El resentimiento de todos contra Pupo Román era muy grande, pero ninguno se alegró cuando Modesto Díaz contó que, desde su celda del piso de arriba, en este mismo local había visto a Pupo, desnudo y esposado, con los párpados cosidos, arrastrado por cuatro esbirros a la cámara de torturas.  Modesto Díaz no era sombra del elegante e inteligente político que fue toda su vida; además de perder muchos kilos, tenía todo el cuerpo llagado y una expresión de infinito desconsuelo. «Así luciré Yo», pensó Salvador.  Desde que lo arrestaron no se había visto en un espejo.

 

  Muchas veces pidió a sus interrogadores que le permitieran un confesor.  Por fin, el carcelero que les traía la comida, preguntó quiénes querían un cura.  Todos levantaron la mano.  Les hicieron ponerse pantalones y los subieron por la empinada escalera hacia la estancia donde el Turco fue insultado por su padre.  Ver el sol, sentir sobre la piel su lamido cálido, le devolvió el ánimo.  Y más todavía confesarse y comulgar, algo que, creyó, nunca más haría.  Cuando el capellán Militar, el padre Rodriguez Canela, los invitó a acompañarlo en una oración en memoria de Trujillo, sólo Salvador se arrodilló y rezó con él.  Sus compañeros permanecieron de pie, incómodos.

 

  Por el padre Rodríguez Canela supo la fecha: 30 de agosto de 1961. ¡Habían pasado sólo tres meses! A él le parecía que esta pesadilla duraba siglos.  Deprimidos, debilitados, desmoralizados, hablaban poco entre sí, y las conversaciones giraban siempre sobre lo que habían visto, oído y vivido en El Nueve.  De todos los testimonios de sus compañeros de celda, a Salvador se le quedó grabada, como marca indeleble, la historia que contó Modesto Díaz entre sollozos.  Las primeras semanas fue compañero de celda de Miguel Angel Báez Díaz.  El Turco se acordaba de su sorpresa, el 30 de mayo, en la carretera a San Cristóbal, cuando el personaje se les apareció en su Volkswagen a asegurarles que Trujillo, con el que había paseado por la Avenida, vendría, y supo de este modo que ese señorón del cogollo trujillista también estaba en la conjura.  Abbes García y Ramfis se encarnizaron con él, por haber estado tan cerca de Trujillo, presenciando las sesiones de electricidad, vergajos y fuego que le infligían y ordenando a los médicos del SIM que lo reanimaran, para seguir.  A las dos o tres semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne.  Miguel Angel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse.  El carcelero volvió a entrar, poco después.  Encaró a Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo quería saber si no le daba asco comerse a su propio hijo.  Desde el suelo, Miguel Angel lo insultó: «Dile de mi parte a ese inmundo hijo de puta, que se trague la lengua y se envenene».  El carcelero se echó a reír.  Se fue y volvió, mostrándoles desde la puerta, una cabeza juvenil que tenía asida por los pelos.  Miguel Angel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un ataque al corazón.

 

  La imagen de Miguel Angel, reconociendo la cabeza de Miguelito, su hijo mayor, obsesionó a Salvador; tenía pesadillas en las que veía, decapitados, a Luisito y Carmen Elly.  Los alaridos que profería dormido enojaban a sus compañeros.

 

  A diferencia de sus amigos, varios de los cuales habían intentado poner fin a sus días, Salvador estaba decidido a resistir hasta el final.  Se había reconciliado con Dios -seguía rezando día y noche, y la Iglesia prohibía el suicidio-.  Tampoco era fácil matarse.  Huáscar Tejeda lo intentó, con la corbata que le robó a uno de los carceleros (la llevaba doblada en el bolsillo de atrás).  Trató de ahorcarse, pero no lo consiguió y, por haberlo intentado, empeoró el castigo.  Pedro Livio Cedeño quiso hacerse matar provocando a Ramfis en la sala de torturas: «Hijo de puta», «bastardo», «hijo de siete leches», «tu madre, la Españolita, fue de burdel antes de ser la querida de Trujillo» y hasta escupiéndolo.  Ramfis no le disparó la ráfaga de metralleta que él ansiaba: «No todavía, desconsuélate.  Eso, al final.  Tienes que seguir pagando.

 

  La segunda vez que Salvador Estrella Sadhalá supo qué fecha era, fue el 9 de octubre de 1961.  Ese día le hicieron ponerse un pantalón y subió una vez más la escalerilla hacia aquella habitación donde los rayos herían los ojos y alegraban la piel.  Pálido e impecable en su uniforme de general de cuatro estrellas, ahí estaba Ramfis, con El Caribe del día en la mano: 9 de octubre de 1961.  Salvador leyó el gran titular: «Carta del general Pedro A. Estrella al general Rafael Leonidas Trujillo Hijo».

 

  –Lee esta carta que me ha enviado tu padre -le alcanzó Ramfis el diario-.  Habla de ti.

 

  Salvador, con las muñecas hinchadas por las esposas, cogió El Caribe.  Aunque sentía vértigo y una indefinible mezcla de asco y tristeza, llegó hasta la última línea.  El general Piro Estrella llamaba al Chivo «el más grande de todos los dominicanos», se jactaba de haber sido su amigo, guardaespaldas y protegido, y se refería a Salvador con epítetos innobles; hablaba de «la felonía de un hijo descarriado y de “la traición de mi hijo, que traicionó a su protector y a sus familiares”. Peor que los insultos, era el párrafo final: su padre agradecía a Ramfis, con servilismo altisonante, que le hubiera regalado dinero para ayudarlo a sobrevivir al serle confiscados los bienes familiares por la participación de su hijo en el magnicidio.

 

  Regresó a su celda mareado de disgusto y vergüenza.  No volvió a levantar cabeza, aunque, ante sus compañeros, procuraba ocultar su desmoralización. «No es Ramfis, es mi padre quien me ha matado», pensaba.  Y sentía envidia por Antonio de la Maza. ¡Qué suerte ser hijo de alguien como don Vicente!

 

  Cuando, pocos días después de ese cruel 9 de octubre, él y sus cinco compañeros de celda fueron trasladados a La Victoria -los lavaron con mangueras y les devolvieron las ropas que llevaban al ser detenidos-, el Turco era un muerto ambulante.  Ni siquiera la posibilidad de recibir visitas -los jueves, por media hora-, abrazar y besar a su mujer, a Luisito y Carmen Elly, pudo arrancarle el hielo que llevaba en el corazón desde que leyó la carta pública del general Piro Estrella a Ramfis Trujillo.

 

  En La Victoria cesaron las torturas y los interrogatorios.  Seguían durmiendo en el suelo, pero ya no desnudos, sino con ropas que les enviaban de casa.  Les quitaron las esposas.  Las familias podían mandarles de comer, bebidas gaseosas y algún dinero, con el que corrompían a los carceleros para que les vendieran periódicos, les dieran información sobre otros presos, o llevaran mensajes a la calle.  El discurso del Presidente Balaguer en las Naciones Unidas, condenando la dictadura de Trujillo y prometiendo una democratización «dentro del orden», hizo renacer la esperanza en la prisión.  Parecía increíble, pero comenzaba a despuntar una oposición política, con la Unión Cívica y el 14 de junio actuando a la luz pública.  Sobre todo, animaba a sus amigos saber que en Estados Unidos, Venezuela y otros lugares se habían formado comités exigiendo que ellos fueran juzgados por un tribunal civil, con observadores internacionales.  Salvador se esforzaba por compartir las ilusiones de los otros.  En sus rezos, rogaba a Dios que le devolviera la esperanza.  Porque no albergaba ninguna. Él había visto aquella expresión implacable de Ramfis. ¿Iba a dejarlos salir libres? jamás.  Llevaría su venganza hasta el final.

 

  Hubo una explosión de júbilo en La Victoria cuando se supo que Petán y Negro Trujillo habían abandonado el país.  Ahora, se iría también Ramfis.  Balaguer no tendría más remedio que conceder una amnistía.  Pero Modesto Díaz, con su lógica poderosa y su fría manera de analizar las cosas, los convenció de que era ahora, más que nunca, cuando familias y abogados debían movilizarse en su defensa.  Ramfis no se iría sin liquidar a los ajusticiadores de papi.  Mientras lo oía, Salvador observaba la ruina en que estaba convertido Modesto: había seguido perdiendo kilos y su cara era la de un anciano lleno de surcos. ¿Cuántos habría perdido él? Los pantalones y camisas que le llevaba su mujer le bailoteaban y cada semana tenía que abrir nuevos agujeros al cinturón.

 

  Estaba siempre triste, aunque no hablaba con nadie de la carta pública de su padre, que tenía como un puñal en la espalda.  Aunque los planes no habían salido como esperaban, y hubiera habido tanta muerte y sufrimiento, su acción contribuyó a cambiar las cosas.  Las noticias que se filtraban hasta las celdas de La Victoria, hablaban de mítines, de jóvenes que decapitaban las estatuas de Trujillo y arrancaban las placas con su nombre y los de su familia, del regreso de algunos exiliados. ¿No era el principio del fin de la Era de Trujillo? Nada de eso se habría conseguido si ellos no mataban a la Bestia.

 

  El regreso de los hermanos de Trujillo fue una ducha helada para los encerrados en La Victoria.  Sin disimular su alegría, el mayor Américo Dante Minervino, director de la prisión, les comunicó el 17 de noviembre a Salvador, Modesto Díaz, Huáscar Tejeda, Pedro Livio, Fifí Pastoriza y el joven Tunti Cáceres, que al anochecer serían trasladados a las celdas del Palacio de justicia, porque mañana habría una nueva reconstrucción del crimen, en la Avenida.  Reuniendo el dinero que les quedaba, mediante un carcelero hicieron llegar a las familias mensajes urgentes, explicándoles que ocurría algo sospechoso; sin duda, la reconstrucción era una farsa, porque Ramfis había decidido matarlos.

 

  Al atardecer, les pusieron las esposas y sacaron a los seis en una camioneta negra de ésas que los capitaleños llamaban La Perrera, con las ventanillas oscurecidas, escoltados por tres guardias armados.  Con los ojos cerrados, Salvador rogó a Dios que cuidara de su mujer y sus hijos.  Contrariamente a lo que temían, no los llevaron a los farallones, lugar favorito de las ejecuciones secretas del régimen.  Fueron al centro, a las celdas situadas en el Palacio de Justicia de La Feria.  Pasaron la mayor parte de la noche de pie, pues el local era tan estrecho que no podían sentarse al mismo tiempo. Lo hacían por turnos, de dos en dos.  Pedro Livio y Fifí Pastoriza estaban animosos; si los habían traído aquí, era cierto lo de la reconstrucción.  Su optimismo contagió a Tunti Cáceres y a Huáscar Tejeda.  Sí, sí, por qué no; los entregarían al Poder Judicial para que jueces civiles los juzgaran.  Salvador y Modesto Díaz permanecían callados, disimulando su escepticismo.

 

  En voz muy baja, el Turco susurró al oído de su amigo: «Éste es el fin ¿cierto, Modesto?».  El abogado asintió, sin decir nada, apretándole el brazo.

 

  Antes de que saliera el sol vinieron a sacarlos del calabozo y los subieron otra vez a La Perrera.  Había un impresionante despliegue militar en torno al Palacio de justicia y Salvador, en la todavía incierta luz, advirtió que todos los soldados llevaban las insignias de la Fuerza Aérea.  Eran de la Base de San Isidro, los predios de Ramfis y Virgilio García Trujillo.  No dijo nada, para no alarmar a sus compañeros.  En el estrecho furgón trató de hablar con Dios, como lo había hecho parte de la noche, pedirle que lo ayudara a morir con dignidad, sin deshonrarse con manifestaciones de cobardía, pero, esta vez, no pudo concentrarse.  Ese fracaso lo angustió.

 

  Luego de un corto recorrido, la camioneta frenó.  Estaban en la carretera a San Cristóbal. Éste era el lugar del atentado, sin duda.  El sol doraba el cielo, los cocoteros de la orilla de la carretera, el mar que ronroneaba golpeando contra el acantilado.  Había muchos guardias por el rededor.  Tenían acordonada la carretera y habían cortado el tráfico en ambas direcciones.

 

  –Para qué esta farsa, el hijito salió tan payaso como el padre -oyó decir a Modesto Díaz.

 

  –Por qué va a ser una farsa -protestó Fifí Pastoriza-. No seas pesimista.  Es una reconstrucción.  Han venido los jueces. ¿No ven?

 

  –Las mismas payasadas que le gustaban al papi -insistió Modesto, moviendo la cabeza con disgusto.

 

  Farsa o no farsa, duró muchas horas, hasta que el sol estuvo en el centro del cielo y comenzó a taladrarles el cráneo.  Uno por uno, los hacían pasar frente a una mesita de campaña armada al aire libre, donde dos hombres de civil les hacían las mismas preguntas que les habían hecho en El Nueve y La Victoria.  Unos taquígrafos registraban sus respuestas.  Sólo oficiales subalternos merodeaban en torno.  Ninguno de los jefes -Ramfis, Abbes García, Pechito León Estévez, Pirulo Sánchez Rubirosa- asomaron por allí mientras duró la tediosa ceremonia.  No les dieron de comer, sólo unos vasos de gaseosas, a mediodía.  Comenzaba la tarde cuando vieron aparecer al rollizo director de La Victoria, el mayor Américo Dante Minervino.  Se mordisqueaba el bigotito con cierto nerviosismo y su semblante era más siniestro que de costumbre.  Venía acompañado de un negro corpulento, con nariz aplastada de boxeador, una metralleta al hombro y una pistola entre el cuerpo y el cinturón.  Los subieron a La Perrera.

 

  –¿Adónde vamos? -preguntó Pedro Livio a Minervino.

 

  –De regreso a La Victoria -dijo éste-.  Vine a llevarlos yo mismo para que no se pierdan en el camino.

 

  –Qué honor -comentó Pedro Livio.

 

  El mayor se puso al volante y el negro con cara de boxeador a su lado.  En el furgón de La Perrera, los tres guardias que los escoltaban eran tan jóvenes que parecían recién reclutados.  Se los notaba tensos, abrumados por la responsabilidad de cuidar presos tan importantes.  Además de esposados, les amarraron los tobillos con unas cuerdas algo flojas, que les permitían dar pasitos cortos.

 

  –¿Qué carajo significan estas sogas? -protestó Tunti Cáceres.

 

  Uno de los guardias le señaló al mayor, llevándose un dedo a la boca: «Cállate».

 

  Durante el largo recorrido, Salvador comprendió que no iban de vuelta a La Victoria, y, por las caras de sus compañeros, ellos también lo adivinaban.  Permanecían mudos, algunos con los ojos cerrados y otros con las pupilas muy abiertas, encendidas, como tratando de atravesar las placas metálicas del furgón para averiguar dónde se encontraban.  No trató de rezar.  El desasosiego era tan grande que sería inútil.  El Señor comprendería.

 

  Cuando la camioneta se detuvo, oyeron el mar, embistiendo al pie de un alto farallón.  Los guardias abrieron la portezuela del furgón.  Estaban en un paraje desierto, de tierra rojiza, con ralos árboles, en lo que parecía un promontorio.  El sol seguía brillando, pero ya comenzaba su curva descendente.  Salvador se dijo que morir sería una manera de descansar.  Lo que ahora sentía era un enorme cansancio.

 

  Dante Minervino y el negro fortachón con cara de boxeador, hicieron que los tres guardias adolescentes bajaran del furgón, pero cuando los seis prisioneros iban a seguirlos, los atajaron: «Quietos ahí».  Acto seguido, comenzaron a disparar.  No a ellos, a los soldaditos.  Los tres muchachos cayeron acribillados sin tiempo de asombrarse, de comprender, de gritar.

 

  –¡Qué hacen, qué hacen, criminales! -rugió Salvador-. ¡Por qué contra esos pobres guardias, asesinos!

 

  –No los matamos nosotros, sino ustedes -le repuso, muy serio, el mayor Dante Minervino, mientras recargaba su metralleta; el negro de cara aplastada lo festejó con una carcajada-.  Ahora sí, bajen.

 

  Aturdidos, idiotizados por la sorpresa, los seis fueron bajados y, tropezándose -las amarras los obligaban a avanzar dando ridículos saltitos- contra los cadáveres de los tres guardias, llevados a otra camioneta idéntica, parqueada a pocos metros.  Había un solo hombre de civil, cuidándola.  Después de encerrarlos en el furgón, los tres se apretaron en el asiento de adelante.  Dante Minervino volvió a tomar el timón.

 

  Ahora sí, Salvador pudo rezar.  Oía a uno de sus compañeros sollozando, pero ese llanto no lo distraía.  Rezaba sin dificultad, como en las mejores épocas, por él, por su familia, por los tres guardias recién asesinados, por sus cinco compañeros en el furgón, uno de los cuales, en un ataque de nervios, se daba de cabezazos contra la placa metálica que los separaba del conductor, blasfemando.

 

  No supo cuánto duró aquel recorrido, pues en ningún momento dejó de rezar.  Sentía paz y una inmensa ternura recordando a su mujer y a sus hijos.  Cuando frenaron y abrieron la portezuela, vio el mar, el atardecer, el sol hundiéndose en un cielo azul tinta.

 

  Los bajaron a empellones.  Estaban en el patio-jardín de una casa muy grande, junto a una piscina.  Había un puñado de palmas canas de moños enhiestos y, a unos veinte metros’ una terraza con siluetas de hombres con vasos en las manos.  Reconoció a Ramfis, a Pechito León Estévez, al hermano de éste, Alfonso, a Pirulo Sánchez Rubirosa y dos o tres desconocidos.  Alfonso León Estévez vino corriendo hacia ellos, sin soltar su vaso de whisky.  Ayudó a Américo Dante Minervino y al negro boxeador a empujarlos hacia los cocoteros.

 

  –¡Uno por uno, Pechito! -ordenó Ramfis. «Está borracho», pensó Salvador.  Tuvo que emborracharse para celebrar su última fiesta, el hijo del Chivo.

 

  Acribillaron primero a Pedro Livio, que se desplomó instantáneamente bajo la cerrada descarga de tiros de revólver y ráfagas de metralleta que se abatió sobre él.  Después, arrastraron a los cocoteros a Tunti Cáceres, quien, antes de caer, insultó a Ramfis: «¡Degenerado, cobarde, maricón!».  Y, luego, a Modesto Díaz, que gritó «¡Viva la República!» y quedó retorciéndose en el suelo antes de expirar.

 

  Luego, le tocó a él.  No tuvieron que empujarlo ni arrastrarlo.  Dando los cortos pasitos que le permitían las amarras de los tobillos, fue por su cuenta hacia los cocoteros donde yacían sus amigos, agradeciendo a Dios que le hubiera permitido estar con Él en sus últimos momentos, y diciéndose con cierta melancolía que no conocería nunca Basquinta, aquel pueblecito libanés de donde, para conservar su fe, salieron los Sadhalá a buscar fortuna por estas tierras del Señor.

 

 

 

XXII

 

 

 

Cuando, todavía sin salir del sueño, oyó repicar el teléfono, el Presidente Joaquín Balaguer presintió algo gravísimo.  Levantó el auricular a la vez que se restregaba los ojos con la mano libre.  Oyó al general José René Román, convocándolo a una reunión de alto nivel en el Estado Mayor del Ejército. «Lo han matado», pensó.  La conjura había tenido éxito.  Se despertó del todo.  No podía perder tiempo apiadándose o encolerizándose; por el momento, el problema era el jefe de las Fuerzas Armadas.  Carraspeo, y dijo, despacio: «Si ha ocurrido algo tan grave, como Presidente de la República no me corresponde estar en un cuartel, sino en el Palacio Nacional.  Voy para allá.  Le sugiero que la reunión se celebre en mi despacho.  Buenas noches».  Colgó, antes de que el ministro de las Fuerzas Armadas tuviera tiempo de contestarle.

 

  Se levantó y se vistió, sin hacer ruido, para no despertar a sus hermanas.  Habían matado a Trujillo, era seguro. Y estaba en marcha un golpe de Estado, encabezado por Román. ¿Para qué podía llamarlo a la Fortaleza 18 de Diciembre? Para obligarlo a renunciar, arrestarlo o exigirle que apoyara el levantamiento.  Lucía torpe, mal planeado.  En vez de telefonear, debió mandarle una patrulla.  Román, por más que estuviera al mando de las Fuerzas Armadas, carecía de prestigio para imponerse a las guarniciones.  Aquello iba a fracasar.

 

  Salió y pidió al retén de guardia que despertara a su chofer.  Mientras éste lo llevaba al Palacio Nacional por una avenida Máximo Gómez desierta y a oscuras, anticipó las horas siguientes: enfrentamientos entre guarniciones rebeldes y leales y posible intervención militar norteamericana.  Washington requeriría algún simulacro constitucional para esta acción, y, en estos momentos, el Presidente de la República representaba la legalidad.  Su cargo era decorativo, cierto. Pero, muerto Trujillo, se cargaba de realidad.  Dependía de su conducta que pasara, de mero embeleco, a auténtico jefe de Estado de la República Dominicana.  Tal vez, sin saberlo, desde que nació, en 1906, esperaba este momento.  Una vez más se repitió la divisa de su vida: ni un instante, por ninguna razón, perder la calma.

 

  Esta decisión se vio reforzada apenas entró al Palacio Nacional y percibió el desbarajuste que reinaba.  Habían doblado la guardia y por pasadizos y escaleras circulaban soldados armados, buscando a quien disparar.  Algunos oficiales, al verlo caminando sin premura a su despacho, parecieron aliviados; tal vez él sabría qué hacer.  No llegó a su oficina.  En el salón de visitas contiguo al despacho del Generalísimo, vio a la familia Trujillo: la esposa, la hija, los hermanos, sobrinos y sobrinas.  Se dirigió a ellos con la expresión grave que el momento exigía.  Angelita tenía los ojos llenos de lágrimas y estaba pálida; pero en la cara gruesa y estirada de la doña María había rabia, inconmensurable rabia.

 

  –¿Qué nos va a pasar, doctor Balaguer? -balbuceó Angelita, cogiéndolo del brazo.

 

  –Nada, nada les pasará -la confortó.  Abrazó también a la Prestante Dama-: Lo importante es mantener la serenidad.  Armarnos de valor.  Dios no permitirá que Su Excelencia haya muerto.

 

  Una simple ojeada le bastó para saber que esa tribu de pobres diablos había perdido la brújula.  Petán, agitando una metralleta, daba vueltas sobre sí mismo como un perro que quiere morderse la cola, sudando y vociferando sandeces sobre los cocuyos de la cordillera, su Ejército particular, en tanto que Héctor Bienvenido (Negro), el ex Presidente, parecía atacado de idiotismo catatónico: miraba el vacío, la boca llena de saliva, como si tratara de recordar quién era y dónde estaba.  Y hasta el más infeliz de los hermanos del jefe, Amable Romeo (Pipi), estaba allí, vestido como pordiosero, acurrucado en una silla, boquiabierto.  En los sillones, las hermanas de Trujillo, Nieves Luisa, Marina, Julieta, Ofelia Japonesa, se secaban los ojos o lo miraban, implorando ayuda. A todos les fue murmurando palabras de aliento.  Había un vacío y era preciso llenarlo cuanto antes.

 

  Fue al despacho y llamó al general Santos Mélido Marte, inspector general de las Fuerzas Armadas, el oficial de la alta jerarquía militar con el que tenía más antigua relación.  No estaba enterado de nada y quedó tan estupefacto con la noticia que durante medio minuto sólo pudo articular: «Dios mío, Dios mío». Le pidió que llamara a los comandantes generales y jefes de guarniciones en toda la República, les asegurara que el probable magnicidio no había alterado el orden constitucional y que contaban con la confianza del Jefe del Estado, quien los reconfirmaba en sus cargos. «Me pongo manos a la obra, señor Presidente», se despidió el general.

 

  Le avisaron que el nuncio apostólico, el cónsul norteamericano y el encargado de negocios del Reino Unido estaban a la entrada de Palacio, retenidos por la guardia.  Los hizo pasar.  No los traía el atentado, sino la captura violenta de monseñor Reilly, por hombres armados que habían entrado al Colegio Santo Domingo rompiendo las puertas.  Dispararon al aire, golpearon a las monjas y a los sacerdotes redentoristas de San Juan de la Maguana que acompañaban al obispo y mataron a un perro guardián.  Se habían llevado al prelado a empellones.

 

  –Señor Presidente, lo hago responsable de la vida de monseñor Reilly -lo conminó el nuncio.

 

  –Mi gobierno no tolerará que se atente contra su vida -le advirtió el diplomático estadounidense-.  No necesito recordarle el interés en Washington por Reilly, que es ciudadano norteamericano.

 

  –Tomen asiento, por favor -les señaló las sillas que rodeaban su escritorio.  Levantó el teléfono y pidió que lo comunicaran con el general Virgilio García Trujillo, jefe de la Base Aérea de San Isidro.  Se volvió a los diplomáticos-: Lo lamento más que ustedes, créanme.  No ahorraré esfuerzo para poner remedio a esta barbaridad.

 

  Poco después, escuchó la voz del sobrino carnal del Generalísimo.  Sin quitar la vista al trío de visitantes, dijo, pausado:

 

  –Le hablo como Presidente de la República, general.  Me dirijo al jefe de San Isidro y también al sobrino preferido de Su Excelencia.  Le ahorro los preliminares, en vista de lo grave de la situación.  En un acto de gran irresponsabilidad, algún subalterno, tal vez el coronel Abbes García, ha hecho arrestar al obispo Reilly, sacándolo a la fuerza del Colegio Santo Domingo.  Tengo delante a los representantes de Estados Unidos, Gran Bretaña y el Vaticano.  Si algo ocurre a monseñor Reilly, que es ciudadano norteamericano, puede ocurrir una catástrofe al país. incluso, un desembarco de la infantería de marina.  No necesito decirle lo que esto significaría para nuestra Patria.  En nombre del Generalísimo, de su tío, lo exhorto a evitar una desgracia histórica.

 

  Esperó la reacción del general Virgilio García Trujillo.  Aquel jadeo nervioso delataba indecisión.

 

  –No fue idea mía, doctor -lo oyó murmurar, por fin-.  Ni siquiera me informaron de este asunto.

 

  –Lo sé muy bien, general Trujillo -lo ayudó Balaguer-.  Usted es un oficial sensato y responsable.  Jamás cometería semejante locura. ¿Está monseñor Reilly en San Isidro? ¿O lo han llevado a La Cuarenta?

 

  Hubo un largo silencio, erizado de púas.  Temió lo peor.

 

  –¿Está vivo monseñor Reilly? -insistió Balaguer.

 

  –Está en una dependencia de la Base de San Isidro, a dos kilómetros de aquí, doctor.  El comandante del centro, Rodríguez Méndez, no permitió que lo mataran.  Me acaba de informar.

 

  El Presidente dulcificó la voz:

 

  –Le ruego que vaya usted, en persona, como enviado mío, a rescatar a monseñor.  A pedirle disculpas en nombre del gobierno por el error cometido.  Y, luego, acompañe al obispo hasta mi despacho.  Sano y salvo.  Es un ruego al amigo y también una orden del Presidente de la República.  Tengo plena confianza en usted.

 

  Los tres visitantes lo miraban desconcertados.  Se puso de pie y fue a su encuentro.  Los acompañó hasta la puerta. Al estrecharles la mano, murmuró:

 

  –No estoy seguro de ser obedecido, señores.  Pero, ya ven, hago lo que está a mi alcance para que se imponga la razón.

 

  –¿Qué va a ocurrir, señor Presidente? -preguntó el cónsul-. ¿Aceptarán su autoridad los trujillistas?

 

  –Dependerá mucho de Estados Unidos, mi amigo.  Francamente, no lo sé.  Ahora, discúlpenme, señores.

 

  Volvió a la sala donde estaba la familia Trujillo.  Había más gente.  El coronel Abbes García explicaba que uno de los asesinos, apresado en la Clínica Internacional, había delatado a tres cómplices: el general retirado Juan Tomás Díaz, Antonio Imbert y Luis Amiama.  Sin duda, había muchos otros.  Entre quienes escuchaban, suspensos, descubrió al general Román; tenía la camisa caqui empapada, la cara sudorosa y apretaba su metralleta con las dos manos.  Bullía en sus ojos el enloquecimiento del animal que se sabe perdido.  Las cosas no le habían salido bien, era evidente.  Con su vocecita desafinada, el rechoncho jefe del SIM aseguró que, según el ex militar Pedro Livio Cedeño, la conspiración no tenía ramificaciones en las Fuerzas Armadas.  Mientras lo escuchaba, se dijo que había llegado el momento de enfrentarse con Abbes García, quien lo odiaba. Él sólo le tenía desprecio.  En momentos como éste, por desgracia, no solían imponerse las ideas sino las pistolas.  Pidió a Dios, en quien creía a ratos, que se pusiera de su lado.

 

  El coronel Abbes García lanzó la primera arremetida. Dado el vacío dejado por el atentado, Balaguer debía renunciar para que alguien de la familia ocupara la Presidencia.  Con su intemperancia y grosería, Petán lo apoyó: «Sí, que renuncie». Él escuchaba, callado, las manos entrelazadas sobre el vientre, como un apacible párroco.  Cuando las miradas se volvieron hacia él, asintió con timidez, como excusándose de verse forzado a intervenir.  Con modestia, recordó que ocupaba la Presidencia por decisión del Generalísimo.  Renunciaría en el acto si ello servía a la nación, por supuesto. Pero se permitía sugerir que, antes de romper el orden constitucional, esperaran la llegada del general Ramfis. ¿Podía excluirse al primogénito del jefe en asunto tan grave? La Prestante Dama lo secundó en el acto: no aceptaba decisión alguna sin que estuviera presente su hijo mayor.  Según anunció el coronel Luis José León Estévez (Pechito), Ramfis y Radhamés hacían preparativos ya en París para alquilar un avión de Air France.  La cuestión quedó aplazada.

 

  Mientras regresaba a su despacho, se dijo que la verdadera batalla no debería librarla contra los hermanos de Trujillo, esa pandilla de matones idiotas, sino contra Abbes García.  Era un sádico demente, sí, pero de una inteligencia luciferina.  Acababa de cometer un traspiés, olvidándose de Ramfis.  María Martínez se había vuelto su aliada. Él sabía cómo sellar esa alianza: la avaricia de la Prestante Dama sería útil, en las circunstancias actuales.  Pero lo urgente era impedir un levantamiento.  A la hora de estar en su escritorio, llegó la llamada del general Mélido Marte.  Había hablado con todas las regiones militares y los comandantes le aseguraron su lealtad al gobierno constituido.  Sin embargo, tanto el general César A. Oliva, de Santiago de los Caballeros, como el general García Urbáez, de Dajabón, y el general Guarionex Estrella, de La Vega, estaban inquietos por las comunicaciones contradictorias del secretario de las Fuerzas Armadas. ¿Sabía algo el señor Presidente?

 

  –Nada en concreto, pero me imagino lo que usted, mi amigo -dijo Balaguer al general Mélido Marte-.  Llamaré por teléfono a esos comandantes, a fin de tranquilizarlos.  Ramfis Trujillo se encuentra ya volando de regreso, para asegurar la conducción militar del país.

 

  Sin pérdida de tiempo, llamó a los tres generales y les reiteró que gozaban de su confianza.  Les pidió que, asumiendo todos los poderes administrativos y políticos, garantizaran el orden en sus regiones y, hasta la llegada del general Ramfis, despacharan sólo con él.  Cuando se despedía del general Guarionex Estrella Sadhalá, los edecanes le anunciaron que el general Virgilio García Trujillo estaba en la antesala, con el obispo Reilly.  Hizo que pasara, solo, el sobrino de Trujillo.

 

  –Ha salvado usted a la República -le dijo, abrazándolo, algo que no hacía jamás-.  Si se cumplían las órdenes de Abbes García y ocurría algo irreparable, los marines estarían desembarcando en Ciudad Trujillo.

 

  –No eran órdenes de Abbes García solamente -le repuso el jefe de la Base de San Isidro.  Lo notó confundido-.  Quien ordenó al comandante Rodríguez Méndez, del centro de detención de la Fuerza Aérea, que fusilara al obispo, fue Pechito León Estévez.  Dijo que era decisión de mi cuñado.  Sí, de Pupo en persona.  No lo entiendo.  Ninguno me consultó siquiera.  Fue un milagro que Rodríguez Méndez se negara a hacerlo antes de hablar conmigo.

 

  El general García Trujillo cultivaba su físico y la indumentaria -bigotito a la mexicana, cabello engominado, uniforme cortado y planchado como para ir a una parada y los infaltables espejuelos Ray Ban en el bolsillo- con la misma coquetería que su primo Ramfis, de quien era íntimo. Pero ahora se lo veía con la camisa medio salida y despeinado; en sus ojos había recelo y dudas.

 

  –No entiendo por qué Pupo y Pechito tomaron una decisión así, sin hablar antes conmigo.  Querían comprometer a la Fuerza Aérea, doctor.

 

  –El general Román estará tan afectado con lo del Generalísimo que no controla sus nervios -lo excusó el Presidente-.  Felizmente, Ramfis se halla ya en camino.  Su presencia es imprescindible.  A él, como general de cuatro estrellas e hijo del jefe, le corresponde asegurar la continuidad de la política del Benefactor.

 

  –Pero Ramfis no es político, odia la política y usted lo sabe, doctor Balaguer.

 

  –Ramfis es un hombre muy inteligente y adoraba a su padre.  No podrá negarse a asumir el papel que la Patria espera de él.  Nosotros lo convenceremos.

 

  El general García Trujillo lo miró con simpatía.

 

  –Puede usted contar conmigo para lo que haga falta, señor Presidente.

 

  –Los dominicanos sabrán que, esta noche, usted salvó a la República -repitió Balaguer, mientras lo acompañaba hasta la puerta-.  Tiene usted una gran responsabilidad, general.  San Isidro es la Base más importante del pais, y por eso, de usted depende que se mantenga el orden.  Cualquier cosa, llámeme; he ordenado que se dé prioridad a sus llamadas.

 

  El obispo Reilly debía haber pasado unas horas de espanto en manos de los caliés.  Tenía el hábito desgarrado y embarrado, y unos surcos profundos hundían su cara demacrada, con una mueca de horror todavía gravitando en ella.  Se mantenía erecto y silencioso.  Escuchó con dignidad las excusas y explicaciones del Presidente de la República y hasta hizo un esfuerzo por sonreír al agradecerle sus gestiones para liberarlo: «Perdónelos, señor Presidente, porque no saben lo que hacen».  En eso, se abrió la puerta, y, metralleta en mano, sudoroso, la mirada bestializada por el miedo y la rabia, irrumpió en el despacho el general Román.  Un segundo bastó al Presidente para saber que, si no ganaba la iniciativa, este primate empezaría a disparar. «Ah, monseñor, mire quién está aquí.» Efusivo, agradeció al ministro de las Fuerzas Armadas que viniera a presentar excusas, en nombre de la institución militar, al señor obispo de San Juan de la Maguana por el malentendido de que había sido víctima.  El general Román, petrificado en medio del despacho, pestañeaba con expresión estúpida.  Tenía legañas en los ojos, como si acabara de despertar.  Sin decir palabra, luego de dudar unos segundos, alargó la mano hacia el obispo, tan desconcertado con lo que ocurría como el general.  El Presidente despidió a monseñor Reilly en la puerta.

 

  Cuando volvió a su escritorio, Pupo Román vociferaba: «Usted me debe una explicación.  Quién carajo se cree usted, Balaguer», accionando y pasándole su metralleta por la cara.  El Presidente permaneció imperturbable, mirándolo a los ojos.  Sentía en la cara una invisible lluvia, la saliva del general.  Este energúmeno no se atrevería ya a disparar.  Luego de soltar denuestos y palabrotas en medio de frases incoherentes, Román calló.  Seguía en el mismo sitio, resollando.  Con voz suave y deferente, el Presidente le aconsejó que hiciera un esfuerzo por controlarse.  En estos momentos, el jefe de las Fuerzas Armadas debía dar ejemplo de ponderación.  Pese a sus insultos y amenazas, estaba dispuesto a ayudarlo, si lo necesitaba.  El general Román prorrumpió, de nuevo, en un soliloquio semidelirante, en el que, de buenas a primeras le hizo saber que había dado orden de ejecutar al mayor Segundo Imbert y a Papito Sánchez, presos en La Victoria, por complicidad con el asesinato del Jefe.  No quiso seguir escuchando confidencias tan peligrosas.  Sin decir nada, salió del despacho.  Ya no le cupo duda: Román estaba relacionado con la muerte del Generalísimo.  No se explicaba de otro modo su conducta irracional.

 

  Regresó a la sala.  Habían encontrado el cadáver de Trujillo en el baúl de un carro, en el garaje del general Juan Tomás Díaz.  Nunca más, en sus largos años de vida, olvidaría el doctor Balaguer la descomposición de aquellas caras, el llanto de aquellos ojos, la expresión de orfandad, extravío, desesperación, de civiles y militares, cuando el sanguinolento cadáver cosido a balazos, la cara desfigurada por el proyectil que le destrozó el mentón, quedó extendido sobre la mesa desnuda del comedor de Palacio donde hacía unas horas habían sido agasajados Simon y Dorothy Gittleman, y comenzó a ser desvestido y lavado para que un equipo de médicos examinara los restos y los preparara para el velatorio.  De la reacción de todos los presentes, la que más le impresionó fue la de la viuda.  Doña María Martínez observó el despojo como hipnotizada, muy derecha en esos zapatos de altas plataformas sobre los que parecía siempre encaramada.  Tenía los ojos dilatados y enrojecidos, pero no lloraba.  De pronto, rugió, manoseando: «¡Venganza! ¡Venganza! ¡Hay que matarlos a todos!».  El doctor Balaguer se apresuró a pasarle un brazo por los hombros.  Ella no se zafó.  La sentía respirar hondo, resoplando.  Temblaba de manera convulsiva. «Tendrán que pagar, tendrán que pagar», repetía. «Moveremos cielo y tierra para que así sea, doña María», le musitó en el oído.  En ese instante, tuvo un pálpito: ahora, en este momento, debía remachar lo ya alcanzado con la Prestante Dama, después sería tarde.

 

  Presionando cariñosamente su brazo, como para alejarla del espectáculo que la hacía sufrir, llevó a doña María Martínez hacia uno de los saloncitos contiguos al comedor.  Apenas comprobó que estaban solos, cerró la puerta.

 

  –Doña María, usted es una mujer excepcionalmente fuerte -le dijo, con afecto-.  Por eso me atrevo en momentos tan dolorosos, a turbar su pena con un asunto que puede parecerle inoportuno.  Pero, no lo es. Actúo guiado por la admiración y el cariño.  Siéntese, por favor.

 

  La redonda cara de la Prestante Dama lo miraba con desconfianza. Él le sonrió, entristecido.  Era impertinente, sin duda, atosigaría con cosas prácticas, cuando su espíritu estaba absorbido por un quebranto atroz.  Pero ¿y el futuro? ¿No tenía doña María una larga vida por delante? ¿Quién sabía lo que podía ocurrir luego de este cataclismo? Era imprescindible que tomara algunas precauciones, pensando en el porvenir.  La ingratitud de los pueblos estaba comprobada, desde la traición de Judas a Cristo.  El país lloraría a Trujillo y bramaría contra sus asesinos, ahora. ¿Seguiría, mañana, leal a la memoria del Jefe? ¿Y si triunfaba el resentimiento, esa enfermedad nacional? No quería hacerle perder tiempo.  Iba a lo concreto, por tanto.  Doña María debía asegurarse, poner a salvo de cualquier eventualidad los legítimos bienes adquiridos gracias al esfuerzo de la familia Trujillo, y que, además, tanto habían beneficiado al pueblo dominicano.  Y hacerlo antes de que los reajustes políticos constituyeran, más tarde, un impedimento.  El doctor Balaguer sugería que lo discutiera con el senador Henry Chirinos, encargado de supervigilar los negocios familiares, y estudiar qué parte del patrimonio podía ser transferido de inmediato al extranjero, sin mucha pérdida.  Era algo que todavía se podía hacer en la más absoluta discreción.  El Presidente de la República tenía la facultad de autorizar operaciones de este tipo -la conversión de pesos dominicanos en divisas por el Banco Central, por ejemplo, pero cómo saber si luego ello seguiría siendo posible.  El Generalísimo fue siempre reacio a estas transferencias, por sus elevados escrúpulos.  Mantener esa política en las actuales circunstancias sería, con perdón de la expresión, una insensatez.  Era un consejo amistoso, inspirado en la devoción y la amistad.

 

  La Prestante Dama lo escuchó en silencio, mirándolo a los ojos.  Por fin, asintió, reconocida:

 

  –Yo sabía que usted es un amigo leal, doctor Balaguer -dijo, muy segura de sí misma.

 

  –Espero demostrárselo, doña María.  Confío en que no haya tomado mal mi consejo.

 

  –Es un buen consejo, en este país nunca se sabe qué puede pasar -rezongó ella, entre dientes-.  Hablaré con el doctor Chirinos mañana mismo. ¿Todo se hará con la mayor discreción?

 

  –Por mi honor, doña María -afirmó el Presidente, tocándose el pecho.

 

  Vio que una duda alteraba la expresión de la viuda del Generalísimo.  Y adivinó lo que ella le iba a pedir:

 

  –Le ruego que ni siquiera a mis hijos hable usted de este asuntito -dijo, muy bajo, como si temiera que ellos pudieran oírla-.  Por razones que sería largo de explicar.

 

  –A nadie, ni siquiera a ellos, doña María -la tranquilizó el Presidente-.  Por supuesto.  Permítame reiterarle cuánto admiro su carácter, doña María.  Sin usted, el Benefactor jamás hubiera hecho todo lo que hizo.

 

  Había ganado otro punto en su guerra de posiciones contra Johnny Abbes García.  La respuesta de doña María Martínez resultaba previsible: la codicia era en ella más fuerte que cualquier otra pasión.  En efecto, al doctor Balaguer la Prestante Dama le inspiraba cierto respeto.  Para mantenerse tantos años junto a Trujillo, de amante primero, luego de esposa, la Españolita tenía que haberse ido despojando de toda sensiblería, de todo sentimiento -sobre todo, la piedad-, y refugiándose en el cálculo, un frío cálculo, y, acaso, también el odio.

 

  La reacción de Ramfis, en cambio, lo desconcertó.  A las dos horas de haber llegado con Radhamés, el playboy Porfirio Rubirosa y un grupo de amigos en el avión alquilado a Air France, a la Base de San Isidro -Balaguer fue el primero en abrazarlo, al pie de la escalerilla-, y ya afeitado y vestido con su uniforme de general de cuatro estrellas, se presentó en Palacio Nacional a rendir homenaje a su padre.

 

  No lloró, no abrió la boca.  Estaba lívido y con una extraña expresión en su rostro afligido y apuesto, de sorpresa, de pasmo, de rechazo, como si aquella figura yacente, vestida de etiqueta, el pecho lleno de condecoraciones, instalada en el suntuoso cajón, rodeado de candelabros, en esa estancia cubierta de coronas fúnebres, no pudiera ni debiera estar allí, como si, por estarlo, revelara una falla en el orden del Universo.  Estuvo largo rato mirando el cadáver de su padre, haciendo unas muecas que no podía reprimir; parecía que sus músculos faciales trataran de repeler una invisible telaraña adherida a su piel. «Yo no seré tan generoso como tú fuiste con tus enemigos», lo oyó decir al fin.  Entonces, el doctor Balaguer, que estaba a su lado, vestido de riguroso luto, le habló al oído: «Es indispensable que conversemos unos minutos, general.  Ya sé que es un momento muy difícil para usted.  Pero hay asuntos impostergables».  Sobreponiéndose, Ramfis asintió.  Fueron, solos, al despacho de la Presidencia.  Por el camino, veían por las ventanas la gigantesca, la proliferante multitud, a la que se seguían añadiendo grupos de hombres y mujeres venidos de las afueras de Ciudad Trujillo y pueblos vecinos.  La cola, en filas de cuatro o cinco, era de varios kilómetros y los guardias armados apenas podían contenerla.  Llevaban muchas horas esperando.  Había escenas desgarradoras, llantos, alardes histéricos, entre los que ya habían alcanzado los graderíos de Palacio y se sentían cerca de la cámara fúnebre del Generalísimo.

 

  El doctor Joaquín Balaguer siempre supo que de esta conversación dependía su futuro y el de la República Dominicana.  Por eso, decidió algo que sólo hacía en casos extremos, pues iba contra su natural cauteloso: jugarse el todo por el todo, en una suerte de exabrupto.  Esperó que el hijo mayor de Trujillo estuviera sentado frente a su escritorio -por las ventanas se movía, como mar sublevado, la inmensa muchedumbre arremolinada, esperando llegar hasta el cadáver del Benefactor-, y, siempre con su manera calmada, sin denotar la más mínima inquietud, le dijo lo que había cuidadosamente preparado:

 

  –De usted, y sólo de usted, depende que perdure algo, mucho, o nada, de la obra realizada por Trujillo.  Si su herencia desaparece, la República Dominicana se hundirá de nuevo en la barbarie.  Volveremos a competir con Haití, como antes de 1930, por ser la nación más miserable y violenta del hemisferio occidental.

 

  Durante el largo rato que habló, Ramfis no lo interrumpió una sola vez. ¿Lo escuchaba? No asentía ni negaba; sus ojos, fijos en él parte del tiempo, a ratos se extraviaban, y el doctor Balaguer se decía que con miradas así debieron iniciarse aquellas crisis de enajenación y depresión extrema, por las que fue recluido en clínicas psiquiátricas de Francia y Bélgica.  Pero, si lo escuchaba, Ramfis sopesaría sus razones.  Pues, aunque borrachín, calavera, sin vocación política ni inquietudes cívicas, hombre cuya sensibilidad parecía agotarse en los sentimientos que le inspiraban las mujeres, los caballos, los aviones y los tragos, y que podía ser tan cruel como su padre, le constaba que era inteligente.  Probablemente el único de esa familia con una cabeza capaz de avizorar lo que estaba más allá de sus narices, su vientre y su falo.  Tenía una mente rápida, aguda, que, cultivada, hubiera podido dar excelentes frutos.  A esa inteligencia se dirigió su exposición, de una franqueza temeraria.  Estaba convencido de que era la última carta que le quedaba, si no quería ser barrido como papel inservible por los señores de las pistolas.

 

  Cuando calló, el general Ramfis estaba aún más pálido que cuando observaba el cadáver de su padre.

 

  –Usted podría perder la vida por la mitad de las cosas que me ha dicho, doctor Balaguer.

 

  –Lo sé, general.  La situación no me dejaba otra salida que hablarle con sinceridad.  Le he expuesto la única política que creo posible.  Si usted ve otra, enhorabuena.  Tengo mi renuncia lista aquí en este cajón. ¿Debo presentarla al Congreso?

 

  Ramfis dijo que no con la cabeza.  Tomó aire y, luego de un momento, con su melodiosa voz de actor de radioteatros, se explicó:

 

  –Por otros caminos, yo llegué hace tiempo a conclusiones parecidas -hizo un movimiento con los hombros, de resignación-.  Es verdad, no creo que haya otra política.  Para librarnos de los marines y de los comunistas, para que la OEA y Washington nos levanten las sanciones.  Acepto su plan.  Cada paso, cada medida, cada acuerdo, tendrá que consultarlo conmigo y esperar mi visto bueno.  Eso sí.  La jefatura militar y la seguridad son asunto mío.  No acepto interferencias, ni suya, ni de funcionarios civiles, ni de los yanquis.  Nadie que haya estado directa o indirectamente vinculado al asesinato de papi, quedará sin castigo.

 

  El doctor Balaguer se puso de pie.

 

  –Sé que usted lo adoraba -dijo, solemne-.  Habla bien de sus sentimientos filiales que quiera vengar ese horrendo crimen.  Nadie, y yo menos que nadie, obstaculizará su empeño en hacer justicia. Ése es, también, mi más ferviente deseo.

 

  Cuando se despidió del hijo de Trujillo, bebió un vaso de agua, a sorbitos.  Su corazón recuperaba su ritmo.  Se jugó la vida, pero la apuesta estaba ganada.  Ahora, poner en marcha lo acordado.  Comenzó a hacerlo en el entierro del Benefactor, en la iglesia de San Cristóbal.  Su discurso fúnebre, lleno de conmovedores elogios al Generalísimo, atenuados, sin embargo, por sibilinas alusiones críticas, hizo derramar lágrimas a algunos cortesanos desavisados, desconcertó a otros, levantó las cejas de algunos y dejó a muchos confusos, pero mereció las felicitaciones del cuerpo diplomático. «Comienzan a cambiar las cosas, señor Presidente», aprobó el nuevo cónsul de Estados Unidos, recién llegado a la isla.  Al día siguiente, el doctor Balaguer convocó de urgencia al coronel Abbes García.  Nada más verlo -la abotargada cara roída por la desazón -se secaba el sudor con su infalible pañuelo colorado- se dijo que el jefe del SIM sabía perfectamente a qué venía.

 

  –¿Me llamó para hacerme saber que estoy destituido? -le preguntó, sin saludarlo.  Estaba de uniforme, el pantalón medio descolgado y la gorra ladeada de un modo cómico; además de la pistola al cinto, una metralleta colgaba de su hombro.  Balaguer divisó detrás de él las caras facinerosas de cuatro o cinco guardaespaldas, que no entraron al despacho.

 

  –Para rogarle que acepte un nombramiento diplomático -dijo el Presidente, con amabilidad.  Su manita minúscula le indicaba una silla-.  Un patriota con talento puede servir a su patria en campos muy diversos.

 

  –¿Adónde es el exilio dorado? -Abbes García no disimulaba su frustración ni su cólera.

 

  –Al Japón -dijo el Presidente-.  Acabo de firmar su nombramiento, como cónsul.  Su sueldo y gastos de representación serán de embajador.

 

  –¿No podía mandarme más lejos?

 

  –No hay donde -se disculpó el doctor Balaguer, sin ironía-.  El único país más alejado es Nueva Zelanda, pero no tenemos relaciones diplomáticas.

 

  El rechoncho personaje se movió en el asiento, resoplando.  Una línea amarilla, de infinito desagrado, circundaba el iris de sus ojos saltones.  Retuvo un momento el pañuelo rojo junto a sus labios, como si fuera a escupir en él.

 

  –Usted cree que ha triunfado, doctor Balaguer -dijo, injurioso-.  Se equivoca.  Está tan identificado como YO con este régimen.  Tan manchado como yo.  Nadie se tragará el jueguito maquiavélico de que usted va a encabezar la transición hacia la democracia.

 

  –Es posible que fracase -admitió Balaguer, sin hostilidad-.  Pero, debo intentarlo.  Para ello, algunos deben ser sacrificados.  Siento que sea usted el primero, pero no hay remedio: representa la peor cara del régimen.  Una cara necesaria, heroica, trágica, lo sé.  Me lo recordó, sentado en la silla que usted ocupa, el propio Generalísimo.  Pero eso mismo lo vuelve insalvable en estos momentos.  Usted es inteligente, no necesito explicárselo.  No cree complicaciones inútiles al gobierno.  Parta al extranjero y guarde discreción.  Le conviene alejarse, hacerse invisible hasta que lo olviden.  Tiene muchos enemigos.  Y cuántos países quisieran echarle mano.  Estados Unidos, Venezuela, la Interpol, el FBI, México, todo Centroamérica.  Usted está mejor enterado que yo.  Japón es un lugar seguro, y más con un estatuto diplomático.  Entiendo que siempre se interesó por el espiritualismo. ¿La doctrina rosacruz, no es verdad? Aproveche para profundizar esos estudios.  Por lo demás, si quiere instalarse en otro lugar, no me diga dónde, por favor, seguirá percibiendo su sueldo.  He firmado un cargo especial, para gastos de traslado e instalación.  Doscientos mil pesos, que puede retirar de Tesorería.  Buena suerte.

 

  No le estiró la mano, porque supuso que el ex militar (la víspera había firmado el decreto separándolo del Ejército) no se la estrecharía.  Abbes García estuvo un buen rato inmóvil, con las pupilas inyectadas, observándolo.  Pero el Presidente sabía que, hombre práctico, en vez de reaccionar con una bravata estúpida, aceptaría el mal menor.  Lo vio levantarse e irse, sin decirle adiós. Él mismo dictó a un secretario el comunicado Informando que el ex coronel Abbes García había renunciado al Servicio de Inteligencia, para cumplir una misión en el extranjero.  Dos días después, El Caríbe, entre los anuncios a cinco columnas de muertes y capturas de los asesinos del Generalísimo, publicaba un recuadro en el que el doctor Balaguer vio a Abbes García, embutido en un abrigo fileteado y un sombrero bombín de personaje de Dickens, subiendo la pasarela del avión.

 

  Para entonces, el Presidente había decidido que el nuevo líder parlamentario, encargado de hacer girar discretamente al Congreso hacia posiciones más aceptables a Estados Unidos y la comunidad occidental, fuera, no Agustín Cabral, sino el senador Henry Chirinos. Él hubiera preferido a Cerebrito, cuya sobriedad de costumbres coincidía con su manera de ser, en tanto que el alcoholismo del Constitucionalista Beodo le repugnaba.  Pero eligió a éste porque rehabilitar de golpe a alguien caído en desgracia por decisión reciente de Su Excelencia, podía irritar a gentes del cogollo trujillista, a las que aún necesitaba.  No provocarlos demasiado, todavía.  Chirinos era física y moralmente repulsivo; pero, infinito, su talento de intrigante y tinterillo.  Nadie conocía mejor las triquiñuelas parlamentarias.  No habían sido nunca amigos -a causa del alcohol, que asqueaba a Balaguer- pero, apenas fue llamado al Palacio y el Presidente le hizo saber lo que esperaba de él, el senador exultó, tanto como cuando le pidió que facilitara, de la manera más celera e invisible, la transferencia al extranjero de fondos de la Prestante Dama. («Noble preocupación la suya, señor Presidente: asegurar el futuro de una ilustre matrona en desgracias) En aquella ocasión, el senador Chirinos, todavía en tinieblas sobre lo que se gestaba, le confesó que había tenido el honor de informar al SIM que Antonio de la Maza y el general Juan Tomás Díaz merodeaban por la ciudad colonial (los había divisado en un carro estacionado frente a la casa de un amigo, en la calle Espaillat) y le pidió sus buenos oficios para reclamar a Ramfis la recompensa que ofrecía por cualquier información que permitiera capturar a los asesinos de su padre.  El doctor Balaguer le aconsejó que desistiera de esa gratificación y no publicitara esa delación patriótica: podía perjudicar su futuro político de manera irremediable.  Aquel a quien Trujillo apodaba entre los íntimos la Inmundicia Viviente, entendió en el acto:

 

  –Permítame congratularlo, señor Presidente -exclamó, accionando, como trepado en la tribuna-.  Siempre pensé          que el régimen debía abrirse a los nuevos tiempos. Desaparecido el jefe, nadie mejor que usted para capear el temporal y conducir la nave dominicana hacia el puerto de la democracia.  Cuente conmigo como su colaborador más leal y dedicado.

 

  Lo fue, efectivamente. Él presentó en el Congreso la moción dando al general Ramfis Trujillo los poderes supremos de la jerarquía castrense y autoridad máxima en todas las cuestiones militares y policiales de la República, e instruyó a diputados y senadores sobre la nueva política, que impulsaba el Presidente, destinada, no a negar el pasado ni rechazar la Era de Trujillo, sino a superarla dialécticamente, aclimatándola a los nuevos tiempos, de manera que Quisqueya, a medida que -sin dar un paso atrás- perfeccionaba su democracia, fuese recibida de nuevo, por sus hermanas americanas, en la OEA, y, levantadas las sanciones, reincorporada a la comunidad internacional. En una de sus frecuentes reuniones de trabajo con el Presidente Balaguer, el senador Chirinos preguntó, no sin cierta inquietud, los planes que Su Excelencia tenía respecto al ex senador Agustín Cabral.

 

  –He ordenado que le descongelen las cuentas bancarias y que se le reconozcan los servicios prestados al Estado, de modo que pueda recibir una pensión -le informó Balaguer-.  Por el momento, su retorno a la vida política no parece oportuno.

 

  –Coincidimos plenamente -aprobó el senador-.  Cerebrito, a quien me une vieja relación, es conflictivo y despierta enemistades.

 

  –El Estado puede utilizar su talento, siempre que no figure demasiado -añadió el mandatario-.  Le he propuesto una asesoría legal en la administración.

 

  –Sabia decisión -volvió a aprobar Chirinos-.  Agustín siempre tuvo muy buena cabeza jurídica.

 

  Habían pasado apenas cinco semanas de la muerte del Generalísimo y los cambios eran considerables. joaquín Balaguer no podía quejarse: en ese tiempo brevísimo, de Presidente pelele, un don nadie, pasó a ser el auténtico jefe de Estado, cargo que reconocían tirios y troyanos) y, sobre todo, los Estados Unidos.  Aunque reticentes al principio, cuando él explicó sus planes al nuevo cónsul, ahora tomaban más en serio su promesa de ir llevando a pocos al país hacia una democracia plena, dentro del orden, sin permitir que se aprovecharan los comunistas.  Cada dos o tres días tenía reuniones con el expeditivo John Calvin Hill -un diplomático con corpachón de cowboy, que hablaba sin irse por las ramas-, a quien acabó por convencer de que, en esta etapa, había que tener a Ramfis como aliado.  El general había aceptado su plan de apertura gradual.  Tenía el control militar en sus manos, y, gracias a ello, esas bestias gangsteriles de Petán y Héctor, así como los primitivos militarotes allegados a Trujillo, estaban a raya.  De otro modo, ya lo habrían depuesto.  Tal vez, Ramfis creía que, con las concesiones que autorizaba a Balaguer -el regreso de algunos exiliados, la aparición de una tímida crítica al régimen de Trujillo en las radios y los diarios (el más beligerante era uno nuevo, que salió en agosto, La Unión Cívica), los mítines públicos de las fuerzas opositoras que comenzaban a ganar la calle, la derechista Unión Cívica Nacional de Viriato Fiallo y Angel Cabral, y el izquierdista Movimiento Revolucionario Severo 14 de junio- podía tener, él, un futuro político. ¡Como si alguien apellidado Trujillo pudiera volver a figurar en la vida pública de este país! Por el momento, no sacarlo del error.  Ramfis controlaba los cañones y tenía la adhesión de los militares; descomponer a las Fuerzas Armadas hasta extirparles el trujillismo tomaría tiempo.  Las relaciones del gobierno con la Iglesia eran otra vez excelentes; él tomaba té a veces con el nuncio apostólico y el arzobispo Pittini.

 

  El problema que no podía resolver de modo aceptable a la opinión internacional, era «los derechos humanos». Había diarias protestas por los presos políticos, los torturados, los desaparecidos, los asesinados, en La Victoria, El Nueve, La Cuarenta, y cárceles y cuarteles del interior. A su despacho llovían manifiestos, cartas, telegramas, informes, comunicaciones diplomáticas. No podía hacer mucho. Mejor dicho, nada, salvo prometer vaguedades, y mirar al otro lado. Cumplía con dejar a Ramfis las manos libres. Aun queriéndolo, tampoco hubiera podido incumplir el compromiso. El hijo del Generalísimo había despachado a doña María y a Angelita a Europa, y seguía, incansable, buscando cómplices, como si la conspiración para matar a Trujillo fuera multitudinaria. Un día, el joven general le preguntó a boca de jarro:

 

  –¿Sabe que Pedro Livio Cedeño quiso complicarlo en la conjura para matar a papi?

 

  –No me extraña -sonrió el Presidente, sin alterarse-. La mejor defensa de los asesinos es comprometer a todo el mundo.  Sobre todo, gente cercana al Benefactor.  Los franceses llaman a eso «intoxicación».

 

  –Si uno solo más de los asesinos lo confirmaba, usted hubiera corrido la suerte de Pupo Román -Ramfis parecía sobrio, pese al aliento que despedía-.  En estos momentos, maldice haber nacido.

 

  –No quiero saberlo, general -lo atajó Balaguer, estirando una manita-.  Usted tiene el derecho moral de vengar el crimen.  Pero, no me dé detalles, se lo ruego.  Es más fácil enfrentar las críticas que recibo del mundo entero, si no me consta que los excesos que denuncian son ciertos.

 

  –Muy bien.  Sólo le informaré de la captura de Antonio Imbert y Luis Amiama, si los capturamos -Balaguer vio que la carita de galán se extraviaba, como siempre que mencionaba a los dos únicos participantes en el complot que no estaban presos ni muertos-. ¿Cree que están todavía en el país?

 

  –A mi juicio, sí -afirmó Balaguer-.  Si hubieran huido al extranjero, habrían convocado conferencias de prensa, recibido premios, aparecerían en todas las televisiones.  Estarían disfrutando de su supuesta condición de héroes.  Se hallan escondidos por aquí, sin duda.

 

  –Entonces, tarde o temprano, caerán -murmuró Ramfis-.  Tengo miles de hombres buscándolos, casa por casa, agujero por agujero.  Si siguen en la República Dominicana, caerán.  Y, si no, no hay lugar en el mundo donde se libren de pagar por la muerte de papi.  Aunque me gaste en ello hasta el último centavo.

 

  –Deseo que se cumplan sus deseos, general -dijo un comprensivo Balaguer-.  Permítame una súplica.  Procure guardar las formas.  La delicada operación de mostrar al mundo que el país se abre a la democracia, se frustraría si hay un escándalo.  Otro Caso Galíndez, digamos, u otro Caso Betancourt.

 

  Sólo en lo concerniente a los conspiradores era intratable el hijo del Generalísimo.  Balaguer no perdía el tiempo intercediendo por su liberación -la suerte de los detenidos estaba echada, y lo estaría la de Imbert y Amiama si los capturaban-, algo que, por lo demás, no estaba muy seguro que favoreciera sus planes.  Los tiempos cambiaban, en efecto.  Los sentimientos de la multitud eran volubles.  El pueblo dominicano, trujillista a morir hasta el 30 de mayo de 1961, hubiera sacado los ojos y el corazón a Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza, Estrella Sadhalá, Luis Amiama, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño, Fifí Pastoriza, Antonio Imbert y asociados, si se ponían a su alcance.  Pero, la consubstanciación mística con el jefe, en que el dominicano había vivido treinta y un años, se eclipsaba.  Los mítines callejeros convocados por los estudiantes, la Unión Cívica, el 14 de junio, al principio raquíticos, de puñaditos de asustadizos, luego de un mes, de dos meses, de tres meses, se habían multiplicado.  No sólo en Santo Domingo (el Presidente Balaguer tenía lista la moción que devolvería su nombre a Ciudad Trujillo, y que el senador Chirinos haría aprobar en el Congreso por aclamación en el momento oportuno), donde a veces llenaban el parque Independencia; también en Santiago, La Romana, San Francisco de Macorís y otras ciudades.  Se perdía el miedo y aumentaba el rechazo a Trujillo.  Su fino olfato histórico decía al doctor Balaguer que ese nuevo sentimiento crecería, irresistible.  Y, en un clima de antitrujillismo popular, los asesinos de Trujillo se convertirían en poderosas figuras políticas. ¿A quién convenía eso? Por ello, fulminó un tímido intento de la Inmundicia Viviente, cuando, como líder parlamentario del nuevo movimiento balaguerista, vino a consultarle si creía que un acuerdo del Congreso amnistiando a los conspiradores del 30 de mayo convencería a la OEA y a Estados Unidos de que levantaran las sanciones.

 

  –La intención es buena, senador.  Pero ¿y las consecuencias? La amnistía heriría los sentimientos de Ramfis, quien haría asesinar de inmediato a todos los amnistiados.  Nuestros esfuerzos podrían hacer agua.

 

  –Nunca dejará de asombrarme lo acerado de su percepción -exclamó el senador Chirinos, poco menos que aplaudiendo.

 

  Fuera de este tema, Ramfis Trujillo -que vivía entregado a borracheras cotidianas en la Base de San Isidro y en su casa a orillas del mar, en Boca Chica, adonde se había traído, acompañada de su madre, a su última amante, una bailarina del Lido de París, y dejado en aquella ciudad, embarazada, a su mujer oficial, la joven actriz Lita Milán- había mostrado una buena disposición aún más allá de lo que esperaba Balaguer.  Se resignó a que se devolviera a Ciudad Trujillo el nombre de Santo Domingo, y a que se rebautizaran las ciudades, localidades, calles, plazas, accidentes geográficos, puentes, llamados Generalísimo, Ramfis, Angelita, Radhamés, doña Julia o doña María, y no insistía en que se castigara demasiado a los estudiantes, subversivos y vagos que destrozaban las estatuas, placas, bustos, fotos y letreros de Trujillo y familia en calles, avenidas, parques y carreteras.  Sin discusión aceptó la sugerencia del doctor Balaguer de que, «en acto de desprendimiento patriótico, cediera al Estado, es decir al pueblo, las tierras, fincas y empresas agrarias del Generalísimo y sus hijos.  Ramfis lo hizo, en carta pública.  De este modo, el Estado pasó a ser dueño del cuarenta por ciento de todas las tierras arables, lo que lo convirtió, después del cubano, en el que más empresas públicas tenía en el continente.  Y el general Ramfis apaciguaba los ánimos de esos brutos degenerados, los hermanos del jefe, a quienes la sistemática desaparición de los oropeles y símbolos del trujillismo dejaba perplejos.

 

  Una noche, luego de cenar con sus hermanas el austero menú de cada día, caldo de pollo, arroz blanco, ensalada y dulce de leche, cuando se ponía de pie para ir a acostarse, se desmayó.  Perdió la conciencia sólo unos segundos, pero el doctor Félix Goico lo previno: si seguía trabajando a ese ritmo, antes de fin de año su corazón o su cerebro reventarían como una granada.  Debía descansar más -desde la muerte de Trujillo dormía tres o cuatro horas apenas-, hacer ejercicio, y, los fines de semana, distraerse.  Se obligó a permanecer en la cama cinco horas cada noche, y, luego de la comida, caminaba, aunque, para evitar asociaciones comprometedoras, lejos de la avenida George Washington; iba al antiguo parque Ramfis, rebautizado parque Eugenio María de Hostos.  Y, los domingos, luego de la misa, para relajar su espíritu leía un par de horas poesías románticas y modernistas, o a los clásicos castellanos del Siglo de Oro.  A veces, algún iracundo lo insultaba en la calle -«¡Balaguer, muñequito de papel!,»-, pero, la mayoría de las veces le hacían adiós: «Buenas, Presidente».  Les agradecía, ceremonioso, quitándose el sombrero, que se acostumbró a llevar embutido hasta las orejas para que no se lo robara el viento.

 

  Cuando, el 2 de octubre de 1961, anunció en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en New York, que «en la República Dominicana está naciendo una democracia auténtica y un nuevo estado de cosas», reconoció, ante el centenar de delegados, que la dictadura de Trujillo había sido anacrónica, una feroz conculcadora de libertades y derechos.  Y pidió a las naciones libres que lo ayudaran a devolver la ley y la libertad a los dominicanos.  A los pocos días, recibió una amarga carta de doña María Martínez, desde París.  La Prestante Dama se quejaba de que el Presidente hubiera trazado un cuadro «injusto» de la Era de Trujillo, sin acordarse «de todas las cosas buenas que también hizo mi esposo, y que usted mismo tanto le alabó a lo largo de treinta y un años».  Pero no era María Martínez quien inquietaba al Presidente, sino los hermanos de Trujillo.  Supo que Petán y Negro tuvieron una reunión tempestuosa con Ramfis, al que interpelaron: ¿iba a permitir que ese mequetrefe fuera a la ONU a hacer escarnio de su padre? ¡Había llegado la hora de sacarlo del Palacio Nacional y poner de nuevo a la familia Trujillo en el poder, como reclamaba el pueblo! Ramfis alegó que si daba el golpe de Estado, la invasión de los marínes sería inevitable: se lo había advertido John Calvin Hill en persona.  La única posibilidad de conservar algo era cerrar filas detrás de esa frágil legalidad: el Presidente  Balaguer maniobraba con astucia para conseguir que la OEA y el State Department levantaran las sanciones.  Para ello se veía obligado a pronunciar discursos como el de la ONU, contrarios a sus convicciones.

 

  Sin embargo, en la reunión que tuvo con el mandatario poco después de que éste regresara de New York, el hijo de Trujillo se mostró mucho menos tolerante.  Su animosidad era tal que la ruptura parecía inevitable.

 

  –¿Va a seguir atacando a papi, como ha hecho en la Asamblea General? -sentado en la silla que había ocupado el jefe en su última entrevista horas antes de que lo mataran, Ramfis hablaba sin mirarlo, la vista clavada en el mar.

 

  –No tengo más remedio, general -asintió el Presidente, apenado-.  Si quiero que crean que todo está cambiando, que el país se abre a la democracia, debo hacer un examen autocrítico del pasado.  Es doloroso para usted, lo sé. No lo es menos para mi.  La política exige desgarramientos, a veces.

 

  Durante un buen rato, Ramfis no contestó. ¿Estaba bebido? ¿Drogado? ¿Se avecinaba una de esas crisis anímicas que lo ponían a las puertas de la locura? Con grandes ojeras azuladas, los ojos encendidos y desasosegados, hacía esa extraña mueca.

 

  –Ya se lo expliqué -añadió Balaguer-.  Me he su~ jetado estrictamente a lo que acordamos.  Usted aprobó mi proyecto.  Pero, desde luego, sigue en pie lo que entonces le dije.  Si prefiere tomar las riendas, no necesita sacar los tanques de San Isidro.  Le entrego mi renuncia ahora mismo.

 

  Ramfis lo miró largamente, con hastío.

 

  –Todos me lo piden -murmuró, sin entusiasmo-.  Mis tíos, los comandantes de regiones, los militares, mis primos, los amigos de papi.  Pero, yo no quiero sentarme ahí donde está.  A mi esta vaina no me gusta, doctor Balaguer. -Para qué? ¿Para que me paguen como a él?

 

  Calló, con profundo desánimo.

 

  –Entonces, general, si usted no quiere el poder, ayúdeme a ejercerlo.

 

  –¿Más? -repuso Ramfis, burlón-.  Si no fuera por mí, mis tíos lo hubieran sacado a balazos hace rato.

 

  –No es bastante -replicó Balaguer-.  Usted ve la agitación en las calles.  Los mítines de la Unión Cívica y del 14 de junio son cada día más violentos.  Esto empeorará si no les ganamos la mano.

 

  Volvieron los colores a la cara del hijo del Generalísimo.  Esperaba con la cabeza avanzada, como preguntándose si el Presidente se atrevería a pedirle lo que sospechaba.

 

  –Sus tíos deben irse -dijo suavemente el doctor Balaguer-.  Mientras estén aquí, ni la comunidad internacional, ni la opinión pública, creerán en el cambio.  Sólo usted puede convencerlos.

 

  ¿Iba a insultarlo? Ramfis lo miraba con asombro, como si no creyera lo que había oído.  Hubo otra larga pausa.

 

  –¿Me va a pedir que yo también me vaya de este país que hizo papi, para que la gente se trague la pendejada de los tiempos nuevos?

 

  Balaguer esperó unos segundos.

 

  –Sí, también -musitó, con el alma en vilo-.  Usted también.  No todavía.  Después de hacer partir a sus tíos.  De ayudarme a consolidar el gobierno, de hacer entender a las Fuerzas Armadas que Trujillo ya no está aquí.  Esto no es novedad para usted, general.  Siempre lo supo.  Que lo mejor para usted, su familia y sus amigos, es que este proyecto salga adelante.  Con la Unión Cívica o el 14 de junio en el poder, sería peor.

 

  No sacó el revólver, no lo escupió.  Volvió a palidecer, a hacer esa mueca de alienado.  Encendió un cigarrillo y echó varios copazos, contemplando deshacerse el humo que arrojaba.

 

  –Me hubiera ido, hace rato, de este país de pendejos y de ingratos -masculló_.  Si hubiera encontrado a Amiama y a Imbert, ya no estaría aquí.  Son los únicos que faltan.  Una vez que cumpla la promesa que he hecho a papi, me iré.

 

  El Presidente le informó que había autorizado el regreso del exilio de Juan Bosch y sus compañeros del Partido Revolucionario Dominicano.  Le pareció que el general no escuchó sus explicaciones de que Bosch y el PRD se enfrascarían en una lucha despiadada con la Unión Cívica y el 14 de junio por el liderazgo del antitrujillismo.  Y que, de este modo, prestarían un buen servicio al gobierno.  Porque lo verdaderamente peligroso eran los señores de la Unión Cívica Nacional, donde había gente de dinero y conservadores con influencias en Estados Unidos, como Severo Cabral; y eso lo sabía Juan Bosch, quien haría todo lo conveniente -y acaso lo inconveniente- para frenar el acceso al gobierno de tan poderoso competidor.

 

  Quedaban unos doscientos cómplices, reales o su puestos, de la conjura en La Victoria, y a estas gentes, una vez que los Trujillo partieran, convendría amnistiarlas.  Pero Balaguer sabía que el hijo de Trujillo jamás dejaría salir libres a los ajusticiadores todavía vivos.  Se encarnizaría con ellos, como con el general Román, a quien torturó cuatro meses antes de anunciar que se había suicidado de remordimiento por su traición (el cadáver nunca fue hallado), y con Modesto Díaz, a quien, si seguía vivo, debía estar maltratando todavía.  El problema era que los presos -la oposición los llamaba ajusticiadores- afeaban la nueva cara que él quería dar al régimen.  Todo el tiempo estaban llegando misiones, delegaciones, políticos y periodistas extranjeros a interesarse por ellos, y el Presidente tenía que hacer malabares para explicar por qué no eran juzgados aún, jurar que su vida sería respetada y que al juicio, pulquérrimo, asistirían observadores internacionales. ¿Por qué no había acabado Ramfis aún con ellos, como hizo con casi todos los hermanos de Antonio de la Maza -Mario, Bolívar, Ernesto, Pirolo, y muchos primos, sobrinos y tíos, asesinados a balazos o a golpes el día mismo de su arresto- en vez de tenerlos en capilla, para fermento de opositores? Balaguer sabía que la sangre de los ajusticiadores lo salpicaría: era el toro bravo que le quedaba por lidiar.

 

  Pocos días después de aquella conversación, un telefonazo de Ramfis le trajo una excelente noticia: había convencido a sus tíos.  Petán y Negro partirían para unas largas vacaciones.  El 25 de octubre, Héctor Bienvenido voló con su mujer norteamericana rumbo a Jamaica.  Y Petán zarpó en la fragata Presidente Trujíllo a un supuesto crucero por el Caribe.  El cónsul John Calvin Hill confesó a Balaguer que, ahora sí, crecía la posibilidad de que se levantaran las sanciones.

 

  –Que no demore mucho, señor cónsul -lo urgió el Presidente-.  Cada día, la República se nos asfixia un poquito más.

 

  Las empresas industriales estaban casi paralizadas por la incertidumbre política y las limitaciones para importar insumos; los comercios, vacíos por la caída del ingreso. Ramfis malvendía las firmas no registradas a nombre de los Trujillo y las acciones al portador, y el Banco Central tenía que trasladar aquellas sumas, convertidas en divisas al irreal cambio oficial de un peso por un dólar, a bancos del Canadá y Europa.  La familia no había transferido al extranjero tantas divisas como el Presidente temía: doña María doce millones de dólares, Angelita trece, Radhamés diecisiete y, hasta ahora, Ramfis, unos veintidós, lo que sumaba sesenta y cuatro millones de dólares.  Podía haber sido peor.  Pero las reservas se iban a extinguir dentro de poco y ya no se podría pagar a soldados, maestros ni empleados públicos.

 

  El 15 de noviembre, el ministro del Interior lo llamó aterrado: los generales Petán y Héctor Trujillo habían regresado de manera intempestiva.  Le rogó que se asilara; en cualquier momento estallaría el golpe militar.  El grueso del Ejército los apoyaba.  Balaguer citó de urgencia al cónsul Calvin Hill.  Le explicó la situación.  A menos que Ramfis lo impidiera, muchas guarniciones apoyarían a Petán y Negro en su intento insurreccional.  Habría una guerra civil de incierto resultado y una matanza generalizada de antitrujillistas.  El cónsul sabía todo.  A su vez, le informó que el Presidente Kennedy, en persona, acababa de ordenar el envío de una flota de guerra.  Procedentes de Puerto Rico, navegaban hacia las costas dominicanas el portaaviones Valley Forge, el crucero Little Rock, buque insignia de la Segunda Flota, y los destructores Hyman, Bristol y Beatty.  Unos dos mil marines desembarcarían si había golpe.

 

  En una breve conversación por teléfono con Ramfis -estuvo tratando de comunicarse con él cuatro horas antes de conseguirlo- éste le dio una noticia ominosa.  Había tenido una violenta discusión con sus tíos.  No se irían del país.  Ramfis les advirtió que, entonces, se iría él.

 

  –¿Qué va a ocurrir ahora, general?

 

  –Que, a partir de este momento, se queda usted solo en la jaula de las fieras, señor Presidente -se rió Ramfis-.  Suerte.

 

  El doctor Balaguer cerró los ojos.  Las horas, los días siguientes serían cruciales. ¿Qué pensaba hacer el hijo de Trujillo? ¿Partir? ¿Pegarse un tiro? Se iría a París, a reunirse con su mujer, su madre y sus hermanos, a consolarse con fiestas, partidos de polo y mujeres en la bella casa que se compró en Neuilly.  Ya había sacado todo el dinero que podía; dejaba algunas propiedades inmuebles que tarde o temprano serían embargadas.  En fin, eso no era problema.  Lo eran las bestias irracionales.  Los hermanos del Generalísimo comenzarían pronto a pegar tiros, lo único que hacían con destreza.  En todas las listas de enemigos por liquidar que, según vox pópuli, había confeccionado Petán, Balaguer figuraba a la cabeza.  De modo que, como decía un refrán que le gustaba citar, había que «vadear este río despacito y por las piedras».  No tenía miedo, sólo tristeza de que la exquisita orfebrería que había puesto en marcha se estropeara por el balazo de un matón.

 

  Al amanecer del día siguiente, su ministro del Interior lo despertó para informarle que un grupo de militares había retirado el cadáver de Trujillo de su cripta en la iglesia de San Cristóbal.  Lo trasladaron a Boca Chica, donde, frente al embarcadero privado del general Ramfis, estaba atracado el yate Angelita.

 

  –No he oído nada, señor ministro -lo cortó Balaguer-.  Usted no me ha dicho nada, tampoco.  Le aconsejo que descanse unas horas.  Nos espera un día muy largo.

 

  En contra de lo que aconsejó al ministro, él no se entregó al descanso.  Ramfis no partiría sin liquidar a los asesinos de su padre y este asesinato podía echar por los suelos sus laboriosos esfuerzos de estos meses para convencer al mundo de que, con él en la Presidencia, la República estaba volviéndose una democracia, sin la guerra civil ni el caos temidos por Estados Unidos y las clases dirigentes dominicanas.  Pero ¿qué podía hacer? Cualquier orden suya relativa a los prisioneros que contradijera las de Ramfis, sería desobedecida y pondría en evidencia su absoluta falta de autoridad con las Fuerzas Armadas.

 

  Sin embargo, misteriosamente, salvo la proliferación de rumores sobre inminentes levantamientos armados y masacres de civiles, ni el 16 ni el 17 de noviembre pasó nada. Él siguió despachando los asuntos corrientes, como si el país gozara de total tranquilidad.  Al anochecer del 17 fue Informado que Ramfis había desocupado su casa de playa.  Poco después, lo vieron bajarse borracho de un automóvil y lanzar una injuria y una granada -que no explotó- contra la fachada del Hotel El Embajador.  Desde entonces, se ignoraba su paradero.  A la mañana siguiente, una comisión de la Unión Cívica Nacional, presidida por Angel Severo Cabral, exigió ser recibida de inmediato por el Presidente: era de vida o muerte.  La recibió.  Severo Cabral estaba fuera de sí.  Enarbolaba una hoja garabateada por Huáscar Tejeda a su mujer Lindin, contrabandeada de La Victoria, revelándole que los seis acusados de la muerte de Trujillo (incluidos Modesto Díaz y Tunti Cáceres) habían sido separados de los demás presos políticos para ser transferidos a otra prisión. «Nos van a matar, amor», terminaba la misiva.  El líder de la Unión Cívica exigió que los prisioneros fueran puestos en manos del Poder Judicial o liberados por decreto presidencial.  Las esposas de los presos se manifestaban a las puertas de Palacio, con sus abogados.  La prensa internacional había sido alertada, así como el State Department y las embajadas occidentales.

 

  Un alarmado doctor Balaguer les aseguró que tomaría cartas en el asunto personalmente.  No permitiría un crimen.  Según sus informes, el traslado de los seis conjurados tenía por objeto, más bien, acelerar la instructiva.  Se trataba de un mero trámite de reconstrucción del crimen, luego de lo cual el juicio comenzaría sin demora.  Y, por supuesto, con observadores de la Corte Internacional de La Haya, a los que él mismo invitaría al país.

 

  Apenas partieron los dirigentes de la Unión Cívica, llamó al procurador general de la República, doctor José Manuel Machado. ¿Sabía por qué el jefe de la Policía Nacional, Marcos A. Jorge Moreno, había ordenado el traslado de Estrella Sadhalá, Huáscar Tejeda, Fifí Pastoriza, Pedro Livio Cedeño, Tunti Cáceres y Modesto Díaz a las celdas del Palacio de justicia? El procurador general de la República no sabía nada.  Reaccionó indignado: alguien usaba indebidamente el nombre del Poder Judicial, ningún juez había ordenado una nueva reconstrucción del crimen.  Luciendo muy inquieto, el Presidente afirmó que aquello era intolerable.  Ordenaría de inmediato al ministro de justicia investigar a fondo, deslindar responsabilidades e incriminar a quien hubiera lugar.  Para dejar pruebas escritas de que lo hacía, dictó a su secretario un memorándum, que ordenó llevar de urgencia al Ministerio de Justicia.  Luego, llamó al ministro por teléfono.  Lo encontró transtornado:

 

  –No sé qué hacer, señor Presidente.  Tengo en la puerta a las mujeres de los presos.  Recibo presiones de todas partes para que informe y yo no sé nada. ¿Sabe usted por qué han sido trasladados a las celdas del Poder judicial? Nadie es capaz de explicármelo.  Ahora los están llevando a la carretera, para una nueva reconstrucción del crimen    que nadie ha ordenado.  No hay manera de acercarse allí, pues soldados de la Base de San Isidro acordonan la zona. ¿Qué debo hacer?

 

  –Vaya personalmente y exija una explicación -lo instruyó el Presidente-.  Es imprescindible que haya testigos de que el gobierno ha hecho cuanto pudo por impedir que se viole la ley.  Hágase acompañar de los representantes de Estados Unidos y Gran Bretaña.

 

  El doctor Balaguer llamó en persona a John Calvin Hill y le rogó que apoyara aquella gestión del ministro de Justicia.  Al mismo tiempo, le informó que si, como parecía, el general Ramfis se aprestaba a abandonar el país, los hermanos de Trujillo pasarían a la acción.

 

  Siguió despachando, aparentemente absorbido por la situación crítica de las finanzas.  No se movió del despacho a la hora de comida, y, trabajando con el secretario de Estado de Finanzas y el gobernador del Banco Central, se negó a recibir llamadas o visitas.  Al anochecer, su secretario le alcanzó una nota del ministro de justicia, informándole que él y el cónsul estadounidense habían sido impedidos por soldados armados de la Aviación de acercarse al lugar de la reconstrucción del crimen.  Le confirmaba que nadie en el Ministerio, la fiscalía ni los tribunales había pedido, ni sido enterado, de aquel trámite, una decisión exclusivamente militar.  Al llegar a su casa, a las ocho y media de la noche, recibió una llamada del ahora jefe de la Policía, el coronel Marcos A. Jorge Moreno.  La camioneta con tres guardias armados que, cumplido el trámite judicial en la carretera, regresaba a los prisioneros a La Victoria, había desaparecido.

 

  –No ahorre esfuerzos para encontrarlos, coronel.  Movilice todas las fuerzas que haga falta -le ordenó el Presidente-.  Llámeme a cualquier hora.

 

  A sus hermanas, inquietas por los rumores de que los Trujillo habían asesinado esta tarde a los que mataron al Generalísimo, les dijo que no sabía nada.  Probablemente, invenciones de los extremistas para acrecentar el clima de agitación e inseguridad.  Mientras las tranquilizaba con mentiras, conjeturó: Ramfis partiría esta noche, si no lo había hecho ya. El enfrentamiento con los hermanos Trujillo tendría lugar al amanecer, entonces. ¿Lo mandarían apresar? ¿Lo matarían? Sus diminutos cerebros eran capaces de creer que, matándolo, podían atajar una maquinaria histórica que, muy pronto, los borraría de la política dominicana.  No sentía inquietud, sólo curiosidad.

 

  Cuando se estaba poniendo el pijama, llamó otra vez el coronel Jorge Moreno.  La camioneta había sido encontrada: los seis prisioneros habían huido, luego de asesinar a los tres guardias.

 

  –Mueva cielo y tierra hasta encontrar a los prófugos -recitó, sin que le cambiara la voz-.  Usted me responde por la vida de esos prisioneros, coronel.  Ellos deben comparecer ante un tribunal, para ser juzgados de acuerdo a la ley por este nuevo crimen.

 

  Antes de dormirse, lo sobrecogió un sentimiento de lástima.  No por los prisioneros, asesinados esta tarde sin duda por Rarrifis en persona, sino por los tres soldaditos a los que el hijo de Trujillo también había hecho matar para dar apariencia de verdad a la farsa de la fuga.  Tres pobres guardias aniquilados en frío, para dar visos de verdad a una fantochada que nadie creería nunca. ¡Qué sangría inútil!

 

  Al día siguiente, camino al Palacio, leyó en las páginas interiores de El Caribe la fuga de los «asesinos de Trujillo, luego de ultimar alevosamente a los tres guardias que los llevaban de vuelta a La Victoria».  Sin embargo, el escándalo que temía no ocurrió; quedó opacado por otros acontecimientos.  A las diez de la mañana, un patadón abrió la puerta de su oficina.  Metralleta en mano y con racimos de granadas y revólveres en la cintura, irrumpió el general Petán Trujillo, seguido de su hermano Héctor, también vestido de general, y veintisiete hombres armados de su guardia personal, cuyas caras le parecieron, además de rufianescas, alcoholizadas.  El disgusto que le produjo esta turba incivil fue más fuerte que el temor.

 

  –No puedo ofrecerles asiento, no tengo tantas sillas, lo siento -se disculpó el pequeño Presidente, incorporándose.  Parecía tranquilo y su redonda carita sonreía con urbanidad.

 

  –Ha llegado la hora de la verdad, Balaguer -rugió el bestial Petán, escupiendo saliva.  Blandía su metralleta, amenazador, y se la pasó por la cara al Presidente. Éste no retrocedió-. ¡Basta de pendejadas e hipocresías! Así como Ramfis acabó ayer con esos hijos de puta, vamos a acabar nosotros con los que andan sueltos.  Empezando por los judas, enano traidor.

 

  También andaba algo borracho esta nulidad vulgar.  Balaguer disimulaba su indignación y su aprehensión, con total dominio de sí mismo.  Con calma, señaló la ventana:

 

  –Le ruego que me acompañe, general Petán -se dirigió luego a Héctor-.  Usted también, por favor.

 

  Se adelantó y, ante el ventanal, apuntó hacia el mar.  Era una mañana radiante.  Frente a las costas se divisaban, muy nítidas, destellando, las siluetas de tres barcos de guerra norteamericanos.  No se podía leer sus nombres, pero, sí, apreciar los largos cañones del crucero equipado de misiles Little Rock y de los portaaviones Valley Forge y Franklin D. Roosevelt, apuntando a la ciudad.

 

  –Esperan que ustedes tomen el poder para iniciar el cañoneo -dijo el Presidente, muy despacio-.  Esperan que les den el pretexto, para invadirnos otra vez. ¿Quieren pasar a la historia como los dominicanos que permitieron una segunda ocupación yanqui de la República? Si eso quieren, disparen y hagan de mí un héroe.  Mi sucesor no estará sentado en esta silla ni una hora.

 

  Ya que lo habían dejado pronunciar toda esa frase, se dijo, era improbable que lo mataran.  Petán y Negro cuchicheaban, hablando al mismo tiempo y sin entenderse.  Los matones y guardaespaldas se miraban, confusos.  Por fin, Petán ordenó a sus hombres que salieran.  Cuando se vio solo en el despacho con los dos hermanos, dedujo que había ganado la partida.  Vinieron a sentarse frente a él. ¡Los pobres diablos! ¡Qué incómodos se les notaba! No sabían por dónde empezar.  Había que facilitarles la tarea.

 

  –El país espera un gesto de ustedes -les dijo, con simpatía-.  Que actúen con el desprendimiento y el patriotismo del general Ramfis.  Su sobrino ha abandonado el país para facilitar la paz.

 

  Petán lo interrumpió, malhumorado y directo:

 

  –Es muy fácil ser patriota cuando se tiene en el extranjero los millones y las propiedades de Ramfis.  Pero, ni Negro ni yo tenemos afuera casas, acciones, ni cuentas corrientes.  Todo nuestro patrimonio está aquí, en el país.  Nosotros fuimos los únicos pendejos en obedecer al jefe, que prohibió sacar dinero al extranjero. ¿Es justo eso? No somos idiotas, señor Balaguer.  Todas las tierras y bienes que tenemos aquí nos los van a confiscar.

 

  Se sintió aliviado.

 

  –Eso tiene remedio, señores -los tranquilizó-. ¡No faltaba más! Un gesto generoso como el que la Patria les pide, tiene que ser recompensado.

 

  A partir de este momento, todo consistió en una aburrida negociación crematística, que confirmó al Presidente en su desprecio por las gentes ávidas de dinero.  Era algo que, él, no había codiciado jamás.  Transó al fin por unas sumas que le parecieron razonables, dadas la paz y la seguridad que ganaba con ello la República.  Dio orden al Banco Central de que se entregaran dos millones de dólares a cada uno de los hermanos, y de que se cambiaran en divisas los once millones de pesos que tenían, parte en cajas de zapatos y el resto depositado en bancos de la capital.  Para estar seguros de que el acuerdo se respetaría, Petán y Héctor exigieron que lo refrendara el cónsul norteamericano.  Calvin Hill compareció de inmediato, encantado de que las cosas se arreglaran con buena voluntad y sin derramamiento de sangre.  Felicitó al Presidente y sentenció: «En las crisis se conoce al verdadero estadista». Bajando los ojos con modestia, el doctor Balaguer se dijo que, con la partida de los Trujillo, habría tal explosión de exultación y alegría -algo de caos, también- que poca gente recordaría el asesinato de los seis prisioneros, cuyos cadáveres, qué duda podía caber, jamás aparecerían.  El episodio no lo dañaría demasiado.

 

  En Consejo de Ministros, pidió acuerdo unánime del gabinete para una amnistía política general, que vaciara las cárceles y anulara todos los procesos judiciales por subversión, y ordenó que fuera disuelto el Partido Dominicano. Los ministros, puestos de pie, lo aplaudieron.  Entonces, con las mejillas algo sonrojadas, el doctor Tabaré Alvarez Pereyra, su ministro de Salud, le hizo saber que desde hacía seis meses tenía escondido en su casa

 

  –la mayor parte del tiempo emparedado en un angosto closet, entre batas y pijamas- al fugitivo Luis Amiama Tió.

 

  El doctor Balaguer encomió su espíritu humanitario y le dijo que acompañara él mismo, al Palacio Nacional, al doctor Amiama, pues tanto él como don Antonio Imbert, quien, sin duda, aparecería ahora de un momento a otro, serían recibidos en persona por el Presidente de la República con el respeto y la gratitud que se merecían por los altos servicios prestados a la Patria.

 

  Luego de la partida de Amadito, Antonio Imbert permaneció todavía largo rato en casa de su primo, el doctor Manuel Durán Barreras.  No tenía esperanzas de que Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza dieran con el general Román.  Tal vez, el Plan político militar había sido descubierto y Pupo estaba muerto o preso; tal vez, se acobardó y dio marcha atrás.  No quedaba otra alternativa que esconderse.  Con su primo Manuel barajaron opciones, antes de decidirse por una lejana pariente, la doctora Gladys de los Santos, cuñada de Durán.  Vivía cerca de esta casa.

 

  Eran las primeras horas del amanecer, pero estaba aún a oscuras, cuando Manuel Durán e Imbert recorrieron a paso vivo aquellas seis manzanas, sin encontrar vehículos ni transeúntes.  La doctora demoró en abrir la puerta.  Estaba en bata y se frotaba los ojos con furia, mientras ellos le explicaban.  No se asustó demasiado.  Reaccionó con extraña calma.  Era una mujer entrada en carnes, pero ágil, entre la cuarentena y la cincuentena, que mostraba aplomo y miraba el mundo con apatía.

 

  –Te acomodaré como sea -le dijo a Imbert-.  Pero éste no es un refugio seguro.  He estado detenida ya una vez, el SIM me tiene fichada.

 

  Para evitar que la sirvienta fuera a descubrirlo, lo instaló junto al garaje, en una despensa sin ventanas, en la que extendió un colchón plegable.  Era un recinto enano y sin ventilación y Antonio no pudo pegar los ojos el resto de la noche.  Conservó el Colt 45 a su lado, sobre una repisa llena de latas de conserva; tenso, mantenía los oídos alertas a cualquier ruido sospechoso.  A ratos pensaba en su hermano Segundo y se le ponía la carne de gallina: lo estarían torturando o lo habrían matado, allá en La Victoria.

 

  La dueña de casa, que cerró la despensa con llave, vino a sacarlo de su encierro a las nueve de la mañana.

 

  –Le di permiso a la empleada para que se fuera a Jarabacoa, a ver a su familia -lo animó-.  Podrás circular por toda la casa.  Pero que no te descubran los vecinos.  Qué nochecita habrás pasado en esa cueva.

 

  Mientras desayunaban en la cocina, con mangú, queso frito y café, pusieron las noticias.  Ninguno de los informativos radiales decía nada sobre el atentado.  La doctora de los Santos partió poco después a su trabajo.  Imbert se dio una ducha y bajó a la salita, donde, tumbado en un sillón, se quedó dormido, con el Colt 45 sobre las piernas.  Tuvo un gran sobresalto y gimió cuando lo remecieron.

 

  –Los caliés se llevaron a Manuel esta madrugada, poco después de que saliste de allá -le dijo, muy ansiosa, Gladys de los Santos-.  Tarde o temprano le arrancarán que estás aquí.  Tienes que irte, cuanto antes.

 

  Sí, pero ¿adónde? Gladys había pasado por casa de los Imbert y la calle hervía de guardias y caliés; sin duda, habían detenido a su mujer y a su hija.  Le pareció que unas manos invisibles comenzaban a apretarle el cuello.  No dejó traslucir su angustia, para no aumentar el susto de la dueña de casa, que estaba transformada: el nerviosismo hacía que abriera y cerrara los ojos todo el tiempo.

 

  –Hay «cepillos» con caliés y camiones con guardias por todas partes -le dijo-.  Registran los autos, piden papeles a todo el mundo, se meten a las casas.

 

  Aún no decían nada en la televisión, las radios ni los periódicos, pero los rumores eran inatajables.  El tam tam humano aventaba por toda la ciudad que habían matado a Trujillo.  La gente estaba sobrecogida y confusa por lo que podía pasar.  Durante cerca de una hora, estuvo devanándose los sesos: ¿dónde ir? Por lo pronto, salir de aquí.  Agradeció a la doctora de los Santos su ayuda y salió a la calle, con la mano en la pistola que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón.  Deambuló un buen rato, sin rumbo, hasta que se acordó de su dentista, el doctor Camilo Suero, que vivía por el Hospital Militar.  Camilo y su esposa, Alfonsina, lo hicieron entrar.  No podían esconderlo, pero lo ayudaron a estudiar posibles refugios- Y, entonces, le vino a la cabeza la imagen de Francisco Rainieri, un antiguo amigo, hijo de italiano y embajador de la Orden de Malta; su esposa, Venecia, y Guarina, su mujer, solían tomar té y jugar canasta.  Tal vez el diplomático podría facilitarle la manera de asilarse en alguna legación.  Extremando las precauciones, llamó por teléfono a la residencia de los Rainieri y cedió el aparato a Alfonsina, quien se hizo pasar por la señora Guarina Tessón, nombre de soltera de la mujer de Imbert.  Pidió hablar con Queco. Éste se puso al aparato de inmediato y la dejó estupefacta con el cordialísimo saludo:

 

  –Cómo estás, queridísima Guarina, encantado de saludarte. ¿Llamas por el compromiso de esta noche, verdad? No te preocupes.  Enviaré el carro a recogerte.  A las siete en punto, si te parece. ¿Me recuerdas tu dirección, por favor?

 

  –O es un adivino o se ha vuelto loco, o no sé qué -dijo la dueña de casa, al colgar.

 

  –¿Y, ahora, qué hacemos hasta las siete, Alfonsina?

 

  –Rezarle a Nuestra Señora de la Altagracia -se santiguó ella-.  Si llegan antes los caliés, usa tu pistola nomás.

 

  A las siete en punto paró en la puerta un reluciente Buick azul, de placa diplomática.  El propio Francisco Rainieri conducía.  Arrancó apenas Antonio Imbert estuvo a su lado.

 

  –Supe que el mensaje venía de ti, porque Guarina y tu hija están en mi casa -le dijo Rainieri, a modo de saludo-.  No hay dos Guarinas Tessón en Ciudad Trujillo, sólo podías ser tú.

 

  Estaba muy tranquilo, y hasta risueño, con su guayabera recién planchada y oliendo a lavanda.  Llevó a Imbert a una residencia remota por calles apartadas, dando un gran rodeo, pues en las principales avenidas había barreras que detenían a los vehículos para registrarlos.  Hacía menos de una hora que se había anunciado oficialmente la muerte de Trujillo.  Reinaba un ambiente cargado de recelo, como si todo el mundo esperara una explosión.  Elegante igual que siempre, el embajador no le hizo una sola pregunta sobre el asesinato de Trujillo, ni sobre sus compañeros de conjura.  Con naturalidad, como si hablara del próximo campeonato de tenis en el Country Club, comentó:

 

  –Tal como están las cosas, es impensable que alguna embajada te dé asilo.  Tampoco serviría de gran cosa.  El gobierno, si todavía hay gobierno, no lo respetaría.  Te sacarían a la fuerza, donde estuvieras.  Lo único que te queda, por el momento, es esconderte.  En el consulado de Italia, donde tengo amigos, hay demasiado trajín de empleados y visitas.  Pero he encontrado la persona, con total seguridad.  Ya lo hizo una vez, con Yuyo d’Alessandro, cuando estuvo perseguido.  Ha puesto una sola condición.  Nadie debe saberlo, ni siquiera Guarina.  Por la seguridad de ella, sobre todo.

 

  –Por supuesto -murmuró Tony Imbert, asombrado de que, por iniciativa propia, este hombre al que lo unía una amistad ligera, se arriesgara tanto para salvarle la vida.  Estaba tan desconcertado con la generosidad temeraria de Queco, que no atinó a darle las gracias.

 

  En casa de los Rainieri pudo abrazar a su mujer y a su hija. Dadas las circunstancias, guardaban mucha calma.

 

  Pero cuando la tuvo en sus brazos, sintió temblar el cuerpecito de Leslie.  Estuvo con ellas y los Rainieri cerca de un par de horas.  Su mujer le había traído un maletín de mano, con ropa limpia y sus artículos de afeitar.  No mencionaron a Trujillo.  Guarina le contó lo que había averiguado a través de las vecinas.  Su casa había sido invadida al amanecer por policías de uniforme y de civil; la habían vaciado, rompiendo y pulverizando lo que no se llevaron, en dos camionetas.

 

  Cuando llegó la hora, el diplomático le hizo un pequeño gesto, señalándole el reloj.  Abrazó y besó a Guarina y Leslie, y siguió a Francisco Rainieri, por la puerta de servicio, hasta la calle.  Segundos después, un pequeño vehículo con las luces bajas, frenó delante de ellos.

 

  –Adiós y buena suerte -lo despidió Rainieri, dándole la mano-.  No te preocupes por tu familia.  Nada le faltará.

 

  Imbert entró al vehículo y se sentó junto al chofer.

 

  Era un hombre joven, con camisa y corbata, pero sin chaqueta.  En impecable español, aunque con música italiana, se presentó:

 

  –Me llamo Cavaglieri y soy funcionario de la embajada italiana.  Mi mujer y yo haremos lo posible para que su estancia en nuestro apartamento sea lo más grata.  No se preocupe, en mi casa no habrá testigos indiscretos.  Vivimos solos.  No tenemos cocinera ni sirvientes.  A mi mujer le encantan las labores domésticas.  Y a los dos nos gusta cocinar.

 

  Se rió y Antonio Imbert imaginó que la cortesía le mandaba intentar una risita.  La pareja vivía en el último piso de un nuevo edificio, no lejos de la calle Mahatma Gandhi y de la casa de Salvador Estrella Sadhalá.  La señora Cavaglieri era aún más joven que su marido -una muchacha delgada, de ojos almendrados y cabellos negros- y lo recibió con una cortesía despercudida y risueña, como a un viejo amigo de familia que viene a pasar un fin de semana.  No mostraba la menor aprensión por alojar en su casa a un desconocido, asesino del amo supremo del país, al que miles de guardias y policías buscaban con codicia y odio.  En los seis meses y tres días que vivió con ellos, nunca, ni una sola vez, ninguno de los dueños de casa le hizo sentir -y eso que era susceptible, y su situación lo predisponía a ver fantasmas- que su presencia allí incomodaba en lo más mínimo. ¿Sabía la pareja que se jugaba la vida? Desde luego.  Escucharon y vieron en la televisión, los relatos pormenorizados del pánico que provocaban esos apestados asesinos a los dominicanos, y cómo, muchos de ellos, no contentos con negarles un refugio, se apresuraban a denunciarlos.  Vieron caer, el primero, al ingeniero Huáscar Tejeda, expulsado de manera innoble de la iglesia del Santo Cura de Ars por el aterrorizado párroco, quien lo echó en brazos del SIM.  Siguieron, al detalle, la odisea del general Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza, recorriendo en un carro del servicio público las calles de Ciudad Trujillo y siendo denunciados por las personas a las que acudieron en busca de ayuda.  Y vieron cómo se llevaron los caliés a la pobre anciana que dio asilo a Amadito García Guerrero, después de matar a éste, y cómo las turbas desmantelaban y desaparecían su casa.  Pero esas escenas y relatos no intimidaron a los Cavaglieri ni entibiaron la cordialidad con que lo trataban.

 

  Desde el regreso de Ramfis, Imbert y los dueños de casa supieron que su encierro sería de larga duración.  Los abrazos públicos entre el hijo de Trujillo y el general José René Román eran elocuentes: éste había traicionado y no habría levantamiento militar.  Desde su pequeño universo, en el pentbouse de los Cavaglieri, vio a las muchedumbres haciendo cola, horas de horas, para rendir homenaje a Trujillo) y se vio, en la pantalla de televisión, retratado junto a Luis Amiama (a quien no conocía) bajo anuncios que ofrecían primero cien Mil, luego doscientos mil y, por fin, medio millón de pesos a quien delatara su paradero.

 

  –Psst, con la caída del valor del peso dominicano, ya no es un negocio interesante -comenta Cavaglieri.

 

  Muy pronto, su vida encajó dentro de una rutina rigurosa.  Tenía un cuartito para él solo, con una cama y una mesita de noche, iluminada por una lamparilla.  Se levantaba temprano y hacía planchas, carreras en el sitio, abdominales, cerca de una hora.  Tomaba desayuno con los dueños de casa.  Luego de largas discusiones, consiguió que le permitieran ayudar en la limpieza.  Barrer, pasar la aspiradora, sacudir el plumero sobre objetos y muebles, se convirtió en un entretenimiento y en un deber, algo que hacía a conciencia, con total concentración y cierta alegría.  Eso si, la señora Cavaglieri nunca lo dejó entrar a la cocina.  Ella guisaba muy bien, sobre todo las pastas, que servía dos veces al día.  A él la pasta le había gustado desde niño.  Pero, después de seis meses de encierro, nunca más volvería a comer tallarines, tagliatellis, raviolis ni variante alguna de ese plato fuerte de la cocina italiana.

 

  Concluidas sus obligaciones domésticas, leía muchas horas.  Nunca había sido un gran lector; en esos seis meses, descubrió el placer de la lectura.  Libros y revistas fueron la mejor defensa contra el abatimiento que a veces le causaban el encierro, la rutina y la incertidumbre.

 

  Sólo cuando la televisión anunció que una comisión de la OEA había venido a entrevistarse con los presos políticos, supo que Guarina llevaba ya varias semanas en la cárcel, al igual que las esposas de todos sus amigos del complot.  Los dueños de casa le habían ocultado hasta entonces que Guarina estaba presa.  En cambio, un par de semanas después, alborozados le dieron la buena nueva de que había sido puesta en libertad.

 

  Nunca, ni siquiera cuando trapeaba, barría o pasaba la aspiradora, dejó de llevar consigo su Colt 45 cargada.  Su decisión era inquebrantable. Él haría lo que Amadito, Juan Tomás Díaz y Antonio de la Maza.  No se entregaría vivo, moriría matando.  Era una forma más digna de morir que sometido a vejaciones y torturas ideadas por las mentes retorcidas de Ramfis y sus compinches.

 

  En las tardes y noches leía los periódicos que traían los dueños de casa y veía con ellos los noticiarios en la televisión.  Sin creer mucho, siguió esa confusa dualidad en que se embarcaba el régimen: un gobierno civil encabezado por Balaguer que hacía gestos y declaraciones asegurando que el país se democratizaba, y un poder militar y policial, manejado por Ramfis, que seguía asesinando, torturando y desapareciendo gente con la misma impunidad que cuando el jefe.  De todas maneras, no podía dejar de sentirse alentado con el regreso de exiliados, la aparición de pequeñas publicaciones de oposición -órganos de la Unión Cívica y del 14 de Junio-, y los mítines estudiantiles contra el gobierno de los que a veces informaban los medios oficiales, aunque sólo fuera para acusar a los manifestantes de comunistas.

 

  El discurso de Joaquín Balaguer en las Naciones Unidas, criticando la dictadura de Trujillo y comprometiéndose a democratizar el país, lo dejó atónito. ¿Era éste el mismo hombrecito que, por treinta y un años, había sido el más fiel y constante servidor del Padre de la Patria Nueva? En las largas sobremesas que solían tener, cuando los Cavaglieri cenaban en casa -muchos días cenaban fuera, pero entonces la señora Cavaglieri le dejaba en el horno la inevitable pasta- ellos le completaban las informaciones, con los chismes que hervían en esta ciudad pronto rebautizada con su viejo nombre de Santo Domingo de Guzmán.  Aunque todos temían un golpe de Estado de los hermanos Trujillo, que restaurara la dictadura cruda y dura, era evidente que, poco a poco, la gente iba perdiendo el miedo, o, más bien, rompiéndose el encantamiento que había tenido a tantos dominicanos entregados en cuerpo y alma a Trujillo.  Cada vez surgían más voces, declaraciones y actitudes antitrujillistas, y más apoyo a la Unión Cívica, al 14 de junio, o al PRD, cuyos líderes acababan de regresar al país y abierto un local en el centro.

 

  El día más triste de su odisea fue también el más feliz.  El 18 de noviembre, a la vez que anunciaba la partida de Ramfis del país, la televisión hizo saber que los’seis asesinos del jefe (cuatro ejecutores y dos cómplices) habían huido, luego de asesinar a tres soldados que los regresaban a la prisión de La-Victoria después de una reconstrucción del crimen.  Frente a la pantalla de televisión, no pudo contenerse y rompió en sollozos.  Así, pues, sus amigos -el Turco, su amigo del alma- habían sido asesinados, junto a tres pobres guardias, como coartada de la pantomima.  Por supuesto, nunca se encontrarían - los cadáveres.  El señor Cavaglieri le alcanzó una copa de coñac:

 

  –Consuélese, señor Imbert.  Piense que pronto verá a su mujer y a su hija.  Esto se acaba.

 

  Poco después se anunciaba la inminente partida al extranjero de los hermanos Trujillo, con sus familias.  Era el fin del encierro, ahora sí.  Por el momento al menos, había sobrevivido a la cacería, en la que, prácticamente, con excepción de Luis Amiama -pronto supo que éste había pasado seis meses metido en un clóset muchas horas al día-, todos los principales conjurados, además de centenares de inocentes, entre ellos su hermano Segundo, habían sido asesinados, torturados o seguían en las cárceles.

 

  Al día siguiente de la partida de los Trujillo, se dio una amnistía política.  Comenzaron a abrirse las cárceles.  Balaguer anunció una comisión para investigar la verdad sobre lo ocurrido con los «ajusticiadores del tirano».  Las radios, diarios y la televisión dejaron desde ese día de llamarlos asesinos; de ajusticiadores, su nuevo apelativo, pasarían pronto a ser llamados héroes y, no mucho después, calles, plazas y avenidas de todo el país empezarían a ser rebautizadas con sus nombres.

 

  Al tercer día, discretamente -los dueños de casa no le permitieron siquiera que se demorase agradeciéndoles lo que habían hecho por él y lo único que le pidieron es que no divulgase a nadie su identidad, para no comprometer su condición de diplomáticos-, salió al anochecer de su encierro y se presentó, solo, en su casa.  Durante mucho rato, él, Guarina y Leslie se abrazaron sin poder hablar.  Examinándose, comprobaron que, mientras Guarina y Leslie habían enflaquecido, él engordó cinco kilos.  Les explicó que en la casa donde estuvo escondido -no podía decir cuál- se comían muchos spaghetti.

 

  No pudieron hablar mucho.  El destartalado hogar de los Imbert empezó a llenarse de ramos de flores, de parientes, amigos y desconocidos que se acercaban a abrazarlo, a felicitarlo y -a veces, temblando de emoción, los ojos llenos de lágrimas- a llamarlo héroe y darle las gracias por lo que había hecho.  Entre los visitantes, apareció de pronto un militar.  Era un edecán de la Presidencia de la República.  Después de las salutaciones de rigor, el mayor Teofronio Cáceda le dijo que a él y al señor don Luis Amiama -quien acababa de emerger también de su escondite, nada menos que la casa del actual ministro de Salud- el jefe de Estado quería recibirlos en el Palacio Nacional, mañana al mediodía.  Y, con una risita cómplice, le informó que el senador Henry Chirinos acababa de presentar en el Congreso («El mismo Congreso de Trujillo, si señor») una ley nombrando a Antonio Imbert y Luis Amiama generales de tres estrellas del Ejército Dominicano, por servicios extraordinarios prestados a la nación.

 

  A la mañana siguiente, acompañado de Guarina y Leslie -los tres con sus mejores ropas, aunque a Antonio las suyas le apretaban- fueron a la cita de Palacio.  Una nube de fotógrafos los recibió, y una guardia de militares en uniforme de parada les presentó armas.  Allí, en la sala de espera, conoció a Luis Amiama, un hombre muy delgado y grave, de boca sin labios, de quien, a partir de entonces, sería amigo inseparable.  Se dieron la mano y quedaron en verse, después de la reunión con el Presidente, para visitar juntos a las esposas (a las viudas) de todos los conjurados muertos o desaparecidos, y para contarse sus propias aventuras.  En eso, se abrió el despacho del jefe del Estado.

 

  Sonriente y con una expresión de honda alegría, el doctor Joaquín Balaguer avanzó hacia ellos, bajo los flashes de los fotógrafos, con los brazos abiertos.

 

 

 

XXIV

 

 

 

–Manuel Alfonso vino a buscarme puntualísimo -dice Urania, mirando el vacío.  El cucú de la salita cantaba las ocho cuando tocó-.  Su tía Adelina, sus primas Lucinda y Manolita y su sobrina Marianita no se miran entre ellas, para evitar que aumente la tensión; la observan sólo a ella, anhelantes y asustadas.  Sansón, dormido, tiene el corvo pico enterrado en las plumas verdes.

 

  –Papá corrió a su cuarto, con el pretexto de ir al baño -prosigue una Urania fría, casi notarial-. «Bye-bye, hijita, que te vaya bien.» No se atrevió a despedirse mirándome a los ojos.

 

  –¿Te acuerdas de esos detalles? -la tía Adelina mueve su puñito arrugado ya sin energía ni autoridad.

 

  –Se me olvidan muchas cosas -responde Urania, con viveza-.  Pero, de aquella noche, me acuerdo todo.  Ya verás.

 

  Se acuerda, por ejemplo, que Manuel Alfonso iba de sport -¿a una fiesta del Generalísimo, de sport?-, con una camisa azul abierta y una ligera chaqueta color crema, unos mocasines de cuero y un pañuelito de seda tapándole la cicatriz.  Con su voz dificultosa, le dijo que era bellísimo su vestido de organdí rosado, y que esos zapatos de tacón de aguja le aumentaban la edad.  La besó en la mejilla: «Apurémonos, se nos hace tarde, belleza».  Le abrió la puerta del auto, la hizo pasar, se sentó a su lado, y el uniformado y engorrado chofer -se acordaba del nombre: Luis Rodríguez- arrancó.

 

  –En vez de bajar a la avenida George Washington, el auto dio unas vueltas absurdas.  Subió por Independencia hacia ciudad colonial, y la atravesó, haciendo tiempo.  Mentira que se hacia tarde; era aún temprano para ir a San Cristóbal.

 

  Manolita adelanta las manos, el cuerpo rellenito.

 

  –Pero, si te pareció raro, ¿no le preguntaste nada a Manuel Alfonso? ¿Nada de nada?

 

  Al principio, no: nada de nada.  Era rarísimo, desde luego, que estuvieran recorriendo la ciudad colonial, como que Manuel Alfonso se hubiera vestido para ir a una fiesta del Generalísimo como se iba al Hipódromo o al Country Club, pero Urania no preguntó nada al embajador. ¿Empezaba a maliciar que Agustín Cabral y él le habían contado un cuento? Permanecía callada, escuchando a medias el truculento, estropeado hablar de Manuel Alfonso, quien le refería las ya antiguas fiestas de la coronación de la Reina Isabel II, en Londres’ donde él y Angelita Trujillo («Entonces una chiquilina tan bella como tú») representaron al Benefactor de la Patria.  Estaba, más bien, concentrada en las inmemoriales casas abiertas de par en par, luciendo sus intimidades, y las familias volcadas a las calles -viejos, viejas, jóvenes, niños, perros, gatos y hasta loros y canarios- para tomar el fresco de la noche luego de la ardiente jornada, parloteando desde sus mecedoras, sillas y banquetas, o sentados en los quicios de las puertas o los poyos de las altas veredas, convirtiendo las viejas calles capitaleñas en una inmensa tertulia, peña o verbena popular, a la que permanecían totalmente indiferentes, atornillados a sus mesas iluminadas por lamparines o mecheros, los grupos de dos o cuatro -siempre hombres, siempre maduros- jugadores de dominó.  Era un espectáculo, como el de los alegres colmados con sus mostradores y anaqueles de madera pintada de blanco, rebosando de latas, botellas de Carta Dorada, jacas y cidra de Bermúdez, y cajas de colores, en los que siempre había gente comprando, que la memoria de Urania conservaría muy vivo, un espectáculo tal vez desaparecido o extinguiéndose en el Santo Domingo de hoy, o que existiría, tal vez, sólo en ese cuadrilátero de manzanas donde siglos atrás un grupo de aventureros venidos de Europa fundaron la primera ciudad cristiana del nuevo mundo, con el eufónico nombre de Santo Domingo de Guzmán.  La última noche que verías aquel espectáculo, Urania.

 

  –Apenas tomamos la carretera, tal vez cuando el auto pasaba por el lugar donde dos semanas después mataron a Trujillo, Manuel Alfonso comenzó -una inflexión de disgusto interrumpe el relato de Urania.

 

  –¿Qué tú quieres decir? -pregunta Lucindita, luego de un silencio-. ¿Comenzó a qué?

 

  –A prepararme -recupera Urania la firmeza-.  A ablandarme, asustarme y encantarme.  Como las novias de Moloch, a las que mimaban y vestían de princesas antes de tirarlas a la hoguera, por la boca del monstruo.

 

  –Así que no has conocido a Trujillo, nunca has hablado con él -exclama, regocijado, Manuel Alfonso-. ¡La experiencia de tu vida, muchacha!

 

  Lo sería.  El automóvil avanzaba hacia San Cristóbal, bajo un cielo estrellado, entre cocoteros y palmas canas, a orillas del mar Caribe, que golpeaba ruidoso contra los arrecifes.

 

  –Pero, qué te decía -la anima Manolita, porque Urania ha callado.

 

  Le describía al intachable caballero que era el Generalísimo en su trato con las damas. Él, tan severo en cuestiones militares y de gobierno, había convertido en filosofía el refrán: «A la mujer, con el pétalo de una rosa».  Así trataba siempre a las muchachas bellas.

 

  –Qué suerte tienes, muchachita -trataba de contagiarle su entusiasmo, esa emocionada excitación que le atracaba aún más el hablar-.  Trujillo, invitándote en persona a su Casa de Caoba. ¡Que privilegio! Se cuentan con los dedos de las manos las que merecieron algo así.  Te lo digo yo, muchacha, créemelo.

 

  Y, entonces, Urania le hizo la primera y última pregunta de la noche:

 

  –¿A quiénes más han invitado a esta fiesta? -mira a su tía Adelina, a Lucindita y Manolita-: Para ver qué contestaba.  Yo sabía ya que no íbamos a ninguna fiesta.

 

  La desenvuelta figura masculina se volvió hacia ella y Urania vislumbró el brillo en las pupilas del embajador.

 

  –A nadie más.  Es una fiesta para ti. ¡Para ti solita! ¿Te imaginas? ¿Te das cuenta? ¿No te decía que era algo único? Trujillo te ofrece una fiesta.  Eso es sacarse la lotería, Uranita.

 

  –¿Y tú? ¿Y tú? -exclama, con ese hilo de voz, su sobrina Marianita-. ¿Qué pensaste, tía?

 

  –En el chofer del auto, en Luis Rodríguez.  Nada más que en él.

 

  Qué vergüenza sentías por ese chofer con gorra, testigo del discurso farsante del embajador.  Había prendido la radio del auto, y tocaron dos canciones italianas de moda - Volare, Ciao, ciao bambina-, pero, estaba segura, no perdía palabra de las artimañas con que Manuel Alfonso intentaba engatusarla, para que se sintiera feliz y afortunada. ¡Una fiesta de Trujillo para ella solita!

 

  –¿Pensabas en tu papá? -se le escapa a Manolita-. ¿Que mi tío Agustín te había, que él … ?

 

  Calla, sin saber cómo terminar.  La tía Adelina le hace un reproche con los ojos.  La cara de la anciana se ha hundido, y su expresión revela profundo abatimiento.

 

  –Era Manuel Alfonso el que pensaba en papá -dice Urania-. ¿Era yo buena hija? ¿Quería yo ayudar al senador Agustín Cabral?

 

  Lo hacía con esa sutileza adquirida en sus años de diplomático encargado de misiones difíciles. ¿No era ésta, además, una ocasión extraordinaria para que Urania ayudara a su amigo Cerebrito, a salir de la trampa que le tendieron los eternos envidiosos? El Generalísimo podía ser un hombre duro, implacable, en lo tocante a los intereses del país.  Pero, en el fondo, era un romántico; su dureza se deshacía ante una muchacha graciosa como un cubito de hielo expuesto al sol.  Si ella, con lo inteligente que era, quería que el Generalísimo echara una mano a Agustín, le devolviera su posición, su prestigio, su poder, sus cargos, lo conseguiría.  Le bastaba llegar al corazón de Trujillo, un corazón que no sabía negarse a los ruegos de la belleza.

 

  –Me dio, también, unos consejos -dice Urania-. Qué cosas no debía hacer, porque disgustaban al Jefe.  A él le complacía que las muchachas fueran tiernas, pero no que exagerasen su admiración, su amor.  Yo me preguntaba: «¿Me está diciendo a mí estas cosas?».

 

  Habían entrado a San Cristóbal, ciudad famosa porque en ella nació el jefe, en una modesta casita contigua a la gran iglesia que Trujillo hizo construir, y que el senador Cabral había llevado a visitar a Uranita, explicándole los frescos bíblicos pintados en sus paredes por Vela Zaneti, un artista español exiliado, a quien el jefe, magnánimo, abrió las puertas de la República Dominicana.  En aquel paseo a San Cristóbal, el senador Cabral le mostró también la fábrica de botellas y la de armas, y la hizo recorrer todo el valle bañado por el Nigua.  Ahora, su padre la mandaba a San Cristóbal a rogar al jefe que lo perdonara, le descongelara sus cuentas y lo repusiera en la Presidencia del Senado.

 

  –Desde la Casa de Caoba hay una vista maravillosa sobre el valle, el río Nigua, los caballos y la ganadería de la Hacienda Fundación -pormenorizó Manuel Alfonso.

 

  El auto, luego de pasar un primer retén de guardias, trepaba la loma en cuya cumbre había sido erigida, con la madera preciosa de los caobos que comenzaban a extinguirse en la isla, la casa donde el Generalísimo se retiraba un par de días por semana, a celebrar citas secretas, realizar trabajos sucios o negocios audaces, en total discreción.

 

  –Durante mucho tiempo, de la Casa de Caoba sólo recordé esa alfombra.  Cubría toda la habitación y tenía bordado un gigantesco escudo nacional, con todos sus colores.  Después, recordé más cosas.  En el dormitorio, un aparador de cristal lleno de uniformes, de todos los estilos, y, encima, una hilera de gorros y quepis.  Hasta un bicornio napoleónico.

 

  No se ríe.  Luce seria, con algo cavernoso en los ojos y la voz.  Tampoco ríen su tía Adelina, ni Manolita, ni Lucinda, ni Marianita, quien acaba de regresar del cuarto de baño, donde fue a vomitar. (Ella ha sentido sus arcadas.) El loro continúa durmiendo.  El silencio ha caído sobre Santo Domingo: ni una bocina, ni un motor, ni una radio, ni una risa de borracho, ni ladridos de canes vagabundos.

 

  –Me llamo Benita Sepúlveda, pase usted -le dijo la señora, al pie de la escalerilla de madera.  Entrada en años, indiferente y, sin embargo, con algo maternal en sus gestos y ademanes, llevaba un uniforme y un pañuelo en la cabeza-.  Venga por aquí.

 

  –Era la cuidadora -dice Urania-, la encargada de poner flores cada día en todas las habitaciones.  Manuel Alfonso se quedó conversando con el oficial de la entrada.  Más nunca lo vi.

 

  Benita Sepúlveda, señalándole con una manita regordeta la oscuridad, más allá de las ventanas protegidas por rejillas metálicas, le explicó que «eso» era una mata de roble, y que en la huerta abundaban mangos y cedros; pero, lo más bello del lugar eran los almendros y los caobos que rodeaban la casa y cuyas ramas perfumadas se metían por todos los rincones. ¿Olía? ¿Olía? Ya tendría ocasión, temprano, de ver el paisaje -el río, el valle, el central, los establos de la Hacienda Fundación- cuando salía el sol. ¿Tomaría desayuno dominicano, con plátano majado, huevos fritos, salchichón o cecina, y jugo de frutas? ¿O, como el Generalísimo, sólo café?

 

  –Por Benita Sepúlveda supe que iba a pasar allí la noche, que dormiría con Su Excelencia. ¡Qué gran honor!

 

  La cuidadora, con la desenvoltura que da una larga práctica, la hizo detenerse en el primer rellano, y pasar a un amplio recinto, iluminado a medias.  Era un bar.  Tenía asientos de madera en todo el rededor, con los espaldares pegados a la pared, dejando un amplio espacio de baile en el centro; una enorme vellonera y un mostrador con una estantería repleta de botellas, vasos y copas de cristal.  Pero Urania sólo tenía ojos para la inmensa alfombra gris, con el escudo dominicano, extendida de uno a otro confín de la vasta habitación.  Apenas advertía los retratos y cuadros del Generalísimo -a pie y a caballo, de militar y de paisano, sentado en un escritorio o erecto detrás de una tribuna y empaquetado en la banda presidencial- que colgaban de las paredes, ni los trofeos de plata y los diplomas ganados por las vacas lecheras y los caballos de raza de la Hacienda Fundación, entreverados con ceniceros de material plástico y adornos baratos, todavía con el sello de los almacenes neoyorquinos Macy’s, que decoraban las mesitas, aparadores y repisas de ese monumento al kitsch donde Benita Sepúlveda la abandonó, después de preguntarle si, de veras, no quería una copita de licor.

 

  –La palabra kitsch no existía aún, creo -aclara, como si su tía o primas hubieran hecho alguna observación-.  Años después, cuando la oí o leí, y supe qué extremos de mal gusto y pretensión expresaba, me vino a la memoria la Casa de Caoba.  Un monumento kitsch.

 

  Ella era parte del kitsch, por lo demás, aquella noche cálida de mayo, con su vestidito de organdí rosado para fiestas de presentación en sociedad, el collarcito de plata con una esmeralda y los aretes bañados en oro, que habían sido de mamá y que, excepcionalmente, papá le permitió ponerse para la fiesta de Trujillo.  Su incredulidad irrealizaba lo que le estaba ocurriendo.  Le parecía no ser ella misma esa chiquilla parada sobre un asta del escudo patrio, en ese extravagante recinto. ¿El senador Agustín Cabral la enviaba, ofrenda viva, al Benefactor y Padre de la Patria Nueva? Sí, no le cabía la menor duda, su padre había preparado esto con Manuel Alfonso.  Y, sin embargo, todavía quería dudar.

 

  –En alguna parte que no era el bar pusieron un disco de Lucho Gatica.  Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez.

 

  –Me acuerdo -Manolita, avergonzada de intervenir, se excusa con un mohín-: Tocaban Bésame mucho todo el día, en las radios y en las fiestas.

 

  De pie junto a la ventana por la que llegaba una brisa caliente y un aroma denso a campo, yerbas, árboles, oyó voces.  La maltratada de Manuel Alfonso.  La otra, chillona, con altibajos, sólo podía ser la de Trujillo.  Sintió cosquillas en la nuca y en las muñecas, donde el médico le tomaba el pulso, una comezón que le venía siempre a la hora de los exámenes, y aun ahora, en New York, antes de las decisiones importantes.

 

  –Pensé tirarme por la ventana.  Pensé ponerme de rodillas, rogarle, llorarle.  Pensé que tenía que dejarme hacer lo que él quisiera, apretando los dientes, para poder vivir, y, un día, vengarme de papá.  Pensé mil cosas, mientras ellos hablaban, ahí abajo.

 

  En su mecedora, la tía Adelina da un brinquiño, abre la boca.  Pero no dice nada.  Está blanca como el papel, los hondos ojitos arrasados por las lágrimas.

 

  Las voces cesaron.  Hubo un paréntesis de silencio; luego, pasos, subiendo la escalera. ¿Se le había parado el corazón? En la mortecina luz del bar, apareció la silueta de Trujillo, en uniforme verde oliva, sin guerrera ni corbata.  Llevaba una copa de coñac en la mano.  Avanzó hacia ella sonriendo.

 

  –Buenas noches, belleza -susurró, inclinándose.  Y le estiró su mano libre, pero, cuando Urania, en un movimiento automático, le alargó la suya, en vez de estrechársela Trujillo se la llevó a los labios y la besó-: Bienvenida a la Casa de Caoba, belleza.

 

  –Lo de los ojos, lo de las miradas de Trujillo, lo había oído muchas veces.  A papá, a los amigos de papá.  En~ tonces, supe que era cierto.  Una mirada que escarbaba, que iba hasta el fondo.  Sonreía, muy galante, pero esa mirada me vació, me dejó puro pellejo.  Ya no fui yo.

 

  –¿Benita no te ha ofrecido nada? -sin soltarle la mano, Trujillo la condujo hacia la parte más iluminada del bar; un tubo de luz fluorescente despedía un resplandor azulado.  Le ofreció asiento en un sofá para dos.  La examinó, paseando sus ojos lentos de arriba abajo, de la cabeza a los pies, subiendo y bajando, sin disimulo, como examinaría a las nuevas adquisiciones vacunas y equinas de la Hacienda Fundación.  En sus ojitos pardos, fijos, inquisitivos, no percibió deseo, excitación, sino un inventario, un arqueo de su cuerpo.

 

  –Se llevó una decepción.  Ahora, ya sé por qué, esa noche no lo sabía.  Yo era esbelta, muy delgada, y a él le gustaban llenas, con pechos y caderas salientes.  Las mujeres abundantes.  Un gusto típicamente tropical.  Hasta pensaría en despachar a ese esqueleto de vuelta a Ciudad Trujillo. ¿Saben por qué no lo hizo? Porque la idea de romper el coñito de una virgen excita a los hombres.

 

  La tía Adelina gime.  El puñito arrugado en alto, la boca semiabierta en expresión de espanto y censura le implora, haciendo muecas.  No atina a pronunciar palabra.

 

  –Perdona la franqueza, tía.  Es algo que dijo él, más tarde.  Lo cito literalmente, te lo juro: «Romper el coñito de una virgen excita a los hombres.  A Petán, a la bestia de Petán, lo excita más todavía romperlos con el dedo».

 

  Lo diría después, cuando había perdido el tino y su boca vomitaba incoherencias, suspiros, palabrotas, fuego excremental en el que desahogaba su amargura.  Entonces, aún se comportaba con estudiada corrección.  No le ofrecía lo que estaba bebiendo, a una muchachita tan joven el Carlos I podía quemarle las entrañas.  Le daría una copita de jerez dulce. Él mismo se la sirvió y brindó, chocándole la copa.

 

  Aunque apenas se mojó los labios, Urania sintió algo ardiente en la garganta. ¿Trataba de sonreír? ¿Permanecía seria, exhibiendo su pánico?

 

  –No lo sé -dice, encogiendo los hombros-.  Estábamos en ese sofá, juntitos.  Me temblaba mucho en la mano la copita de jerez.

 

  –No me como a las niñas -sonrió Trujillo, cogiendo su copa y colocándola en una mesilla-. ¿Eres siempre tan callada o sólo ahora, belleza?

 

  –Me decía belleza, algo que me había dicho también Manuel Alfonso.  No Urania, Uranita, muchacha.  Belleza.  Era un jueguecito de los dos.

 

  –¿Te gusta bailar? Seguro, como a todas las muchachas de tu edad -dijo Trujillo-.  A mi, mucho.  Soy muy buen bailarín, aunque no tenga tiempo para bailes.  Ven, bailemos.

 

  Se puso de pie y Urania lo imitó.  Sintió su cuerpo robusto, el vientre algo abultado rozándole el estómago, el aliento a coñac, la mano tibia que ciñó su cintura.  Creyó que se iba a desmayar.  Lucho Gatica ya no cantaba Bésame mucho, sino Alma mía.

 

  –Bailaba muy bien, cierto.  Tenía buen oído y se movía como un joven.  Era yo la que perdía el paso.  Bailamos dos boleros, y una guaracha de Toña la Negra.  También merengues.  Dijo que el merengue se bailaba en los clubs y las casas decentes gracias a él.  Que, antes, había prejuicios, que la gente bien decía que era música de negros e indios.  No sé quién cambiaba los discos.  Al terminar el último merengue, me besó en el cuello.  Un beso suave, que me escarapeló.

 

  Teniéndola de la mano, los dedos entrecruzados, la regresó al sillón, y se sentó muy cerca de ella.  La examinó, divertido, mientras aspiraba y bebía su coñac.  Parecía tranquilo y contento.

 

  –¿Eres siempre una esfinge? No, no.  Debe ser que me tienes demasiado respeto -sonrió Trujillo-.  Me gustan las bellezas discretas, que se dejan admirar.  Las diosas indiferentes.  Te voy a recitar un verso, escrito para ti.

 

  –Me recitó un poema de Pablo Neruda.  Al oído, rozándome la oreja, el pelo, con sus labios y su bigotito: «Me gustas cuando callas, porque estás como ausente; parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca».  Cuando llegó a «boca», su mano me movió la cara y me besó en los labios.  Esa noche hice un montón de cosas por primera vez: tomar jerez, ponerme las joyas de mamá, bailar con un viejo de setenta años y recibir mi primer beso en la boca.

 

  Había ido a fiestas con varones y bailado, pero sólo una vez la besó antes un muchacho, en la mejilla, en un cumpleaños en la gran casa de la familia Vicini, en la intersección de la Máximo Gómez y la avenida George Washington.  Se llamaba Casimiro Sáenz y era hijo de diplomático.  La sacó a bailar y, al terminar, sintió sus labios en la cara.  Se sonrojó hasta la raíz de los cabellos, y, en la confesión del viernes con el capellán del colegio, al mencionar ese pecado la vergüenza le cortó la voz.  Pero, aquel beso no se parecía a esto: el bigotito mosca de Su Excelencia le arañaba la nariz, y, ahora, su lengua, una puntita viscosa y caliente, forcejeaba por abrirle la boca.  Resistió y luego separó labios y dientes: una viborilla húmeda, fogosa, entró con furia a su cavidad bucal, moviéndose con avidez.  Sintió que se atoraba.

 

  –No sabes besar, belleza -le sonrió Trujillo, besándole de nuevo la mano, agradablemente sorprendido-: ¿Eres doncellita, verdad?

 

  –Se había excitado -dice Urania, mirando el vacío-.  Tuvo una erección.

 

  Manolita suelta una risita histérica, brevísima, pero ni su mamá, ni su hermana ni su sobrina la imitan.  Su prima baja los ojos, confundida.

 

  –Lo siento, tengo que hablar de erecciones -dice Urania-.  Si el macho se excita, su sexo se endurece y crece.  Cuando metió su lengua dentro de mi boca, Su Excelencia se excitó.

 

  –Subamos, belleza -dijo, con voz ligeramente pastosa-.  Estaremos más cómodos.  Vas a descubrir una cosa maravillosa.  El amor.  El placer.  Vas a gozar.  Yo te enseñaré.  No me tengas miedo.  No soy la bestia de Petán, yo no gozo tratando a las muchachas con brutalidad.  A mí me gusta que gocen, también.  Te haré feliz, belleza.

 

  –Él tenía setenta y yo catorce -precisa Urania, por quinta o décima vez-.  Lucíamos una pareja muy dispar, subiendo esa escalera con pasamanos de metal y barrotes de madera.  De las manos, como novios.  El abuelo y la nieta, rumbo a la cámara nupcial.

 

  La lamparilla de la mesa de noche estaba prendida y Urania vio la cuadrada cama de hierro forjado, con el mosquitero levantado, y sintió las aspas del ventilador girando despacio en el techo.  Una colcha blanca bordada cubría la cama y muchos almohadones y almohadillas abultaban el espaldar.  Olía a flores frescas y a pasto.

 

  –No te desnudes todavía, belleza -murmuró  Trujillo-.  Yo te ayudaré.  Espera, ya vuelvo.

 

  –¿Te acuerdas con qué nervios hablábamos de perder la virginidad, Manolita? -se vuelve Urania hacia su prima-.  Nunca imaginé que la perdería en la Casa de Caoba, con el Generalísimo.  Yo pensaba: «Si salto por el balcón, papá tendrá remordimientos terribles».

 

  Volvió al poco rato, desnudo bajo una bata de seda azul con motas blancas y unas zapatillas de raso granate.  Bebió un sorbo de coñac, dejó su copa en un armario entre fotografías de él rodeado de sus nietos, y, cogiendo a Urania de la cintura, la hizo sentar a la orilla de la cama, en el espacio abierto por los tules del mosquitero, dos grandes alas de mariposa enlazadas sobre sus cabezas.  Comenzó a desnudarla, sin prisa.  Desabotonó la espalda, botón tras botón, y retiró la cinta que ceñía su vestido.  Antes de quitárselo, se arrodilló e, inclinándose con cierta dificultad, la descalzó.  Con precauciones, como si la niña pudiera trizarse con un movimiento brusco de sus dedos, le retiró las medias nylon, acariciándole las piernas mientras lo hacía.

 

  –Tienes los pies fríos, belleza -murmuró, con ternura-. ¿Estás con frío? Ven para acá, deja que te los caliente.

 

  Siempre arrodillado, le frotó los pies con las dos manos.  De tanto en tanto, se los llevaba a la boca y los besaba, empezando por el empeine, bajando por los deditos hasta los talones, preguntándole si le hacía cosquillas, con una risita pícara, como si fuera él quien sintiera una alegre comezón.

 

  –Estuvo así mucho rato, abrigándome los pies.  Por si quieren saberlo, YO no sentí, ni un solo segundo, la menor turbación.

 

  –Qué miedo tendrías, prima -la apremia Lucindita. -En ese momento, todavía no.  Después, muchísimo.

 

  Trabajosamente, Su Excelencia se incorporó, y volvió a sentarse, al filo de la cama.  Le sacó el vestido, el sostén rosado que sujetaba sus pechitos a medio salir, y el calzoncito triangular.  Ella se dejaba hacer, sin ofrecer resistencia, el cuerpo muerto.  Cuando Trujillo deslizaba el calzoncito rosado por sus piernas, advirtió que los dedos de Su Excelencia se apuraban; sudorosos, abrasaban la piel donde se posaban.  La hizo tenderse.  Se incorporó, se quitó la bata, se echó a su lado, desnudo.  Con cuidado, enredó sus dedos en el ralo vello del pubis de la niña.

 

  –Seguía muy excitado, creo.  Cuando empezó a tocarme y acariciarme.  Y a besarme, obligándome siempre a abrir la boca con su boca.  En los pechos, en el cuello, en la espalda, en las piernas.

 

  No se resistía; se dejaba tocar, acariciar, besar, y su cuerpo obedecía los movimientos y posturas que las manos de Su Excelencia le indicaban.  Pero, no correspondía a las caricias, y, cuando no cerraba los ojos, los tenía clavados en las lentas aspas del ventilador.  Entonces le oyó decirse a si mismo: «Romper el coñito de una virgen siempre excita a los hombres».

 

  –La primera palabrota, la primera vulgaridad de la noche -precisa Urania-.  Después, diría peores.  Ahí me di cuenta que algo le pasaba.  Había comenzado a enfurecerse. ¿Porque yo me quedaba quieta, muerta, porque no lo besaba?

 

  No era eso, ahora lo comprendía.  Que ella participara o no en su propio desfloramiento no era algo que a Su Excelencia pudiera importarle.  Para sentirse colmado, le bastaba que tuviera el coñito cerrado y él pudiera abrírselo, haciéndola gemir -aullar, gritar- de dolor, con su güevo magullado y feliz allí adentro, apretadito en las valvas de esa intimidad recién hollada.  No era amor, ni siquiera placer lo que esperaba de Urania.  Había aceptado que la hijita del senador Agustín Cabral viniera a la Casa de Caoba sólo para comprobar que Rafael Leónidas Trujillo Molina era todavía, pese a sus setenta años, pese a sus problemas de próstata, pese a los dolores de cabeza que le daban los curas, los yanquis, los venezolanos, los conspiradores, un macho cabal, un chivo con un güevo todavía capaz de ponerse tieso y de romper los coñitos vírgenes que le pusieran delante.

 

  –Pese a mi falta de experiencia, me di cuenta -su tía, sus primas y su sobrina acercan mucho las cabezas para oír su susurro-.  Algo le sucedía, quiero decir ahí abajo.  No podía.  Se iba a poner bravo, iba a olvidarse de sus buenas maneras.

 

  –Basta de jugar a la muertita, belleza -lo oyó ordenar, transformado-.  De rodillas.  Entre mis piernas.  Así.  Lo coges con tus manitas y a la boca.  Y lo chupas, como te chupé el coñito.  Hasta que despierte.  Ay de ti si no se despierta, belleza.

 

  –Traté, traté.  Pese al terror, al asco.  Hice todo.  Me puse en cuclillas, me lo metí a la boca, lo besé, lo chupé hasta las arcadas.  Blando, blando.  Yo le rogaba a Dios que se parara.

 

  –¡Basta, Urania, basta! -la tía Adelina no llora.  La mira con espanto, sin compasión.  Tiene levantada la cuenca superciliar, dilatado el blanco de la esclerótica; está pasmada, convulsionada-.  Para qué, hijita. ¡Dios mío, basta!

 

  –Pero fracasé -insiste Urania-.  Se puso el brazo sobre los ojos.  No decía nada.  Cuando lo levantó, me odiaba.

 

  Tenía los ojos enrojecidos y en sus pupilas ardía una luz amarilla, febril, de rabia y vergüenza.  La miraba sin asomo de aquella cortesía, con una hostilidad beligerante, como si ella le hubiera hecho un daño irreparable.

 

  –Te equivocas si crees que vas a salir de aquí virgen, a burlarte de mi con tu padre -deletreaba, con sorda cólera, soltando gallos.

 

  Cogiéndola de un brazo la tumbó a su lado.  Ayudándose con movimientos de las piernas y la cintura, se montó sobre ella.  Esa masa de carne la aplastaba, la hundía en el colchón; el aliento a coñac y a rabia la mareaba.  Sentía sus músculos y huesos triturados, pulverizados.  Pero la asfixia no evitó que advirtiera la rudeza de esa mano, de esos dedos que exploraban, escarbaban y entraban en ella a la fuerza.  Se sintió rajada, acuchillada; un relámpago corrió de su cerebro a los pies.  Gimió, sintiendo que se moría.

 

  –Chilla, perrita, a ver si aprendes -le escupió la vocecita hiriente y ofendida de Su Excelencia-.  Ahora, ábrete.  Déjame ver si lo tienes roto de verdad y no chillas de farsante.

 

  –Era de verdad.  Tenía sangre en las piernas; lo manchaba a él, y la colcha y la cama.

 

  –¡Basta, basta! Para qué más, hija -ruge su tía-.  Ven acá, persignémonos, recemos.  Por lo que tú más quieras, hijita. ¿Crees en Dios? ¿En Nuestra Señora de la Altagracia, patrona de los dominicanos? Tu madre era tan devota de ella, Uranita.  La recuerdo, preparándose cada 21 de enero para la peregrinación a la Basílica de Higuey.  Estás llena de rencor y de odio.  Eso no es bueno.  Aunque te pasara lo que te pasó.  Recemos, hijita.

 

  –Y entonces -dice Urania, sin hacerle caso-, Su Excelencia volvió a tenderse de espaldas, a cubrirse los ojos.  Se quedó quieto, quietecito.  No estaba dormido.  Se le escapó un sollozo.  Empezó a llorar.

 

  –¿A llorar? -exclama Lucindita.

 

  Una súbita algarabía le responde.  Las cinco viran las cabezas: Sansón se ha despertado y lo anuncia, parloteando.

 

  –No por mí -afirma Urania-.  Por su próstata hinchada, por su güevo muerto, por tener que tirarse a las doncellitas con los dedos, como le gustaba a Petán.

 

  –Dios mío, hijita, por lo que más quieras -ruega su tía Adelina, santiguándose-.  Ya no más.

 

  Urania acaricia el puñito arrugado y pecoso de la anciana.

 

  –Son palabras horribles, ya lo sé, cosas que no debería decir, tía Adelina -endulza la voz-.  No lo hago nunca, te lo juro. ¿No querías saber por qué dije esas cosas sobre papá? ¿Por qué, cuando me fui a Adrian, no quise saber más de la familia? Ya sabes por qué.

 

  De vez en cuando solloza y sus suspiros levantan su pecho.  Unos vellos blanquecinos ralean entre sus tetillas y alrededor de su oscuro ombligo.  Tiene siempre los ojos ocultos bajo su brazo. ¿Se ha olvidado de ella? ¿La amargura y el sufrimiento que se adueñaron de él la han abolido? Está más asustada que antes, cuando la acariciaba o violaba.  Olvida el ardor, la llaga entre las piernas, el miedo que le dan las manchitas en sus muslos y el cubrecamas.  No se mueve.  Volverse invisible, inexistente.  Si ese hombre de piernas lampiñas que llora, la ve, no la perdonará, volcará sobre ella la ira de su impotencia, la vergüenza de ese llanto, y la aniquilará.

 

  –Decía que no hay justicia en este mundo.  Por qué le ocurría esto después de luchar tanto, por este país ingrato, por esta gente sin honor.  Le hablaba a Dios.  A los santos.  A Nuestra Señora. O al diablo, tal vez.  Rugía y rogaba.  Por qué le ponían tantas pruebas.  La cruz de sus hijos, las conspiraciones para matarlo, para destruir la obra de toda una vida.  Pero no se quejaba de eso. Él sabía fajarse contra enemigos de carne y hueso.  Lo había hecho desde joven.  No podía tolerar el golpe bajo, que no lo dejaran defenderse.  Parecía medio loco, de desesperación.  Ahora sé por qué.  Porque ese güevo que había roto tantos coñitos, ya no se paraba. Eso hacía llorar al titán. ¿Para reírse, verdad?

 

  Pero Urania no se reía.  Lo escuchaba inmóvil, osando apenas respirar, para que él no recordara que ella estaba ahí.  El monólogo no era corrido, sino fracturado, incoherente, interrumpido por largos silencios; alzaba la voz y gritaba, o la apagaba hasta lo inaudible.  Un lastimado rumor.  A Urania la tenía fascinada ese pecho que subía y bajaba.  Procuraba no mirar su cuerpo, pero, a veces, sus Ojos corrían sobre el vientre algo fofo, el pubis emblanquecido, el pequeño sexo muerto y las piernas lampiñas. Éste era el Generalísimo, el Benefactor de la Patria, el Padre de la Patria Nueva, el Restaurador de la Independencia Financiera. Éste, el jefe al que papá había servido treinta años con devoción y lealtad, al que había hecho el más delicado presente: su hija de catorce añitos.  Pero, las cosas no ocurrieron como el senador esperaba.  De modo que -el corazón de Urania se alegró- no rehabilitaría a papá; acaso lo metiera a la cárcel, acaso lo hiciera matar.

 

  –De repente, alzó el brazo y me miró con sus ojos rojos, hinchados.  Tengo cuarenta y nueve años y, de nuevo, vuelvo a temblar.  He estado temblando treinta y cinco años desde ese momento.

 

  Alarga sus manos y su tía, primas y sobrina lo comprueban: tiemblan.

 

  La miraba con sorpresa y odio, como a una aparición maligna.  Rojos, ígneos, fijos, sus ojos la helaban.  No atinaba a moverse.  La mirada de Trujillo la recorrió, bajó hasta sus muslos, saltó a la colcha con manchitas de sangre, y volvió a fulminarla.  Ahogado de asco, le ordenó:

 

  –Anda, lávate, ¿ves cómo has puesto la cama? ¡Vete de aquí!

 

  –Un milagro, que me dejara salir -reflexiona Urania-.  Después de haberlo visto desesperado, llorando, quejándose, apiadándose de sí mismo.  Un milagro de la patrona, tía.

 

  Se incorporó, saltó de la cama, recogió la ropa esparcida por el suelo, y, tropezando contra un gavetero, se refugió en el baño.  Había una bañera de loza blanca, llena de esponjas y jabones, y un perfume penetrante que la mareó.  Con manos que apenas le respondían, se limpió las piernas, se puso una toallita para atajar la hemorragia, y se vistió.  Le costaba trabajo abotonarse el vestido, abrocharse el cinturón.  No se puso las medias, sólo los zapatos, y, al mirarse en uno de los espejos, vio su cara embadurnada de lápiz de labios y de rímel.  No se entretuvo en limpiarse; él podría cambiar de opinión.  Correr, salir de la Casa de Caoba, escapar.  Cuando volvió a la habitación, Trujillo ya no estaba desnudo.  Se había cubierto con su bata de seda azul y tenía en la mano la copa de coñac.  Le señaló la escalera:

 

  –Vete, vete -se atoraba-.  Que Benita traiga sábanas limpias y una colcha, que cambie esta inmundicia.

 

  –En el primer escalón, me tropecé y me rompí el taco de un zapato, casi me ruedo los tres pisos.  Se me hinchó mucho el tobillo, después.  Benita Sepúlveda estaba en la primera planta.  Muy tranquila, sonriéndome.  Quise decirle lo que me había mandado.  No me salió ni una palabra.  Sólo pude señalarle los altos.  Me cogió del brazo y me llevó donde los guardias, a la entrada.  Me mostró un hueco con una silla: «Aquí le lustran las botas al Jefe».  Ni Manuel Alfonso ni su auto estaban allí.  Benita Sepúlveda me hizo sentar en el lustrador de zapatos, rodeada de guardias.  Se fue y, cuando volvió, me llevó del brazo hasta un jeep.  El chofer era un militar.  Me trajo a Ciudad Trujillo.  Cuando me preguntó, «¿dónde queda su casa?», le contesté: «Voy al Colegio Santo Domingo.  Vivo allí».  Todavía estaba oscuro.  Las tres.  Las cuatro, quién sabe.  Se demoraban en abrir la reja.  Todavía no podía hablar, cuando apareció el guardián.  Sólo pude con sister Mary, la monjita que tanto me quería.  Me llevó al refectorio, me dio agua, me mojó la frente.

 

  Sansón, callado hace rato, vuelve a manifestar su contento o descontento, hinchando el plumaje y chillando.  Nadie dice nada.  Urania coge su vaso, pero está vacío.  Marianita se lo llena; nerviosa, derrama la jarra.  Urania bebe unos sorbos de agua fresca.

 

  –Espero que me haya hecho bien contarles esta historia truculenta.  Ahora, olvídenla.  Ya está.  Pasó y no tiene remedio.  Otra lo hubiera superado, quizás.  Yo no quise ni pude.

 

  –Uranita, prima, qué tú estás diciendo -protesta Manolita-. ¿Cómo que no? Mira lo que has hecho.  Lo que tienes.  Una vida que envidiarían todas las dominicanas.

 

  Se incorpora y va hacia Urania.  La abraza, la besa en las mejillas.

 

  –Me has dejado traspasada, Uranita -la riñe Lucinda, con cariño-.  Pero, cómo vas tú a quejarte, muchacha.  No tienes derecho.  En tu caso sí que vale eso de no hay bien que por mal no venga.  Estudiaste en la mejor universidad, has tenido éxito en tu carrera.  Tienes un hombre que te hace feliz y no te estorba tu trabajo…

 

  Urania la palmea en el brazo y niega con la cabeza.  El loro calla y escucha.

 

  –Te mentí, no tengo ningún amante, prima -sonríe a medias, la voz aún quebrada-.  No lo he tenido nunca, ni lo tendré. ¿Quieres saberlo todo, Lucindita? Más nunca un hombre me volvió a poner la mano, desde aquella vez.  Mi único hombre fue Trujillo.  Como lo oyes.  Cada vez que alguno se acerca, y me mira como mujer, siento asco.  Horror.  Ganas de que se muera, de matarlo.  Es difícil de explicar.  He estudiado, trabajo, me gano bien la vida, verdad.  Pero, estoy vacía y llena de miedo, todavía.  Como esos viejos de New York que se pasan el día en los parques, mirando la nada.  Trabajar, trabajar, trabajar hasta caer rendida.  No es para que me envidien, te aseguro.  Yo las envidio a ustedes, mas bien.  Sí, sí, ya sé, tienen problemas, apuros, decepciones.  Pero, también, una familia, una pareja, hijos, parientes, un país.  Esas cosas llenan la vida.  A mí, papá y Su Excelencia me volvieron un desierto.

 

  Sansón ha comenzado a pasearse, nervioso, entre los barrotes de su jaula; se contonea, se para, afila el pico contra las patas.

 

  –Eran otras épocas, Uranita querida -balbucea la tía Adelina, tragándose las lágrimas-.  Tienes que perdonarlo. Él ha sufrido, él sufre.  Fue terrible, hijita.  Pero, eran otros tiempos.  Agustín estaba desesperado.  Podía ir a la cárcel, podían asesinarle.  No quería hacerte daño.  Pensó, tal vez, que era la única manera de salvarte.  Esas cosas ocurrían, aunque ahora no se entiendan.  La vida era eso, aquí.  Agustín te ha querido más que a nadie en el mundo, Uranita.

 

  La anciana se retuerce las manos, presa de desasosiego, y se mueve en la mecedora, fuera de sí.  Lucinda se le acerca, le alisa los cabellos, le da unas gotitas de valeriana: «Cálmate, mami; no te pongas así».

 

  Por la ventanita del jardín, refulgen las estrellas en la apacible noche dominicana. ¿Eran otros tiempos? Oleadas de brisa caliente entran al comedor de rato en rato y agitan las cortinillas y las flores de un macetero, entre estatuitas de santos y fotos de familia. «Eran y no eran», piensa Urania. «Todavía flota algo de esos tiempos por aquí.»

 

  –Fue terrible, pero me permitió conocer la generosidad, la delicadeza, la humanidad de sister Mary -dice, suspirando-.  Sin ella, yo estaría loca o muerta.

 

  Sister Mary encontró soluciones para todo y fue un dechado de discreción.  Desde los primeros auxilios, en la enfermería del colegio, para cortarle la hemorragia y aliviarle el dolor, hasta, en menos de tres días, movilizar a la superiora de las Dominican Nuns y convencerla de que, festinando trámites, concediera a Urania Cabral, alumna ejemplar cuya vida corría peligro, aquella beca para seguir estudios en la Siena Heights University, en Adrian, Michigan.  Sister Mary habló con el senador Agustín Cabral (¿tranquilizándolo? ¿asustándolo?), en el despacho de la directora, a solas los tres, urdiéndolo a que permitiera el viaje de su hija a los Estados Unidos.  Y, también, persuadiéndolo de que desistiera de verla, por lo perturbada que estaba después de lo sucedido en San Cristóbal. ¿Qué cara puso Agustín Cabral ante la sister? Urania se lo ha preguntado muchas veces: ¿de hipócrita sorpresa? ¿de malestar? ¿de confusión? ¿de remordimiento? ¿de vergüenza? Ni ella había preguntado ni sister Mary se lo dijo.  Las monjas fueron al consulado norteamericano a conseguir la visa, y pidieron audiencia al Presidente Balaguer, para que acelerara la autorización que los dominicanos debían recabar para salir al extranjero, un trámite que demoraba semanas.  El colegio pagó su pasaje, en vista de que el senador Cabral se había vuelto insolvente.  Sister Mary y sister Helen Claire la acompañaron al aeropuerto.  Cuando el avión despegó, lo que más les agradeció Urania fue que cumplieran su promesa de no dejarla ver a papá, ni siquiera de lejos.  Ahora, les agradecía también haberla salvado de la cólera tardía de Trujillo, que la hubiera podido dejar confinada en esta isla o enviado a alimentar a los tiburones.

 

  –Es tardísimo -dice, mirando su reloj-.  Las dos de la mañana, casi.  Ni siquiera he hecho la maleta y mi avión sale tempranísimo.

 

  –¿Te regresas mañana, a New York? -se apena Lucindita-.  Creí que te quedarías unos días.

 

  –Tengo que trabajar -dice Urania-.  En el estudio, me espera una pila de papeles, de dar vértigo.

 

  –Ahora, ya no será como antes ¿verdad, Uranita? -la abraza Manolita-.  Nos vamos a escribir, y contestarás las cartas.  De cuando en cuando, vendrás de vacaciones, a visitar a tu familia. ¿Verdad, muchacha?

 

  –De todas maneras -asiente Urania, abrazándola también.  Pero, no está segura.  Tal vez, saliendo de esta casa, de este país, prefiera olvidar de nuevo esta familia, esta gente, su pasado, se arrepienta de haber venido y hablado como lo ha hecho esta noche. ¿O, tal vez, no? ¿Tal vez querrá reconstruir de algún modo el vínculo con estos residuos de familia que le quedan?-. ¿Se puede llamar un taxi a estas horas?

 

  –Nosotras te llevamos -se levanta Lucindita.

 

  –Yo a ti te voy a querer mucho, tía Urania -le susurra en el oído y Urania siente que la embarga la tristeza-. Te voy a escribir todos los meses.  No importa si no me contestas.

 

  La besa en la mejilla varias veces, con sus labios delgaditos, el picoteo de un pajarito.  Antes de entrar al hotel, Urania espera que el viejo automóvil de su prima se pierda en el malecón George Washington, con el fondo de una fila de olas ruidosas y blanquísimas.  Entra en el Jaragua, Y, a mano izquierda, el casino y la boite contigua son un ascua: ritmos, voces, música, las máquinas tragaperras y exclamaciones de los jugadores en la ruleta.

 

  Cuando se dirige hacia los ascensores, una figura masculina la intercepta.  Es un turista cuarentón, pelirrojo, con camisa a cuadros, pantalón vaquero y mocasines, ligeramente borracho:

 

  –May I buy you a drink, dear lady? -dice, haciendo una venia cortesana.

 

  — Get out of my way, you dirty drunk -le responde Urania, sin detenerse, alcanzando a ver la expresión de desconcierto, de susto, del incauto.

 

  En su habitación, comienza a hacer su maleta, pero, al poco rato, va a sentarse junto a la ventana, a ver las estrellas lucientes y la espuma de las olas.  Sabe que no pegará los ojos y que, por tanto, tiene todo el tiempo del mundo para terminar con la maleta.

 

  «Si Marianita me escribe, le contestaré todas las cartas», decide.

 

 

 

 

 

 

 

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