Mario Vargas Llosa
La Fiesta del Chivo
Editorial Alfaguara
Buenos Aires, 2000
Mario Vargas Llosa
Nació en Arequipa (Perú) en 1936. Tras la publicación de un libro de relatos (Losjefes, 1959), el enorme éxito de sus primeras novelas (La ciudady losperros, 1962, Premio Biblioteca Breve y Premio de la Crítica en España, La casa verde, 1966, y Conversación en La Catedral) lo convierte en uno de los representantes más señeros del boom latinoamericano. A partir de este período, su biografía y su bibliografía se van enriqueciendo hasta niveles que sólo los más grandes autores alcanzan. Mario Vargas Llosa ha obtenido los más importantes galardones literarios, desde el Leopoldo Alas por Losjefes hasta el Cervantes de 1994, pasando por el ya mencionado Biblioteca Breve, el Formentor, el Rómulo Gallegos, el Príncipe de Asturias, el Planeta, etcétera. En 1997 Alfaguara publicó su, hasta ese momento, última novela Los cuadernos de don Rigoberto.
Profesor universitario, articulista, académico, ensayista político, Vargas Llosa es actualmente una de las personalidades intelectuales de más peso en el mundo entero.
A Lourdes y José Israel Cuello,
y a tantos amigos dominicanos.
«El pueblo celebra con gran entusiasmo la Fiesta del Chivo el treinta de mayo.»
Mataron al Chivo Merengue dominicano
I
Urania. No le habían hecho un favor sus padres; su nombre daba la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo de la mujer espigada y de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos oscuros, algo tristes, que le devolvía el espejo. ¡Urania! Vaya ocurrencia. Felizmente ya nadie la llamaba así, sino Uri, Miss Cabral, Mrs. Cabral o Doctor Cabral. Que ella recordara, desde que salió de Santo Domingo («Mejor dicho, de Ciudad Trujillo», cuando partió aún no habían devuelto su nombre a la ciudad capital), ni en Adrian, ni en Boston, ni en Washington D.C., ni en New York, nadie había vuelto a llamarla Urania, como antes en su casa y en el Colegio Santo Domingo, donde las sisters y sus compañeras pronunciaban correctísimamente el disparatado nombre que le infligieron al nacer. ¿Se le ocurriría a él, a ella? Tarde para averiguarlo, muchacha; tu madre estaba en el cielo y tu padre muerto en vida. Nunca lo sabrás. ¡Urania! Tan absurdo como afrentar a la antigua Santo Domingo de Guzmán llamándola Ciudad Trujillo. ¿Sería también su padre el de la idea?
Está esperando que asome el mar por la ventana de su cuarto, en el noveno piso del Hotel Jaragua, y por fin lo ve. La oscuridad cede en pocos segundos y el resplandor azulado del horizonte, creciendo deprisa, inicia el espectáculo que aguarda desde que despertó, a las cuatro, pese a la pastilla que había tomado rompiendo sus prevenciones contra los somníferos. La superficie azul oscura del mar, sobrecogida por manchas de espuma, va a encontrarse con un cielo plomizo en la remota Línea del horizonte, y, aquí, en la costa, rompe en olas sonoras y espumosas contra el Malecón, del que divisa pedazos de calzada entre las palmeras y almendros que lo bordean. Entonces, el Hotel Jaragua miraba al Malecón de frente. Ahora, de costado. La memoria le devuelve aquella imagen -¿de ese día?- de la niña tomada de la mano por su padre, entrando en el restaurante del hotel, para almorzar los dos solos. Les dieron una mesa junto a la ventana, y, a través de los visillos, Uranita divisaba el amplio jardín y la piscina con trampolines y bañistas. Una orquesta tocaba merengues en el Patio Español, rodeado de azulejos y tiestos con claveles. ¿Fue aquel día? «No», dice en voz alta. Al Jaragua de entonces lo habían demolido y reemplazado por este voluminoso edificio color pantera rosa que la sorprendió tanto al llegar a Santo Domingo tres días atrás.
¿Has hecho bien en volver? Te arrepentirás, Urania. Desperdiciar una semana de vacaciones, tú que nunca tenías tiempo para conocer tantas ciudades, regiones, países que te hubiera gustado ver -las cordilleras y los lagos nevados de Alaska, por ejemplo- retornando a la islita que juraste no volver a pisar. ¿Síntoma de decadencia? ¿Sentimentalismo otoñal? Curiosidad, nada más. Probarte que puedes caminar por las calles de esta ciudad que ya no es tuya, recorrer este país ajeno, sin que ello te provoque tristeza, nostalgia, odio, amargura, rabia. ¿O has venido a enfrentar a la ruina que es tu padre? A averiguar qué impresión te hace verlo, después de tantos años. Un escalofrío le corre de la cabeza a los Pies. ¡Urania, Urania! Mira que si, después de todos estos años, descubres que, debajo de tu cabecita voluntariosa, ordenada, impermeable al desaliento, detrás de esa fortaleza que te admiran y envidian, tienes un corazoncito tierno, asustadizo, lacerado, sentimental. Se echa a reir. Basta de boberías, muchacha.
Se pone las zapatillas, el pantalón, la blusa de deportes, sujeta sus cabellos con una redecilla. Bebe un vaso de agua fría y está a punto de encender la televisión para ver la CNN pero se arrepiente. Permanece junto a la ventana, mirando el mar, el Malecón, y luego, volviendo la cabeza, el bosque de techos, torres, cúpulas, campanarios y copas de árboles de la ciudad. ¡Cuánto ha crecido! Cuando la dejaste, en 1961, albergaba trescientas mil almas. Ahora, más de un millón. Se ha llenado de barrios, avenidas, parques y hoteles. La víspera, se sintió una extraña dando vueltas en un auto alquilado por los elegantes condominios de Bella Vista y el inmenso parque El Mirador donde había tantos joggers como en Central Park. En su niñez, la ciudad terminaba en el Hotel El Embajador; a partir de allí todo eran fincas, sembríos. El Country Club, donde su padre la llevaba los domingos a la piscina, estaba rodeado de descampados, en vez de asfalto, casas y postes del alumbrado como ahora.
Pero la ciudad colonial no se ha remozado, ni tampoco Gazcue, su barrio. Y está segurísima de que su casa cambió apenas. Estará igual, con su pequeño jardín, el viejo mango y el flamboyán de flores rojas recostado sobre la terraza donde solían almorzar al aire libre los fines de semana; su techo de dos aguas y el balconcito de su dormitorio, al que salía a esperar a sus primas Lucinda y Manolita, y, ese último año,1961, a espiar a ese muchacho que pasaba en bicicleta, mirándola de reojo, sin atreverse a hablarle. ¿Estaría igual por dentro? El reloj austríaco que daba las horas tenía números góticos y una escena de caza. ¿Estaría igual tu padre? No. Lo has visto declinar en las fotos que cada cierto número de meses o años te mandaban la tía Adelina y otros remotos parientes que continuaron escribiéndote, pese a que nunca contestaste sus cartas.
Se deja caer en un sillón. El sol del amanecer alancea el centro de la ciudad; la cúpula del Palacio Nacional y el ocre pálido de sus muros destella suavemente bajo la cavidad azul. Sal de una vez, pronto el calor será insoportable. Cierra los ojos, ganada por una inercia infrecuente en ella, acostumbrada a estar siempre en actividad, a no perder tiempo en lo que, desde que volvió a poner los pies en tierra dominicana, la ocupa noche y día: recordar. «Esta hija mía siempre trabajando, hasta dormida repite la lección.» Eso decía de ti el senador Agustín Cabral, el ministro Cabral, Cerebrito Cabral, jactándose ante sus amigos de la niña que sacó todos los premios, la alumna que las sisters ponían de ejemplo. ¿Se jactaría delante del Jefe de las proezas escolares de Uranita? «Me gustaría tanto que usted la conociera, sacó el Premio de Excelencia todos los años desde que entró al Santo Domingo. Para ella, conocerlo, darle la mano, sería la felicidad. Uranita reza todas las noches porque Dios le conserve esa salud de hierro. Y, también, por doña Julia y doña María. Háganos ese honor. Se lo pide, se lo ruega, se lo implora el más fiel de sus perros. Usted no puede negármelo: recíbala. ¡Excelencia! ¡Jefe!»
¿Lo detestas? ¿Lo odias? ¿Todavía? «Ya no», dice en voz alta. No habrías vuelto si el rencor siguiera crepitando, la herida sangrando, la decepción anonadándote, envenenándola, como en tu juventud, cuando estudiar, trabajar, se convirtieron en obsesionante remedio para no recordar. Entonces sí lo odiabas. Con todos los átomos de tu ser, con todos los pensamientos y sentimientos que te cabían en el cuerpo. Le habías deseado desgracias, enfermedades, accidentes. Dios te dio gusto, Urania. El diablo, más bien. ¿No es suficiente que el derrame cerebral lo haya matado en vida? ¿Una dulce venganza que estuviera hace diez años en silla de ruedas, sin andar, hablar, dependiendo de una enfermera para comer, acostarse, vestirse, desvestirse, cortarse las uñas, afeitarse, orinar, defecar? ¿Te sientes desagraviada? «No.»
Toma un segundo vaso de agua y sale. Son las siete de la mañana. En la planta baja del Jaragua la asalta el ruido, esa atmósfera ya familiar de voces, motores, radios a todo volumen, merengues, salsas, danzones y boleros, o rock y rap, mezclados, agrediéndose y agrediéndola con su chillería. Caos animado, necesidad profunda de aturdirse para no pensar y acaso ni siquiera sentir, del que fue tu pueblo, Urania. También, explosión de vida salvaje, indemne a las oleadas de modernización. Algo en los dominicanos se aferra a esa forma prerracional, mágica: ese apetito por el ruido. («Por el ruido, no por la música.»)
No recuerda que, cuando ella era niña y Santo Domingo se llamaba Ciudad Trujillo, hubiera un bullicio semejante en la calle. Tal vez no lo había; tal vez, treinta y cinco años atrás, cuando la ciudad era tres o cuatro veces más pequeña, provinciana, aislada y aletargada por el miedo y el servilismo, y tenía el alma encogida de reverencia y pánico al jefe, al Generalísimo, al Benefactor, al Padre de la Patria Nueva, a Su Excelencia el Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina, era más callada, menos frenética. Hoy, todos los sonidos de la vida, motores de automóviles, casetes, discos, radios, bocinas, ladridos, gruñidos, voces humanas, parecen a todo volumen, manifestándose al máximo de su capacidad de ruido vocal, mecánico, digital o animal (los perros ladran más fuerte y los pájaros pían con más ganas). ¡Y que New York tenga fama de ruidosa! Nunca, en sus diez años de Manhattan, han registrado sus oídos nada que se parezca a esta sinfonía brutal, desafinada, en la que está inmersa hace tres días.
El sol enciende las palmeras canas de enhiestas copas, la acera quebrada y como bombardeada por la cantidad de hoyos y los altos de basuras, que unas mujeres con pañuelos en la cabeza barren y recogen en unas bolsas insuficientes. «Haitianas.» Ahora están calladas, pero, ayer, cuchicheaban entre ellas en creole. Poco más adelante, ve a los dos haitianos descalzos y semidesnudos sentados en unos cajones, al pie de las decenas de pinturas de vivísimos colores, desplegadas sobre un muro. Es verdad, la ciudad, acaso el país, se llenó de haitianos. Entonces, no ocurría. ¿No lo decía el senador Agustín Cabral? «Del Jefe se dirá lo que se quiera. La historia le reconocerá al menos haber hecho un país moderno y haber puesto en su sitio a los haitianos. ¡A grandes males, grandes remedios!» El jefe encontró un paisito barbarizado por las guerras de caudillos, sin ley ni orden, empobrecido, que estaba perdiendo su identidad, invadido por los hambrientos y feroces vecinos. Vadeaban el río Masacre y venían a robarse bienes, animales, casas, quitaban el trabajo a nuestros obreros agrícolas, pervertían nuestra religión católica con sus brujerías diabólicas, violaban a nuestras mujeres, estropeaban nuestra cultura, nuestra lengua y costumbres occidentales e hispánicas, imponiéndonos las suyas, africanas y bárbaras. El Jefe cortó el nudo gordiano: «¡Basta!». ¡A grandes males, grandes remedios! No sólo justificaba aquella matanza de haitianos del año treinta y siete; la tenía como una hazaña del régimen. ¿No salvó a la República de ser prostituida una segunda vez en la historia por ese vecino rapaz? ¿Qué importan cinco, diez, veinte mil haitianos si se trata de salvar a un pueblo?
Camina deprisa, reconociendo los hitos: el Casino de Güibia, convertido en club, y el balneario ahora apestado por las cloacas; pronto llegará a la esquina del Malecón y la avenida Máximo Gómez, el itinerario del jefe en sus caminatas vespertinas. Desde que los médicos le advirtieron que era bueno para el corazón, iba de la Estancia Radhamés hacia la Máximo Gómez, con una escala en casa de doña Julia, la Excelsa Matrona, donde Uranita entró una vez a decir un discurso que casi no pudo pronunciar, y bajaba hasta este malecón George Washington, en esta esquina doblaba y seguía hasta el obelisco imitado del de Washington, a paso vivo, rodeado de ministros, asesores, generales, ayudantes, cortesanos, a respetuosa distancia, los ojos alertas, el corazón esperanzado, aguardando un gesto, un ademán que les permitiera acercarse al jefe, escucharlo, merecer un diálogo, aunque fuera una recriminación. Todo, menos ser mantenidos lejos, en el infierno de los olvidados. «¿Cuántas veces paseaste entre ellos, papá? ¿Cuántas mereciste que te hablara? Y cuántas volviste entristecido porque no te llamó, temeroso de no estar ya en el círculo de los elegidos, de haber caído entre los réprobos. Siempre viviste aterrado de que contigo se repitiera la historia de Anselmo Paulino. Y se repitió, papá.»
Urania se ríe y una pareja en bermudas que camina en dirección contraria cree que es con ellos: «Buenos días». Pero no es con ellos que se ríe, sino con la imagen del senador Agustín Cabral trotando cada tarde por este Malecón, entre los sirvientes de lujo, atento, no a la cálida brisa, los rumores del mar, la acrobacia de las gaviotas ni a las radiantes estrellas del Caribe, sino a las manos, los ojos, los movimientos del jefe, que tal vez lo llamarían, prefiriéndolo a los demás. Ha llegado al Banco Agrícola. Luego vendrá la Estancia Ramfis, donde continúa la Secretaría de Relaciones Exteriores, y el Hotel Hispaniola. Y media vuelta.
«Calle César Nicolás Penson, esquina Galván», piensa. ¿Iría o regresaría a New York sin echar una ojeada a su casa? Entrarás y le preguntarás a la enfermera por el inválido y subirás al dormitorio y a la terraza donde lo sacan a dormir sus siestas, esa terraza que se ponía roja con las flores del flamboyán. «Hola, papá. Cómo estás, papá. ¿No me reconoces? Soy Urania. Claro, qué me vas a reconocer. La última vez yo tenía catorce y ahora cuarenta y nueve. Una punta de años, papá. ¿No era ésa la edad que tú tenías, el día que me fui a Adrian? Si, cuarenta y ocho o cuarenta y nueve. Un hombre en plena madurez. Ahora, estás por cumplir ochenta y cuatro. Te has vuelto viejísimo, papá.» Si está en condiciones de pensar, habrá tenido mucho tiempo en estos años para hacer un balance de su larga vida. Habrás pensado en tu hija ingrata, que en treinta y cinco años no te contestó una carta, ni envió una foto, ni una felicitación de cumpleaños, Navidades o Año Nuevo, que ni siquiera cuando te vino el derrame y tías, tíos, primos y primas creían que te morías, vino ni preguntó por tu salud. Qué hija malvada, papá.
La casita de César Nicolás Penson, esquina Galván, ya no recibirá a los visitantes, en el vestíbulo de la entrada, donde se acostumbraba poner la imagen de la Virgencita de la Altagracia, con esa placa de bronce jactancioso: «En esta casa Trujillo es el Jefe». ¿O la has conservado, en prueba de lealtad? La lanzarías al mar como los miles de dominicanos que la compraron y colgaron en el lugar más visible de la casa, para que nadie fuera a dudar de su fidelidad al jefe, y que, cuando el hechizo se trizó quisieron borrar las pistas, avergonzados de lo que ella representaba: su cobardía. A que tú también la desapareciste, papá.
Ha llegado al Hispaniola. Está sudando, el corazón acelerado. Pasa un doble río de autos, camionetas y camiones por la avenida George Washington y le parece que todos llevan la radio encendida y que el ruido le reventará los tímpanos. A ratos, de algún vehículo asoma una cabeza masculina y un instante los suyos se encuentran con unos ojos varoniles que le miran los pechos, las piernas o el trasero. Esas miradas. Está esperando un hueco que le permita cruzar y una vez más se dice, como ayer, como anteayer, que está en tierra dominicana. En New York ya nadie mira a las mujeres con ese desparpajo. Midiéndola, sopesándola, calculando cuánta carne hay en cada una de sus tetas y muslos, cuántos vellos en su pubis y la curva exacta de sus nalgas. Cierra los ojos, presa de un ligero vahído. En New York, ya ni los latinos, dominicanos, colombianos, guatemaltecos, miran así. Han aprendido a reprimirse, entendido que no deben mirar a las mujeres como miran los perros a las perras, los caballos a las yeguas, los puercos a las puercas.
En un intervalo de vehículos, cruza, a la carrera. En vez de dar media vuelta y emprender el regreso hacia el Jaragua, sus pasos, no su voluntad, la llevan a contornear el Hispaniola y regresar por independencia, una avenida que, si no la traiciona su memoria, avanza desde aquí, cargada de una doble alameda de frondosos laureles cuyas crestas se abrazan sobre la calzada, refrescándola, hasta bifurcarse y desaparecer ya en plena ciudad colonial. Cuántas veces caminaste de la mano de tu padre, bajo la sombra rumorosa de los laureles de Independencia. Bajaban desde César Nicolás Penson hasta esta avenida e iban hasta el parque Independencia. En la heladería italiana, a mano derecha, al comenzar El Conde, tomaban un helado de coco, mango o guayaba. Qué orgullosa te sentías de la mano de ese señor -el senador Agustín Cabral, el ministro Cabral. Todos lo conocían. Se acercaban, le daban la mano, se quitaban el sombrero, le hacían venias, guardias y militares chocaban los tacos al verlo pasar. Cómo echarías de menos esos años en que eras tan importante, papá, cuando te volviste un pobre diablo del montón. A ti se contentaron con insultarte en El Foro Público, pero no te metieron a la cárcel como a Anselmo Paulino. ¿Es lo que más temías, cierto? Que, un buen día, el jefe ordenara: ¡Cerebrito a la cárcel! Tuviste suerte, papá-
Lleva tres cuartos de hora y falta un buen trecho hasta el hotel. Si hubiera sacado dinero, se metería a cualquier cafetería a tomar desayuno y descansar. El sudor la obliga a secarse la cara todo el tiempo. Los años, Urania. A los cuarenta y nueve ya no se es joven. Por más que te conserves mejor que otras. Pero, no estás para ser arrumbada como trasto viejo, a juzgar por esas miradas que, a derecha e izquierda, se posan en su cara y su cuerpo, insinuantes, codiciosas, descaradas, insolentes, de machos acostumbrados a desvestir con los ojos y los pensamientos a todas las hembras de la calle. «Unos cuarenta y nueve años maravillosamente bien llevados, Uri», dijo Dick Litney, su colega y amigo de bufete en New York, el día de su cumpleaños, audacia que ningún varón de la oficina se hubiera permitido a menos de tener, como Dick esa noche, dos o tres whiskys en el cuerpo. Pobre Dick. Se ruborizó y confundió cuando Urania lo congeló con una de esas miradas lentas con las que desde hace treinta y cinco años enfrenta las galanterías, chistes subidos de color, gracias, alusiones o majaderías de los hombres, y, a veces, de las mujeres.
Se detiene, para recuperar el aliento. Siente su corazón descontrolado, su pecho subiendo y bajando. Está en la esquina de Independencia y Máximo Gómez, esperando entre un racimo de hombres y mujeres para cruzar. Su nariz registra una variedad tan grande de olores como el sinfín de ruidos que martillean sus oídos: el aceite que queman los motores de las guaguas y despiden los tubos de escape, lengüetas humosas que se deshacen o quedan flotando sobre los peatones; olores a grasa y fritura, de un puesto donde chisporrotean dos sartenes y se ofrecen viandas y bebidas, y ese aroma denso, indefinible, tropical, a resinas y matorrales en descomposición, a cuerpos transpirando, un aire impregnado de esencias animales, vegetales y humanas que el sol protege, demorando su disolución y evanescencia. Es un olor cálido, que toca alguna fibra íntima de su memoria y la devuelve a su infancia, a las trinitarias multicolores colgadas de techos y balcones, a esta avenida Máximo Gómez. ¡El Dia de las Madres! Por supuesto. Mayo de sol radiante, lluvias diluviales, calor. Las niñas elegidas del Colegio Santo Domingo para traerle flores a Mamá Julia, la Excelsa Matrona, progenitora del Benefactor, espejo y símbolo de la madre quisqueyana. Vinieron en una guagua del colegio, en sus uniformes blancos inmaculados, acompañadas de la superiora y de síster Mary. Ardías de curiosidad, orgullo, cariño y respeto. Ibas a entrar en representación del colegio a casa de Mamá Julia. Ibas a recitarle el poema «Madre y maestra, Matrona Excelsa», que habías escrito, aprendido y recitado decenas de veces, ante el espejo, ante tus compañeras, ante Lucinda y Manolita, ante papá, ante las sisters, y que habías repetido en silencio para estar segura de no olvidar una sílaba. Llegado el glorioso instante, en la gran casa rosada de Mamá Julia, aturdida por los militares, señoras, ayudantes, delegaciones que atestaban jardines, cuartos, pasillos, sobrecogida de emoción, ternura, al dar un paso adelante apenas a un metro de la anciana que le sonreía con benevolencia desde su mecedora, con el ramo de rosas que acababa de entregarle la superiora, se le cerró la garganta y su mente quedó en blanco. Te echaste a llorar. Escuchabas risas, palabras animosas, de las señoras y señores que rodeaban a Mami Julia.
La Excelsa Matrona hizo que te acercaras, risueña. Entonces, Uranita se compuso, se secó las lágrimas, se enderezó y, firme y rápida, aunque sin la entonación debida, recitó «Madre y maestra, Matrona Excelsa», de corrido.
La aplaudieron. Mamá Julia le acarició los cabellos y su boquita fruncida en mil arrugas la besó.
Por fin, cambia la luz. Urania continúa su marcha, protegida del sol por la sombra de los árboles de la Máximo Gómez. Hace una hora que camina. Es grato andar bajo los laureles, descubrir esos arbustos de florecillas rojas y pistilo dorado, la cayena o sangre de Cristo, absorbida en sus pensamientos, arrullada por la anarquía de voces y músicas, atenta sin embargo a los desniveles, baches, hoyos, deformaciones de las veredas en que está constantemente a punto de tropezar, o de meter un pie en las basuras que husmean perros callejeros. ¿Eras feliz, entonces? Cuando fuiste con ese grupo de alumnas del Santo Domingo a llevarle flores y recitarle el poema, en el Día de las Madres, a la Excelsa Matrona, lo eras. Aunque, desde que aquella figura protectora) bellísima, de su infancia, se eclipsó de la casita de César Nicolás Penson, quizás la noción de felicidad se evaporó también de la vida de Urania. Pero tu padre y tus tíos -sobre todo, la tía Adelina y el tío Aníbal, y las primas Lucindita y Manolita y los antiguos amigos hicieron lo posible para llenar la ausencia de tu madre con mimos y halagos, de modo que no te sintieras sola, disminuida. Tu padre había sido tu padre y tu madre aquellos años. Por eso lo habías querido tanto. Por eso te había dolido tanto, Urania.
Cuando llega a la puerta trasera del Jaragua, ancha reja por donde entran los automóviles, los mayordomos, los cocineros, las camareras, los barrenderos, no se detiene. ¿Dónde vas? No ha tomado decisión alguna. Por su cabeza, concentrada en su niñez, en su colegio, en los domingos en que iba con su tía Adelina y sus primas a las tandas infantiles del Cine Elite, no ha cruzado la idea de no entrar al hotel a ducharse y desayunar. Sus pies han decidido seguir. Camina sin vacilar, segura del rumbo, entre peatones y automóviles impacientes por los semáforos. ¿Seguro quieres ir donde estás yendo, Urania? Ahora, sabes que irás, aunque tengas que lamentarlo.
Dobla a la izquierda en Cervantes y avanza hacia la Bolívar, reconociendo como en sueños los chalets de uno o dos pisos, con cercos y jardines, terrazas descubiertas y garajes, que le despiertan un sentimiento familiar, imágenes preservadas, deterioradas, ligeramente descoloridas, desportilladas, afeadas con añadidos y pegotes, cuartitos erigidos en las azoteas, ensamblados en los flancos, en medio de los jardines, para alojar a los vástagos que se casan y no pueden vivir solos y vienen a añadirse a las familias, exigiendo más espacio. Cruza lavanderías, farmacias, florerías, cafeterías, placas de dentistas, médicos, contadores y abogados. En la avenida Bolívar va como si estuviera tratando de alcanzar a alguien, como si fuera a echarse a correr. El corazón se le sale por la boca. En cualquier momento, te desplomarás. A la altura de Rosa Duarte, tuerce a la izquierda y corre. Pero, el esfuerzo le resulta excesivo y vuelve a andar, ahora más despacio, muy cerca del muro blancuzco de una casa, por si el vértigo se repite y debe apoyarse en algo hasta recobrar el aliento. Salvo un ridículo edificio angostísimo de cuatro pisos, donde estaba la casita con púas del doctor Estanislas que la operó de las amígdalas, nada ha cambiado; hasta juraría que esas sirvientas que barren los jardines y las fachadas la van a saludar: «Hola, Uranita. Cómo estás, muchacha. Cuánto has crecido, niña. Adónde tan apurada, Santa Madre de Dios».
La casa tampoco ha cambiado tanto, aunque el gris de sus paredes lo recordaba intenso y es ahora desvaído, con lamparones, descascarado. El jardín se ha transformado en matorral de yerbas, hojas muertas y grama seca. Nadie lo habrá regado ni podado hace años. Ahí está el mango. ¿Era ése el flamboyán? Debió de serlo, cuando tenía hojas y flores; ahora, es un tronco de brazos pelados y raquíticos.
Se recuesta en la puerta de hierro calado que da al jardín. El caminito de losetas con yerbas en las junturas está enmohecido y, en la terraza y el porche, hay una silla vencida, con una pata rota. Han desaparecido los muebles de cretona amarilla. También, la lamparita de la esquina, con cristales esmerilados, que iluminaba la terraza, en torno a la cual se aglomeraban las mariposas de día y zumbaban insectos de noche. El balconcito de su dormitorio ya no tiene la trinitaria malva que lo cubría: es un voladizo de cemento, con manchas herrumbrosas.
Al fondo de la terraza, se abre una puerta con largo gemido. Una figura femenina, enfundada en un uniforme blanco, la mira con curiosidad:
–¿Busca a alguien?
Urania no puede hablar; está tan agitada, emocionada, asustada. Permanece muda, mirando a la desconocida.
–¿Qué se le ofrece? -pregunta la mujer.
–Yo soy Urania -dice, al fin-. La hija de Agustín Cabral.
II
Despertó, paralizado por una sensación de catástrofe. Inmóvil, pestañeaba en la oscuridad, prisionero en una telaraña, a punto de ser devorado por un bicho peludo lleno de ojos. Por fin pudo estirar la mano hacia el velador donde guardaba el revólver y la metralleta con el cargador puesto. Pero, en vez del arma, empuñó el reloj despertador: las cuatro menos diez. Respiró. Ahora si, se había despertado del todo. ¿Pesadillas, de nuevo? Tenía unos minutos todavía, pues, maniático de la puntualidad, no saltaba de la cama antes de las cuatro. Ni un minuto antes ni uno después.
«A la disciplina debo todo lo que soy», se le ocurrió. Y la disciplina, norte de su vida, se la debía a los marínes. Cerró los ojos. Las pruebas, en San Pedro de Macorís, para ser admitido a la Policía Nacional Dominicana que los yanquis decidieron crear al tercer año de ocupación, fueron durísimas. Las pasó sin dificultad. En el entrenamiento, la mitad de los aspirantes quedaron eliminados. Él gozó con cada ejercicio de agilidad, arrojo, audacia o resistencia, aun en aquéllos, feroces, para probar la voluntad y la obediencia al superior, zambullirse en lodazales con el equipo de campaña o sobrevivir en el monte bebiendo la propia orina y masticando tallos, yerbas, saltamontes. El sargento Gittleman le puso la más alta calificación: «Irás lejos, Trujillo». Había ido, sí, gracias a esa disciplina despiadada, de héroes y místicos, que le enseñaron los marines. Pensó con gratitud en el sargento Simon Gittleman. Un gringo leal y desinteresado, en ese país de pijoteros, vampiros y pendejos. ¿Había tenido Estados Unidos un amigo más sincero que él, los Ultimos treinta y un años? ¿Qué gobierno lo había apoyado más en la ONU? ¿Cuál fue el primero en declarar la guerra a Alemania y al Japón? ¿Quién untó con más dólares a representantes, senadores, gobernadores, alcaldes, abogados y periodistas de Estados Unidos? El pago: las sanciones económicas de la OEA, para dar gusto al negrito de Rómulo Betancourt y seguir mamando petróleo venezolano. Si Johnny Abbes hubiera hecho mejor las cosas y la bomba le hubiera arrancado la cabeza al maricón de Rómulo, no habría sanciones y los gringos pendejos no joderían con la soberanía, la democracia y los derechos humanos. Pero, entonces, él no hubiera descubierto que, en ese país de doscientos millones de pendejos, tenía un amigo como Simon Gittleman. Capaz de iniciar una campaña personal en defensa de la República Dominicana, desde Phoenix, Arizona, donde vivía dedicado a los negocios desde que se jubiló de los marines. ¡Sin pedir un centavo! Había varones así todavía, entre los marines. ¡Sin pedir ni cobrar! Qué lección para esas sanguijuelas del Senado y la Cámara de Representantes a las que él cebaba ya tantos años, que siempre querían más cheques, más concesiones, más decretos, más exoneraciones fiscales, y que, ahora, cuando los necesitaba, se hacían los desentendidos.
Miró el reloj: cuatro minutos todavía. ¡Gringo magnífico, Simon Gittleman! Un verdadero marina. Abandonó sus negocios en Arizona, indignado por la ofensiva contra Trujillo de la Casa Blanca, Venezuela y la OEA, y bombardeó la prensa norteamericana con cartas, recordando que la República Dominicana fue durante toda la Era de Trujillo un baluarte del anticomunismo, el mejor aliado de Estados Unidos en el hemisferio occidental. No contento con eso, fundó -¡de su propio bolsillo, coño!- comités de apoyo, hizo publicaciones, organizó conferencias. Y, para dar un ejemplo, se vino a Ciudad Trujillo con su familia y alquiló una casa en el Malecón. Este mediodía Simon y Dorothy comerían con él en Palacio, y el ex marina recibiría la Orden del Mérito Juan Pablo Duarte, la más alta condecoración dominicana. ¡Un verdadero marina, sí señor!
Las cuatro en punto, ahora sí. Encendió la lamparilla de la mesa de noche, se puso las zapatillas y se levantó, sin la agilidad de antaño. Los huesos le dolían y sentía resentidos los músculos de las piernas y la espalda, como hacía unos días, en la Casa de Caoba, la maldita noche de la muchachita desabrida. El disgusto le hizo rechinar los dientes. Caminaba hacia la silla, donde Sinforoso había dispuesto su traje de sudar y sus zapatillas de ejercicios, cuando una sospecha lo contuvo. Ansioso, observó las sábanas: la informe manchita grisácea envilecía la blancura del hilo. Se le había salido, otra vez. La indignación borró el desagradable recuerdo de la Casa de Caoba. ¡Coño! ¡Coño! Éste no era un enemigo que pudiera derrotar como a esos cientos, miles, que había enfrentado y vencido, a lo largo de los años, comprándolos, intimidándolos o matándolos. Vivía dentro de él, carne de su carne, sangre de su sangre. Lo estaba destruyendo precisamente cuando necesitaba más fuerza y salud que nunca. La muchachita esqueleto le trajo mala suerte.
Encontró inmaculadamente lavados y planchados el suspensor, el short, la camiseta, las zapatillas. Se vistió, haciendo gran esfuerzo. Nunca había necesitado muchas horas de sueño; desde joven, en San Cristóbal, o cuando era jefe de guardas campestres en el ingenio Boca Chica, cuatro o cinco le bastaban, aun si había bebido y tirado hasta el amanecer. Su capacidad de recuperación física, con un mínimo de reposo, contribuyó a su aureola de ser superior. Aquello se terminó. Despertaba cansado y no conseguía dormir ni cuatro horas; dos o tres a lo más, y sobresaltado por pesadillas.
La noche anterior estuvo desvelado, a oscuras. Por las ventanas veía las copas de algunos árboles y un pedazo de cielo tachonado de estrellas. En la noche clara llegaba hasta él, a ratos, el parloteo de esas viejas trasnochadoras, declamando poesías de Juan de Dios Peza, de Amado Nervo, de Rubén Darío (lo que le hizo sospechar que se hallaba entre ellas la Inmundicia Viviente, que sabía de memoria a Darío), los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda y las décimas picantes de Juan Antonio Alix. Y, por supuesto, los versos de doña María, escritora y moralista dominicana. Se echó a reír, mientras trepaba a la bicicleta estacionaria y comenzaba a pedalear. Su mujer había acabado por tomárselo en serio, y, de cuando en cuando, organizaba en el salón de patinar de la Estancia Radhamés veladas literarias donde traía declamadoras a recitar versos pendejos. El senador Henry Chirinos, que se las daba de poeta, solía participar en aquellos encierros, gracias a los cuales cebaba su cirrosis por cuenta del erario. Para congraciarse con María Martínez esas viejas pendejas, como el propio Chirinos, se habían aprendido páginas de las Meditaciones morales o parlamentos de la obrita de teatro Falsa amistad, las recitaban y las pericas aplaudían. Y su mujer -pues esa vieja gorda y pendeja, la Prestante Dama, era su mujer, después de todo- se había tomado en serio lo de escritora y moralista. Por qué no. ¿No lo decían los periódicos, las radios, la televisión? ¿No era libro de lectura obligatoria en las escuelas, esas Meditaciones morales, prologadas por el mexicano José Vasconcelos, que se reimprimían cada dos meses? ¿No había sido Falsa amistad el más grande éxito teatral de los treinta y un años de la Era de Trujillo? ¿No la habían puesto por las nubes los críticos, los periodistas, los profesores universitarios, los curas, los intelectuales? ¿No le dedicaron un seminario en el Instituto Trujilloniano? ¿No habían elogiado sus conceptos los ensotanados, los Obispos, esos cuervos traidores, esos judas, que después de vivir de sus bolsillos, ahora también, igual que los yanquis, se pusieron a hablar de derechos humanos? La Prestante Dama era escritora y moralista. No gracias a ella, sino a él, como todo lo que ocurría en este país hacía tres décadas. Trujillo podía hacer que el agua se volviera vino y los panes se multiplicaran, si le daba en los cojones. Se lo recordó a María en la última pelea: «Olvidas que esas pendejadas no las escribiste tú, que no sabes escribir tu nombre sin faltas gramaticales, sino el gallego traidor de José Almoina, pagado por mí. ¿No sabes lo que dice la gente? Que las iniciales de Falsa amistad, F y A, quieren decir: Fue Almoina». Tuvo otro acceso de risa, franca, alegre. Se le había eclipsado la amargura. María se echó a llorar. «¡Cómo me humillas!», y lo amenazó con quejarse a Mamá Julia. Como si su pobre madre con sus noventa y seis años estuviera para enredos de familia. Igual que sus hermanos, su mujer recurría siempre a la Excelsa Matrona como paño de lágrimas. Para hacer las paces, hubo que untarle la mano una vez más. Pues era verdad lo que decían los dominicanos en voz baja: la escritora y moralista era una pijotera, un alma llena de roña. Lo fue desde que eran amantes. Todavía jovencita, se le ocurrió lo de la lavandería para los uniformes de la Policía Nacional Dominicana, con lo que hizo sus primeros pesos. El pedaleo le calentó el cuerpo. Se sentía en forma. Quince minutos: suficiente. Otros quince de remo, antes de empezar la batalla del día.
El remo estaba en un cuartito adjunto, atiborrado de máquinas de ejercicios. Empezaba a remar, cuando un relincho vibró en la quietud del amanecer, largo, musical, como jocunda alabanza a la vida. ¿Cuánto tiempo que no montaba? Meses. Nunca lo había hastiado, después de cincuenta años seguía ilusionándolo, como el primer sorbo de una copa de brandy español Carlos I, o la primera ojeada al cuerpo desnudo, blanco, de formas opulentas, de una hembra deseada. Pero, le envenenó esta idea el recuerdo de la flaquita que ese hijo de puta consiguió metérsela en la cama. ¿Lo hizo a sabiendas de la humillación que pasaría? No tenía huevos para eso. Ella se lo habría contado y él, reído a carcajadas. Correría ya por las bocas chismosas, en los cafetines de El Conde. Tembló de vergüenza y rabia, remando siempre, con regularidad. Ya sudaba. ¡Si lo vieran! Otro mito que repetían sobre él era: «Trujillo nunca suda. Se pone en lo más ardiente del verano esos uniformes de paño, tricornio de terciopelo y guantes, sin que se vea en su frente brillo de sudor». No sudaba si no quería. Pero, en la intimidad, cuando hacía sus ejercicios, daba permiso a su cuerpo para que lo hiciera. Esta última época, difícil, cargada de problemas, se privó de los caballos. A ver si esta semana iba a San Cristóbal. Cabalgaría solitario, bajo los árboles, junto al río, como antaño, y se sentiría rejuvenecido. «Ni los brazos de una hembra son tan afectuosos como el lomo de un alazán.»
Dejó de remar cuando sintió un calambre en el brazo izquierdo. Después de secarse la cara, se miró el pantalón, a la altura de la bragueta. Nada. Seguía a oscuras. Los árboles y arbustos de los jardines de la Estancia Radhamés eran unas manchas oscuras, bajo un cielo limpio, repleto de lucecitas titilantes. ¿Cómo era el verso de Neruda que gustaba tanto a las cotorras amigas de la moralista? «Y tiritan azules los astros a lo lejos.» Esas viejas tiritaban soñando con que algún poeta les rascara la comezón. Y sólo tenían cerca a Chirinos, ese Frankenstein. Otra vez lo atacó una risita abierta, algo que rara vez le ocurría en estos tiempos.
Se desnudó y, en zapatillas y bata, fue al baño a afeitarse. Prendió la radio. En La Voz Dominicana y Radio Caribe leían los periódicos. Hasta hacía algunos años, los boletines comenzaban a las cinco. Pero, cuando su hermano Petán, propietario de La Voz Dominicana, supo que él se despertaba a las cuatro, adelantó el noticiero. Las demás emisoras lo imitaron. Sabían que él escuchaba radio mientras se rasuraba, bañaba y vestía, y se esmeraban.
La Voz Dominicana, luego de un jingle del Hotel Restaurante El Conde, anunciando una velada bailable con Los Colosos del Ritmo, bajo la dirección del profesor Gatón y el cantante Johnny Ventura, destacó el premio Julia Molina viuda Trujillo a la Madre más Prolífica. La ganadora, doña Alejandrina Francisco, con veintiún hijos vivos, al recibir la medalla con la efigie de la Excelsa Matrona, declaró: «Mis veintiún hijos darán la vida por el Benefactor, si se la pide». «No te creo, pendeja.»
Se había lavado los dientes y ahora se afeitaba, con la minucia que lo hacía desde que era un mozalbete en la prángana, en San Cristóbal. Cuando no sabía siquiera si su pobre madre, a la que el país entero rendía homenaje por el Día de las Madres («Manantial de caritativos sentimientos y madre del perinclito varón que nos gobierna», dijo el locutor), tendría habichuelas y arroz para dar esa noche a las ocho bocas de la familia. La limpieza, el cuidado del cuerpo y el atuendo habían sido, para él, la única religión que practicaba a conciencia.
Después de otra larga lista de visitantes a casa de Mamá Julia, para cumplimentarla por el Día de las Madres (pobre vieja, recibiendo impertérrita esa caravana de colegios, asociaciones, institutos, sindicatos, y agradeciendo con su débil vocecita las flores y cumplidos), comenzaron los ataques a los obispos Reilly y Panal, «que no nacieron bajo nuestro sol ni sufrieron bajo nuestra luna» («Bonito», pensó), «y se inmiscuyen en nuestra vida civil y política, pisando los terrenos de lo penal». Johnny Abbes quería entrar al Colegio Santo Domingo y sacar de su refugio al obispo yanqui. «¿Qué puede pasar, Jefe? Los gringos protestarán, por supuesto. ¿No protestan por todo, hace ya tiempo? Por Galíndez, por el piloto Murphy, por las Mirabal, por el atentado a Betancourt y mil cosas más. Qué importa que ladren en Caracas, Puerto Rico, Washington, New York, La Habana. Importa lo que pasa aquí. Sólo cuando los ensotanados se asusten dejarán de conspirar.» No. Aún no había llegado el momento de tomar cuentas a Reilly, o al otro hijo de puta, el españolete del obispo Panal. Llegaría, pagarían. A él no lo engañaba el instinto. No tocar un pelo a los obispos por ahora, aunque siguieran jodiendo, como lo hacían desde el domingo 25 de enero de 1960 -¡año y medio ya!-, cuando la Carta Pastoral del Episcopado fue leída en todas las misas, inaugurando la campaña de la Iglesia católica contra el régimen. ¡Los maldecidos! ¡Los cuervos! ¡Los eunucos! Hacerle eso a él, condecorado en el Vaticano, por Pío XII, con la Gran Cruz de la Orden Papal de San Gregorio. En La Voz Dominicana, Paino Pichardo recordaba, en un discurso pronunciado la víspera en su condición de secretario de Estado del Interior y Cultos, que el Estado llevaba gastados sesenta millones de pesos en esa Iglesia cuyos «obispos y sacerdotes hacen ahora tanto daño a la grey católica dominicanas. Cambió el dial. En Radio Caribe leían una carta de protesta de centenares de obreros porque no se incluyó sus firmas en el Gran Manifiesto Nacional «contra las maquinaciones perturbadoras del obispo Tomás Reilly, traidor a Dios y a Trujillo y a su condición de varón, que, en vez de permanecer en su diócesis de San Juan de la Maguana corrió, como rata asustada, a esconderse en Ciudad Trujillo entre las faldas de las monjas norteamericanas del Colegio Santo Domingo, cuevario del terrorismo y la conspiración». Cuando oyó que el Ministerio de Educación había privado de oficialidad al Colegio Santo Domingo, por «colusión de esas monjas foráneas con las intrigas terroristas de los purpurados de San Juan de la Maguana y de La Vega contra el Estado», volvió a La Voz Dominicana, a tiempo para oir anunciar al locutor otra victoria del equipo dominicano de polo, en París, donde, «en el hermoso campo de Bagatelle, luego de derrotar a los Leopards por cinco a cuatro, obtuvo la Copa Aperture, deslumbrando a la entendida concurrencia. Ramfis y Radhamés, los más aplaudidos jugadores. Una mentira, para engatusar a los dominicanos. Y a él. Sintió en la boca del estómago la acidez que lo acometía cada vez que pensaba en sus hijos, esos exitosos fracasos, esas desilusiones. ¡Jugando polo en París y tirándose francesas, mientras su padre libraba la más dura batalla de su existencia!
Se enjuagaba la cara. Su sangre se volvía vinagre cuando pensaba en sus hijos. Dios mío, no era él quien había fallado. Su raza era sana, un padrillo reproductor de gran alzada. Ahí estaban, para probarlo, los hijos que su leche procreó en otros vientres, el de Lina Lovatón sin ir más lejos, robustos, enérgicos, que merecían mil veces ocupar el lugar de ese par de zánganos, de esas nulidades con nombres de personajes de ópera. ¿Por qué consintió que la Prestante Dama pusiera a sus hijos los nombres de Aída, esa ópera que en mala hora vio en New York? Les trajeron mala suerte; habían hecho de ellos unos payasos de opereta, en vez de hombres de pelo en pecho. Bohemios, haraganes sin carácter ni ambición, buenos sólo para la parranda. Salieron a sus hermanos, no a él. Eran tan inútiles como Negro, Petán, Pipi, Aníbal, esa caterva de pillos, parásitos, zánganos y pobres diablos que eran sus hermanos. Ninguno había sacado ni un millonésimo de su energía, voluntad, visión. ¿Qué pasaría con este país cuando él muriera? Seguro que Ramfis ni siquiera era tan bueno en la cama como decía la fama que los adulones le echaron encima. ¡Se tiró a Kim Novak! ¡Se tiró a Zsa Zsa Gabor! ¡Pasó por las armas a Debra Paget y a medio Hollywood! Vaya mérito. Regalándoles Mercedes Benz, Cadillacs y abrigos de visón hasta el loco Valeriano se tiraba a Miss Universo y a Elizabeth Taylor. Pobre Ramfis. Él sospechaba que ni siquiera le gustaban tanto las mujeres. Le gustaba la apariencia, que dijeran es el mejor montador de este país, mejor todavía que Porfirio Rubirosa, el dominicano famoso en el mundo por el tamaño de su verga y sus proezas de cabrón internacional. ¿También jugaba polo con sus hijos, allá en Bagatelle, el Gran Estuprador? La simpatía que sentía por Porfirio desde que formó parte de su cuerpo de ayudantes militares, sentimiento que se mantuvo a pesar del fracaso del matrimonio con su hija mayor, Flor de Oro, le mejoró el humor. Porfirio tenía ambición y se había tirado grandes hembras, desde la francesa Danielle Darrieux hasta la multimillonaria Bárbara Hutton, sin regalarles un ramo de flores, más bien exprimiéndolas, haciéndose rico a costa de ellas.
Llenó la bañera con sales y burbujas y se hundió en ella con la intensa satisfacción de cada amanecer. Porfirio se dio siempre buena vida. Su matrimonio con Bárbara Hutton duró un mes, lo indispensable para sacarle un millón de dólares al contado y otro en propiedades. ¡Si Ramfis o Radhamés fueran al menos como Porfirio! Ese güevo viviente chorreaba ambición. Y, como todo triunfador, tenía enemigos. Siempre andaban deslizándole chismes, aconsejándolo que sacara a Rubirosa de la carrera diplomática pues sus escándalos mancillaban la imagen del país. Envidiosos. Qué mejor propaganda para la República Dominicana que un güevo así. Desde que estaba casado con Flor de Oro querían que le arrancara la cabeza al mulato fornicador que sedujo a su hija, ganándose su admiración. No lo haría. Él conocía a los traidores, los husmeaba antes de que supieran que iban a traicionar. Por eso estaba todavía vivo y tanto judas se pudría en La Cuarenta, La Victoria, en isla Beata, en las barrigas de los tiburones o engordaba a los gusanos de la tierra dominicana. Pobre Ramfis, pobre Radhamés. Menos mal que Angelita tenía algo de carácter y permanecía junto a él.
Salió de la bañera y se dio un chaparrón en la ducha. El contraste de agua caliente y fría lo animó. Ahora sí estaba con ánimos. Mientras se echaba desodorante y talco prestó atención a Radio Caribe, que expresaba las ideas y consignas del «malvado inteligente, como llamaba a Johnny Abbes cuando estaba de buen humor.
Despotricaba contra «la rata de Miraflores», «la escoria venezolana», y el locutor, poniendo la voz que correspondía para hablar de un maricón, afirmaba que, además de hambrear al pueblo venezolano, el Presidente Rómulo Betancourt había traído la sal a Venezuela, pues ¿no acababa de estrellarse otro avión de la Línea Aeropostal Venezolana con un saldo de sesenta y dos muertos? El mariconazo ese no se saldría con la suya. Consiguió que la OEA le impusiera las sanciones, pero ganaba el que reía último. Ni la rata del Palacio de Miraflores, ni Muñoz Marín, el narcómano de Puerto Rico, ni el pistolero costarricense de Figueres, lo inquietaban. La Iglesia, sí. Perón se lo advirtió, al partir de Ciudad Trujillo, rumbo a España: «Cuídese de los curas, Generalísimo. No fue la rosca oligárquica ni los militares quienes me tumbaron; fueron las sotanas. Pacte o acabe con ellas de una vez». A él no lo iban a tumbar. Jodían, eso sí. Desde ese negro 25 de enero de 1960, hacía un año y cuatro meses exactamente, no habían dejado un solo día de joder. Cartas, memoriales, misas, novenas, sermones. Todo lo que la canalla ensotanada hacía y decía contra él rebotaba en el exterior, y los periódicos, radios y televisiones hablaban de la inminente caída de Trujillo, ahora que «la Iglesia le viró la espalda».
Se puso el calzoncillo, la camiseta y las medias, que Sinforoso había doblado la víspera, junto al ropero, al lado del colgador donde lucía el traje gris, la camisa blanca de cuello y la corbata azul con motas blancas que llevaría esta mañana. ¿A qué dedicaba sus días y sus noches el obispo Reilly en el Santo Domingo? ¿A tirarse monjas? Eran horribles, algunas con pelos en la cara. Él se acordaba, Angelita estudió en ese colegio, el de la gente decente. Sus nietecitas también. Cómo lo habían adulado esas monjas, hasta la Carta Pastoral. Tal vez Johnny Abbes tenía razón y era hora de actuar. Puesto que los manifiestos, los artículos, las protestas de las radios y la televisión, de las instituciones, del Congreso, no los escarmentaban, golpear. ¡El pueblo lo hizo! Desbordó a los guardias puestos allí para proteger a los obispos extranjeros, irrumpió en el Santo Domingo y en el obispado de La Vega, sacó de los pelos al gringo Reilly y al español Panal, y los linchó. Vengó la afrenta a la patria. Se enviarían pésames y excusas al Vaticano, al Santo Padre Juan Pendejo -Balaguer era un maestro escribiéndolas- y se castigaría ejemplarmente a un puñado de culpables, elegidos entre criminales comunes. ¿Escarmentarían los otros cuervos, cuando vieran los cadáveres de los obispos descuartizados por la ira popular? No, no era el momento. Nada de dar un pretexto para que Kennedy diera gusto a Betancourt, Muñoz Marín y Figueres y ordenara un desembarco. Guardar la cabeza fría y proceder con cautela, como un marina.
Pero lo que la razón le dictaba no convencía a sus glándulas. Tuvo que dejar de vestirse, cegado. La rabia ascendía por todos los vericuetos de su cuerpo, río de lava trepando hasta su cerebro, que parecía crepitar. Con los ojos cerrados, contó hasta diez. La rabia era mala para el gobierno y para su corazón, lo acercaba al infarto. La otra noche, en la Casa de Caoba, la rabia lo llevó al borde del síncope. Se fue calmando. Siempre supo controlarla, cuando hizo falta: disimular, mostrarse cordial, afectuoso, con las peores basuras humanas, esas viudas, hijos o hermanos de los traidores, si era necesario. Por eso iba a cumplir treinta y dos años llevando en las espaldas el peso de un país.
Estaba empeñado en la complicada tarea de sujetarse las medias con las ligas, para que no tuvieran arrugas. Ahora, qué agradable era dar curso a la rabia cuando no había en ello riesgo para el Estado, cuando se podía dar su merecido a las ratas, sapos, hienas y serpientes. Las panzas de los tiburones eran testigos de que no se había privado de ese gusto. ¿No estaba, allá en México, el cadáver del pérfido gallego José Almoina? ¿Y el del vasco jesús de Galíndez, otra sierpe que picaba la mano en que comía? ¿Y el de Ramón Marrero Aristy, quien creyó que, por ser escritor famoso, podía dar informes a The New York Times contra el gobierno que le pagaba borracheras, ediciones y putas? ¿Y los de las tres hermanitas Mirabal, que jugaban a comunistas y heroínas, no estaban ahí, testimoniando que cuando él soltaba la rabia no había represa que la atajase? Hasta Valeriano y Barajita, los loquitos de El Conde, podían dar fe al respecto.
Se quedó con el zapato en el aire, recordando a la celebérrima parejita. Toda una institución en ciudad colonial. Moraban bajo los laureles del parque Colón, entre los arcos de la catedral, y, a la hora de más afluencia, aparecían en las puertas de las elegantes zapaterías y joyerías de El Conde, haciendo su número de locos para que la gente les tirara una moneda o algo de comer. Él había visto muchas veces a Valeriano y Barajita, con sus harapos y absurdos adornos. Cuando Valeriano se creía Cristo, arrastraba una cruz; cuando Napoleón, blandía su palo de escoba, rugía órdenes y cargaba contra el enemigo. Un casé de Johnny Abbes informó que el loco Valeriano se había puesto a ridiculizar al jefe, llamándolo Chapita. Le dio curiosidad. Fue a espiar, desde un auto con vidrios oscuros. El viejo, con su pecho lleno de espejitos y tapas de cerveza, se pavoneaba, luciendo sus medallas con aire de payaso, ante un corro de gente asustada, dudando entre reírse o escapar. «Aplaudan a Chapita, pendejos», gritaba Barajita, señalando el pecho rutilante del loco. Él sintió, entonces, la incandescencia corriendo por su cuerpo, cegándole, urgiéndolo a castigar al atrevido. Dio la orden, en el acto. Pero, a la mañana siguiente, pensando que, después de todo, los locos no saben lo que hacen, y que, en vez de castigar a Valeriano, había que echar mano a los graciosos que habían aleccionado a la pareja, ordenó a Johnny Abbes, en un amanecer oscuro como éste: «Los locos son locos. Suéltalos». Al jefe del Servicio de Inteligencia Militar se le agestó la cara: «Tarde, Excelencia. Los echamos a los tiburones ayer mismo. Vivos, como usted mandó».
Se puso de pie, ya calzado. Un estadista no se arrepiente de sus decisiones. Él no se había arrepentido jamás de nada. A ese par de obispos los echaría vivos a los tiburones. Inició la etapa del aseo de cada mañana que hacía con verdadera delectación, recordando una novela que leyó de joven, la única que tenía siempre presente: Quo Vadis? Una historia de romanos y cristianos, de la que nunca olvidó la imagen del refinado y riquísimo Petronio, Arbitro de la elegancia, resucitando cada mañana gracias a los masajes y abluciones, ungüentos, esencias, perfumes y caricias de sus esclavas. Si él tuviera tiempo, hubiera hecho lo que el Arbitro: toda la mañana en manos de masajistas, pedicuristas, manicuristas, peluqueros, bañadores, luego de los ejercicios para despertar los músculos y activar el corazón. Se hacía un masaje corto al mediodía, después del almuerzo, y, con más calma, los domingos, cuando podía distraer dos o tres horas a las absorbentes obligaciones. Pero, no estaban los tiempos para relajarse con las sensualidades del gran Petronio. Debía contentarse con estos diez minutos echándose el perfumado desodorante Yardley que le enviaba de New York Manuel Alfonso -pobre Manuel, cómo seguiría, luego de la operación-, y la suave crema humectante francesa para la tez Bienfait du Matín, y el agua de colonia, también Yardley, con una ligera fragancia a maizales con que se friccionó el pecho. Cuando estuvo peinado y hubo retocado los extremos del bigotillo semimosca que llevaba hacía veinte años, se talqueó la cara con prolijidad, hasta disimular bajo una delicadísima nube blanquecina aquella morenez de sus maternos ascendientes, los negros haitianos, que siempre había despreciado en las pieles ajenas y en la suya propia.
Estuvo vestido, con chaqueta y corbata, a las cinco menos seis minutos. Lo comprobó con satisfacción: nunca se pasaba de la hora. Era una de sus supersticiones; si no entraba a su despacho a las cinco en punto, algo malo ocurriría en el día.
Se acercó a la ventana. Seguía oscuro, como si fuera media noche. Pero divisó menos estrellas que una hora antes. Lucían acobardadas. Estaba por asomar el día y pronto se correrían. Cogió un bastón y fue hacia la puerta. Apenas la abrió, oyó los tacos de los dos ayudantes militares:
–Buenos días, Excelencia.
–Buenos días, Excelencia.
Les contestó con una inclinación de cabeza. De un vistazo, supo que estaban correctamente uniformados. No admitía la dejadez, el desorden, en ningún oficial o raso de las Fuerzas Armadas, pero, entre los ayudantes, el cuerpo encargado de su custodia, un botón caído, una mancha o arruga en el pantalón o guerrera, un quepis mal encajado, eran faltas gravísimas, que se castigaban con varios días de rigor y, a veces, expulsión y retorno a los batallones regulares.
Una ligera brisa mecía los árboles de la Estancia Radhamés, mientras los cruzaba, escuchando el susurro de las hojas, y, en el establo, de nuevo el relincho de un caballo. Johnny Abbes, informe sobre la marcha de la campaña, visita a la Base Aérea de San Isidro, informe de chirinos, almuerzo con el marina, tres o cuatro audiencias, despacho con el secretario de Estado del Interior y Cultos, despacho con Balaguer, despacho con Cucho Alvarez Pina, el presidente del Partido Dominicano, y paseo por el Malecón, después de saludar a Mamá Julia. ¿Iría a dormir a San Cristóbal, a quitarse el mal sabor de la otra noche?
Entró a su despacho, en el Palacio Nacional, cuando su reloj marcaba las cinco. En su mesa de trabajo estaba el desayuno -jugo de frutas, tostadas con mantequilla, café recién colado-, con dos tazas. Y, poniéndose de pie, la silueta blandengue del director del Servicio de Inteligencia, el coronel Johnny Abbes García:
–Buenos días, Excelencia.
III
–No va a venir -exclamó, de pronto, Salvador-. Otra noche perdida, verán.
–Vendrá -repuso al instante Amadito, con impaciencia-. Se ha puesto el uniforme verde oliva. Los ayudantes militares recibieron orden de tenerle listo el Chevrolet azul. ¿Por qué no me creen? Vendrá.
Salvador y Amadito ocupaban la parte posterior del automovil aparcado frente al Malecón y habían tenido el mismo intercambio un par de veces, en la media hora que llevaban allí. Antonio imbert, al volante, y Antonio de la Maza a su lado, el codo en la ventanilla, tampoco hicieron comentario alguno esta vez. Los cuatro miraban ansiosos los ralos vehículos de Ciudad Trujillo que pasaban frente a ellos, perforando la oscuridad con sus faros amarillos, rumbo a San Cristóbal. Ninguno era el Chevrolet azul celeste, modelo 1957, con cortinillas en las ventanas, que esperaban.
Se hallaban a unos centenares de metros de la Feria Ganadera, donde había varios restaurantes -el Pony, el más popular, estaría lleno de gente comiendo carne asada- y un par de bares con música, pero el viento soplaba hacia el oriente y no les llegaba ruido de allí, aunque divisaban las luces, entre troncos y copas de palmeras, a lo lejos. En cambio, el estruendo de las olas rompiendo contra el farallón y el chasquido de la resaca eran tan fuertes que debían alzar mucho la voz para oirse entre ellos. El automóvil, las puertas cerradas y las luces sin encender, estaba listo para partir.
–¿Recuerdan cuando se puso de moda venir a este Malecón a tomar el fresco, sin estar pendientes de los caliés? -Antonio Imbert sacó la cabeza por la ventana para aspirar a plenos pulmones la brisa nocturna-. Aquí comenzamos a hablar en serio de esta vaina.
Ninguno de sus amigos le respondió de inmediato, como si consultaran su memoria, o no hubieran prestado atención a lo que decía.
–Si, aquí, en el Malecón, hace unos seis meses -dijo Estrella Sadhalá, después de un rato.
–Fue antes -murmuró Antonio de la Maza, sin volverse-. Cuando mataron a las Mirabal, en noviembre, comentamos el crimen aquí. De eso estoy seguro. Y ya llevábamos tiempo viniendo al Malecón, en las noches.
–Parecía un sueño -divagó Imbert-. Difícil, leJanísimo. Como cuando, de muchacho, uno fantasea que será un héroe, un explorador, un actor de cine. Todavía no me lo creo que vaya a ser esta noche, coño.
–Si es que viene -rezongó Salvador.
–Te apuesto lo que quieras, Turco -repitió Amadito, con firmeza.
–Lo que me hace dudar es que hoy es martes -gruñó Antonio de la Maza-. Siempre va a San Cristóbal los miércoles, tú que estás en el cuerpo de ayudantes lo sabes mejor que nadie, Amadito. ¿Por qué cambió de día?
–No sé por qué -insistió el teniente-. Pero irá. Se ha puesto el uniforme verde oliva. Ha ordenado el Chevrolet azul. Irá.
–Tendrá un buen culo esperándolo en la Casa de Caoba -dijo Antonio Imbert-. Uno nuevecito, sin abrir. -Si no te importa, hablemos de otra cosa -lo cortó Salvador.
–Siempre me olvido que delante de un beato como tú no se puede hablar de culos -se disculpó el del volante-. Digamos que tiene un plancito en San Cristóbal ¿Puedo decirlo así, Turco? ¿O también ofende tus oídos apostólicos?
Pero nadie tenía ganas de bromear. Ni el propio Imbert; hablaba para llenar de algún modo la espera.
–Atención -exclamó De la Maza, adelantando la cabeza.
–Es un camión -replicó Salvador, con una simple ojeada a los faros amarillentos que se aproximaban-. No soy beato ni fanático, Antonio. Un practicante de mi fe, nada más. Y, desde la Carta Pastoral de los obispos del 31 de enero del año pasado, orgulloso de ser católico.
En efecto, era un camión. Pasó rugiendo y contoneando una alta carga de cajones sujetados con sogas; su rugido se fue apagando, hasta desaparecer.
–¿Y un católico no puede hablar de coños pero sí matar, Turco? -lo provocó Imbert. Lo hacia con frecuencia: él y Salvador Estrella Sadhalá eran los amigos más íntimos de todo el grupo; estaban siempre gastándose bromas, a veces tan pesadas que quienes las presenciaban se creían que terminarían a trompadas. Pero no habían reñido nunca, su fraternidad era irrompible. Esta noche, sin embargo, el Turco no lucía ni pizca de humor:
–Matar a cualquiera, no. Acabar con un tirano, si. ¿Has oído la palabra tiranicidio? En casos extremos, la Iglesia lo permite. Lo escribió santo Tomás de Aquino. ¿Quieres saber cómo lo sé? Cuando comencé a ayudar a la gente del 14 de junio y comprendí que tendría que apretar el gatillo alguna vez, fui a consultárselo a nuestro director espiritual, el padre Fortín. Un sacerdote canadiense, de Santiago. Él me consiguió una audiencia con monseñor Lino Zanini, el nuncio de Su Santidad. «¿Sería pecado para un creyente matar a Trujillo, monseñor?» Cerró los ojos, reflexionó. Te podría repetir sus palabras, con su acento italiano. Me mostró la cita de santo Tomás, en la Suma Teológica. Si no la hubiera leído, no estaría aquí esta noche, con ustedes.
Antonio de la Maza se había vuelto a mirarlo:
–¿Le consultaste esto a tu director espiritual?
Tenía la voz descompuesta. El teniente Amado García Guerrero temió que fuera a estallar en uno de esos arrebatos a los que De la Maza era propenso desde que Trujillo hizo asesinar a su hermano Octavio, años atrás. Un arrebato como el que estuvo a punto de romper la amistad que lo unía a salvador Estrella Sadhalá. Éste lo tranquilizó:
–Hace mucho tiempo, Antonio. Cuando comencé a ayudar a los del 14 de Junio. ¿Me crees tan pendejo de confiar a un pobre cura una cosa así?
–Explícame por qué puedes decir pendejo y no culo, coño ni tirar, Turco -se burló Imbert, tratando una vez más de aflojar la tensión. ¿No ofenden a Dios todas las malas palabras?
–A Dios no lo ofenden las palabras sino los pensamientos obscenos -se resignó el Turco a seguirle la cuerda-. Los pendejos que preguntan pendejadas tal vez no lo ofendan. Pero, lo aburrirán muchísimo.
–¿Comulgaste esta mañana para llegar al gran acontecimiento con el alma sacramentada? -siguió azuzándolo Imbert.
–Comulgo todos los días, hace diez años -asintió Salvador-. No sé si tengo el alma como debe tenerla un cristiano. Sólo Dios sabe eso.
«La tienes», pensó Amadito. Entre todas las personas que había conocido en sus treinta y un años de vida, el Turco era la que más admiraba. Estaba casado con Urania Mieses, una tía de Amadito a la que éste quería mucho. Desde que era cadete en la Academia Militar Batalla de Las Carreras, que dirigía el coronel José León Estévez (Pechito), marido de Angelita Trujillo, acostumbraba pasar sus días de salida en la casa de los Estrella Sadhalá. Salvador se había vuelto importantísimo en su vida; le confiaba sus problemas, inquietudes, sueños, dudas, y pedía su consejo antes de cualquier decisión. Los Estrella Sadhalá organizaron la fiesta para celebrar la graduación de Amadito como espada de honor -¡el primero en una promoción de treinta y cinco oficiales!-, a la que asistieron sus once tías abuelas maternas, y, años más tarde, también, lo que el joven teniente creyó sería la mejor noticia que recibiría jamás: la admisión de su solicitud para ingresar a la unidad más prestigiosa de las Fuerzas Armadas: los ayudantes militares, encargados de la custodia personal del Generalísimo.
Amadito cerró los ojos y aspiró la brisa salada que entraba por las cuatro ventanillas abiertas. imbert, el Turco y Antonio de la Maza permanecían callados. A Imbert y De la Maza los había conocido en la casa de la Mahatma Gandhi, y la casualidad hizo que fuera testigo de la pelea entre el Turco y Antonio, tan violenta que él ya esperaba tiros, y, meses después, de la reconciliación de Antonio y Salvador en aras de un mismo propósito: matar al Chivo. Quién le hubiera dicho a Amadito, aquel día de 1959, cuando Urania y Salvador le prepararon aquella fiesta donde se bebieron tantas botellas de ron, que antes de dos años estaría, en esta noche tibia y estrellada del martes 30 de mayo de 1961, esperando al mismísimo Trujillo para matarlo. Cuántas cosas habían pasado desde aquel día en que, a poco de llegar a la Mahatma Gandhi 21, Salvador lo tomó del brazo y se lo llevó al más apartado rincón del jardín, con aire grave.
–Tengo que decirte algo, Amadito. Por el cariño que te tengo. Que te tenemos todos en esta casa.
Hablaba tan bajo que el joven adelantó la cabeza para oírlo.
–¿A qué viene eso, Salvador?
–A que no quiero perjudicarte en tu carrera. Viniendo aquí, puedes tener problemas.
–¿Qué clase de problemas?
La expresión del Turco, casi siempre calmada, se crispó. Un brillo de alarma asomó en sus ojos.
–Estoy colaborando con los muchachos del 14 de junio. Si lo descubren, sería gravísimo para ti. Un oficial del cuerpo de ayudantes militares de Trujillo. ¡Figúrate!
El teniente nunca hubiera imaginado a Salvador de conspirador clandestino, ayudando a la gente que se había organizado para luchar contra Trujillo luego de la invasión castrista del 14 de junio, en Constanza, Maimón y Estero Hondo, que costó tantas vidas. Sabía que el Turco detestaba al régimen y, aunque Salvador y su mujer se cuidaban delante de él, algunas veces se les habían escapado expresiones contra el gobierno. Se callaban de inmediato, pues sabían que Amadito, aunque no le interesaba la política, profesaba, como cualquier oficial del Ejército, una lealtad perruna, visceral, al Jefe Máximo, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, que desde hacía tres décadas presidía los destinos de la República y las vidas y muertes de los dominicanos.
–Ni una palabra más, Salvador. Ya me lo has dicho. Ya lo he oído. Ya me olvidé de lo que oí. Voy a seguir viniendo, como siempre. Esta es mi casa.
Salvador lo miró con esa mirada limpia, que a Amadito le contagiaba una sensación gratificante de la vida.
–Vamos a tomarnos una cerveza, entonces. No nos pongamos tristes.
Y, por supuesto, a las primeras personas a las que presentó a su novia, cuando se enamoró y empezó a pensar en casarse, fueron, luego de la tía abuela Meca -su preferida entre las once hermanas de su madre-, Salvador y Urania. ¡Luisita Gil! Vez que la recordaba, el remordimiento le torcía las tripas y lo sublevaba la cólera. Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca. Salvador se lo prendió con su encendedor. La linda morenita, la graciosa, la coqueta Luisita Gil. Luego de unas maniobras, había ido con dos compañeros a dar un paseo en un barquito a vela, en La Romana. En el embarcadero, dos muchachas compraban pescado fresco. Les buscaron conversación y fueron con ellas a escuchar la retreta municipal. Ellas los invitaron a un matrimonio. Sólo Amadito pudo ir, pues tenía día libre, sus compañeros debieron volver al cuartel. Se enamoró como un loco de esa morenita espigada y ocurrente, de ojos chispeantes, que bailaba el merengue como una vedette de La Voz Dominicana. Y ella de él. A la segunda salida, a un cine y a una boite, pudo besarla y acariciarla. Era la mujer de su vida, nunca podría estar con nadie más. El apuesto Amadito había dicho estas cosas a muchas mujeres desde sus días de cadete, pero esta vez las dijo de verdad. Luisa lo llevó a conocer a su familia, en La Romana, y él la invitó a almorzar donde la tía Meca, en Ciudad Trujillo, y, un domingo, donde los Estrella Sadhalá: quedaron encantados con Luisa. Cuando les dijo que pensaba pedirla, lo animaron: era un encanto de mujer. Amadito la pidió formalmente a sus padres. De acuerdo con el reglamento, solicitó autorización para casarse al comando de los ayudantes militares.
Fue su primer encontronazo con una realidad que hasta entonces, pese a sus veintinueve años, sus espléndidas notas, su magnífico expediente de cadete y oficial, ignoraba totalmente. («Como la mayoría de los dominicanos», pensó.) La respuesta a su solicitud demoraba. Le explicaron que el cuerpo de ayudantes la pasaba al SIM, para que éste investigara a la persona. En una semana o diez días tendría el visto bueno. Pero la respuesta no le llegó ni a los diez, ni a los quince ni a los veinte días. El día veintiuno, el jefe lo llamó a su despacho. Fue la única vez que cambió unas palabras con el Benefactor, pese a haber estado tantas veces cerca de él, en actos públicos, la primera en que este hombre al que veía a diario en la Estancia Radhamés le puso la vista encima.
El teniente García Guerrero había oído hablar desde niño, en su familia -sobre todo a su abuelo, el general Hermógenes García-, en la escuela y, más tarde, de cadete y oficial, de la mirada de Trujillo. Una mirada que nadie podía resistir sin bajar los ojos, intimidado, aniquilado por la fuerza que irradiaban esas pupilas perforantes, que parecía leer los pensamientos más secretos, los deseos y apetitos ocultos, que hacía sentirse desnudas a las gentes. Amadito se reía con tanta vagabundería. El jefe sería un gran estadista, cuya visión, voluntad y capacidad de trabajo había hecho de la República Dominicana un gran país. Pero, no era Dios. Su mirada sólo podía ser la de un mortal.
Le bastó entrar al despacho, chocar los tacos y anunciarse con la voz más marcial que pudo sacar de su garganta -«¡Teniente segundo García Guerrero, a la orden, Excelencia!»- para sentirse electrizado. «Pase», dijo la aguda voz del hombre que, sentado en el otro extremo de la habitación, ante un escritorio forrado de cuero rojo, escribía sin alzar la cabeza. El joven dio unos pasos y permaneció firme, sin mover un músculo ni pensar, viendo los cabellos grises alisados con esmero y el impecable atuendo -chaqueta y chaleco azul, camisa blanca de inmaculado cuello y puños almidonados, corbata plateada sujeta con una perla- y sus manos, sujetando una hoja de papel que la otra cubría con trazos rápidos, de tinta azul. En la izquierda, alcanzó a ver el anillo con la piedra preciosa tornasolada que, según los supersticiosos, era un amuleto que, de joven, cuando, como miembro de la Guardia Constabularia, perseguía a los «gavilleros» sublevados contra el ocupante militar norteamericano, le dio un brujo haitiano, asegurándole que mientras no se la quitara sería invulnerable al enemigo.
–Una buena hoja de servicios, teniente -lo oyó decir.
–Muchas gracias, Excelencia.
La cabeza plateada se movió y aquellos ojos grandes, fijos, sin brillo y sin humor, buscaron los suyos. «Yo nunca he tenido miedo en la vida», confesó después el muchacho a Salvador. «Hasta que me cayó encima esa mirada, Turco. Es verdad. Como si me escarbara la conciencia. Hubo un largo silencio, mientras aquellos ojos examinaban su uniforme, su correaje, sus botones, su corbata, su quepis. Amadito comenzó a sudar. Sabía que el menor descuido indumentario provocaba al jefe un disgusto tal que podía irrumpir en violentas recriminaciones.
–Esa hoja de servicios tan buena no puede mancharla casándose con la hermana de un comunista. En mi gobierno no se juntan amigos y enemigos.
Hablaba con suavidad, sin quitarle de encima la mirada taladrante. Pensó que en cualquier momento la chillona vocecita soltaría un gallo.
–El hermano de Luisa Gil es uno de esos subversivos del 14 de junio. ¿Lo sabía?
–No, Excelencia.
–Ahora lo sabe -se aclaró la garganta, y, sin cambiar de tono, añadió-: Hay muchas mujeres en este país. Búsquese otra.
–SI, Excelencia.
Lo vio hacer un signo de asentimiento, dando por terminada la entrevista.
–Permiso para retirarme, Excelencia.
Hizo sonar los tacos y saludó. Salió con paso marcial, disimulando la zozobra que lo embargaba. Un militar obedecía las órdenes, sobre todo si venían del Benefactor y Padre de la Patria Nueva, quien había distraído unos minutos de su tiempo para hablarle en persona. Si le había dado esa orden a él, oficial privilegiado, era por su propio bien. Debía obedecer. Lo hizo, apretando los dientes. Su carta a Luisa Gil no tenía una sola palabra que no fuera verdad:
«Con mucho pesar, y aunque por ello sufran mis sentimientos, debo renunciar a mi amor por ti, y anunciarte adolorido que no podemos casarnos. Me lo prohíbe la superioridad, en razón de las actividades antitrujillistas de tu hermano, algo que me habías ocultado. Entiendo por qué lo hiciste. Pero, por eso mismo, espero que tú también entiendas la difícil decisión que me veo obligado a tomar en contra de mi voluntad. Aunque siempre te recordaré con amor, no volveremos a vernos. Te deseo suerte en la vida. No me guardes rencor». ¿Lo habría perdonado la bella, la alegre, la espigada muchacha de La Romana? Aunque no hubiera vuelto a verla, no la había reemplazado en su corazón. Luisa se había casado con un próspero agricultor de Puerto Plata. Pero, si ella llegó a perdonarle la ruptura, nunca le habría perdonado lo otro, si llegaba a saberlo. Él tampoco se lo perdonaría jamás. Aunque, dentro de unos momentos, tuviera a sus pies el cadáver del Chivo cosido a balazos -en esos ojos fríos de iguana quería reventarle las balas de su pistola- tampoco se lo perdonaría. «Eso, al menos, Luisa nunca lo sabrá.» Ni ella ni nadie, fuera de los que urdieron la emboscada.
Y, por supuesto, Salvador Estrella Sadhalá, a cuya casa de la Mahatma Gandhi 21 el teniente Garc’ía Guerrero llegó esa madrugada, devastado por el odio, el alcohol y la desesperación, directamente del burdel de Pucha Vittini, alias Pucha Brazobán, en la parte alta de la calle Juana Saltitopa, donde lo llevaron, luego de aquello, el coronel Johnny Abbes y el mayor Roberto Figueroa Carrión, para que con unos cuantos tragos y un buen culo se olvidara del mal rato. «Mal rato», «sacrificio por la Patria», «prueba de voluntad», «óbolo de sangre al Jefe»: esas cosas le hab’ían dicho. Después, lo felicitaron por hacerse merecedor del ascenso. Amadito dio una chupada al cigarrillo y lo arrojó a la carretera: un minúsculo fuego de artificio al estrellarse contra el asfalto. «Si no piensas en otra cosa, vas a llorar», se dijo, avergonzado ante la idea de que Imbert, Antonio y Salvador lo vieran romper en sollozos. Creerían que se había acobardado. Apretó los dientes hasta hacerse daño. Nunca había estado tan seguro de nada, como de esto. Mientras el Chivo viviera, él no viviría, sería la desesperación ambulante que era desde aquella noche de enero de 1961 en que el mundo se le desmoronó, y, para no dispararse un tiro en la boca, corrió a la Mahatma Gandhi 21, a refugiarse en la amistad de Salvador. Le contó todo. No de inmediato. Porque cuando el Turco abrió la puerta, sorprendido por esos golpes al amanecer que los sacaron de la cama y del sueño a él, su mujer y los niños, y se encontró en el umbral con la silueta desbaratada y apestando a alcohol de Amadito, éste no podía pronunciar palabra. Abrió los brazos y estrechó a Salvador. «¿Qué pasa, Amadito? ¿Quién se murió?» Lo llevaron a su dormitorio, lo echaron en la cama, dejaron que se desahogara balbuceando incoherencias. Urania Mieses le preparó una infusión de yerbabuena, que le hizo tomar a sorbos, como a niñito.
–No nos cuentes nada de lo que podrías arrepentirte -lo atajó el Turco.
Tenía sobre el pijama un kimono con ideogramas. Estaba sentado en una esquina de la cama, mirando a Amadito con cariño.
–Te dejo solo con Salvador -lo besó su tía Urania en la frente, levantándose-. Para que hables con más confianza, para que le digas lo que te daría pena contarme a mí.
Amadito se lo agradeció. El Turco apagó la luz central. La pantalla de la lamparilla del velador tenía unos dibujos que el resplandor del foco enrojecía. ¿Nubes? ¿Animales? El teniente pensó que, si estallaba un incendio, no se movería.
–Duerme, Amadito. Con la luz del día, las cosas te parecerán menos trágicas.
–Será igual, Turco. Día y noche seguiré teniéndome asco. Peor, cuando se me quiten los tragos.
Comenzó ese mediodía, en el cuartel general de los ayudantes militares, contiguo a la Estancia Radhamés. Acababa de regresar de Boca Chica, adonde el enlace del Jefe del Estado Mayor Conjunto con el Generalísimo Trujillo, mayor Roberto Figueroa Carrión, lo envió a entregar un sobre sellado al general Ramfis Trujillo, en la Base de la Fuerza Aérea Dominicana. El teniente entró al despacho del mayor a dar cuenta de su misión y éste lo recibió con expresión traviesa. Le mostró la carpeta de tapas rojas que tenía sobre el escritorio.
–¿A que no sabes qué hay aquí?
–¿Una semanita de permiso para irme a la playa, mi mayor?
–¡Tu ascenso a teniente primero, muchacho! -se alegró su jefe, alcanzándole la carpeta.
–Me quedé con la boca abierta, porque no me tocaba -Salvador no se movía-. Me faltan ocho meses para solicitar ascenso. Pensé: «Un premio consuelo, por haberme negado el permiso para casarme».
Salvador, al pie de la cama, hizo una mueca, incómodo. -¿Acaso no sabías, Amadito? Tus compañeros, tus jefes, ¿no te habían hablado de la prueba de la lealtad?
–Creí que eran habladurías -negó Amadito, con convicción, con furia-. Te lo juro. La gente no va por ahí, jactándose de eso. No lo sabía. Me tomó desprevenido.
–¿Era eso verdad, Amadito? Una mentira más, una mentira piadosa más, en esas sartas de mentiras que había sido la vida desde que entró a la Academia Militar. Desde que nació, puesto que había nacido casi al mismo tiempo que la Era. Claro que tenías que haber sabido, sospechado; claro que, en la Fortaleza de San Pedro de Macorís, y, luego, entre los ayudantes militares, habías oído, intuido, descubierto, a partir de las bromas, guaperías, aspavientos, bravuconadas, que los privilegiados, los elegidos, los oficiales a los que se confiaba los puestos de mayor responsabilidad eran sometidos a una prueba de lealtad a Trujillo, antes de ser ascendidos. Sabías muy bien que aquello existía. Pero, ahora, el segundo teniente García Guerrero sabía también que nunca quiso enterarse con detalles de qué se trataba aquella prueba. El mayor Figueroa Carrión le estrechó la mano y le repitió algo que, de tanto oirlo, había terminado por creérselo:
–Estás haciendo una gran carrera, muchacho. Le ordenó que fuera a buscarlo a su casa, a las ocho de la noche: irían a tomarse un trago para celebrar su ascenso y resolver un trámite.
–Llévate el jeep -lo despidió el mayor.
A las ocho, Amadito estuvo en casa de su jefe. Éste no lo hizo pasar. Debía haber estado espiando por la ventana, pues, antes de que Amadito alcanzara a apearse del jeep, apareció en la puerta. Subió al vehículo de un salto y sin responder el saludo del teniente, le ordenó, con voz falsamente natural:
–A La Cuarenta, Amadito.
–¿A la cárcel, mi mayor?
–Si, a La Cuarenta -repitió el teniente-. Allá nos estaba esperando ya sabes quién, Turco.
–Johnny Abbes -murmuró Salvador.
–El coronel Abbes García -rectificó, con sorda ironía, Amadito-. El jefe del SIM, sí.
–¿Seguro que quieres contarme esto, Amadito? -el joven sintió la mano de Salvador en su rodilla-. ¿No me vas a odiar después, por saber que yo también lo sé?
Amadito lo conocía de vista. Lo había divisado deslizándose como una sombra por los pasadizos del Palacio Nacional, bajando de su Cadillac negro blindado o subiendo a él en los jardines de la Estancia Radhamés, entrando o saliendo del despacho del jefe, algo que Johnny Abbes sí, y probablemente nadie más en toda la nación, podía hacer -presentarse a cualquier hora del día o de la noche en el Palacio Nacional o en la residencia privada del Benefactor y ser recibido de inmediato- y, siempre, como muchos de sus compañeros en el Ejército, la Marina o la Aviación, había tenido un secreto estremecimiento de revulsión, ante aquella silueta fofa y mal embutida en el uniforme de coronel, la negación encarnada del porte, la agilidad, la marcialidad, la virilidad, la fortaleza y apostura que debían lucir los militares -lo decía el jefe cada vez que hablaba a sus soldados en la Fiesta Nacional y en el día de las Fuerzas Armadas-, aquella cara mofletuda y fúnebre, con el bigotito recortado a la manera de Arturo de Córdova o Carlos López Moctezuma, los actores mexicanos más de moda, y una papada de gallo capón que le colgaba sobre el pescuezo encogido. Aunque sólo lo decían en la más cerrada intimidad y después de muchos tragos de ron, los oficiales detestaban al coronel Johnny Abbes García porque no era un militar de verdad. No se había ganado sus galones como ellos, estudiando, pasando por la academia y los cuarteles, sudando para trepar en el escalafón. Los tenía en pago de servicios seguramente sucios, para justificar su nombramiento de todopoderoso jefe del Servicio de Inteligencia Militar. Y descontaban de él, por las sombrías hazañas que se le atribuían, las desapariciones, las ejecuciones, las súbitas caídas en desgracia de encumbrados personajes -como la recientísima, del senador Agustín Cabral-, las terribles delaciones, infidencias y calumnias de la columna periodística El Foro Público que aparecía cada mañana en El Caribe y que tenían a las gentes en vilo, pues de lo que se dijera allí de ellas dependía su destino, por las intrigas y operaciones contra, a veces, gente apolítica, digna, ciudadanos pacíficos que, por alguna razón, habían caído en las infinitas redes de espionaje que Johnny Abbes García y su multitudinario ejército de caliés tenían tendidas por todos los vericuetos de la sociedad dominicana. Muchos oficiales -el teniente García Guerrero entre ellos- se sentían autorizados a despreciar en su fuero íntimo a ese individuo, pese a la confianza que le tenía el Generalísimo, porque pensaban, como muchos hombres del gobierno y, al parecer, el propio Ramfis Trujillo, que el coronel Abbes García, por su desembozada crueldad, desprestigiaba al régimen y daba razones a sus críticos. Sin embargo, Amadito recordaba una discusión en la que su jefe inmediato, el mayor Figueroa Carrión, a la sobremesa de una cena rociada de cerveza entre un grupo de los ayudantes militares, tomó su defensa: «El coronel puede ser un demonio; pero, al jefe le sirve: todo lo malo se le atribuye a él y a Trujillo sólo lo bueno. ¿Qué mejor servicio que ése? Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que meta las manos en la mierda. Y el cuerpo y la cabeza, si hace falta. Que se queme. Que concentre el odio de los enemigos y, a veces, el de los amigos. El Jefe lo sabe y, por eso, lo tiene a su lado. Si el coronel no le cuidara las espaldas, quién sabe si no le hubiera pasado ya lo que a Pérez Jiménez en Venezuela, a Batista en Cuba y a Perón en Argentina».
–Buenas noches, teniente.
–Buenas noches, mi coronel.
Amadito se llevó la mano al quepis e hizo el saludo militar, pero Abbes García le estrechó la mano -una mano blanda como una esponja, húmeda de sudor- y le dio una palmadita en la espalda.
–Pasen por aquí. junto a la garita, donde se apiñaba media docena de guardias, pasando la reja de la entrada, había un pequeño cuarto, que debía servir de oficina administrativa, con una mesa y un par de sillas. Lo mal alumbraba una sola bombilla balanceándose al final de un largo cordón lleno de moscas; en torno de ella chisporroteaba una nube de insectos. El coronel cerró la puerta, les señaló las sillas. Entró un guardia con una botella de Johnny Walker etiqueta roja («La marca que prefiero, por ser juanito Caminante mi tocayo», bromeó el coronel), vasos, un balde de hielo y varias botellas de agua mineral. Mientras servía los tragos, el coronel le hablaba al teniente, como si el mayor Figueroa Carrión no estuviera allí.
–Felicitaciones por el nuevo galón. Y por esa hoja de servicios. La conozco muy bien. El SIM recomendó su ascenso. Por sus méritos militares y cívicos. Le cuento un secreto. Usted es uno de los pocos oficiales a los que se les negó el permiso para casarse y obedeció sin pedir reconsideración. Por eso el jefe lo premia, adelantándole el ascenso un año. ¡Un brindis con Juanito Caminante!
Amadito bebió un largo trago. El coronel Abbes García le había llenado casi el vaso de whisky y echado apenas un chorrito de agua, de modo que recibió el líquido como una descarga en el cerebro.
–A esas alturas, en ese lugar, con Johnny Abbes dándote trago ¿no adivinabas lo que se te venía encima? -musitó Salvador. El joven detectó la pesadumbre empozada en las palabras de su amigo.
–Que iba a ser duro y feo, sí, Turco -repuso, temblando-. Pero, nunca lo que pasaría.
El coronel sirvió otra ronda. Los tres se habían puesto a fumar y el jefe del SIM habló de lo importante que era no dejar levantar cabeza al enemigo de adentro, aplastársela cada vez que intentara actuar.
–Porque, mientras el enemigo de adentro esté débil y desunido, lo que haga el de afuera no importa. Que Estados Unidos chille, que la OEA patalee, que Venezuela y Costa Rica ladren, no nos hace mella. Más bien, une a los dominicanos como un puño en torno al jefe.
Tenía una vocecita arrastrada y rehuía la mirada de su interlocutor. Sus ojitos pequeños, oscuros, rápidos, evasivos, estaban continuamente moviéndose y como divisando cosas ocultas a los demás. De rato en rato, se secaba el sudor con un gran pañuelo rojo.
–Sobre todo, los militares -hizo una pausa, para echar al suelo la ceniza de su cigarrillo-. Y, sobre todo, la crema de los militares, teniente García Guerrero. A la que usted pertenece ya. El Jefe quería que oyera esto.
Volvió a hacer una pausa, dio un copazo, tomó un trago de whisky. Sólo entonces pareció descubrir que el mayor Figueroa Carrión existía:
–¿El teniente sabe lo que el Jefe espera de él?
–No necesita que nadie se lo diga, es el oficial con más sesos de su promoción -el mayor tenía cara de sapo y sus rasgos hinchados se habían acentuado y sonrosado con el alcohol. A Amadito le dio la impresión de que el diálogo era una comedia ensayada-. Me imagino que lo sabe; si no, no se merece este nuevo galón.
Hubo otra pausa, mientras el coronel llenaba los vasos por tercera vez. Echó los cubitos de hielo con las manos. «Salud», y bebió y ellos bebieron. Amadito se dijo que prefería mil veces un trago de ron con Coca-Cola al whisky, tan amargo. Y sólo en ese momento comprendió lo de Juanito Caminante. «Qué bruto no haberme dado cuenta», pensó. ¡Qué raro ese pañuelo rojo del coronel! Había visto pañuelos blancos, azules, grises. ¡Pero, rojos! Vaya capricho.
–Usted va a tener cada vez mayores responsabilidades -dijo el coronel, con aire solemne-. El Jefe quiere estar seguro de que está a la altura.
–¿Qué debo hacer, mi coronel? -a Amadito lo irritaba tanto preámbulo-. He cumplido siempre lo que mis superiores me han ordenado. Yo no defraudaré nunca al Jefe. ¿Se trata de la prueba de la lealtad, cierto?
El coronel, cabizbajo, miraba la mesa. Cuando levantó la cara, el teniente notó un brillo de satisfacción en esos ojos furtivos.
–Es verdad, a los oficiales con huevos, trujillistas hasta el tuétano, no se les dora la píldora -se puso de pie-. Tiene razón, teniente. Acabemos con esta bobería, para celebrar ese nuevo galón donde Puchita Brazobán.
–¿Qué tenías que hacer? -Salvador hablaba haciendo esfuerzos, con la garganta rajada y una expresión abatida.
–Matar a un traidor con mis manos. Así lo dijo: «Y sin que le tiemblen, teniente».
Cuando salieron al patio de La Cuarenta, Amadito sintió que las sienes le zumbaban. junto al gran árbol de bambú, al lado del chalet convertido en cárcel y centro de torturas del SIM, había, cercano al jeep en el que había venido, otro, casi idéntico, con las luces apagadas. En el asiento de atrás, dos guardias con fusiles flanqueaban a un tipo con las manos atadas y una toalla cubriéndole la boca.
–Venga conmigo, teniente -dijo Johnny Abbes, sentándose al volante del jeep donde estaban los guardias-. Síguenos, Roberto.
Al salir los dos vehículos de la prisión y tomar la carretera de la costa, se desencadenó una tormenta y la noche se llenó de truenos y relámpagos. Las trombas de agua los calaron.
–Mejor que llueva, aunque nos mojemos -comentó el coronel-. Descargará este calor. Los campesinos estaban clamando por un poco de agua.
No recordaba cuánto duró el trayecto, pero no debía de haber sido largo, pues, en cambio, recordaba que al entrar al burdel de Pucha Vittini, luego de estacionar el jeep en la calle Juana Saltitopa, el reloj de pared del saloncito de la entrada daba las diez de la noche. Todo aquello, desde que recogió al mayor Figueroa Carrión en su casa, había durado menos de dos horas. Abbes García se salió de la carretera y el jeep brincó y se sacudió como si fuera a desintegrarse por el descampado de yerba alta y pedruscos que cruzaba, seguido de cerca por el jeep del mayor, cuyos faros los iluminaban. Estaba oscuro, pero el teniente supo que avanzaban paralelos al mar porque el estruendo de las olas se había acercado hasta meterse en sus orejas. Le pareció que contorneaban el pequeño puerto de La Caleta. Apenas se detuvo el jeep, dejó de llover. El coronel se apeó de un salto y Amadito lo imitó. Los dos guardias estaban adiestrados, pues, sin esperar órdenes, bajaron a empujones al prisionero. A la luz de un relámpago, el teniente vio que el amordazado estaba sin zapatos. Todo el trayecto, había mantenido absoluta docilidad, pero, apenas pisó el suelo, como tomando por fin conciencia de lo que iba a ocurrirle, comenzó a retorcerse, a rugir, tratando de zafarse de las ligaduras y de la mordaza. Amadito, que hasta entonces había evitado mirarlo, observó los movimientos convulsivos de su cabeza, queriendo liberar su boca, decir algo, tal vez rogar que se apiadaran de él, tal vez maldecirlos. «¿Y si saco el revólver y disparo contra el coronel, el mayor y los dos guardias y dejo que se fugue?», pensó.
–En vez de uno, habría dos muertos en el farallón -dijo Salvador.
–Menos mal que paró de llover -se quejó el mayor Figueroa Carrión, apeándose-. Me empapé, coño.
–¿Tiene usted ahí su arma? -preguntó el coronel Abbes García-. No haga sufrir más al pobre diablo.
Amadito asintió, sin decir palabra. Dio unos pasos hasta ponerse junto al prisionero. Los soldados lo soltaron y se apartaron. El tipo no se echó a correr, como Amadito pensó que haría. No le obedecerían las piernas, el miedo lo mantendría atornillado a las yerbas y el barro de ese descampado donde el viento soplaba con brío. Pero, aunque no intentó huir, siguió moviendo la cabeza, con desesperación, a derecha e izquierda, arriba y abajo, en su inútil empeño por desprenderse de la mordaza. Emitía un rugido entrecortado.
El teniente García Guerrero le puso el caño de su pistola en la sien y disparó. El tiro lo ensordeció y le hizo cerrar los ojos, un segundo.
–Remátelo -dijo Abbes García-. Nunca se sabe.
Amadito, inclinándose, palpó la cabeza del tendido -estaba quieto y mudo- y volvió a disparar, a quemarropa. -Ahora sí -dijo el coronel, cogiéndolo del brazo y empujándolo hacia el jeep del mayor Figueroa Carrión-.
Los guardias saben lo que tienen que hacer. Vámonos donde Puchita, a calentar el cuerpo.
En el jeep, conducido por Roberto, el teniente García Guerrero permaneció callado, oyendo a medias el diálogo entre el coronel y el mayor. Se acordaba de algo que dijeron:
–¿Lo enterrarán ahí?
–Lo echarán al mar -explicó el jefe del SIM-. Es la ventaja de este farallón. Alto, cortado a cuchillo. Abajo, hay una entrada de mar, con mucho fondo, como una poza. Llena de tiburones y tintoreras, esperando. Se lo tragan en segundos, es cosa de ver. No dejan huella. Seguro, rápido y, también, limpio.
–¿Reconocerías ese farallón? -le preguntó Salvador.
No. Sólo recordaba que, antes de llegar, habían pasado cerca de esa pequeña ensenada, La Caleta. Pero no podría rehacer toda la trayectoria, desde La Cuarenta.
–Te daré un somnífero -Salvador volvió a ponerle la mano en la rodilla-. Que te haga dormir seis, ocho horas. -Todavía no he terminado, Turco. Un poquito más de paciencia. Para que me escupas en la cara y me eches de tu casa.
Habían ido al burdel de Pucha Vittini, apodada Puchita Brazobán, una vieja casa con balcones y un jardín seco, un burdel frecuentado por caliés, gente vinculada al gobierno y al SIM, para el que, según rumores, trabajaba también esa vieja malhablada y simpática que era Pucha, ascendida en la jerarquía de su oficio a administradora y regenta de putas, después de haberlo sido ella misma en los burdeles de la calle Dos, desde muy joven y con éxito. Los recibió en la puerta y saludó a Johnny Abbes y al mayor Figueroa Carrión como a viejos amigos. A Amadito le cogió la barbilla: «¡Qué papacito!». Los guió hasta el segundo piso y los hizo sentar en una mesita junto al bar. Johnny Abbes pidió que trajera a Juanito Caminante.
–Sólo después de un buen rato caí que era el whisky, mi coronel -confesó Amadito-. Johnny Walker. Juanito Caminante. Facilísimo y no me daba cuenta.
–Esto es mejor que los psiquiatras -dijo el coronel-. Sin Juanito Caminante yo no mantendría el equilibrio mental, lo más importante en mi trabajo. Para hacerlo bien, hay que tener serenidad, sangre fría, cojones helados. No mezclar nunca las emociones con el razonamiento.
No había clientes todavía, salvo un calvito con anteojos, sentado en el mostrador, bebiendo una cerveza. En la vellonera tocaban un bolero y Amadito reconoció la voz densa de Toña la Negra. El mayor Figueroa Carrión se puso de pie y fue a sacar a bailar a una de las mujeres que cuchicheaban en un rincón, bajo un gran cartel de una película mexicana con Libertad Lamarque y Tito Guizar.
–Usted tiene nervios bien templados -aprobó el coronel Abbes García-. No todos los oficiales son así. He visto a muchos bravos que, en la hora crítica, se despintan. Los he visto cagarse de miedo. Porque, aunque nadie se lo crea, para matar se necesitan más huevos que para morir.
Sirvió las copas y dijo: «Salud». Amadito bebió, con avidez. ¿Cuántos tragos? Tres, cinco, pronto perdió la noción de tiempo y de lugar. Además de beber, bailó, con una india a la que acarició y metió a un cuartito iluminado por una bombilla cubierta por un celofán rojo, que se mecía sobre una cama con una colcha llena de colorines. No pudo tirársela. «Por lo borracho que estoy, mamacita», se disculpó. La verdadera razón era el nudo en el estómago, el recuerdo de lo que acababa de hacer. Por fin, se armó de coraje para decir al coronel y al mayor que se iba, pues se sentía descompuesto con tanto trago.
Salieron los tres hasta la puerta. Allí estaba, esperando a Johnny Abbes, su Cadillac negro blindado, con chofer, y un jeep con una escolta de guardaespaldas armados. El coronel le dio la mano.
–¿No tiene curiosidad por saber quién era ése?
–Prefiero no saberlo, mi coronel.
La cara fofa de Abbes García se distendió en una risita irónica, mientras se secaba la cara con su pañuelo color fuego:
–Qué fácil sería, si uno hiciera estas cosas sin saber de quién se trata. No me joda, teniente. Si uno se tira al agua, tiene que mojarse. Era uno del 14 de junio, el hermanito de su ex novia, creo. ¿Luisa Gil, no? Bueno, hasta cualquier rato, ya haremos cosas juntos. Si me necesita, sabe dónde encontrarme.
El teniente volvió a sentir la mano del Turco en su rodilla.
–Es mentira, Amadito -quiso animarlo Salvador-. Pudo ser cualquier otro. Te engañó. Para destrozarte del todo, para hacerte sentir más comprometido, más esclavo. Olvídate de lo que te dijo. Olvídate de lo que hiciste.
Amadito asintió. Muy despacio, señaló el revólver de su cartuchera.
–La próxima vez que dispare, será para matar a Trujillo, Turco -dijo-. Tú y Tony Imbert pueden contar conmigo para cualquier cosa. Ya no necesitan cambiar de tema cuando yo llegue a esta casa.
–Atención, atención, ése viene derechito -dijo Antonio de la Maza, levantando el cañón recortado a la altura de la ventana, listo para disparar.
Amadito y Estrella Sadhalá empuñaron también sus armas. Antonio Imbert encendió el motor. Pero, el automóvil que venía por el Malecón hacia ellos, deslizándose despacio, buscando, no era el Chevrolet sino un pequeño Volkswagen. Fue frenando, hasta descubrirlos. Entonces, viró en la dirección contraria, hacia donde ellos estaban estacionados. Se detuvo a su lado, con las luces apagadas.
IV
–¿No va a subir a verlo? -dice por fin la enfermera. Urania sabe que la pregunta pugna por salir de los labios de la mujer desde que, al entrar a la casita de César Nicolás Penson, ella, en vez de pedirle que la llevara a la habitación del señor Cabral, se dirigió a la cocina y se preparó un café. Lo paladea a sorbitos desde hace diez minutos.
–Primero, voy a terminar mi desayuno -responde, sin sonreír, y la enfermera baja la vista, confundida-. Estoy tomando fuerzas para subir esa escalera.
–Ya sé que hubo un distanciamiento entre usted y él, algo he oído -se disculpa la mujer, sin saber qué hacer con las manos-. Era sólo por preguntar. Al señor ya le di su desayuno y lo afeité. Se despierta siempre muy temprano.
Urania asiente. Ahora está tranquila y segura. Examina una vez más la ruindad que la rodea. Además de deteriorarse la pintura de las paredes, el tablero de la mesa, el lavador, el armario, todo parece encogido y descentrado. ¿Eran los mismos muebles? No reconocía nada.
–¿Viene alguien a visitarlo? De la familia, quiero decir.
–Las hijas de la señora Adelina, la señora Lucindita y la señora Manolita vienen siempre, a eso del mediodía -la mujer, alta, entrada en años, en pantalones debajo del uniforme blanco, de pie en el umbral de la cocina, no disimula su incomodidad-. su tía venía a diario, antes. Pero, desde que se quebró la cadera, ya no sale.
La tía Adelina era bastante menor que su padre, tendría unos setenta y cinco años a lo más. Así que se rompió la cadera. ¿Seguiría tan beata? Era de comunión diaria, entonces.
–¿Está en su dormitorio? -Urania bebe el último sorbo de café-. Bueno, dónde va a estar. No, no me acompañe.
Sube la escalera de pasamanos descolorido y sin los maceteros con flores que ella recordaba, siempre con la sensación de que la vivienda se ha encogido. Al llegar al piso superior, nota las losetas desportilladas, algunas flojas. Ésta era una casita moderna, próspera, amueblada con gusto; ha caído en picada, es un tugurio en comparación con las residencias y condominios que vio la víspera en Bella Vista. Se detiene ante la primera puerta -éste era su cuarto- y, antes de entrar, toca con los nudillos un par de veces.
La recibe una luz viva, que irrumpe por la ventana abierta de par en par. La resolana la ciega unos segundos; después, va delineándose la cama cubierta con una colcha gris, la cómoda antigua con su espejo ovalado, las fotografías de las paredes -¿cómo conseguiría la foto de su graduación en Harvard?- y, por último, en el viejo sillón de cuero de respaldar y brazos anchos, el anciano embutido en un pijama azul Y Pantuflas. Parece perdido en el asiento. Se ha apergaminado y encogido, igual que la casa. La distrae un objeto blanco, a los pies de su padre: una bacinilla, medio llena de orina.
Entonces tenía sus cabellos negros, salvo unas elegantes canas en las sienes; ahora, los ralos mechones de su calva son amarillentos’ sucios. Sus ojos eran grandes, seguros de sí, dueños del mundo (cuando no estaba cerca el jefe); pero, esas dos ranuras que la miran fijamente son pequeñitas, ratoniles y asustadizas. Tenía dientes y ahora no; le deben haber sacado la dentadura postiza (ella pagó la factura hace algunos años), pues tiene los labios hundidos y las mejillas fruncidas casi hasta tocarse. Se ha sumido, sus pies apenas rozan el suelo. Para mirarlo ella tenía que alzar la cabeza, estirar el cuello; ahora, si se pusiera de pie, le llegaría al hombro.
–Soy Urania -murmura, acercándose. Se sienta en la cama, a un metro de su padre-. ¿Te acuerdas de que tienes una hija?
En el viejecillo hay una agitación interior, movimientos de las manitas huesudas, pálidas, de dedos afilados, que descansan sobre sus piernas. Pero los diminutos ojillos, aunque no se apartan de Urania, se mantienen inexpresivos.
–Yo tampoco te reconozco -murmura Urania-. No sé por qué he venido, qué hago aquí.
El viejecillo ha comenzado a mover la cabeza, de arriba abajo, de abajo arriba. Su garganta emite un quejido áspero, largo, entrecortado, como un canto lúgubre. Pero, a los pocos momentos se calma, sus ojos siempre clavados en ella.
–La casa estaba llena de libros -Urania ojea las paredes desnudas-. ¿Qué fue de ellos? Ya no puedes leer, claro. ¿Tenías tiempo de leer, entonces? No recuerdo haberte visto leyendo nunca. Eras un hombre demasiado ocupado. Yo también ahora, tanto o más que tú en esa época. Diez, doce horas en el bufete o visitando clientes. Pero me doy tiempo para leer un rato cada día. Tempranito, viendo amanecer entre los rascacielos de Manhattan, o, de noche, espiando las luces de esas colmenas de vidrio. Me gusta mucho. Los domingos leo tres o cuatro horas, después de Meet the Press, en la tele. La ventaja de haberme quedado soltera, papá. ¿Sabías, no? Tu hijita se quedó para vestir santos. Así decías tú:
«¡Qué gran fracaso! ¡No pescó marido!». Yo tampoco, papá. Mejor dicho, no quise. Tuve propuestas. En la universidad. En el Banco Mundial. En el bufete. Figúrate que todavía se me aparece de pronto un pretendiente. ¡Con cuarenta y nueve años encima! No es tan terrible ser solterona. Por ejemplo, dispongo de tiempo para leer, en vez de estar atendiendo al marido, a los hijitos.
Parece que entiende y que, interesado, no osa mover un músculo para no interrumpirla. Está inmóvil, su pequéño pecho moviéndose acompasado, los ojitos pendientes de sus labios. En la calle, de rato en rato cruza un automóvil, y pasos, voces, jirones de conversación, se acercan, suben, bajan y se pierden a lo lejos.
–Mi departamento de Manhattan está lleno de libros -retorna Urania-. Como esta casa, cuando era niña. De derecho, de economía, de historia. Pero, en mi dormitorio, sólo dominicanos. Testimonios, ensayos, memorias, muchos libros de historia. ¿Adivinas de qué época? La Era de Trujillo, cuál iba a ser. Lo más importante que nos pasó en quinientos años. Lo decías con tanta convicción. Es cierto, papá. En esos treinta y un años cristalizó todo lo malo que arrastrábamos, desde la conquista. En algunos de esos libros apareces tú, como un personaje. Secretario de Estado, senador, presidente del Partido Dominicano. ¿Hay algo que no fuiste, papá? Me he convertido en una experta en Trujillo. En lugar de jugar bridge, golf, montar caballo o ir a la ópera, mi hobby ha sido enterarme de lo que pasó en esos años. Lástima que no podamos conversar. Cuántas cosas podrías aclararme, tú que los viviste de bracito con tu querido jefe, que tan mal pagó tu lealtad. Por ejemplo, me hubiera gustado que me aclararas si Su Excelencia se acostó también con mi mamá.
Advierte un sobresalto en el anciano. Su cuerpecillo frágil, reabsorbido, ha dado un bote en el sillón. Urania adelanta la cabeza y lo observa. ¿Es una falsa impresión? Parece que la escucha, que hiciera esfuerzos por entender lo que ella dice.
–¿Lo permitiste? ¿Te resignaste? ¿Lo aprovechaste para tu carrera?
Urania respira hondo. Examina la habitación. Hay dos fotos en unos marcos de plata, sobre el velador. La de su primera comunión, el año en que murió su madre. Tal vez se iría de este mundo con la visión de su hijita envuelta en los tules de ese primoroso vestido y esa mirada seráfica. La otra foto es de su madre: jovencita, los cabellos negros separados en dos bandas, las cejas depiladas, los ojos melancólicos y soñadores. Es una vieja foto amarillenta, algo ajada. Se acerca al velador, se la lleva a los labios y la besa.
Siente frenar el automóvil a la puerta de la casa. Su corazón da un brinco; sin moverse del sitio, percibe a través de los visillos los cromos relucientes, la carrocería lustrosa, los reflejos relampagueantes del lujoso vehículo. Siente los pasos, repica el llamador dos o tres veces y -hipnotizada, aterrada, sin moverse- oye a la sirvienta abriendo la puerta. Escucha, sin entender, el breve diálogo al pie de la escalera. Su enloquecido corazón va a reventar. Los nudillos en la recámara. Jovencita, india, con cofia, la expresión asustada, la muchacha del servicio asoma por la puerta entreabierta:
–Ha venido a visitarla el Presidente, señora. ¡El Generalísimo, señora!
–Dile que lo siento, pero no puedo recibirlo. Dile que la señora de Cabral no recibe visitas cuando Agustín no está en casa. Anda, díselo.
Los pasos de la muchacha se alejan, tímidos, indecisos, por la escalera con el pasamanos lleno de maceteros ardiendo de geranios. Urania pone la foto de su madre en el velador, vuelve a la esquina de la cama. Arrinconado en el sillón, su padre la mira alarmado.
–Eso es lo que el jefe hizo con su secretario de Educación, al principio de su gobierno, y tú lo sabes muy bien, papá. Con el joven sabio, don Pedro Henríquez Ureña, refinado y genial. Vino a ver a su esposa, mientras él estaba en el trabajo. Ella tuvo el valor de mandarle decir que no recibía visitas cuando su marido no estaba en casa. En los comienzos de la Era, todavía era posible que una mujer se negara a recibir al jefe. Cuando ella se lo contó, don Pedro renunció, partió y no volvió a poner los pies en esta isla. Gracias a lo cual se hizo tan famoso, como maestro, historiador, crítico y filólogo, en México, Argentina y España. Una suerte que el jefe hubiera querido acostarse con su esposa. En esos primeros tiempos, un ministro podía renunciar y no sufría un accidente, no se caía al precipicio, no lo acuchillaba un loco, no se lo comían los tiburones. ¿Hizo bien, no te parece? Su gesto lo salvó de volverse lo que tú, papá. ¿Hubieras hecho lo mismo o mirado a otro lado? Como tu odiado y buen amigo, tu detestado y querido colega, don Froilán, nuestro vecino. ¿Te acuerdas, papá?
El viejecillo se echa a temblar y a quejarse, con aquel canto macabro. Urania espera que se calme. ¡Don Froilán! Cuchicheaba en la salita, la terraza o el jardín con su padre, a quien venía a ver varias veces al día en las épocas en que eran aliados en las luchas intestinas de las facciones trujillistas, luchas que el Benefactor atizaba para neutralizar a sus colaboradores, manteniéndolos ocupadísimos cuidándose las espaldas de los puñales de esos enemigos que eran, a la luz pública, sus amigos, hermanos y correligionarios. Don Froilán vivía en esa casa del frente, en cuyo techo de tejas hay, en este instante, alineadas en posición de atención, media docena de palomas. Urania se acerca a la ventana. Tampoco ha cambiado mucho la casa de ese poderoso señor, también ministro, senador, intendente, canciller, embajador y todo lo que se podía ser en aquellos años. Nada menos que secretario de Estado, en mayo de 1961, cuando los grandes acontecimientos.
La casa tiene aún la fachada pintada de gris y blanco, pero también se ha enanizado. Le adosaron un ala de cuatro o cinco metros, que desentona con ese pórtico salido y triangular, de palacio gótico, donde ella vio muchas veces, al ir o volver del colegio, en las tardes, la silueta distinguida de la esposa de don Froilán. Apenas la veía, la llamaba: «¡Urania, Uranita! Ven para acá, deja que te mire, mi amor. ¡Qué ojos, chiquilla! Tan linda como tu madre, Uranita». Le acariciaba los cabellos con sus manos bien cuidadas, de uñas largas pintadas de rojo intenso. Ella sentía una sensación adormecedora cuando esos dedos se deslizaban entre sus cabellos y le sobaban el cuero cabelludo. ¿Eugenia? ¿Laura? ¿Tenía nombre de flor? ¿Magnolia? Se le ha borrado. Pero no su cara, su tez nívea, sus ojos sedosos, su silueta de reina. Siempre parecía vestida de fiesta. Urania la quería, por lo cariñosa que era, por los regalos, porque la llevaba al Country Club a bañarse en la piscina, y, sobre todo, por haber sido amiga de su mamá. Imaginaba que, si no se hubiera ido al cielo, su madre sería tan bella y señorial como la esposa de don Froilán. Él, en cambio, no tenía nada de apuesto. Bajito, calvo, rechoncho, ninguna mujer hubiera dado un chele por él. ¿Había sido la urgencia de encontrar marido o el interés lo que la llevó a casarse con él? Es lo que se pregunta, deslumbrada, al abrir la caja de chocolates envuelta en papel metálico que la señora le acaba de dar’ con un besito en la mejilla, luego de salir a la puerta de su casa a llamarla -«¡Uranita! Ven, ¡tengo una sorpresa para ti, mi amor!»- cuando la niña bajaba de la camioneta del colegio. Urania entra a la casa, besa a la señora -viste un vestido de tul azulado, zapatos de taco, está maquillada como para un baile, con un collar de perlas y joyas en las manos-, abre el paquete amortajado en papel de fantasía y anudado con una cinta rosada. Contempla los acicalados bombones, impaciente por probarlos, pero no se atreve pues ¿no será falta de educación?, cuando el automóvil se detiene en la calle, muy cerca. La señora da un brinco, uno de esos extraños que hacen de pronto los caballos como oyendo una orden misteriosa. Se ha puesto pálida y su voz perentoria: «Tienes que irte». La mano posada en su hombro se crispa, la aprieta, la empuja hacia la salida. Cuando ella, obediente, levanta su bolsón de cuadernos y va a partir, la puerta se abre de par en par: la abrumadora silueta del caballero enfundado en un terno oscuro, puños blancos almidonados y gemelos de oro sobresaliendo de las mangas de la chaqueta, le cierra el paso. Un señor que lleva unos espejuelos oscuros y está en todas partes, incluida su memoria. Queda paralizada, boquiabierta, mirando, mirando. Su Excelencia le dirige una sonrisa tranquilizadora.
–¿Quién es ésta?
–Uranita, la hija de Agustín Cabral -responde la dueña de casa-. Ya se va.
Y, en efecto, Urania se va, sin siquiera despedirse, por lo impresionada que está. Cruza la calle, entra a su casa, trepa la escalera y, desde su dormitorio, espía por los visillos, esperando, esperando que el Presidente vuelva a salir de la casa de enfrente.
–Y tu hija era tan ingenua que no se preguntaba qué venía a hacer el Padre de la Patria allí cuando don Froilán no estaba en casa -su padre, ahora calmado, la escucha, o parece que la escucha, sin apartar los ojos-. Tan ingenua que, cuando llegaste del Congreso, corrí a contártelo. ¡He visto al Presidente, papá! Vino a visitar a la esposa de don Froilán, papá. ¡La cara que pusiste!
Como si acabaran de comunicarle la muerte de alguien queridísimo. Como si le diagnosticaran un cáncer. Congestionado, lívido, congestionado. Y, sus ojos, repasando una y otra vez la cara de la niña. ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo alertarla sobre el peligro que la familia corría?
Los ojillos del inválido quieren abrirse, redondearse. -Hijita, hay cosas que no puedes saber, que todavía no comprendes. Yo estoy para saberlas por ti, para protegerte. Eres lo que más quiero en el mundo. No me preguntes por qué, pero tienes que olvidarlo. No estuviste donde Froilán. Ni viste a su esposa. Y, menos, mucho menos, a quien soñaste ver. Por tu bien, hijita. Y por el mío. No lo repitas, no lo cuentes. ¿Me prometes? ¿Nunca? ¿A nadie? ¿Me lo juras?
–Te lo juré -dice Urania-. Pero, ni siquiera por ésas malicié nada. Tampoco cuando amenazaste a los sirvientes que si repetían esa invención de la niña, perderían su trabajo. Así era de inocente. Cuando descubrí para qué visitaba el Generalísimo a sus señoras, los ministros ya no podían hacer lo que Henríquez Ureña. Como don Froilán, debían resignarse a los cuernos. Y, puesto que no había alternativa, sacarles provecho. ¿Lo hiciste? ¿Visitó el jefe a mi mamá? ¿Antes de que yo naciera? ¿Cuando estaba muy chiquita para recordarlo? Lo hacía cuando las esposas eran bellas. Mi mamá lo era ¿no? Yo no recuerdo que viniera, pero pudo venir antes. ¿Qué hizo mi mamá? ¿Se resignó? ¿Se alegró, orgullosa de ese honor? Ésa era la norma ¿verdad? Las buenas dominicanas agradecían que el jefe se dignara tirárselas. ¿Te parece una vulgaridad? Pero si ése era el verbo que usaba tu querido jefe.
Sí, ése. Urania lo sabe, lo ha leído en su abundante biblioteca sobre la Era. Trujillo, tan cuidadoso, refinado, elegante en el hablar -un encantador de serpientes cuando se lo proponía-, de pronto, en las noches, luego de unas copas de brandy español Carlos I, podía soltar las palabras más soeces, hablar como se habla en un central azucarero, en los bateyes, entre los estibadores del puerto sobre el Ozaina, en los estadios o en los burdeles, hablar como hablan los hombres cuando necesitan sentirse más machos de lo que son. En ocasiones, el jefe podía ser bárbaramente vulgar y repetir las rechinantes palabrotas de su juventud, cuando era mayordomo de haciendas en San Cristóbal o guardia constabulario. Sus cortesanos las celebraban con el mismo entusiasmo que los discursos que le escribían el senador Cabral y el Constitucionalista Beodo. Llegaba a jactarse de las «hembras que se había tirado», algo que también celebraban los cortesanos, aun cuando ello los hiciera potenciales enemigos de doña María Martínez, la Prestante Dama, y aun cuando aquellas hembras fueran sus esposas, hermanas, madres o hijas. No era una exageración de la calenturienta fantasía dominicana, irrefrenable para aumentar las virtudes y los vicios y potenciar 0303 las anécdotas reales hasta volverlas fantásticas. Había historias inventadas, aumentadas, coloreadas por la vocación truculenta de sus compatriotas. Pero, la de Barahona debió ser cierta. Ésa, Urania no la ha leído, la ha oído (sintiendo náuseas), contada por alguien que estuvo siempre cerca, cerquísima, del Benefactor.
–El Constitucionalista Beodo, papá. Si, el senador Henry Chirinos, el judas que te traicionó. De su jeta la oí. ¿Te asombra que yo estuviera con él? No tuve más remedio, como funcionaria del Banco Mundial. El director me pidió que lo representara en aquella recepción de nuestro embajador. Mejor dicho, el embajador del Presidente Balaguer. Del gobierno democrático y civil del Presidente Balaguer. Chirinos lo hizo mejor que tú, papá. Te sacó del camino, nunca
cayó en desgracia con Trujillo y al final se viró y se acomodó con la democracia pese a haber sido tan trujillista como tu.
Allí estaba, en Washington, más feo que nunca, inflado como un sapo, atendiendo a los invitados y bebiendo como una esponja. Dándose el lujo de entretener a los comensales con anécdotas sobre la Era de Trujillo. ¡Él!
El inválido ha cerrado los ojos. ¿Se quedó dormido? Apoya la cabeza en el espaldar y tiene abierta la boquita fruncida y vacía. Está más delgado y vulnerable así; por la bata de levantarse, se divisa un pedazo de pecho lampiño, de Piel blanquecina, en la que apuntan los huesos. Respira a un ritmo parejo. Sólo ahora nota que su padre está sin medias; sus empeines y tobillos son los de un niño.
No la ha reconocido. ¿Cómo hubiera podido imaginar que esa funcionaria del Banco Mundial, que le transmite en inglés el saludo del director, es la hija de su antiguo colega y compinche, Cerebrito Cabral? Urania se las arregla para mantenerse a distancia del embajador después de aquel saludo protocolar, cambiando banalidades con gentes que están también allí, como ella, obligados por sus cargos. Pasado un rato, se dispone a partir. Se acerca a la rueda que escucha al embajador de la democracia, pero lo que éste cuenta la ataja. Piel ceniza y granujiento, fauces de fiera apoplética, triple papada, vientre elefantiásico a punto de reventar el terno azul, con chaleco de fantasía y corbata roja, en que está cinchado, el embajador Chirinos dice que aquello ocurrió en Barahona, en la época final, cuando Trujillo, en una de esas fanfarronadas a las que era aficionado, anunció, para dar el ejemplo y activar la democracia dominicana, que él, retirado del gobierno (había puesto de Presidente fantoche a su hermano Héctor Bienvenido, apodado Negro), postularía, no a la Presidencia, sino a una oscura gobernación de provincia. ¡Y como candidato de la oposición
El embajador de la democracia resopla, toma aliento, espía con sus ojitos muy juntos el efecto de sus palabras. «Dense cuenta, caballeros, ironiza: «¡Trujillo, candidato de la oposición a su propio régimen!». Sonríe y prosigue, explicando que, en esa campaña electoral, don Froilán Arala, uno de los brazos derechos del Generalísimo, pronunció un discurso exhortando al jefe a presentarse, no a la gobernación sino a lo que seguía siendo en el corazón del pueblo dominicano: Presidente de la República. Todos creyeron que don Froilán seguía instrucciones del Jefe. No era así. O, al menos -el embajador Chirinos bebe el último trago de whisky con un brillo malévolo en los ojos-, ya no era así esa noche, pues, también podía ser que don Froilán hubiera hecho lo que el jefe ordenó y que éste cambiara de opinión y decidiera mantener unos días más la farsa. Así lo hacía a veces, aunque dejara en el ridículo a sus más talentosos colaboradores. La cabeza de don Froilán Arala luciría una barroca cornamenta, pero, también, sesos eximios. El Jefe lo penalizó por ese discurso hagiográfico como solía hacerlo: humillándolo donde más podía dolerle, en su honor de varón.
Toda la sociedad lugareña estuvo en la recepción ofrecida al jefe por la directiva del Partido Dominicano de Barahona, en el club. Se bailó y se bebió. De pronto, el jefe, muy alegre, ya tarde, ante un vasto auditorio de hombres solos -militares de la Fortaleza local, ministros, senadores y diputados que lo acompañaban en la gira, gobernadores y prohombres- a los que había estado entreteniendo con recuerdos de su primera gira política, tres décadas atrás, adoptando esa mirada sentimental, nostálgica, que ponía de pronto al final de las fiestas, como cediendo a un arrebato de debilidad, exclamó:
–Yo he sido un hombre muy amado. Un hombre que ha estrechado en sus brazos a las mujeres más bellas de este país. Ellas me han dado la energía para enderezarlo. Sin ellas, jamás hubiera hecho lo que hice. (Elevó su copa a la luz, examinó el líquido, comprobó su transparencia, la nitidez de su color.) ¿Saben ustedes cuál ha sido la mejor, de todas las hembras que me tiré? («Perdonen, mis amigos, el tosco verbo», se disculpó el diplomático, «cito a Trujillo textualmente».) (Hizo otra pausa, aspiró el aroma de su copa de brandy. La cabeza de cabellos plateados buscó y encontró, en el círculo de caballeros que escuchaba, la cara lívida y regordeta del ministro. Y terminó. ¡La mujer de Froilán!
Urania hace una mueca, asqueada, como la noche aquella en que oyó al embajador Chirinos añadir que don Froilán había heroicamente sonreído, reído, festejado con los otros, la humorada del Jefe. «Blanco como el papel, sin desmayarse, sin caer fulminado por un síncope», precisaba el diplomático.
–¿Cómo era posible, papá? Que un hombre como Froilán Arala, culto, preparado, inteligente, llegara a aceptar eso. ¿Qué les hacía? ¿Qué les daba, para convertir a don Froilán, a Chirinos, a Manuel Alfonso, a ti, a todos sus brazos derechos e izquierdos, en trapos sucios?
No lo entiendes, Urania. Hay muchas cosas de la Era que has llegado a entender; algunas, al principio, te parecían Inex tricables, pero, a fuerza de leer, escuchar, cotejar y pensar, has llegado a comprender que tantos millones de personas, machacadas por la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojadas de libre albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. No sólo a temerlo, sino a quererlo, como llegan a querer los hijos a los padres autoritarios, a convencerse de que azotes y castigos son por su bien. Lo que nunca has llegado a entender es que los dominicanos más preparados, las cabezas del país, abogados, médicos, ingenieros, salidos a veces de muy buenas universidades de Estados Unidos o de Europa, sensibles, cultos, con experiencia, lecturas, ideas, presumiblemente un desarrollado sentido del ridículo, sentimientos, pruritos, aceptaran ser vejados de manera tan salvaje (lo fueron todos alguna vez) como esa noche, en Barahona, don Froilán Arala.
–Lástima que no puedas hablar -repite, volviendo al presente-. Trataríamos de entenderlo, juntos. ¿Qué hizo que don Froilán guardase una lealtad perruna a Trujillo? Fue leal hasta lo último, como tú. No participó en la conspiración, ni tú tampoco. Siguió lamiendo la mano del Jefe después de que éste se jactara en Barahona de haberse tirado a su mujer. Al Jefe que lo tuvo dando vueltas por América del Sur, visitando gobiernos, como canciller de la República, de Buenos Aires a Caracas, de Caracas a Río o Brasilia, de Brasilia a Montevideo, de Montevideo a Caracas, sólo para seguir tirándose con toda tranquilidad a nuestra bella vecina.
Es una imagen que asedia a Urania hace mucho tiempo, que le da risa y la indigna. La del secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la Era subiendo y bajando de aviones, recorriendo las capitales sudamericanas, obedeciendo órdenes perentorias que lo esperaban en cada aeropuerto, para que continuara esa trayectoria histérica, atosigando gobiernos con pretextos vacuos. Y sólo para que no volviera a Ciudad Trujillo mientras el jefe le singaba a su mujer. Lo contaba el propio Crassweller, el más conocido biógrafo de Trujillo. De manera que todos lo sabían, don Froilán también.
–¿Valía la pena, papá? ¿Era por la ilusión de estar disfrutando del poder? A veces pienso que no, que medrar era lo secundario. Que, en verdad, a ti, a Arala, a Pichardo, a Chirinos, a Alvarez Pina, a Manuel Alfonso, les gustaba ensuciarse. Que Trujillo les sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban.
El inválido la mira sin pestañear, sin mover los labios, ni las diminutas manecitas que tiene sobre las rodillas. Se diría una momia, un hombrecito embalsamado, un muñequito de cera. Su bata está descolorida y, en partes, deshilachada. Debe ser muy vieja, de diez o quince años atrás. Tocan a la puerta. Dice «Adelante» y asoma la enfermera, trayendo un platito con pedazos de mango cortados en forma de medialunas y una papilla de manzana o plátano.
–A media mañana le doy siempre algo de fruta -explica, sin entrar-. El doctor dice que no debe tener muchas horas el estómago vacío. Como apenas se alimenta, hay que darle algo tres o cuatro veces al día. De noche, sólo un caldito. ¿Puedo?
–si, pase.
Urania mira a su padre y sus ojos siguen en ella; no se vuelven a mirar a la enfermera ni siquiera cuando ésta, sentada frente a él, comienza a darle cucharaditas de su refrigerio. -¿Dónde está su dentadura postiza?
–Tuvimos que quitársela. Como ha enflaquecido tanto, le hacía sangrar las encías. Para lo que toma, calditos, fruta cortada, purés y cosas batidas, no le hace falta.
Durante un buen rato, permanecen en silencio. Cuando el inválido termina de tragar, la enfermera le acerca la cuchara a la boca y espera, paciente, que el anciano la abra. Entonces, con delicadeza, le da el siguiente bocado. ¿Lo hará así siempre? ¿O esa delicadeza se debe a la presencia de su hija?
Seguramente. Cuando está a solas con él, lo reñirá, pellizcará, como las niñeras con los niños que no hablan, cuando la mamá no las ve.
–Dele unos bocaditos -dice la enfermera-. Él está queriendo eso. ¿No, don Agustín? ¿Quiere que su hija le dé la papita, verdad? Sí, sí, le gustaría. Dele unos bocaditos mientras bajo a buscar el vaso de agua, que se me olvidó.
Deposita el plato a medio acabar en manos de Urania, quien lo recibe de manera maquinal, y se va, dejando abierta la puerta. Luego de unos instantes de vacilación) Urania le acerca a la boca una cuchara con una rajita de mango. El inválido, que aún no le quita los ojos de encima, cierra la boca, frunciendo los labios, como un niño difícil.
V
–Buenos días -respondió.
El coronel Johnny Abbes había dejado sobre su escritorio el informe de cada madrugada, con ocurrencias de la víspera, previsiones y sugerencias. Le gustaba leerlos; el coronel no perdía tiempo en pendejadas, como el anterior jefe del Servicio de Inteligencia Militar, el general Arturo R. Espaillat, Navajita, graduado en la Escuela Militar de West Point, quien lo aburría con sus delirios estratégicos. ¿Trabajaría Navajita para la CIA? Se lo habían asegurado. Pero Johnny Abbes no lo pudo confirmar. Si alguien no trabajaba para la CIA era el coronel: odiaba a los yanquis.
–¿Café, Excelencia?
Johnny Abbes estaba de uniforme. Aunque se esforzaba por llevarlo con la corrección que Trujillo exigía, no podía hacer más de lo que le permitía su físico blandengue y descentrado. Era más bajo que alto, la barriguita abultada hacía juego con su doble papada, sobre la que irrumpía su salido mentón, partido por una hendidura profunda. También sus mejillas eran fofas. Sólo los ojillos movedizos y crueles delataban la inteligencia de esa nulidad física. Tenía treinta y cinco o treinta y seis años, pero parecía un viejo. No había ido a West Point ni a escuela militar alguna; no lo hubieran admitido pues carecía de físico y vocación militar. Era lo que el instructor Gittleman, cuando el Benefactor era marina, llamaba, por su falta de músculos, su exceso de grasa y su afición a la intriga, «un sapo de cuerpo y alma». Trujillo lo hizo coronel de la noche a la mañana al mismo tiempo que, en uno de esos raptos que jalonaban su carrera política, decidió nombrarlo jefe del SIM en reemplazo de Navajita. ¿Por qué lo hizo? No por cruel; más bien, por frío: el ser más glacial que había conocido en este país de gentes de cuerpo y alma calientes. ¿Fue una decisión feliz? últimamen te, fallaba. El fracaso del atentado contra el Presidente Betancourt no era el único; también se equivocó con la supuesta rebelión contra Fidel Castro de los comandantes Eloy Gutiérrez Menoyo y William Morgan, que resultó una emboscada del barbudo para atraer exiliados cubanos a la isla y echarles mano. El Benefactor reflexionaba, hojeando el informe entre traguitos de café.
–Insiste usted en sacar al obispo Reilly del Colegio Santo Domingo -murmuró-. Siéntese, sírvase café.
–¿Me permite, Excelencia?
La melódica voz del coronel le venía de sus años mozos, cuando era comentarista radial de pelota, baloncesto y carreras de caballos. De esa época, sólo conservaba su afición a las lecturas esotéricas -se confesaba rosacruz-, esos pañuelos que se hacía teñir de rojo porque, decía, era el color de la suerte para los Aries, y la aptitud para divisar el aura de cada persona (pendejadas que al Generalísimo le daban risa). Se instaló frente al escritorio del jefe, con una tacita de café en la mano. Estaba aún oscuro afuera y el despacho medio en sombras, iluminado apenas por una lamparita que encerraba en un círculo dorado las manos de Trujillo.
–Hay que reventar ese absceso, Excelencia. El problema mayor no es Kennedy, anda demasiado ocupado con el fracaso de su invasión a Cuba. Es la Iglesia. Si no acabamos con los quintacolumnistas aquí, tendremos problemas. Reilly sirve de maravilla a los que piden la invasión. Cada día lo inflan más, al mismo tiempo que presionan a la Casa Blanca para que mande a los marines a socorrer al pobre obispo perseguido. Kennedy es católico, no lo olvide.
–Todos somos católicos -suspiró Trujillo. Y desbarató aquel argumento-: Es una razón para no tocarlo, más bien. Sería dar a los gringos el pretexto que buscan.
Aunque había momentos en que Trujillo llegaba a sentir desagrado por la franqueza del coronel, se la toleraba. El jefe del SIM tenía órdenes de hablarle con total sinceridad, aun cuando fuera ingrato a sus oídos. Navajita no se atrevió a usar esa prerrogativa como Johnny Abbes.
–No creo posible una marcha atrás en las relaciones con la Iglesia, ese idilio de treinta años se acabó -hablaba despacio, los ojitos azogados dentro de las órbitas, como explorando el contorno en busca de acechanzas-. Nos declaró la guerra el 25 de enero de 1960, con la Carta Pastoral del Episcopado, y su meta es acabar con el régimen. A los curas no les bastarán unas cuantas concesiones. No volverán a apoyarlo, Excelencia. Igual que los yanquis, la Iglesia quiere guerra. Y, en las guerras, hay sólo dos caminos: rendirse o derrotar al enemigo. Los obispos Panal y Reilly están en rebelión abierta.
El coronel Abbes tenía dos planes. Uno, usando como escudo a los paleros, matones armados de garrotes y chavetas de Balá, ex presidiario a su servicio, los caliés irrumpirían a la vez, como grupos recalcitrantes desprendidos de una gran manifestación de protesta contra los obispos terroristas, en el obispado de La Vega y en el Colegio Santo Domingo, y rematarían a los prelados antes de que las fuerzas del orden los rescataran. Esta fórmula era arriesgada; podía provocar la invasión. Tenía la ventaja de que la muerte de los dos obispos paralizaría al resto del clero por buen tiempo. En el otro plan, los guardias rescataban a Panal y Reilly antes de ser linchados por el populacho y el gobierno los expulsaba a España y Estados Unidos, argumentando que era la única manera de garantizar su seguridad. El Congreso aprobaría una ley estableciendo que todos los sacerdotes que ejercían su ministerio en el país debían ser dominicanos de nacimiento. Los extranjeros o naturalizados serían devueltos a sus países. De este modo -el coronel consultó una libretita- el clero católico se reduciría a la tercera parte. La minoría de curitas criollos sería manejable.
Calló cuando el Benefactor, que tenía la cabeza gacha, la alzó.
–Es lo que ha hecho Fidel Castro en Cuba.
Johnny Abbes asintió:
–Allá también la Iglesia empezó con protestas, y, por fin, a conspirar, preparando el terreno para los yanquis. Castro echó a los curas extranjeros y dictó medidas draconianas contra los que se quedaron. ¿Qué le ha pasado? Nada.
–Todavía -lo corrigió el Benefactor-. Kennedy desembarcará a los marines en Cuba en cualquier momento. Y esta vez no será la chambonáda que hicieron el mes pasado, en Bahía de Cochinos.
–En ese caso, el barbudo morirá peleando -asintió Johnny Abbes-. Tampoco es imposible que desembarquen aquí los marines. Y usted ha decidido que nosotros muramos también peleando.
Trujillo lanzó una risita burlona. Si había que morir peleando contra los marines ¿cuántos dominicanos se sacrificarían con él? Los soldados, sin duda. Lo demostraron cuando la invasión que le envió Fidel, el 14 de junio de 1959. Pelearon bien, exterminaron a los invasores en pocos días, en las montañas de Constanza, y en las playas de Maimón y Estero Hondo. Pero, contra los marines…
–No habrá muchos a mi lado, me temo. La fuga de las ratas levantará una gran polvareda. Usted, si, no tendría más remedio que caer conmigo. Donde vaya, lo espera la cárcel, o que lo asesinen los enemigos que tiene por el mundo.
–Me los he hecho defendiendo este régimen, Excelencia.
–De todos los que me rodean, el único que no podría traicionarme, aunque quisiera, es usted -insistió Trujillo, divertido-. Soy la única persona a la que puede arrimarse, que no lo odia ni sueña con matarlo. Estamos casados hasta que la muerte nos separe.
Volvió a reírse, de buen humor, examinando al coronel, como un entomólogo a un insecto difícil de filiar. Se decían muchas cosas de él, sobre todo de su crueldad. Convenía a alguien que ejercía su cargo. Por ejemplo, que su padre, norteamericano de ascendencia alemana, descubrió al pequeño Johnny, aún de pantalón corto, reventando con alfileres los ojos a los pollitos del gallinero. Que, de joven, vendía a los estudiantes de Medicina cadáveres que se robaba de las tumbas del Cementerio Independencia. Que, aunque casado con Lupita, esa horrible y aguerrida mexicana que andaba con pistola en la cartera, era maricón. Y hasta que se acostaba con el medio hermano del Generalísimo, Nene Trujillo.
–Usted sabrá las bolas que hacen correr por ahí -le soltó, mirándolo a los ojos y siempre riendo-. Algunas án de ser ciertas. ¿Jugaba sacándole los ojos a las gallinas? ¿Saqueaba las tumbas del Cementerio Independencia para vender cadáveres?
El coronel sonrió apenas.
–Lo primero no debe ser cierto, no lo recuerdo. Lo segundo es una media verdad. No eran cadáveres, Excelencia. Huesos, calaveras, ya medio desenterrados por las lluvias. Para ganarme unos pesos. Ahora dicen que, como jefe del SIM, estoy devolviendo esos huesos.
–¿Y eso de que es maricón?
Tampoco esta vez se alteró el coronel. Su voz seguía siendo de una indiferencia clínica.
–Nunca me ha dado por ahí, Excelencia. No me he acostado con ningún hombre.
–Bueno, basta de pendejadas -cortó él, poniéndose serio-. No toque a los obispos, por ahora. Ya veremos, según evolucionen las cosas. Si se puede castigarlos, se hará. Por el momento, que estén bien vigilados. Siga con la guerra de nervios. Que no duerman ni coman tranquilos. A ver si ellos mismos deciden irse.
¿Se saldrían con la suya ese par de obispos y se quedarían tan campantes como la rata negra de Betancourt? Otra vez, lo rondó la cólera. Esa alimaña de Caracas había conseguido que la OEA sancionara a la República Dominicana, que todos los países rompieran relaciones y aplicaran unas presiones económicas que estaban asfixiando al país. Cada día, cada hora, hacían mella en lo que había sido una resplandeciente economía. Y, Betancourt, vivo aún, abanderado de la libertad, mostrando en la televisión sus manos quemadas, orgulloso de haber sobrevivido a ese atentado estúpido, que nunca se debió dejar en manos de esos militares venezolanos pendejos. El próximo estaría sólo a cargo del SIM. De manera técnica, impersonal, Abbes le explicó el nuevo operativo, que culminaría con la explosión potente, accionada por control remoto, del artefacto comprado a precio de oro en Checoslovaquia, que ahora estaba ya en el consulado dominicano de Haití. De allí sería fácil llevarlo a Caracas en el momento oportuno.
Desde 1958, en que decidió promoverlo al cargo que tenía, el Benefactor despachaba a diario con el coronel, en esta oficina, en la Casa de Caoba, o en el lugar en que Trujillo se hallara, siempre a esta hora. Como el Generalísimo, Johnny Abbes jamás tomaba vacaciones. Trujillo oyó hablar de él, por primera vez, al general Espaillat. El anterior jefe del Servicio de Inteligencia lo había sorprendido con una información precisa y pormenorizada sobre los exiliados dominicanos en México: qué hacían, qué tramaban, dónde vivían, dónde se reunían, quiénes los ayudaban, qué diplomáticos visitaban.
–¿Cuánta gente tiene metida en México, para estar tan informado sobre esos granujas?
–Toda la información viene de una sola persona, Excelencia -Navajita hizo un gesto de satisfacción profesional-. Muy joven. Johnny Abbes García. Tal vez haya conocido a su padre, un gringo medio alemán que vino a trabajar en la compañía eléctrica y se casó con una dominicana. El muchacho era periodista deportivo y medio poeta. Empecé a utilizarlo como informante sobre la gente de radio y prensa, y en la tertulia de la Farmacia Gómez, a la que van muchos intelectuales. Lo hizo tan bien que lo mandé a México, con una falsa beca. Y, ya ve, se ganó la confianza de todo el exilio. Se lleva bien con perros y gatos. No sé cómo lo hace, Excelencia, pero en México hasta terminó metido con Lombardo Toledano, el líder sindical izquierdista. La fea con la que se casó era secretaria de ese comunistón, figúrese.
¡Pobre Navajita! Hablando con ese entusiasmo, empezaba a perder la jefatura de ese Servicio de Inteligencia para el que lo habían preparado en West Point.
–Tráigalo, dele un puesto donde yo pueda observarlo -ordenó Trujillo.
Así había aparecido por los pasillos del Palacio Nacional esa figura desmayada, cariacontecida, de ojitos en perpetua agitación. Ocupó un cargo ínfimo en la oficina de información. Trujillo, a la distancia, lo estudiaba. Desde muy joven, en San Cristóbal, seguía esas intuiciones que, luego de una simple ojeada, una corta charla o una mera referencia, le daban la certeza de que esa persona podía servirle. Así eligió a buen número de colaboradores y no le había ido mal. Johnny Abbes Garc’ía trabajó varias semanas en un oscuro despacho, bajo la dirección del poeta Ramón Emilio jiménez, con Dipp Velarde Font, Querol y Grimaldi, escribiendo supuestas cartas de lectores a El Foro Público del diario El Caribe. Antes de ponerlo a prueba esperó, sin saber qué, alguna indicación del azar. La señal vino de la manera más inesperada, el día que sorprendió en un pasillo de Palacio a Johnny Abbes conversando con uno de sus secretarios de Estado. ¿De qué podía hablar el pulcro, beato y austero Joaquín Balaguer con el informante de Navajita?
–De nada especial, Excelencia -explicó Balaguer, a la hora del despacho ministerial-. No conocía a ese joven. Al verlo tan concentrado en la lectura, pues leía mientras iba andando, me picó la curiosidad. Usted sabe, mi gran afici’ón son los libros. Me llevé una sorpresa. No debe estar en sus cabales. ¿Sabe qué lo divertía tanto? Un libro de torturas chinas, con fotos de decapitados y despellejados.
Esa noche lo mandó llamar. Abbes parecía tan abrumado -de alegría, miedo o ambas cosas- por el inesperado honor que apenas le salían las palabras al saludar al Benefactor.
–Hizo un buen trabajo en México -le dijo éste, con la vocecita aflautada y cortante que, igual que su mirada, ejercía también un efecto paralizante sobre sus interlocutores-. Espaillat me informó. Pienso que puede asumir tareas más serias. ¿Está dispuesto?
–Cualquier cosa que mande Su Excelencia -estaba quieto, con los pies juntos, como un escolar ante el maestro.
–¿Conoció a José Almoina, allá en México? Un gallego que vino aquí con los españoles republicanos exiliados.
–Si, Excelencia. Bueno, a él sólo de vista. Pero sí a muchos del grupo con el que se reúne, en el Café Comercio. Los «españoles dominicanos», se llaman ellos mismos.
–Ese sujeto publicó un libro contra mí, Una satrapía en el Caribe, pagado por el gobierno guatemalteco. Lo firmó con el seudónimo de Gregorio Bustamante. Después, para despistar, tuvo el desparpajo de publicar otro libro, en Argentina, éste sí con su nombre, Yo fui secretario de Trujillo, poniéndome por las nubes. Como han pasado varios años, se siente a salvo allá en México. Cree que me olvidé que difamó a mi familia y al régimen que le dio de comer. Esas culpas no prescriben. ¿Quiere encargarse?
–Sería un gran honor, Excelencia -respondió Abbes García de inmediato, con una seguridad que no había mostrado hasta ese momento.
Tiempo después, el ex secretario del Generalísimo, preceptor de Ramfis y escribidor de doña María Martínez, la Prestante Dama, moría en la capital mexicana acribillado a balazos. Hubo la chillería de rigor entre los exiliados y la prensa, pero nadie pudo probar, como decían aquéllos, que el asesinato había sido manufacturado por «la larga mano de Trujillo». Una operación rápida, impecable, y que apenas costó mil quinientos dólares, según la factura que Johnny Abbes García pasó, a su regreso de México. El Benefactor lo incorporó al Ejército con el grado de coronel.
La desaparición de José Almoina fue apenas una, en la larga secuencia de brillantísimas operaciones realizadas por el coronel, que mataron o dejaron lisiados o malheridos a docenas de exiliados, entre los más vociferantes, en Cuba, México, Guatemala, New York, Costa Rica y Venezuela. Trabajos relámpago y limpios, que impresionaron al Benefactor. Cada uno de ellos una pequeña obra maestra por la destreza y el sigilo, un trabajo de relojería. La mayor parte de las veces, además de acabar con el enemigo, Abbes García se las arregló para arruinarles la reputación. El sindicalista Roberto Lamada, refugiado en La Habana, murió a consecuencia de una paliza que recibió en un prostíbulo del Barrio Chino, a manos de unos rufianes que lo acusaron ante la policía de haber intentado acuchillar a una prostituta que se negó a someterse a las perversiones sadomasoquistas que el exiliado le exigía; la mujer, una mulata teñida de pelirroja, apareció en Carteles y Bohemia, llorosa, mostrando las heridas que le infligió el degenerado. El abogado Bayardo Cipriota pereció en Caracas en una reyerta de maricas: lo encontraron apuñalado en un hotel de mala muerte, con calzón y sostén de mujer, y la boca con rouge. El dictamen forense determinó que tenía esperma en el recto. ¿Cómo se las ingeniaba el coronel Abbes para trabar contacto, tan rápido, en ciudades que apenas conocía, con esas alimañas de los bajos fondos, pistoleros, matones, traficantes, cuchilleros, prostitutas, cafiches, ladronzuelos, que siempre intervenían en esas operaciones de página roja, que hacían las delicias de la prensa sensacionalista, en las que se veían enredados los enemigos del régimen? ¿Cómo logró montar por casi toda América Latina y Estados Unidos una red tan eficiente de informantes y hombres de mano gastando tan poco dinero? El tiempo de Trujillo era demasiado precioso para perderlo averiguando los pormenores. Pero, a la distancia, admiraba, como un buen conocedor una preciosa joya, la sutileza y originalidad con que Johnny Abbes García libraba al régimen de sus enemigos. Ni los grupos de exiliados, ni los gobiernos adversarios, pudieron establecer vínculo alguno entre estos accidentes y hechos horrendos y el Generalísimo. Una de las más perfectas realizaciones fue la de Ramón Marrero Aristy, el autor de Over, la novela sobre los cañeros de La Romana conocida en toda América Latina. Antiguo director de La Nación, diario frenéticamente trujillista, Marrero fue secretario de Trabajo, en 1956, y en 1959 lo era por segunda vez, cuando empezó a pasar informes al periodista Tad Szulc, para que enlodara al régimen en sus artículos de The New York Times. Al verse descubierto, mandó cartas de rectificación al periódico gringo. Y vino con el rabo entre las piernas al despacho de Trujillo, a arrastrarse, a llorar, a pedir perdón, a jurar que nunca había traicionado ni traicionaría. El Benefactor lo escuchó sin abrir la boca y luego, fríamente, lo abofeteó. Marrero, que sudaba, intentó sacar un pañuelo, y el jefe de los ayudantes militares, coronel Guarionex Estrella Sadhalá, lo mató de un balazo en el mismo despacho. Encargado Abbes García de rematar la operación, menos de una hora después un coche se deslizaba -delante de testigos- por un precipicio en la cordillera Central, cuando viajaba rumbo a Constanza; Marrero Aristy y su chofer quedaron irreconocibles con el impacto. ¿No era obvio que el coronel Johnny Abbes García debía reemplazar a Navajita a la cabeza del Servicio de Inteligencia? Si él hubiera estado al frente de ese organismo cuando el secuestro de Galíndez en New York, que dirigió Espaillat, probablemente no hubiera estallado aquel escándalo que tanto daño hizo a la imagen internacional del régimen.
Trujillo señaló el informe del escritorio con aire despectivo:
–¿Otra conspiración para matarme, con Juan Tomás Díaz a la cabeza? ¿Organizada también por el cónsul Henry Dearborn, el pendejo de la CIA?
El coronel Abbes García abandonó su inmovilidad para acomodar sus nalgas en la silla.
–Eso parece, Excelencia -asintió, sin dar importancia al asunto.
–Tiene gracia -lo interrumpió Trujillo-. Rompieron relaciones con nosotros, para cumplir con la resolución de la OEA. Y se llevaron a los diplomáticos, pero nos dejaron a Henry Dearborn y sus agentes, para seguir tramando complots. ¿Seguro que Juan Tomás conspira?
–No, Excelencia, apenas vagos indicios. Pero, desde que usted lo destituyó, el general Díaz es un pozo de resentimiento y por eso lo vigilo de cerca. Hay esas reuniones, en su casa de Gazcue. De un resentido, siempre se debe esperar lo peor.
–No fue por esa destitución -comentó Trujillo, en alta voz, como hablando para sí mismo-. Fue porque le dije cobarde. Por recordarle que había deshonrado el uniforme.
–Yo estuve en ese almuerzo, Excelencia. Pensé que el general Díaz intentaría levantarse e irse. Pero, aguantó, lívido, sudando. Salió dando traspiés, como borracho.
–Juan Tomás fue siempre muy orgulloso y necesitaba una lección -dijo Trujillo-. Su conducta, en Constanza, fue la de un débil. Yo no admito generales débiles en las Fuerzas Armadas dominicanas.
El incidente había ocurrido unos meses después de aplastados los desembarcos de Constanza, Maimón y Estero Hondo, cuando todos los miembros de la expedición -en la que, además de dominicanos, había cubanos, norteamericanos y venezolanos- estaban muertos o presos, en los días en que, en enero de 1960, el régimen descubría una vasta red de opositores clandestinos, que, en homenaje a aquella invasión, se llamaba 14 de Junio. La integraban estudiantes y profesionales jóvenes de clase media y alta, pertenecientes muchos de ellos a familias del régimen. En plena operación de limpieza de esa organización subversiva, en la que estaban tan activas las tres hermanas Mirabal y sus maridos -su solo recuerdo activaba la bilis del Generalísimo-, Trujillo convocó a aquel almuerzo en el Palacio Nacional a unas cincuenta figuras militares y civiles del régimen, para escarmentar a su amigo de infancia, compañero de la carrera militar, que había ocupado los más altos cargos en las Fuerzas Armadas durante la Era, y a quien había destituido de la jefatura de la Región de La Vega, que abarcaba a Constanza, cuando todavía no se acababa de exterminar a los últimos focos de invasores diseminados por aquellas montañas. El general Tomás Díaz había pedido en vano una audiencia con el Generalísimo desde entonces. Debió sorprenderse al recibir invitación para el almuerzo, después de que su hermana Gracita se asiló en la embajada de Brasil. El jefe no lo saludó ni le dirigió la palabra durante la comida, ni echó una ojeada hacia el rincón de la larga mesa donde el general Díaz fue sentado, muy lejos de la cabecera, en simbólica indicación de su caída en desgracia.
Cuando servían el café, de pronto, por encima del avispeo de las conversaciones que sobrevolaban la larga mesa, los mármoles de las paredes y los cristales de la araña encendida -la única mujer era Isabel Mayer, caudilla trujillista del noroeste-, la vocecita aguda que todos los dominicanos conocían se elevó, con el tonito acerado que presagiaba tormenta:
–¿No les sorprende, señores, la presencia en esta mesa, entre los más destacados militares y civiles del régimen, de un oficial destituido de su mando por no haber estado a la altura en el campo de batalla?
Se hizo el silencio. El medio centenar de cabezas que flanqueaba el inmenso cuadrilátero de manteles bordados se inmovilizó. El Benefactor no miraba hacia el rincón del general Díaz. Su rostro pasaba revista a los demás comensales, uno por uno, con expresión de sorpresa, los ojos muy abiertos y los labios separados, pidiendo a sus invitados que lo ayudaran a descifrar el misterio.
–¿Saben de quién hablo? -continuó, luego de la pausa teatral-. El general Juan Tomás Díaz, jefe de la Región Militar de La Vega cuando la invasión cubano-venezolana, fue destituido en plena guerra, por conducta indigna frente al enemigo. En cualquier parte, comportamiento semejante se castiga con juicio sumario y fusilamiento. En la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina, al general cobarde se lo invita a almorzar al Palacio con la flor y nata del país.
Dijo la última frase muy despacio, deletreando para reforzar su sarcasmo.
–Si usted permite, Excelencia -balbuceó, haciendo un esfuerzo sobrehumano, el general Juan Tomás Díaz-. Quisiera recordar que, al ser destituido, los invasores habían sido derrotados. Yo cumplía con mi deber.
Era un hombre fuerte y recio, pero se había empequeñecido en el asiento. Estaba muy pálido y se ensalivaba la boca a cada momento. Miraba al Benefactor, pero éste, como si no lo hubiera visto ni oído, paseaba por segunda vez su mirada sobre los invitados con una nueva perorata:
–Y no sólo se lo invita a Palacio. Se le pasa a retiro con su sueldo completo y sus prerrogativas de general de tres estrellas, para que descanse con la conciencia del deber cumplido. Y goce, en sus fincas ganaderas, en compañía de Chana Díaz, su quinta esposa que es también su sobrina carnal, de merecido reposo. ¿Qué mayor prueba de magnanimidad de esta dictadura sanguinaria?
Cuando acabó de hablar, la cabeza del Benefactor había terminado la ronda de la mesa. Ahora sí, se detuvo en el rincón del general Juan Tomás Díaz. La cara del jefe ya no era la irónica, melodramática, de hacía un momento. La embargaba una seriedad mortal. Sus ojos habían adoptado la fijeza sombría, trepanadora, inmisericorde, con que recordaba a la gente quién mandaba en este país y en las vidas dominicanas. Juan Tomás Díaz bajó la vista.
–El general Díaz se negó a ejecutar una orden mía y se permitió reprender a un oficial que la estaba cumpliendo -dijo, lentamente, con desprecio-. En plena invasión. Cuando los enemigos armados por Fidel Castro, por Muñoz Marín, Betancourt y Figueres, esa caterva de envidiosos, habían desembarcado a sangre y fuego, y asesinado soldados dominicanos, decididos a arrancarnos la cabeza a todos los que estamos en esta mesa. Entonces, el jefe militar de La Vega descubrió que era un hombre compasivo. Un delicado, enemigo de emociones fuertes, que no podía ver correr sangre. Y se permitió desacatar mi orden de fusilar sobre el terreno a todo invasor capturado con el fusil en la mano. E insultar a un oficial que, respetuoso del comando, daba su merecido a quienes venían aquí a instalar una dictadura comunista. El general se permitió, en esos momentos de peligro para la Patria, sembrar la confusión y debilitar la moral de nuestros soldados. Por eso, ya no forma parte del Ejército, aunque todavía se ponga el uniforme.
Calló, para tomar un sorbo de agua. Pero, apenas lo hubo hecho, en lugar de proseguir, de manera totalmente abrupta se puso de pie y se despidió, dando por terminado el almuerzo: «Buenas tardes, señores».
–Juan Tomás no intentó irse, porque sabía que no hubiera llegado vivo a la puerta -dijo Trujillo-. Bueno, en qué conspiración anda.
Nada muy concreto, en realidad. En su casa de Gazcue, desde hacía algún tiempo, el general Díaz y su esposa Chana recibían muchas visitas. El pretexto era ver películas, que se daban en el patio, al aire libre, con un proyector que manejaba el yerno del general. Rara mezcla, los asistentes. Desde connotados hombres del régimen, como el suegro y hermano del dueño de la casa, Modesto Díaz Quesada, hasta ex funcionarios apartados del gobierno, como Amiama Tió y Antonio de la Maza. El coronel Abbes García había convertido en callé a uno de los sirvientes, desde hacía un par de meses. Pero, lo único que detectó era que los señores, mientras veían las películas, hablaban sin parar, como si éstas les interesaran sólo porque apagaban las conversaciones.
En fin, no eran esas reuniones en las que se hablaba mal del régimen entre trago y trago de ron o de whisky lo digno de tener en cuenta. Sino que, ayer, el general Díaz tuvo una entrevista secreta con un emisario de Henry Dearborn, el supuesto diplomático yanqui, que, como Su Excelencia sabía, era el jefe de la CIA en Ciudad Trujillo.
–Le pediría un millón de dólares por mi cabeza -comentó Trujillo-. El gringo debe estar mareado con tanto comemierda que le pide ayuda económica para acabar conmigo. ¿Dónde se vieron?
–En el Hotel El Embajador, Excelencia.
El Benefactor reflexionó un momento. ¿Sería capaz Juan Tomás de montar algo serio? Hacía veinte años, tal vez. Era un hombre de acción, entonces. Luego, se había sensualizado. Le gustaban demasiado el trago y las galleras, comer, divertirse con los amigos, casarse y descasarse, para Jugárselas tratando de derrocarlo. A mal palo se arrimaban los gringos.
Bah, no había que preocuparse.
–De acuerdo, Excelencia, creo que, por ahora, no hay peligro con el general Díaz. Sigo sus pasos. Sabemos quién lo visita y a quiénes visita. Su teléfono está intervenido.
¿Había algo más? El Benefactor echó una mirada a la ventana: seguía igual de oscuro, pese a que pronto serían las seis. Pero ya no reinaba el silencio. A lo lejos, en la periferia del Palacio Nacional, separado de las calles por una vasta explanada de césped y árboles y cercado por una alta reja con lanzas, pasaba de rato en rato un automóvil tocando la bocina, y, dentro del edificio, sentía a los encargados de la limpieza, suapeando, barriendo, encerando, sacudiendo. Encontraría oficinas y pasillos limpios y brillando cuando tuviera que cruzarlos. Esta idea le produjo bienestar.
–Perdone que insista, Excelencia, pero quisiera restablecer el dispositivo de seguridad. En la Máximo Gómez y el Malecón, mientras usted da su paseo. Y en la carretera, cuando vaya a la Casa de Caoba.
Un par de meses atrás había ordenado, de manera intempestiva, que cesara el operativo de seguridad. ¿Por qué? Tal vez porque, una tarde, en una de sus caminatas a la hora del crepúsculo, bajando la Máximo Gómez rumbo al mar, advirtió, en todas las bocacalles, barreras policiales impidiendo a transeúntes y coches entrar en la Avenida y el Malecón mientras duraba su caminata. E imaginó la miríada de Volkswagens con caliés que Johnny Abbes derramaba por todo el contorno de su trayectoria. Sintió agobio, claustrofobia. También le había ocurrido alguna noche, yendo a la Hacienda Fundación, al entrever a lo largo de la carretera, los cepíllos y las barreras militares que guardaban su paso. ¿O era la fascinación que el peligro siempre había ejercido sobre él -el espíritu indómito del marina- lo que lo llevaba a desafiar así la suerte en el momento de mayor amenaza para el régimen? En todo caso, era una decisión que no revocaría.
–La orden sigue en pie -repitió, en tono que no admitía discusión.
–Bien, Excelencia.
Se quedó mirando al coronel a los ojos -éste bajó los suyos, de inmediato- y le espetó, con una chispa de humor:
–¿Cree usted que su admirado Fidel Castro anda por las calles como yo, sin protección?
El coronel negó con la cabeza.
–No creo que Fidel Castro sea tan romántico como usted, Excelencia.
¿Romántico, él? Tal vez, con algunas de las mujeres que había amado, tal vez con Lina Lovatón. Pero, fuera del campo sentimental, en el político, él se había sentido siempre un clásico. Racionalista, sereno, pragmático, de cabeza fría y larga visión.
–Cuando lo conocí, allá en México, él preparaba la expedición del Granma. Lo creían un cubano alocado, un aventurero nada serio. A mí me impresionó desde el primer momento por su falta total de emociones. Aunque en sus discursos parezca tropical, exuberante, apasionado. Eso, para el público. Es lo contrario. Una inteligencia de hielo. Yo siempre supe que llegaría al poder. Pero, permítame una aclaración, Excelencia. Admiro la personalidad de Castro, la manera como ha sabido burlar a los gringos, aliarse con los rusos y los países comunistas usándolos como parachoques contra Washington. No admiro sus ideas, yo no soy comunista.
–Usted es un capitalista hecho y derecho -se burló Trujillo, con una risita sardónica-. Ultramar hizo muy buenos negocios, importando productos de Alemania, Austria y los países socialistas. Las representaciones exclusivas no tienen pérdidas.
–Otra cosa más que agradecerle, Excelencia -admitió el coronel-. La verdad, no se me hubiera ocurrido. Nunca me interesaron los negocios. Abrí Ultramar porque usted me lo ordenó.
–Prefiero que mis colaboradores hagan buenos negocios a que roben -explicó el Benefactor-. Los buenos negocios sirven al país, dan trabajo, producen riqueza, levantan la moral del pueblo. En cambio, los robos lo desmoralizan. Me imagino que, desde las sanciones, también para Ultramar van mal las cosas.
–Prácticamente, paralizadas. No me importa, Excelencia. Ahora, mis veinticuatro horas del día están dedicadas a impedir que los enemigos destruyan este régimen y lo maten a usted.
Habló sin emoción, con el mismo tono opaco, neutral, con el que normalmente se expresaba.
–¿Debo concluir que me admira tanto como al pendejo de Castro? -comentó Trujillo, buscando aquellos ojitos evasivos.
–A usted no lo admiro, Excelencia -murmuró el coronel Abbes, bajando los ojos-. Yo vivo por usted. Para usted. Si me permite, soy el perro guardián de usted.
Al Benefactor le pareció que, al decir la última frase, a Abbes García le había temblado la voz. Sabía que no era nada emotivo, ni afecto a esas efusiones tan frecuentes en boca de otros cortesanos, de modo que se lo quedó escrutando, con su mirada de cuchillo.
–Si me matan, lo hará alguien muy próximo, un traidor de la familia, digamos -dijo, como hablando de otra persona-. Para usted, sería una gran desgracia.
–También para el país, Excelencia.
–Por eso sigo a caballo -asintió Trujillo-. Si no, me hubiera retirado, como me vinieron a aconsejar, mandados por el Presidente Eisenhower, William Pawley, el general Clark y el senador Smathers, mis amigos yanquis. «Pase a la historia como un estadista magnánimo, que cedió el timón a los jóvenes.» Así me lo dijo Smathers, el amigo de Roosevelt. Era un mensaje de la Casa Blanca. A eso vinieron. A pedir que me vaya y a ofrecerme asilo en Estados Unidos. «Allí tendrá asegurado su patrimonio.» Esos pendejos me confunden con Batista, con Rojas Pinilla, con Pérez Jiménez. A mí sólo me sacarán muerto.
El Benefactor volvió a distraerse, pues se acordó de Guadalupe, Lupe para los amigos, la mexicana corpulenta y hombruna con la que se casó Johnny Abbes en ese período misterioso y aventurero de su vida en México, cuando, por una parte, enviaba minuciosos informes a Navajita sobre las andanzas de los exiliados dominicanos, y, por otra, frecuentaba círculos revolucionarios, como el de Fidel Castro, el Che Guevara y los cubanos del 26 de julio, que preparaban la expedición del Granma, y gentes como Vicente Lombardo Toledano, muy vinculado al gobierno de México, que había sido su protector. El Generalísimo no había tenido nunca tiempo para interrogarlo con calma sobre esa etapa de su vida, en la que el coronel descubrió su vocación y su talento para el espionaje y las operaciones clandestinas. Una vida sabrosa, sin duda, llena de anécdotas. ¿Por qué se casaría con esa horrenda mujer?
–Hay algo que siempre se me olvida preguntarle -dijo, con la crudeza que hablaba a sus colaboradores-. ¿Cómo fue que se casó con una mujer tan fea?
No detectó el menor movimiento de sorpresa en la cara de Abbes García.
–No fue por amor, Excelencia.
–Eso siempre lo supe -dijo el Benefactor, sonriendo-. Ella no es rica, o sea que no fue un braguetazo.
–Por agradecimiento. Lupe me salvó la vida, una vez. Ella ha matado por mí. Cuando era secretaria de Lombardo Toledano, yo estaba recién llegado a México. Gracias a Vicente empecé a entender qué era la política. Mucho de lo que he hecho no hubiera sido posible sin Lupe, Excelencia. Ella no sabe lo que es el miedo. Y, además, tiene un instinto que hasta ahora siempre ha funcionado.
–Ya sé que es bragada, que sabe fajarse, que anda con pistola y va a casas de cueros, como los machos -dijo el Generalísimo, de excelente humor-. Hasta he oído que Puchita Brazobán le reserva muchachitas. Pero, lo que me intriga es que a ese engendro haya podido hacerle hijos.
–Trato de ser un buen marido, Excelencia.
El Benefactor se echó a reír, con la risa sonora de otros tiempos.
–Puede usted ser entretenido cuando quiere -lo festejó-. Así que la ha cogido por gratitud. A usted se le para el ripio a voluntad, entonces.
–Es una manera de hablar, Excelencia. La verdad, no quiero a Lupe ni ella me quiere. No, por lo menos, a la manera en que se entiende el amor. Estamos unidos por algo más fuerte. Riesgos compartidos hombro con hombro, viéndole la cara a la muerte. Y mucha sangre, manchándonos a los dos.
El Benefactor asintió. Entendía lo que quería decir. A él le hubiera gustado tener una mujer como ese espantajo, coño. No se hubiera sentido tan solo, a veces, a la hora de tomar algunas decisiones. Nada ataba tanto como la sangre, cierto. Sería por eso que él se sentía tan amarrado a este país de malagradecidos, cobardes y traidores. Porque, para sacarlo del atraso, el caos, la ignorancia y la barbarie, se había teñido de sangre muchas veces. ¿Se lo agradecerían en el futuro estos pendejos?
Otra vez se abatió sobre él la desmoralización. Simulando consultar la hora, echó una ojeada por el rabillo del ojo a su pantalón. No había mancha alguna en la entrepierna ni en la bragueta. La comprobación no le levantó el ánimo. De nuevo cruzó por su mente el recuerdo de la muchachita de la Casa de Caoba. Desagradable episodio. ¿Hubiera sido mejor pegarle un tiro, ahí mismo, mientras lo miraba con esos ojos? Tonterías. Él nunca había pegado tiros gratuitamente, y menos por asuntos de cama. Sólo cuando no había alternativa, cuando era absolutamente indispensable para sacar adelante a este país, o para lavar una afrenta.
–Permítame, Excelencia.
–¿Sí.
–El Presidente Balaguer anunció anoche por la radio que el gobierno liberará a un grupo de presos políticos.
–Balaguer hizo lo que le ordené. ¿Por qué?
–Necesitaría tener la lista de los que van a ser liberados. Para cortarles el pelo, afeitarlos y vestirlos de manera decente. Me imagino que serán presentados a la prensa.
–Le enviaré la lista apenas la revise. Balaguer piensa que esos gestos son convenientes, en el campo diplomático. Ya veremos. En todo caso, presentó bien la medida.
Tenía sobre el escritorio el discurso de Balaguer. Leyó en voz alta el párrafo subrayado: «La obra de Su Excelencia el Generalísimo Dr. Rafael L. Trujillo Molina ha alcanzado tal solidez que nos permite, al cabo de treinta años de paz ordenada y de liderato consecutivo, ofrecer a América un ejemplo de la capacidad latinoamericana para el ejercicio consciente de la verdadera democracia representativa».
–¿Bien escrito, no es cierto? -comentó-. Es la ventaja de tener a un poeta y literato de Presidente de la República. Cuando ocupaba la Presidencia mi hermano, los discursos que el Negro leía eran soporíferos. Bueno, ya sé que Balaguer no le cae en gracia.
–Yo no mezclo mis simpatías o antipatías personales con mi trabajo, Excelencia.
–Nunca he entendido por qué le tiene desconfianza. Balaguer es el más inofensivo de mis colaboradores. Por eso lo he puesto donde está.
–Yo creo que su manera de ser, tan discreta, es una estrategia. Que, en el fondo, no es un hombre del régimen, que trabaja sólo para Balaguer. Puede que me equivoque. Por lo demás, no he encontrado nada sospechoso en su conducta. Pero, no metería mis manos al fuego por su lealtad.
Trujillo miró su reloj. Dos minutos para las seis. Su despacho con Abbes García no duraba más de una hora, salvo ocurrencia excepcional. Se puso de pie y el jefe del SIM lo imitó.
–Si cambio de opinión sobre los obispos, se lo haré saber -dijo, a modo de despedida-. Tenga el dispositivo preparado, de todos modos.
–Puede ser puesto en marcha en el instante que usted decida. Con su permiso, Excelencia.
Apenas salió Abbes García del despacho, el Benefactor fue a espiar el cielo, desde la ventana. Ni una rayita de luz todavía.
VI
–Ya sé quién es -dijo Antonio de la Maza.
Abrió la puerta del automóvil y, siempre con el fusil de caño recortado en la mano, salió a la carretera. Ninguno de sus compañeros -Tony, Estrella Sadhalá y Amadito- lo siguió; desde el interior del vehículo, observaron su silueta robusta, perfilada contra las sombras que el tenue resplandor de la luna apenas aclaraba, mientras se dirigía hacia el pequeño Volkswagen que, con las luces apagadas, había venido a estacionarse junto a ellos.
–No me digas que el Jefe cambió de idea -exclamó Antonio a modo de saludo, metiendo la cabeza por la ventanilla y acercando mucho la cara a su conductor y único pasajero, un hombre acezante, de traje y corbata, tan gordo que parecía imposible que hubiera podido entrar en el vehículo, donde parecía enjaulado.
–Al contrario, Antonio -lo calmó Miguel Angel Báez Díaz, las manos aferradas al timón-. Va a San Cristóbal de todos modos. Se ha atrasado porque, después del paseo por el Malecón, se llevó a Pupo Román a la Base de San Isidro. Vine a tranquilizarte, me imaginaba tu impaciencia. Aparecerá en cualquier momento. Estense listos.
–No fallaremos, Miguel Angel. Espero que ustedes tampoco.
Conversaron un momento, las caras muy juntas, el gordo siempre prendido del volante y De la Maza echando miradas hacia la pista que venía de Ciudad Trujillo, temeroso de que el vehículo se materializara de pronto y no le diera tiempo de regresar a su auto.
–Adiós, y que todo salga bien -se despidió Miguel Angel Báez Díaz.
Partió, de regreso a Ciudad Trujillo, siempre con las luces apagadas. De pie en el sitio, sintiendo el aire fresco y oyendo las olas que rompían a pocos metros -sentía salpicaduras en la cara y en la cabeza, donde sus cabellos comenzaban a ralear-, Antonio vio alejarse al vehículo, y lo vio confundirse con la noche allá lejos, donde titilaban las lucecitas de la ciudad y sus restaurantes, seguramente llenos de gente. Miguel Angel parecía seguro. No había duda, pues: vendría y este martes 30 de mayo de 1961 él cumpliría, por fin, el juramento hecho en la finca familiar de Moca, ante su padre y hermanos, cuñadas y cuñados, hacía cuatro años y cuatro meses, el 7 de enero de 1957, el día que enterraron a Tavito.
Pensó en lo cerca que estaba el Pony, y lo bien que le sentaría tomarse un trago de ron con mucho hielo, en una de las altas banquetas de paja del barcito, como tantas veces este último tiempo, y sentir que el alcohol ascendía a su cerebro, lo distraía y apartaba de Tavito, y de la amargura, la exasperación y la fiebre que era su vida desde el cobarde asesinato de su hermano menor, el más pegado a él, el más querido. «Sobre todo, desde la infame calumnia que le inventaron, para matarlo otra vez», pensó. Regresó despacio hacia el Chevrolet. Era un automóvil flamante, que Antonio había importado de Estados Unidos y hecho reforzar y afinar, explicando en el garaje que, como por su trabajo de hacendado y administrador de un aserradero en Restauración, en la frontera con Haití, pasaba buena parte del año viajando, necesitaba un carro más veloz y resistente. Había llegado el momento de poner a prueba ese Chevrolet último modelo, capaz, gracias a los ajustes en los cilindros y el motor, de alcanzar 200 kilómetros por hora en pocos minutos, algo que el auto del Generalísimo no estaba en condiciones de hacer. Volvió a sentarse junto a Antonio Imbert.
–¿Quién era la visita? -dijo Amadito, desde el asiento de atrás.
–Esas cosas no se preguntan -musitó Tony Imbert, sin volverse a mirar al teniente García Guerrero.
–No es ningún secreto, ahora -dijo Antonio de la Maza-. Era Miguel Angel Báez. Tenías razón, Amadito. Va a San Cristóbal esta noche, de todas maneras. Se ha atrasado, pero no nos dejará plantados.
–¿Miguel Angel Báez Díaz? -silbó Salvador Estrella Sadhalá-. ¿Él también metido en esto? No se puede pedir más. Ése es un trujillista ontológico. ¿No ha sido vicepresidente del Partido Dominicano? Es de los que caminan todos los días con el Chivo por el Malecón, lamiéndole el culo, y lo acompaña todos los domingos al Hipódromo.
–Hoy también hizo el paseo con él -asintió De la Maza-. Por eso sabe que va a venir.
Hubo un largo silencio.
–Ya sé que hay que ser prácticos, que los necesitamos -suspiró el Turco-. Pero, la verdad, siento asco de que alguien como Miguel Angel sea ahora nuestro aliado.
–Ya sacó la cabeza el beatito, el puritano, el angelito de las manos limpias -se esforzó por bromear Imbert-. ¿Ya ves, Amadito, por qué es mejor no preguntar, no saber quiénes están en esto?
–Hablas como si todos nosotros no hubiéramos sido también trujillistas, Salvador -gruñó Antonio de la Maza-. ¿No fue Tony gobernador de Puerto Plata? ¿No es Amadito ayudante militar? ¿No administro yo desde hace veinte años los aserraderos del Chivo en Restauración? ¿Y la compañía constructora en que tú trabajas no es también de Trujillo?
–Retiro lo dicho -Salvador le dio unas palmaditas en el brazo a De la Maza-. Se me suelta la lengua y digo tonterías. Tienes razón. Cualquiera podría decir de nosotros lo que acabo de decir de Miguel Angel. No he dicho nada y ustedes no han oído nada.
Pero lo había dicho, porque, pese a ese aire sereno y razonable que caía tan bien a todos, Salvador Estrella Sadhalá era capaz de decir las cosas más crueles, empujado por ese espíritu de justicia que de pronto lo poseía. Se las había dicho a él, su amigo de toda la vida, en una discusión en la que Antonio de la Maza hubiera podido pegarle un tiro. «Yo no vendería a mi hermano por cuatro cheles.» La frase, que los tuvo alejados, sin verse ni hablarse más de seis meses, le volvía de cuando en cuando, como una pesadilla recurrente. En esos momentos necesitaba tomarse, uno tras otro, muchos tragos de ron. Aunque con la borrachera le vinieran esas rabias ciegas que lo volvían pendenciero y lo llevaban a provocar y a pegar patadas y puñetazos al que estaba mas cerca.
Era, con sus cuarenta y siete años cumplidos hacía pocos días, uno de los más viejos del grupo de siete hombres apostados en la carretera a San Cristóbal, esperando a Trujillo. Porque, además de los cuatro que aguardaban en el Chevrolet, dos kilómetros más adelante se hallaban, en un auto prestado por Estrella Sadhalá, Pedro Livio Cedeño y Huáscar Tejeda Pimentel, y, un kilómetro más adelante, solo en su propio carro, Roberto Pastoriza Neret. De este modo, le cerrarían el paso y lo acribillarían con un fuego cerrado por delante y por atrás, sin dejarle escapatoria. Pedro Livio y Huáscar estarían tan en zozobra como ellos cuatro. Y todavía peor Roberto, sin tener con quien hablar y darse ánimos. ¿Vendría? Sí, vendría. Y cesaría el largo calvario que había sido la vida de Antonio desde la muerte de Tavito.
La luna, redonda como una moneda, destellaba escoltada por un manto de estrellas y plateaba los penachos de los cocoteros vecinos que Antonio veía mecerse al compás de la brisa. Éste era un bello país después de todo, coño. Lo sería más después de muerto ese maldito que lo había violentado y envenenado en estos treinta y un años más que en todo el siglo que llevaba de República la ocupación haitiana, las invasiones españolas y norteamericanas, las guerras civiles y las luchas de facciones y caudillos, más que todas las desgracias -terremotos, ciclones- que se habían abatido contra los dominicanos desde el cielo, el mar o el fondo de la tierra. Lo que él no podía perdonarle era, sobre todo, que, así como había emputecido y encanallado a este país, el Chivo también había emputecido y encanallado a Antonio de la Maza.
Disimuló ante sus compañeros el desasosiego encendiendo otro cigarrillo. Fumaba sin sacarse el pitillo de los labios, echando humo por la boca y la nariz, y acariciaba el fusil de cañón recortado, pensando en los proyectiles reforzados de acero que fabricó especialmente para lo de esta noche su amigo español Balsié, a quien conoció gracias a otro conspirador, Manuel Ovin, experto en armas y magnífico tirador. Casi tan bueno como el propio Antonio de la Maza, que, desde niño, en la tierra familiar de Moca, admiró siempre a padres, hermanos, parientes y amigos con su puntería. Por eso tenía este asiento privilegiado, a la derecha de Imbert: para disparar primero. El grupo, que discutió tanto sobre todo, se puso de acuerdo de inmediato sobre eso: Antonio de la Maza y el teniente Amado García Guerrero, los mejores tiradores, debían llevar los fusiles entregados a los conspiradores por la CIA y ocupar los asientos de la derecha, para acertar desde el primer disparo.
Uno de los orgullos de Moca, su tierra, y de su familia, era que, desde el primer momento -1930- los De la Maza habían sido antitrujillistas. Por supuesto. En Moca, desde el más encumbrado hasta el más miserable peón, todos eran horacistas, porque el Presidente Horacio Vázquez era de Moca y hermano de la madre de Antonio. Desde el primer día, los De la Maza vieron con recelo y antipatía las intrigas de que se valió el entonces brigadier en jefe de la Policía Nacional -creada por el ocupante norteamericano, y que, a su partida, se convertiría en el Ejército dominicano-, Rafael Leonidas Trujillo, para derrocar a don Horacio Vázquez y, en 1930, en las primeras elecciones amañadas de su larga historia de fraudes electorales, hacerse elegir Presidente de la República. Cuando esto sucedió, los De la Maza hicieron lo que tradicionalmente hacían las familias patricias y los caudillos regionales cuando no les gustaban los gobiernos: echarse al monte con hombres armados y financiados de su bolsillo.
Durante cerca de tres años, con intermitencias, entre sus diecisiete y veinte años de edad -atleta, jinete incansable, cazador apasionado, alegre, temerario y gozador de la vida-, Antonio de la Maza, con su padre, tíos y hermanos, combatió a tiros a las fuerzas de Trujillo, aunque sin hacerles mella. Poco a poco, éstas fueron desintegrando a sus bandas armadas, infligiéndoles algunas derrotas, pero, sobre todo, comprando a sus lugartenientes y partidarios, hasta que, cansados y a punto de arruinarse, los De la Maza acabaron aceptando las ofertas de paz del gobierno y regresando a Moca, a trabajar sus tierras semiabandonadas. Salvo el indomable y terco Antonio. Sonrió, recordando esa testarudez suya, a finales de 1932 y comienzos de 1933, cuando, con menos de veinte hombres, entre los cuales estaban sus hermanos Ernesto y Tavito (éste todavía un niño) asaltaba puestos de policía y emboscaba a las patrullas del gobierno. Los tiempos eran tan especiales que, a pesar del trajín militar, los tres hermanos casi siempre podían hacer un alto para dormir en la casa familiar de Moca varios días al mes. Hasta aquella emboscada, en los alrededores de Tamboril, en que los soldados mataron a dos de sus hombres e hirieron a Ernesto y al propio Antonio.
Desde el Hospital Militar de Santiago, escribió a su padre, don Vicente, que no se arrepentía de nada, y que por favor la familia no se humillara pidiendo clemencia a Trujillo. Dos días después de entregar esta carta al cabo enfermero, con una buena propina para que la hiciera llegar a Moca, una camioneta del Ejército vino a llevárselo, esposado y con escolta, a Santo Domingo. (El Congreso de la República sólo cambiaría el nombre a la antiquísima ciudad tres años después.) Para sorpresa del joven Antonio de la Maza, el vehículo militar, en lugar de trasladarlo a la cárcel, lo llevó a la Casa de Gobierno, entonces próxima a la añosa catedral. Allí, le quitaron las esposas y lo metieron a un cuarto alfombrado, donde, en uniforme, impecablemente afeitado y peinado, estaba el general Trujillo.
Era la primera vez que lo veía.
–Se necesitan cojones para escribir esta carta -el jefe del Estado la hacía bailotear en su mano-. Has demostrado que los tienes, haciéndome la guerra casi tres años. Por eso, quería verte la cara. ¿Es verdad lo de tu buena puntería? Tendríamos que medirnos alguna vez, a ver si es mejor que la mía.
Veintiocho años después, Antonio recordaba aquella vocecita chillona, esa inesperada cordialidad, atenuada por un matiz de ironía. Y la penetración de aquellos ojos cuya mirada -él, tan soberbio- no pudo resistir.
–La guerra ha terminado. He acabado con todos los caudillismos regionales, incluido el de los De la Maza. Basta de balas. Hay que reconstruir el país, que se cae a pedazos. Necesito a mi lado a los mejores. Eres impulsivo y sabes pelear ¿no? Bien. Ven a trabajar a mi lado. Tendrás ocasión de pegar tiros. Te ofrezco un puesto de confianza, entre los ayudantes militares encargados de mi custodia. Así, si un día te decepciono, podrás pegarme un tiro.
–Pero, yo no soy militar -balbuceó el joven De la Maza.
–LO eres, desde este instante -dijo Trujillo-. Teniente Antonio de la Maza.
Fue su primera concesión, su primera derrota, en manos de ese maestro manipulador de ingenuos, bobos y pendejos, de ese astuto aprovechador de la vanidad, la codicia y la estupidez de los hombres. ¿Cuántos años tuvo a Trujillo a menos de un metro de distancia? Como lo había tenido Amadito también, estos últimos dos años. De cuánta tragedia hubieras librado a este país, a la familia De la Maza, si hubieras hecho entonces lo que ibas a hacer ahora. Tavito estaría vivo, seguramente.
Oía, a sus espaldas, a Amadito y al Turco, en pleno diálogo; de tanto en tanto, Imbert se metía en la conversación. No debía sorprenderles que Antonio permaneciera callado; siempre fue de pocas palabras, aunque su laconismo se había acentuado hasta llegar a la mudez desde la muerte de Tavito, cataclismo que lo afectó de manera que él sabía irreversible, convirtiéndolo en el hombre de una idea fija: matar al Chivo.
–Juan Tomás debe estar con los nervios peor que nosotros -oyó decir al Turco-. Nada más espantoso que esperar. Pero ¿viene o no viene?
–En cualquier momento -imploró el teniente García Guerrero-. Créeme, coño.
Sí, el general Juan Tomás Díaz debía de estar en estos momentos en su casa de Gazcue comiéndose las uñas, preguntándose si por fin había ocurrido aquello que Antonio y él habían soñado, acariciado, fraguado, mantenido vivo y en se creto desde hacía, precisamente, cuatro años y cuatro meses. Es decir, desde el día en que, luego de esa maldita entrevista con Trujillo, con el cadáver recién enterrado de Tavito, Antonio saltó a su automóvil y, a 120 kilómetros por hora, fue a buscar a Juan Tomás a su finca de La Vega.
–Por los veinte años de amistad que nos unen, ayúdame. ¡Tengo que matarlo! ¡Tengo que vengar a Tavito, Juan Tomás!
El general le tapó la boca con la mano. Echó una mirada alrededor, indicándole con un gesto que podía oírlos la servidumbre. Lo llevó detrás de los establos, donde solían hacer tiro al blanco.
–Lo haremos juntos, Antonio. Para vengar a Tavito y a tantos dominicanos de la vergüenza que llevamos dentro.
Antonio y Juan Tomás eran íntimos desde la época en que De la Maza era ayudante militar del Benefactor. Lo único bueno que recordaba de esos dos años en que, como teniente, como capitán, convivió con el Generalísimo, acompañándolo en sus giras por el interior, en sus salidas de la Casa de Gobierno, al Congreso, al Hipódromo, a recepciones y espectáculos, a mítines políticos y aventuras galantes, a visitas y conciliábulos con socios, aliados y compinches, a reuniones públicas, privadas o ultrasecretas. Sin llegar a volverse un trujillista acérrimo, como lo era entonces Juan Tomás Díaz, Antonio, aquellos años, pese a guardar secretamente algo del rencor de todos los horacistas hacia quien había acabado con la carrera política del Presidente Horacio Vázquez, no pudo sustraerse al magnetismo que irradiaba ese hombre incansable, que podía trabajar veinte horas seguidas, y, luego de dos o tres horas de sueño, comenzar el nuevo día al amanecer, fresco como un adolescente. Ese hombre que, según la mitología popular, no sudaba, no dormía, nunca tenía una arruga en el uniforme, el chaqué o el traje de calle, y que, en esos años en que Antonio formaba parte de su guardia de hierro, había, en efecto, transformado este país. Por las carreteras, puentes e industrias que construyó, sí, pero, también, porque fue acumulando en todos los dominios -político, militar, institucional, social, económico- un poder tan desmedido que todos los dictadores que la República Dominicana había padecido en su historia republicana, incluido Ulises Heureaux, Lilis, que antes parecía tan despiadado, resultaban unos pigmeos comparados con él.
Ese respeto y hechizo, en el caso de Antonio, no se trocó nunca en admiración, ni en el amor servil, abyecto, que profesaban a su líder otros trujillistas. Incluso Juan Tomás, quien desde 1957 había explorado con él todas las formas posibles de librar a la República Dominicana de esa figura que la succionaba y aplastaba, fue en los años cuarenta seguidor fanático del Benefactor, capaz de cometer cualquier crimen por el hombre al que creía el salvador de la Patria, el estadista que devolvió a manos dominicanas las aduanas antes administradas por los yanquis, que resolvió el problema de la deuda externa con Estados Unidos, ganándose el nombramiento, por el Congreso, de Restaurador de la Independencia Financiera, que creó unas Fuerzas Armadas modernas y profesionales, las mejor equipadas en todo el Caribe. En esos años, Antonio no se hubiera atrevido a hablar mal de Trujillo a Juan Tomás Díaz. Éste escaló posiciones en el Ejército hasta convertirse en un general de tres estrellas y obtener la comandancia de la Región Militar de La Vega, donde lo sorprendió la invasión del 14 de junio de 1959, el principio de su caída en desgracia. Cuando esto ocurrió, Juan Tomás ya no se hacía ilusiones sobre el régimen. En la intimidad, cuando estaba seguro de que nadie lo oía, durante las cacerías por los cerros, en Moca o La Vega, en los almuerzos familiares de los domingos, confesaba a Antonio que todo lo avergonzaba, los asesinatos, las desapariciones, las torturas, la precariedad de la vida, la corrupción y la entrega de cuerpos, almas y conciencias de millones de dominicanos a un solo hombre.
Antonio de la Maza no había sido nunca un trujillista de corazón. Ni cuando era ayudante militar, ni desPues, cuando, luego de pedir a éste autorización para dejar la carrera, trabajó para él en lo civil, administrando los aserraderos de la familia Trujillo en Restauración. Apretó los dientes, asqueado: nunca había podido dejar de trabajar para el Jefe. Como militar o como civil, hacía veintitantos años que contribuía a la fortuna y el poderío del Benefactor y Padre de la Patria Nueva. Era el gran fracaso de su vida. Nunca supo librarse de las trampas que Trujillo le tendió. Odiándolo con todas sus fuerzas, había seguido sirviéndolo, aun después de la muerte de Tavito. Por eso, el insulto del Turco: «Yo no vendería a mi hermano por cuatro cheles». Él no había vendido a Tavito. Disimuló, tragándose la bilis. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarse matar por los caliés de Johnny Abbes, para morir con la conciencia tranquila? No era una conciencia tranquila lo que Antonio quería. Sino vengarse y vengar a Tavito. Para conseguirlo, tragó toda la mierda del mundo estos cuatro años, hasta el extremo de oírle decir a uno de sus amigos más queridos esa frase que, estaba seguro, muchísimas personas repetían a sus espaldas.
Él no había vendido a Tavito. Ese hermano menor era un entrañable amigo. Con su ingenuidad, con su inocencia de muchachón, Tavito, a diferencia de Antonio, sí fue un trujillista convencido, uno de ésos que pensaba en el jefe como en un ser superior. Discutieron muchas veces, porque a Antonio le irritaba que su hermano menor repitiera, como un estribillo, que Trujillo era un don del cielo para la República. Bueno, verdad, a Tavito el Generalísimo le hizo favores. Gracias a una orden suya fue admitido en la Aviación y aprendió a volar -su sueño desde niño-, y, luego, lo contrataron como piloto de Dominicana de Aviación, lo que le permitía viajar con frecuencia a Miami, algo que a su hermano menor le encantaba, pues allí se tiraba rubias. Antes, Tavito estuvo en Londres, de agregado militar. Allí, en una pelea de tragos, mató de un balazo al cónsul dominicano, Luis Bernardino. Trujillo lo salvó de la cárcel, reclamando para él la inmunidad diplomática y ordenando al tribunal de Ciudad Trujillo que lo juzgó que lo absolviera. Sí, Tavito tenía sus razones para sentirse agradecido a Trujillo y, como se lo dijo a Antonio, estar «dispuesto a dar mi vida por el jefe y a hacer cualquier cosa que me ordene». Frase profética, coño.
«Sí, diste la vida por él», pensó Antonio, chupando el cigarrillo. Aquel asunto en que Tavito se vio implicado en 1956, a él desde el primer momento le olió mal. Su hermano vino a contárselo, porque Tavito le contaba todo. Incluso esto, que tenía el aire de una de esas operaciones turbias de que estaba repleta la historia dominicana desde la subida de Trujillo al poder. Pero, el comemierda de Tavito, en vez de inquietarse, de parar las orejas, de asustarse con la misión que le encomendaron -recoger en Montecristi, en un pequeño Cessna sin matrícula, a un individuo embozado y dopado, que desembarcaron de un avión venido de Estados Unidos, y llevarlo a la Hacienda Fundación, en San Cristóbal-, tomó aquello encantado, como signo de la confianza que le tenía el Generalísimo. Ni siquiera cuando la prensa de Estados Unidos se conmocionó y la Casa Blanca comenzó a presionar para que el gobierno dominicano facilitara la investigación sobre el secuestro, en New York, del profesor vasco español Jesús de Galíndez, Tavito mostró la menor preocupación.
–Esto de Galíndez parece muy serio -lo previno Antonio-. Él fue el tipo que llevaste de Montecristi a la hacienda de Trujillo, quién otro iba a ser. Lo secuestraron en New York y lo trajeron aquí. Cállate la boca. Olvídate de todo. Te juegas la vida, hermano.
Ahora, Antonio de la Maza ya tenía una idea de lo que debió de ocurrir con jesús de Galíndez, uno de los republicanos españoles a los que, en una de esas contradictorias operaciones políticas que eran su especialidad, Trujillo dio asilo en la República Dominicana, al terminar la guerra civil. No conoció a ese profesor, pero muchos amigos suyos sí, y por ellos supo que había trabajado para el gobierno, en la Secretaría de Estado de Trabajo y en la Escuela Diplomática, adscrita a Relaciones Exteriores. En 1946 dejó Ciudad Trujillo, se instaló en New York y desde allí empezó a ayudar al exilio dominicano, y a escribir contra el régimen de Trujillo, que él conocía de adentro.
En marzo de 1956, jesús de Galíndez, que se había nacionalizado norteamericano, desapareció, después de ser visto, por última vez, saliendo de una estación del metro en Broadway, en el corazón de Manhattan. Hacía unas semanas, se anunciaba la publicación de un libro suyo sobre Trujillo, que había presentado en la Columbia University, donde ya enseñaba, como tesis doctoral. La desaparición de un oscuro exiliado español, en una ciudad y un país donde desaparecía tanta gente, hubiera pasado desapercibida, y nadie hubiera hecho caso del alboroto que armaron con motivo de la desaparición los exiliados dominicanos, si Galíndez no hubiera sido ciudadano norteamericano, y, sobre todo, colaborador de la CIA, según se reveló al estallar el escándalo. La poderosa maquinaria de periodistas, congresistas, cabilderos, abogados y empresarios que Trujillo tenía en Estados Unidos no pudo contener la batahola que armó la prensa, empezando por The New York Times, y muchos congresistas, ante la posibilidad de que un dictadorzuelo caribeño se hubiera permitido secuestrar y asesinar a un ciudadano norteamericano en territorio de Estados Unidos.
En las semanas y meses siguientes a la desaparición de Galíndez -el cadáver jamás fue hallado- la investigación de la prensa y la del FBI reveló inequívocamente la responsabilidad total del régimen. Poco antes del suceso, el general Espaillat, Navajita, jefe del Servicio de Inteligencia, había sido nombrado cónsul dominicano en New York. El FBI identificó comprometedoras averiguaciones en torno a Galíndez de Minerva Bernardino, diplomática dominicana ante la ONU y mujer de plena confianza de Trujillo. Más grave aún, el FBI identificó un pequeño avión, de matrícula falsificada, que, conducido por un piloto que carecía del marbete correspondiente, despegó ilegalmente de un pequeño aeropuerto, en Long Island, rumbo a Florida, la noche del secuestro. El piloto se llamaba Murphy y se encontrab a, desde esa fecha, en la República Dominicana, trabajando en Dominicana de Aviación. Murphy y Tavito volaban juntos y se habían hecho muy amigos.
De todo esto se fue enterando Antonio a trozos, pues la censura no permitía que los diarios y radios dominicanos dijeran nada sobre el tema, por emisoras de Puerto Rico, Venezuela o La Voz de América, que se podían captar en onda corta, o por los ejemplares del Miami Herald y The New York Times que se filtraban en el país en bolsos y uniformes de pilotos y azafatas.
Cuando, siete meses después de la desaparición de Galíndez, el nombre de Murphy saltó a la prensa internacional como el piloto del avión que sacó a un Galíndez anestesiado de los Estados Unidos y lo trajo a la República Dominicana, Antonio, que conocía a Murphy por Tavito -habían comido juntos, los tres, una paella rociada de vino de La Rioja en la Casa de España, en la calle de Padre Billini-, saltó a su camioneta, allá en Tiroli, junto a la frontera haitiana, y, el acelerador a fondo, sintiendo que el cerebro le reventaba de conjeturas pesimistas, se vino a Ciudad Trujillo. Encontró a Tavito muy tranquilo, en su casa, jugando una partida de bridge con Altagracia, su mujer. Para no preocupar a su cuñada, Antonio se lo llevó al ruidoso Típico Najayo, donde, gracias a la música del Combo de Ramón Gallardo y su cantante Rafael Martínez, se podía hablar sin que oyeran la conversación oídos indiscretos. Allí, luego de pedir un plato de chivo guisado y dos botellas de cerveza Presidente, Antonio, sin más preámbulos, aconsejó a Tavito que pidiera asilo en una embajada. Su hermano menor se echó a reír: qué tontería. Ni siquiera sabía que el nombre de Murphy estaba en toda la prensa norteamericana. No se alarmó. Su confianza en Trujillo era tan portentosa como su ingenuidad.
–Tengo que advertírselo al gringuito -le oyó decir Antonio, pasmado-. Está vendiendo sus cosas, ha decidido regresar a Estados Unidos, a casarse. Tiene una novia en Oregón. Ir allá ahora, sería meter la cabeza en la boca del lobo. Aquí no le pasará nada. Aquí manda el jefe, hermano.
Antonio no lo dejó bromear. Sin levantar la voz, para no llamar la atención a las mesas vecinas, con ira sorda por tanta candidez, trató de hacérselo entender:
–¿No te das cuenta, pendejo? Esto es grave. El secuestro de Galíndez ha puesto a Trujillo en una situación muy delicada con los yanquis. Todos los que participaron en el secuestro tienen la vida en un hilo. Murphy y tú son unos testigos peligrosísimos. Y tú, acaso, más que Murphy. Porque tú llevaste a Galíndez a la Hacienda Fundación, a la casa del propio Trujillo. ¿Dónde tienes la cabeza?
–YO no llevé a Galíndez -se empecinó su hermano, entrechocando su vaso con el suyo-. Yo llevé a un tipo que no sabía quién era, un borracho perdido. No sé nada. ¿Por qué no confiaría en el Jefe? ¿No confió él en mí, para una misión tan importante?
Cuando se despidieron aquella noche, en la puerta de la casa de Tavito, éste, por fin, ante la insistencia de su hermano mayor, dijo que, bueno, daría vueltas a su sugerencia. Y que no se preocupara: guardaría la boca bien cerrada.
Fue la última vez que Antonio lo vio con vida. Tres días después de aquella conversación, desapareció Murphy. Cuando Antonio volvió a Ciudad Trujillo, Tavito había sido detenido. Estaba incomunicado en La Victoria. Fue en persona a pedir una audiencia al Generalísimo, pero éste no lo recibió. Quiso hablar con el coronel Cobián Parra, jefe del SIM, pero se había vuelto invisible, y, poco después, un soldado lo mató en su despacho por orden de Trujillo. En las cuarenta y ocho horas siguientes, Antonio llamó o visitó a todos los dirigentes y altos funcionarios del r’égimen que conocía, desde el presidente del Senado, Agustín Cabral, hasta el presidente del Partido Dominicano, Alvarez Pina.
En todos encontró la misma expresión inquieta, todos le dijeron que lo mejor que podía hacer, por su propia seguridad y la de los suyos, era dejar de llamar y buscar a gente que no podía ayudarlo y a la que ponía también en peligro. «Era darse cabezazos contra la pared», le dijo después Antonio al general Juan Tomás Díaz. Si Trujillo lo hubiera recibido, le hubiera rogado, se hubiera puesto de rodillas, cualquier cosa para salvar a Tavito.
Poco después, un amanecer, un coche del SIM con caliés armados de metralletas y vestidos de civil, paró en la puerta de la casa de Tavito de la Maza. Sacaron el cadáver de éste y sin miramientos lo arrojaron en el jardincillo de la entrada, entre las trinitarias. Y a Altagracia, que salió a la puerta en camisón de dormir y que miraba aquello despavorida, le gritaron, ya yéndose:
–Su marido se ahorcó en la cárcel. Se lo trajimos para que lo entierre como Dios manda.
«Pero, ni siquiera eso fue lo peor», pensó Antonio. No, ver el cadáver de Tavito, esa cuerda de su supuesto suicidio todavía en el cuello y ese cuerpo aventado como un perro en el umbral de su casa por un grupo de esos rufianes patentados que eran los caliés del SIM, no fue lo peor. Antonio se lo había repetido decenas, centenas de veces, estos cuatro años y medio, mientras dedicaba sus días y sus noches Y todos los restos de lucidez e inteligencia que le quedaban, a planear la venganza que esta noche -Dios sea bendito- se iba a concretar. Lo peor había sido la segunda muerte de Tavito, días después de la primera, cuando, utilizando toda la maquinaria informativa y publicitaria, El Caribe y La Nación, la televisión y radio La Voz Dominicana, las radios La Voz del Trópico, Radio Caribe, y una docena de periodiquitos y emisoras regionales, el régimen, en una de sus más truculentas mascaradas, divulgó una supuesta carta manuscrita de Octavio de la Maza, explicando su suicidio. ¡El remordimiento por haber asesinado con sus manos al piloto Murphy, su amigo y compañero en Dominicana de Aviación! No contento con mandarlo matar, el Chivo, para borrar las pistas de la historia de Galíndez, tuvo el refinamiento macabro de hacer de Tavito un asesino. Así se libraba de los dos molestos testigos. Y, para que todo fuera más abyecto, la carta ológrafa de Tavito explicaba por qué mató a Murphy: la mariconería. Éste habría acosado de tal modo a su hermano menor, de quien se había enamorado, que Tavito, reaccionando con la energía de un buen macho, lavó su honor dando muerte al degenerado y disimuló su crimen con la coartada de un accidente.
Tuvo que inclinarse en el asiento del Chevrolet, apretando contra su estómago el fusil recortado, disimulando la contracción que acababa de sentir. Su mujer le insistía que fuera al médico, pues esas molestias podían ser una úlcera o algo más grave, pero él se resistía. No necesitaba médicos para saber que su organismo se había deteriorado estos últimos años, como reflejo de la amargura de su espíritu. Desde lo ocurrido a Tavito, perdió toda ilusión, todo entusiasmo, todo amor por esta vida o la otra. Sólo la idea de la venganza lo mantenía activo; sólo vivía para cumplir el juramento que hizo en voz alta, descomponiendo de miedo a los vecinos de Moca que acudieron a acompañar a los De la Maza -padres, hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas, sobrinos, hijos, nietos, tías y tíos- durante el velorio:
–¡Por Dios santo que mataré con mis manos al hijo de puta que hizo esto!
Todos sabían que se refería al Benefactor, al Padre de la Patria Nueva, al Generalísimo doctor Rafael L. Trujillo Molina, cuya corona fúnebre de flores frescas y fragantes era la más vistosa de la cámara mortuoria. La familia De la Maza no se atrevió a rechazarla ni a retirarla de aquel sitio, tan visible que todos quienes vinieron a santiguarse y rezar una oración junto al catafalco, supieron que el jefe se condolía por la trágica muerte de ese aviador, «uno de los más fieles, leales y animosos de mis seguidores», según la esquela de pésame.
Al día siguiente del entierro, dos ayudantes militares de Palacio bajaron de un Cadillac con placa oficial en la casa de los De la Maza, en Moca. Venían en busca de Antonio.
–¿Estoy detenido?
–De ningún modo -se apresuró a explicarle el teniente primero Roberto Figueroa Carrión-. Su Excelencia desea verlo.
Antonio no se tomó el trabajo de meterse una pistola al bolsillo. Supuso que, antes de entrar al Palacio Nacional, si es que lo llevaban allí y no a La Victoria o La Cuarenta, o no tenían orden de echarlo en algún precipicio del camino, lo desarmarían. No le importó. Él sabía lo fuerte que era y, también, que su fortaleza redoblada por el odio bastaría para acogotar al tirano, como había jurado la víspera. Rumió esa decisión, resuelto a ponerla en práctica, a sabiendas de que lo matarían antes de que pudiera intentar la fuga. Pagaría ese precio, con tal de acabar con el déspota que había arruinado su vida y la de su familia.
Al bajar del auto oficial, los ayudantes lo escoltaron hasta el despacho del Benefactor, sin que nadie lo registrara. Los oficiales debían tener instrucciones precisas; apenas la inconfundible vocecita chillona respondió «Adelante», el teniente primero Roberto Figueroa Carrión y su campanero se apartaron, dejándolo entrar solo. El despacho se hallaba en semipenumbra, debido a los postigos medio cerrados de la ventana que daba al jardín. El Generalísimo, en su escritorio, lucía un uniforme que Antonio no recordaba: guerrera blanca y larga, de faldones, con abotonadura de oro y grandes charreteras de dorados flecos sobre la pechera, de la cual pendía un multicolor abanico de medallas y condecoraciones. Llevaba un pantalón azul claro, de franela, con’una raya blanca perpendicular. Se dispondría a asistir a alguna ceremonia militar. La luz de la lamparilla iluminaba la cara ancha, cuidadosamente rasurada, los cabellos grises bien asentados y el bigotito mosca, imitado de Hitler (a quien, le había oído decir alguna vez Antonio, el jefe admiraba «no por sus ideas, sino por su manera de llevar el uniforme y presidir los desfiles»). Aquella mirada fija, directa, clavó a Antonio en el sitio apenas cruzó el umbral. Trujillo se dirigió a él después de observarlo un buen rato:
–Ya sé que crees que a Octavio lo mandé matar y que lo de su suicidio es una farsa, montada por el Servicio de Inteligencia. Te he hecho venir para decirte personalmente que te equivocas. Octavio era hombre del régimen. Siempre fue leal, un trujillista. Acabo de nombrar una comisión, presidida por el procurador general de la República, licenciado Francisco Elpidio Beras. Con poderes amplísimos para interrogar a todo el mundo, militares y civiles. Si lo de su suicidio es mentira, los culpables lo pagarán.
Le hablaba sin animosidad y sin inflexiones, mirándolo a los ojos de la manera directa y perentoria con que hablaba siempre a subordinados, amigos y enemigos. Antonio permanecía inmóvil, más decidido que nunca a saltar sobre el farsante y apretarle el pescuezo, sin darle tiempo a pedir ayuda. Como para facilitarle la tarea, Trujillo se puso de pie y avanzó hacia él, a pasos lentos, solemnes. Sus zapatos negros brillaban más todavía que las enceradas maderas del despacho.
–También autoricé al FBI a venir a investigar aquí la muerte de ese tal Murphy -añadió, con el mismo tonito agudo-. Es una violación de nuestra soberanía, por supuesto. ¿Permitirían los gringos que nuestra policía fuera a investigar el asesinato de un dominicano en New York, Washington o Miami? Que vengan. Que el mundo sepa que no tenemos nada que ocultar.
Estaba a un metro de distancia. Antonio no podía resistir la mirada quieta de Trujillo y pestañeaba sin cesar.
–A mí no me tiembla la mano cuando tengo que matar -añadió, después de una pausa-.
Gobernar exige, a veces, mancharse de sangre. Por este país, he tenido que hacerlo muchas veces. Pero, soy un hombre de honor. A los leales, les hago justicia, no los mando matar. Octavio era leal, hombre del régimen, un trujillista probado. Por eso, me jugué para que no fuera a la cárcel cuando se le fue la mano en Londres y mató a Luis Bernardino. La muerte de Octavio será investigada. Tú y tu familia pueden participar en los trabajos de la comisión.
Dio media vuelta y de la misma manera calmosa regresó a su escritorio. ¿Por qué no saltó sobre él cuando lo tuvo tan cerca? Se lo preguntaba todavía, cuatro años y medio después. No porque creyera una palabra de lo que decía. Aquello era parte de la farsa a la que Trujillo era tan propenso y que la dictadura superponía a sus crímenes, como un suplementario sarcasmo a los hechos luctuosos sobre los que se levantaba. ¿Por qué, entonces? No por miedo a morir, porque, entre todos los defectos que se reconocía, nunca figuró el miedo a la muerte. Desde que era un alzado y con una pequeña tropa de horacistas combatió a tiros al dictador, se había jugado la vida muchas veces. Era algo más sutil e indefinible que el miedo: esa parálisis, el adormecimiento de la voluntad, del raciocinio y del libre albedrío que aquel personajillo acicalado hasta el ridículo, de vocecilla aflautada y ojos de hipnotizador, ejercía sobre los dominicanos pobres o ricos, cultos o incultos, amigos o enemigos, lo que lo tuvo allí, mudo, pasivo, escuchando aquellos embustes, espectador solitario de esa patraña, incapaz de convertir en acción su voluntad de saltar sobre él y acabar con el aquelarre en que se había convertido la historia del país.
–Además, como prueba de que el régimen considera a los De la Maza una familia leal, esta mañana se te ha otorgado la concesión del tramo por construir de la carretera
Santiago-Puerto Plata.
Hizo otra pausa y, mojándose los labios con una puntita de lengua, concluyó con una frase que decía también que la entrevista había terminado:
–Así podrás ayudar a la viuda de Octavio. La pobre Altagracia estará pasando dificultades. Dale un abrazo de mi parte, y otro a tus padres.
Antonio salió del Palacio Nacional más aturdido que si hubiera bebido toda una noche. ¿Era él? ¿Escuchó con sus propias orejas lo que dijo aquel hijo de puta? ¿Aceptó las explicaciones de Trujillo e, incluso, un negocio, un plato de lentejas que le permitiría embolsillarse unos miles de pesos, para tragarse su amargura y volverse un cómplice -sí, un cómplice- del asesinato de Tavito? ¿Por qué no osó ni siquiera increparlo, decirle que sabía muy bien que aquel cadáver arrojado en la puerta de su cuñada había sido asesinado por orden suya, como Murphy antes, y que él había diseñado también, con su mente melodramática, la mascarada de la mariconería del piloto gringo y los rernordimientos de Tavito, por haberlo matado?
En lugar de regresar a Moca, aquella mañana, Antonio, sin saber cómo, fue a parar a un cabaret de mala muerte, El Bombillo Rojo, en la esquina Vicente Noble con Barahona, cuyo dueño, el Loco Frías, organizaba concursos de baile. Bebió incontables tragos de ron, ensimismado, oyendo, a lo lejos, merengues de sabor cibaeño (San Antonio, 1 alma, Juanita Morel, el Jarro pichao y otros) y, en un momento dado, sin explicación alguna, trató de golpear al maraquero de la orquestita que animaba el local. La borrachera le nubló el blanco, puñeteó el aire y cayó al suelo, del que no pudo levantarse.
Cuando llegó a Moca, un día después, demacrado y con las ropas en ruina, en la casa familiar lo esperaban su padre, don Vicente, su hermano Ernesto, su madre y Aída, su esposa, con aire espantado. Fue su mujer la que habló, vibrando:
–Por todas partes se dice que Trujillo te ha tapado la boca, dándote la carretera de Santiago a Puerto Plata. No sé cuántas personas han llamado.
Antonio recordaba su sorpresa al oír a Aída increparlo, delante de sus padres y Ernesto. Ella era la esposa dominicana modelo, callada, servicial, sufrida, que aguantaba sus borracheras, las aventuras con mujeres, las pendencias, las noches pasadas fuera del hogar, y que lo recibía siempre con buena cara, levantándole el ánimo, apresurándose a creerle las excusas cuando él se dignaba dárselas, y buscando en la misa de cada domingo, las novenas, las confesiones y los rezos el consuelo para las contrariedades de que estaba amasada su vida.
–No podía hacerme matar por un mero gesto -dijo, dejándose caer en la vieja mecedora donde don Vicente daba sus cabeceadas a la hora de la siesta-. Fingí que creía sus explicaciones, que me dejaba comprar.
Hablaba sintiendo un cansancio de siglos, con las miradas de su mujer, de Ernesto y de sus padres abrasándole la conciencia.
–¿Qué otra cosa podía hacer? No pienses mal, papá. He jurado vengar a Tavito. Lo voy a hacer, mamá. No tendrás que avergonzarte nunca más de mi, Aída. Te lo juro. Se lo juró, de nuevo.
En cualquier momento, aquel juramento se iba a cumplir. Dentro de diez minutos, de uno, el Chevrolet en el que el viejo zorro iba cada semana a la Casa de Caoba en San Cristóbal aparecería y, de acuerdo al plan cuidadosamente esbozado, el asesino de Galíndez, de Murphy, de Tavito, de las Mirabal, de miles de dominicanos, caería acribillado por las balas de otra de sus víctimas, Antonio de la Maza, a quien Trujillo había matado también, de manera más demorada y perversa que a los que liquidó a tiros, golpes o echándolos a los tiburones. A él lo mató por partes, quitándole la decencia, el honor, el respeto por sí mismo, la alegría de vivir, las esperanzas, los deseos, dejándolo convertido en un pellejo y unos huesos atormentados por esa mala conciencia que lo destruía a poquitos desde hacía tantos años.
–VOY a estirar las piernas -oyó decir a Salvador Estrella Sadhalá-. Se me han acalambrado con la sentada.
Vio salir al Turco del automóvil y dar unos pasos, al filo de la carretera. ¿Estaba Salvador tan angustiado como él? Sin duda. Y Tony Imbert y Amadito, también. Y lo mismo, allá adelante, Roberto Pastoriza, Huáscar Tejeda y Pedro Livio Cedeño. Roídos por la zozobra de que algo, alguien, impidiera al Chivo venir a esta cita. Pero, era con él que Trujillo tenía viejas cuentas. A ninguno de sus seis compañeros, ni a las decenas de otros, que, como Juan Tomás Díaz, estaban en esta conspiración, había hecho tanto daño como a Antonio. Echó una mirada por la ventanilla: el Turco se sacudía las piernas con movimientos enérgicos. Alcanzó a divisar que Salvador tenía el revólver en la mano. Lo vio regresar al auto y ocupar su sitio en el asiento de atrás, junto a Amadito.
–Bueno, si no viene, nos iremos al Pony, a tomarnos una cerveza heladita -lo oyó decir, apenado.
Después de aquella pelea, él y Salvador habían estado meses sin verse. Coincidieron en reuniones sociales, pero no se saludaron. Aquella ruptura agravó el tormento interior en que vivía. Cuando la conspiración estuvo muy avanzada, Antonio tuvo que presentarse en la Mahatma Gandhi 21 y entrar directamente a la sala donde se hallaba Salvador.
–Es inútil que dispersemos esfuerzos -le dijo, a modo de saludo-. Tus planes para matar al Chivo son niñerías. Tú e Imbert deben unirse a nosotros. Lo nuestro está avanzado y no puede fallar.
Salvador lo miró a los ojos, sin decir nada. No hizo ningún ademán hostil ni lo echó de la casa.
–Tengo el apoyo de los gringos -le explicó Antonio, bajando la voz-. Llevo dos meses tratando los detalles con la embajada. Juan Tomás Díaz ha hablado también con gente del cónsul Dearborn. Nos darán armas y explosivos. Tenemos comprometidos a jefes militares. Tú y Tony deben unirse a nosotros.
–Somos tres -dijo, por fin, el Turco-. Amadito García Guerrero forma parte del grupo, desde hace unos días.
Fue una reconciliación muy relativa. No habían vuelto a tener una discusión seria estos meses, mientras el plan para matar a Trujillo se hacía, deshacía, rehacía y tomaba cada mes, cada semana, cada día, formas y fechas diferentes, por las vacilaciones de los yanquis. El avión de armas prometido al principio por la embajada se redujo, al final, a los tres fusiles que le entregó, no hacía mucho, su amigo Lorenzo Berry, el dueño del supermercado Wimpy’s, que, para su asombro, resultó ser el hombre de la CIA en Ciudad Trujillo. Pese a esos encuentros cordiales, cuyo único tema era el plan en perpetua transformación, no volvió a haber, entre ellos, la fraterna comunicación de antaño, las bromas, las confidencias, esa urdimbre de intimidades compartidas que -Antonio lo sabía- existía en cambio entre el Turco, Imbert y Amadito, algo de lo que él había sido excluido desde la pelea. Otra miseria más por la que tomar cuentas al Chivo: haber perdido aquel amigo para siempre.
Sus tres compañeros de auto, y los otros tres, apostados más adelante, eran tal vez los que menos sabían de la conspiración. Era posible que tuvieran sospechas de otros cómplices, pero, si algo fallaba, y caían en manos de Johnny Abbes García, y los caliés los llevaban a La Cuarenta y los sometían a las torturas consabidas, ni el Turco, ni Imbert, ni Amadito, ni Huáscar, ni Pastoriza, ni Pedro Livio podrían implicar a mucha gente. Al general Juan Tomás Díaz, a Luis Amiama Tió y a dos o tres más. No sabían casi nada de los otros, entre los que se hallaban las figuras más altas del gobierno, Pupo Rornán, por ejemplo -jefe de las Fuerzas Armadas, segundo hombre del régimen-, ni de la miríada de ministros, senadores, funcionarios civiles y jerarcas militares, informados de los planes, que habían participado en su preparación, o los habían conocido indirectamente y hecho saber o dejado entender o adivinar a intermediarios (era el caso del propio Balaguer, teórico Presidente de la República) que, una vez eliminado el Chivo, estarían dispuestos a colaborar en la reconstrucción política, la liquidación de toda la hez sobrante del trujillismo, la apertura, la junta cívico-militar que, con el apoyo de Estados Unidos, garantizara el orden, cerrara el paso a los comunistas, llamara a elecciones. ¿Sería por fin la República Dominicana un país normal, con un gobierno elegido, prensa libre, una justicia digna de ese nombre? Antonio suspiró. Había trabajado tanto por eso y no conseguía creerlo. En verdad, él era el único que conocía como su palma de la mano toda esa telaraña de nombres y complicidades. Muchas veces, mientras se sucedían las desesperantes conversaciones secretas, y todo lo hecho se desmoronaba y había que volver a levantarlo desde la nada, se había sentido exactamente eso: una araña en el corazón de un laberinto de hebras tendidas por él mismo, que aprisionaban a una muchedumbre de personajes que se desconocían entre si. Era el único que conocía a todos. Sólo él sabía el grado de compromiso que había adquirido cada cual. ¡Y eran tantos! Ni él mismo podía recordar cuántos, ahora. Era un milagro que, siendo este país lo que era, siendo los dominicanos como eran, no hubiera habido una delación que desbaratara la trama. Tal vez Dios estaba con ellos, como creía Salvador. Habían funcionado las precauciones, el que todos los demás supieran muy poco, salvo el objetivo último, pero ignoraran el modo, la circunstancia, el momento. No más de tres o cuatro personas sabían que ellos siete estaban aquí, esta noche, ni qué manos ajusticiarían al Chivo.
Lo abrumaba a veces la idea de ser el único que, si Johnny Abbes lo detenía, podía identificar a todos los comprometidos. Estaba decidido a no dejarse capturar vivo, a reservar el último tiro para disparárselo. Y, había tomado también la precaución de disimular en el tacón hueco de su zapato un veneno a base de cianuro, que le preparó un boticario de Moca, creyendo que era para acabar con un perro cimarrón que hacía estragos en los gallineros de la hacienda. No lo agarrarían vivo, no le daría a Johnny Abbes el placer de verlo retorcerse en la silla eléctrica. Muerto Trujillo, sería una verdadera felicidad acabar con el jefe del SIM. Sobrarían voluntarios. Lo probable era que, enterado de la muerte del Jefe, desapareciera. Habría tomado todas las precauciones; tenía que saber cuánto lo odiaban, cuántos querían vengarse. No sólo opositores; ministros, senadores, militares lo decían abiertamente.
Antonio encendió un nuevo cigarrillo y fumó, mordiendo el cabo con fuerza para desahogar la ansiedad. Se había interrumpido el tráfico por completo; hacía buen rato que no pasaba un camión ni un auto en ninguna de las dos direcciones.
En realidad, se dijo, echando humo por la boca y la nariz, le importaba una mierda lo que pasara después. Lo esencial era lo de ahora. Verlo muerto para saber que su vida no había sido inútil, que no había pasado por esta tierra como un ser despreciable.
–Ese cabrón no viene nunca, coño -exclamó furioso, a su lado, Tony Imbert.
VII
A la tercera vez que Urania insiste con el bocado, el inválido abre la boca. Cuando la enfermera vuelve con el vaso de agua, el señor Cabral, relajado y como distraído, acepta dócilmente los bocaditos de papilla que le da su hija y bebe a sorbitos medio vaso de agua. Unas gotitas se le escurren por las comisuras hasta el mentón. La enfermera lo seca con cuidado.
–Muy bien, muy bien, se comió su fruta como niño bueno -lo felicita-. Está contento con la sorpresa que le dio su hija ¿verdad, señor Cabral?
El inválido no se digna mirarla.
–¿Se acuerda usted de Trujillo? -le pregunta Urania, a boca de jarro.
La mujer la mira desconcertada. Es ancha de caderas, agestada, de ojos saltones. Tiene el pelo de un rubio oxidado cuyas raíces oscuras delatan el tinte. Reacciona, por fin:
–Qué me voy a acordar, yo tenía cuatro o cinco añitos cuando lo mataron. No me acuerdo de nada, sólo lo que oí en mi casa. Su papá fue muy importante en esa época, ya lo sé.
Urania asiente.
–Senador, ministro, todo -murmura-. Pero, al final, cayó en desgracia.
El anciano la mira, alarmado.
–Bueno, bueno -trata de hacerse simpática la enfermera-. Sería un dictador y lo que digan, pero parece que no se cometían tantos crímenes. ¿No es cierto, señorita?
–Si mi padre puede entenderla, estará feliz oyéndola.
–Claro que me entiende -dice la enfermera, ya en la puerta-. ¿Verdad, señor Cabral? Su papá y yo tenemos largas conversaciones. Bueno, me llama si me necesita.
Sale, cerrando la puerta.
Tal vez era verdad que, debido a los desastrosos gobiernos posteriores, muchos dominicanos añoraban ahora a Trujillo. Habían olvidado los abusos, los asesinatos, la corrupción, el espionaje, el aislamiento, el miedo: vuelto mito el horror. «Todos tenían trabajo y no se cometían tantos crímenes.»
–Se cometían, papá -busca los ojos del inválido, quien se pone a pestañear-. No entrarían tantos ladrones a las casas, ni habría tantos asaltantes en las calles arrancando carteras, relojes y collares a los transeúntes. Pero, se mataba, se golpeaba, se torturaba y se desaparecía. incluso, a la gente más allegada al régimen. Por ejemplo, el hijito, el bello Ramfis, cuántos abusos cometió. ¡Cómo temblabas de que me fuera a echar el ojo!
Su padre no sabía, porque Urania nunca se lo dijo, que ella y sus compañeras del Colegio Santo Domingo, y tal vez todas las muchachas de su generación, soñaban con Ramfis. Con su bigotito recortado de galán de película mexicana, sus anteojos Ray-Ban, sus ternos entallados y sus variados uniformes de jefe de la Aviación Dominicana, sus grandes ojos oscuros, su atlética silueta, sus relojes y anillos de oro puro y sus Mercedes Benz, parecía el favorito de los dioses: rico, poderoso, apuesto, sano, fuerte, feliz. Lo recuerdas muy bien: cuando las sisters no podían verlas ni oírlas, tú y tus compañeras se mostraban sus colecciones de fotos de Ramfis Trujillo, de civil, de uniforme, en ropa de baño, de corbata, de sport, de etiqueta, en traje de montar, dirigiendo el equipo de polo dominicano o sentado al mando de su avión. Se inventaban haberlo visto, hablado con él en el club, en la feria, en la fiesta, en el desfile, en la kermesse, y, cuando ya se atrevían a decir estas cosas -ruborizadas, asustadas, sabiendo que era pecar de palabra y pensamiento y que tendrían que confesarlo al capellán- se secreteaban, qué lindo, qué hermoso, ser amadas, besadas, abrazadas, acariciadas por Ramfis Trujillo.
–No te imaginas cuántas veces me soñé con él, papá.
Su padre no se ríe. Ha vuelto a dar un brinquillo y abierto mucho los ojos al oír el nombre del hijo mayor de Trujillo. El preferido y, por eso mismo, su peor decepción. El Padre de la Patria Nueva hubiera querido que su primogénito -«¿Era hijo suyo, papá?»- tuviera su apetito de poder y fuera tan enérgico y ejecutivo como él. Pero Ramfis no le había heredado ninguna de sus virtudes ni defectos, salvo, quizás, el frenesí fornicatorio, la necesidad de tumbar mujeres en la cama para convencerse de su virilidad. Carecía de ambición política, de toda ambición, y era indolente, propenso a las depresiones, a la introversión, neurótico, asediado por complejos, angustias y retorcimientos, con una conducta zigzagueante de explosiones histéricas y largos períodos de abulia que ahogaba en drogas y alcohol.
–¿Sabes lo que dicen los biógrafos del jefe, papá? Que se volvió así cuando supo que, al nacer él, su madre no estaba aún casada con Trujillo. Que comenzó a tener depresiones al enterarse de que su verdadero padre era el doctor Dominici, o ese cubano al que Trujillo mandó matar, el primer amante de doña María Martínez, cuando ésta no soñaba en ser la Prestante Dama y era una mujercita de medio Pelo y dudoso vivir, apodada la Españolita. ¿Te estás riendo? ¡No me lo creo!
Es posible que se esté riendo. También, que sea un mero aflojamiento de sus músculos faciales. En todo caso, no es la cara de alguien que se divierte; más bien, la de quien acaba de bostezar o aullar y ha quedado desmandibulado, los ojos entornados, las narices dilatadas y las fauces abiertas, mostrando un hueco oscuro, desdentado.
–¿Quieres que llame a la enfermera?
El inválido cierra la boca, distiende el rostro y recupera la expresión atenta y alarmada. Permanece encogido, quieto, esperando. A Urania la distrae una súbita chillería de cotorras, que alborota la habitación. Cesa tan pronto como empezó. Hay un sol espléndido; alancea techos y cristales y empieza a calentar el cuarto.
–¿Sabes una cosa? Con todo el odio que le tuve, que le sigo teniendo a tu jefe, a su familia, a todo lo que huela a Trujillo, la verdad, cuando pienso en Ramfis, o leo sobre el, no puedo dejar de sentir pena, compasión.
Había sido un monstruo, como toda esa familia de monstruos. ¿Qué otra cosa hubiera podido ser, siendo hijo de quien era, criado y educado como lo fue? ¿Qué otra cosa hubiera podido ser el hijo de Heliogábalo, el de Calígula, el de Nerón? ¿Qué otra cosa podía ser un niño nombrado a los siete años, por ley -«¿Tú la presentaste en el Congreso o el senador Chirinos, papá?», coronel del Ejército dominicano, y, a los diez, ascendido a general, en una ceremonia pública, a la que debió asistir el cuerpo diplomático y en la que todos los jefes militares le rindieron honores? Urania tiene grabada aquella foto, del álbum que su padre guardaba en una alacena de la sala -¿estará todavía allí?- en la que el atildado senador Agustín Cabral («¿O eras ministro en ese momento, papá?»), de impecable frac, bajo un sol rechinante, doblado en respetuosa venia presenta sus saludos al niño uniformado de general, que de pie sobre un pequeño podio entoldado acaba de pasar revista al desfile militar y recibe, en fila, la felicitación de ministros, parlamentarios y embajadores. Al fondo de la tribuna, los rostros complacidos del Benefactor y la Prestante Dama, la orgullosa mamá.
–¿Qué otra cosa podía ser sino el zángano, el borrachín, el violador, el badulaque, el bandido, el desequilibrado que fue? Nada de eso sabíamos yo y mis amigas del Santo Domingo cuando andábamos enamoradas de Ramfis. Tú sí lo sabrías, papá. Por eso te asustaba que fuera a verme, a antojarse de tu hijita, por eso te pusiste como te pusiste la vez que me hizo un cariño y echó un piropo. ¡Yo no entendí nada!
El inválido pestañea, dos, tres veces.
Porque, a diferencia de sus compañeras cuyos corazoncitos palpitan por Ramfis Trujillo y se inventan que lo han visto y hablado con él, que les ha sonreído y piropeado, a Urania sí le ocurrió. Durante la inauguración del magno acontecimiento que celebra los veinticinco años de la Era de Trujillo: la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, que, desde el 20 de diciembre de 1955, duraría todo el año 1956, y costaría -«Nunca se supo la cifra exacta, papá»- entre veinticinco y setenta millones de dólares, entre la cuarta parte y la mitad del presupuesto nacional. Urania tiene muy vívidas aquellas imágenes, la excitación, la sensación de maravilla que bañó al país entero con aquella feria memorable: Trujillo se festejaba a sí mismo, trayendo a Santo Domingo («A Ciudad Trujillo, perdón, papá») la orquesta de Xavier Cugat, las coristas del Lido de París, las patinadoras norteamericanas del Ice Capades, y construyendo, en los ochocientos mil metros cuadrados del recinto ferias, setenta y un edificios, algunos de mármol, alabastro y ónix, para albergar a las delegaciones de los cuarenta y dos países del Mundo Libre que acudieron, ramillete de personalidades entre las que destacaban el Presidente del Brasil, Juscelino Kubitschek, y la púrpura silueta del cardenal Francis Spellman, arzobispo de New York. Los hechos cumbre de aquella conmemoración fueron el ascenso de Ramfis, por sus brillantes servicios al país, al grado de teniente general, y la entronización de Su Graciosa Majestad Angelita I, Reina de la Feria, que llegó allí en barco, anunciada por las sirenas de toda la Marina y el repiqueteo de campanas de todas las iglesias de la capital, con su corona de piedras preciosas y su delicado vestido de gasa y encaje confeccionado en Roma por dos célebres modistas, las hermanas Fontana, que utilizaron en él cuarenta y cinco metros de armiño ruso, cuya cola tenía tres metros de largo y cuya toga imitaba la que llevó Isabel I de Inglaterra en su coronación. Entre las damitas y los pajes, con un primoroso vestido largo de organdí, guantes de seda y un puñado de rosas en la mano, entre otras niñas y jóvenes selectas de la sociedad dominicana, está Urania. Es el paje más joven de la corte de capullos que escolta a la hija de Trujillo bajo el sol triunfal, entre esa muchedumbre que aplaude al poeta y secretario de Estado de la Presidencia, don Joaquín Balaguer, cuando hace el elogio de Su Majestad Angelita I y pone a los pies de su gracia y belleza al pueblo dominicano. Sintiéndose una mujercita, Urania oye a su padre, vestido de etiqueta, leer un panegírico de los logros en estos veinticinco años, alcanzados gracias a la tenacidad, visión y patriotismo de Trujillo. Es inmensamente feliz. («Nunca volví a serlo tanto como ese día, papá.») Se cree el centro de la atención. Ahora, en el corazón de la feria, se desvela la estatua en bronce de Trujillo, de chaqué y toga académica, en la mano diplomas profesorales. De pronto -broche de oro de aquella mañana mágica- Urania descubre, a su lado, mirándola con sus ojos sedosos, a Ramfis Trujillo, en su uniforme de gran parada.
–¿Y esta chiquilla tan linda quién es? -le sonríe el flamante teniente general. Urania siente unos dedos cálidos, delgados, levantándole el mentón-. ¿Cómo tú te llamas?
–Urania Cabral -balbucea ella, con el corazón desbocado.
«Qué linda eres, y, sobre todo, qué linda vas a ser», se inclina Ramfis, y sus labios besan la mano de la niña que escucha el alboroto, los suspiros, las bromas con que la festejan los otros pajes y damitas de Su Majestad Angelita I. El hijo del Generalísimo se ha marchado. Ella no cabe en sí de gozo. Qué dirán sus amigas cuando sepan que Ramfis, nada menos que Ramfis, la ha llamado linda, le ha cogido la mejilla y besado la mano, como a una mujercita.
–Qué disgusto te dio cuando te lo conté, papá. Qué furia. Tiene gracia ¿verdad?
Aquel enfado de su padre al enterarse de que Ramfis la había tocado, hizo sospechar a Urania por primera vez que, acaso, no todo era tan perfecto en la República Dominicana como decían todos, en especial el senador Cabral.
–Qué tiene de malo que me dijera linda y me hiciera un cariño, papá.
–Todo lo malo del mundo -eleva la voz su padre, asustándola, pues él jamás la amonesta con ese índice apodíctico sobre su cabeza-. ¡Nunca más! óyelo bien, Uranita. Si se te acerca, sal corriendo. No lo saludes, no le hables. Escapa. Es por tu bien.
–Pero, pero… -la niña está hecha un mar de confusión.
Acaban de regresar de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, ella todavía con su primoroso vestido de damita de compañía de Su Majestad Angelita I, Y su padre con el frac con el que ha pronunciado su discurso delante de Trujillo, del Presidente Negro Trujillo y los diplomáticos, ministros, invitados y millares de millares de personas que anegan las avenidas, calles y edificios embanderados de la feria. ¿Por qué se ha puesto así?
–Porque Ramfis, ese muchacho, ese hombre es… malo -su padre hace esfuerzos por no decir todo lo que quisiera-. Con las muchachas, con las niñas. No lo repitas a tus amigas del colegio. A nadie. Te lo digo a ti, porque eres mi hija. Es mi obligación. Debo cuidarte. Por tu bien, Uranita, ¿lo comprendes? Sí, para eso eres inteligente. No dejes que se te acerque, que te hable. Si lo ves, corre donde yo esté. A mi lado, no te hará nada.
No entiendes, Urania. Eres pura como un lirio, sin malicia todavía. Te dices que tu padre está celoso. No quiere que nadie más te haga cariños ni te diga linda, sólo él. Aquella reacción del senador Cabral indica que, para entonces, el apuesto Ramfis, el romántico Ramfis, ha comenzado a hacer aquellas barrabasadas con las niñas, las muchachas y las mujeres que abultarán su fama, una fama que todo dominicano, bien nacido o mal nacido, aspira a alcanzar. Gran Singador, Macho Cabrío, Feroz Fornicador. Te irás enterando a pocos, en las clases y patios del Santo Domingo, el colegio de las niñas bien, de sisters dominicas norteamericanas y canadienses, de uniforme moderno, cuyas alumnas no parecen novicias pues las visten de rosado, azul y blanco, y llevan medias gordas y zapatos de dos tonos (blanco y negro), que les dan un aire deportivo y de su tiempo. Pero, ni siquiera ellas están a salvo, cuando Ramfis sale en sus correrías, solo o con sus amigotes, en busca de hembritas por las calles, los parques, los clubs, las boites o las casas particulares de su gran feudo que es Quisqueya. ¿A cuántas dominicanas sedujo, secuestró, violó, el bello Ramfis? A las criollas no les regala Cadillacs ni abrigos de visón, como a las artistas de Hollywood, después de tirárselas o para tirárselas. Porque, a diferencia de su pródigo padre, el buen mozo Ramfis es, como doña María, un avaro. A las dominicanas se las tira gratis, por el honor de ser tiradas por el príncipe heredero, el capitán del invicto equipo de polo del país, el teniente general, el jefe de la Aviación.
De todo aquello vas sabiendo a través de los secreteos y chismografías, fantasías y exageraciones mezcladas Con realidades, que, a escondidas de las sisters, cambian las alumnas en los recreos, creyendo y no creyendo, atraída y repelida, hasta que, por fin, ocurre aquel terremoto en el colegio, en Ciudad Trujillo, porque la víctima del hijito de su papá es, esta vez, una de las muchachas más bellas de la sociedad dominicana, hija de un coronel del Ejército. La radiante Rosalía Perdomo, de largos cabellos rubios, ojos celestes, piel traslúcida, que hace de Virgen María en las representaciones de la Pasión, derramando lágrimas como una genuina Dolorosa cuando su Hijo expira. Corren muchas versiones sobre lo sucedido. Que Ramfis la conoció en una fiesta, que la vio en el Country Club, en una kermesse, que le echó el ojo en el Hipódromo, la asedió, llamó, escribió y citó, aquella tarde del viernes, luego de la hora de deportes a la que Rosalía se quedaba pues era del equipo de voleibol del colegio. Muchas compañeras la ven, a la salida -Urania no recuerda si la vio, no es imposible-, en vez de tomar la guagua del colegio, subirse al auto de Ramfis, que está a pocos metros de la puerta, esperándola. No va solo. El hijito de su papá nunca va solo, siempre lo acompañan dos o tres amigos que lo festejan, adulan, sirven y medran a su costa. Como su cuñadito, el marido de Angelita, Pechito, otro pimpollo, el coronel Luis José León Estévez. ¿Estará con ellos el hermanito menor? ¿El feíto, el brutito, el desangelado Radhamés? Seguramente. ¿Borrachos ya? ¿O se emborrachan mientras hacen lo que hacen con la dorada, la nívea Rosalía Perdomo? Sin duda, no se esperan que la niña se desangre. Entonces, se portan como caballeros. Antes, la violan. A Ramfis, siendo quien es, le corresponderá desflorar el delicioso manjar. Después, los otros. ¿Por orden de antigüedad o cercanía con el primogénito? ¿Se juegan los turnos a la suerte? ¿Cómo sería, papá? Y, en pleno cargamontón, los sorprende la hemorragia.
En vez de tirarla en una cuneta, en medio del campo, como hubieran hecho si Rosalía no fuera una Perdomo, niña blanca, rubia, rica y de respetada familia trujillista, sino una muchacha sin apellido y sin dinero, actúan con consideración. La llevan hasta la puerta del Hospital Marión, donde, ¿suerte o desgracia para Rosalía?, los médicos la salvan. También propagan la historia. Dicen que el pobre coronel Perdomo nunca se recupera de la impresión de saber que a su hija adorada Ramfis Trujillo y sus amigos la ultrajaran alegremente, entre el almuerzo y la cena, como quien mata su tiempo viendo una película. Su madre no vuelve a pisar la calle, malograda de la vergüenza y el dolor. Ni en misa se los vuelve a ver.
–¿Eso temías, papá? -Urania persigue los ojos del inválido- ¿Que Ramfis y sus amigos me hicieran lo que a Rosalía Perdomo?
«Entiende», piensa, callándose. Su padre tiene los ojos clavados en ella; en el fondo de sus pupilas hay una súplica silenciosa: cállate, deja de escarbar esas llagas, de resucitar esos recuerdos. No tiene la menor intención de hacerlo. ¿No has venido para eso a este país al que habías jurado no volver? -sí, papá, a eso debo haber venido -dice, en voz tan baja que apenas alcanza a oírse. A hacerte pasar un mal rato. Aunque, con el ataque cerebral, tomaste tus precauciones. Arrancaste de tu memoria las cosas desagradables. ¿También lo mío, lo nuestro, lo borraste? Yo, no. Ni un día. Ni uno solo de estos treinta y cinco años, papá. Nunca olvidé, ni te perdoné. Por eso, cuando me llamabas a la Siena Heights University, o a Harvard, oía tu voz y colgaba, sin dejarte terminar. «Hijita, ¿eres tú … », clic. «Uranita, escúchame…», clic. Por eso, jamás te contesté una carta. ¿Me escribiste cien? ¿Doscientas? Todas las rompí o quemé. Eran bastante hipócritas, tus cartitas. Hablabas dando rodeos, con alusiones, no fueran a caer bajo ojos ajenos, no fueran otros a enterarse de esa historia. ¿Sabes por qué nunca pude perdonarte? Porque nunca lo lamentaste de verdad. Luego de tantos años de servir al jefe, habías perdido los escrúpulos, la sensibilidad, el menor asomo de rectitud. Igual que tus colegas. Igual que el país entero, tal vez. ¿Era ése el requisito para mantenerse en el poder sin morirse de asco? Volverse un desalmado, un monstruo como tu jefe. Quedarse frescos y contentos como el bello Ramfis después de violar y dejar desangrándose en el Hospital Marión a Rosalía.
La niña Perdomo no volvió al colegio, desde luego, pero su delicada carita de Virgen María siguió habitando las aulas, los pasillos y los patios del Santo Domingo, los chismorreos, susurros, fantasías que su desventura provocó, semanas, meses, pese a que las sisters habían prohibido que se pronunciara siquiera el nombre de Rosalía Perdomo. Pero, en los hogares de la sociedad dominicana, aun en las familias más trujillistas, ese nombre reaparecía una y otra vez, ominosa premonición, aviso de espanto, sobre todo en las casas con niñas y señoritas en edad de merecer, y la historia atizaba el miedo de que el bello Ramfis (¡que era, además, casado con la divorciada Octavia -Tantana- Ricart!) fuera de pronto a descubrir a la niña, a la muchacha, y a darse con ella una de esas fiestas de heredero consentido que celebraba de tanto en tanto con quien se le antojaba, porque ¿quién iba a tomar cuentas al hijito mayor del jefe y a su círculo de favoritos?
–Fue a raíz de Rosalía Perdomo que tu jefe mandó a Ramfis a la academia militar, en Estados Unidos, ¿no, papá?
A la Academia Militar de Fort Leavenworth, Kansas City, en 1958. Para tenerlo un par de añitos lejos de Ciudad Trujillo, donde la historia de Rosalía Perdomo, decían, había Irritado incluso a Su Excelencia. No por razones morales, sino prácticas. Este muchacho imbécil, en vez de irse empapando de los asuntos, preparándose como primogénito del Jefe, dedicaba su existencia a la disipación, al polo, a emborracharse con una corte de vagos y parásitos y hacer gracias como violar y desangrar a la niña de una de las familias más leales a Trujillo. Engreído, malcriado muchacho. ¡A la Academia Militar de Fort Leavenworth, en Kansas City!
Una risa histérica hace presa de Urania y el inválido vuelve a subsumirse, como queriendo desaparecer dentro de sí, desconcertado por esa carcajada súbita. Urania se ríe de tal modo que sus ojos se llenan de lágrimas. Se las seca con el pañuelo.
El remedio fue peor que la enfermedad. En vez de castigo, resultó un premio aquel viajecito a Fort Leavenworth del bello Ramfis.
Debió ser cómico, no, papá?: el oficialito dominicano llegaba a seguir ese curso de élite, entre una seleccionada promoción de oficiales norteamericanos, y se aparecía con galones de teniente general, decenas de condecoraciones, una larga carrera militar a cuestas (la había comenzado a los siete añitos), con un séquito de edecanes, músicos y sirvientes, un yate anclado en la bahía de San Francisco y una flotilla de automóviles. Menuda sorpresa se llevarían aquellos capitanes, mayores, tenientes, sargentos, instructores y profesores. i Llegaba a la Academia Militar de Fort Leavenworth a seguir un curso y el pájaro tropical lucía más galones y títulos de los que tuvo nunca Eisenhower. ¿Cómo tratarlo? ¿Cómo permitir que gozara de semejantes prerrogativas sin desprestigiar a la academia y al Ejército norteamericano? ¿Era posible mirar a otro lado cuando el heredero, una semana sí y otra no, escapaba de la espartana Kansas City a la bulliciosa Hollywood, donde, con su amigo Porfirio Rubirosa, protagonizaba millonarias juergas con renombradas artistas que comentaba con delirio la prensa de la farándula y el chisme? La columnista más célebre de Los Angeles, Louella Parsons, reveló que el hijo de Trujillo había regalado un Cadillac último modelo a Kim Novak y un abrigo de visón a Zsa Zsa Gabor. Un congresista demócrata calculó, en sesión de la Cámara, que aquellos regalos costaban el equivalente de la ayuda militar anual que Washington concedía graciosamente al Estado dominicano, y preguntó si ésa era la mejor manera de ayudar a los países pobres a defenderse contra el comunismo y de gastarse el dinero del pueblo norteamericano.
Imposible evitar el escándalo. En Estados Unidos, no en la República Dominicana, donde no se publicó ni dijo una palabra sobre las distracciones de Ramfis. Allá sí, porque, digan lo que digan, hay una opinión pública y una prensa libre, y los políticos son pulverizados si presentan un flanco débil. Así que, a petición del Congreso, la ayuda militar fue cortada. ¿Te acuerdas de todo eso, papá? La academia hizo saber discretamente al Departamento de Estado, y éste, aún más discretamente, al Generalísimo, que no había la más remota posibilidad de que su hijito aprobara el curso, y que, siendo su hoja de servicios tan deficiente, era preferible que se retirara, so pena de pasar por la humillación de ser expulsado de la Academia Militar de Fort Leavenworth.
–Al papacito no le gustó nada que hicieran semejante maldad al pobre Ramfis ¿no, papá? No había hecho más que echar una canita al aire y mira cómo reaccionaban los gringos puritanos. En represalia, tu jefe quiso retirar a las misiones naval y militar de Estados Unidos, y llamó al embajador para protestar. Sus asesores más íntimos, Paino Pichardo, tú mismo, Balaguer, Chirinos, Arala, Manuel Alfonso, tuvieron que hacer milagros para convencerlo de que una ruptura sería enormemente perjudicial. ¿Te acuerdas? Los historiadores dicen que fuiste uno de los que impidió que las cosas se envenenaran con Washington por las proezas de Ramfis. Lo conseguiste sólo a medias, papá. A partir de aquella época, de aquellos excesos, los Estados Unidos comprendieron que ese aliado resultaba un estorbo, que era prudente buscar algo más presentable. ¿Pero, cómo hemos terminado hablando de los hihjitos de tu jefe, papi?
El inválido sube y baja los hombros, como respondiendo: «Qué sé yo, tú sabrás cómo». ¿Entendía, entonces? No. Al menos, no todo el tiempo. El derrame no habría anulado totalmente su facultad de comprensión; la reduciría a un diez, a un cinco por ciento de lo normal. Ese cerebro limitado, empobrecido, en cámara lenta, sin duda era capaz de retener y de procesar la información que sus sentidos captaban apenas unos pocos minutos, acaso segundos, antes de nublarse. Por eso, de pronto, sus ojos, su semblante, sus gestos, como ese movimiento de hombros, sugieren que escucha, que entiende lo que le dices. Sólo por briznas, por espasmos, por iluminaciones, sin concordancia. No te hagas ilusiones, Urania. Entiende por segundos y lo olvida. No te comunicas con él. Sigues hablando sola, como todos los días desde hace más de treinta años.
No está triste ni deprimida. Se lo impide, tal vez, el sol que entra por las ventanas e ilumina los objetos con una luz vivísima, que los perfila y revela en sus detalles, delatando defectos, decoloraciones, vejeces. Qué mezquino, abandonado, viejo, es ahora el dormitorio -la casa- del otrora poderoso presidente del Senado, Agustín Cabral. ¿Cómo has terminado recordando a Ramfis Trujillo? Siempre la fascinan esos extraños encaminamientos de la memoria, las geografías que arma en función de misteriosos estímulos, de imprevistas asociaciones. Ah, si, tiene que ver con la noticia que leíste la víspera de tu salida de Estados Unidos, en The New York Times. El artículo era sobre el hermanito menor, el brutito, el feíto Radhamés. ¡Vaya noticia! Vaya final. El reportero había hecho una cuidadosa investigación. Vivía desde hacia algunos años en Panamá, en la insolvencia, dedicado a sospechosos quehaceres, nadie sabía cuáles, hasta que se esfumó. La desaparición tuvo lugar el año pasado, sin que los intentos hechos por parientes y la policía panameña -los registros efectuados en el cuartito en que vivía, en Balboa, mostraron que sus escuálidas pertenencias seguían allí- dieran la menor pista. Hasta que, por fin, uno de los carteles colombianos de la droga hizo saber, en Bogotá, con la pompa sintáctica característica de la Atenas de América, que «el ciudadano dominicano D. Radhamés Trujillo Martínez, domiciliado en Balboa, en la hermana República de Panamá, ha sido ejecutado, en un lugar innominado de las selvas colombianas, después de comprobarse inequívocamente su conducta deshonesta en el cumplimiento de sus obligaciones». The New York Times explicaba que, al parecer, el fracasado Radhamés se ganaba la vida, desde hacía años, sirviendo a la mafia colombiana. En algún lastimoso menester, sin duda, a juzgar por la modestia en que vivía; actuando de correveidile de los capitostes, alquilándoles departamentos, llevándolos y trayéndolos de hoteles, aeropuertos, casas de cita, o, acaso, sirviendo de intermediario para lavado de dinero. ¿Trató de birlarles algunos dólares, a fin de mejorar sus condiciones de vida? Como era tan escaso de sesos, lo pescaron de inmediato. Se lo llevaron secuestrado a las selvas del Darién, donde eran amos y señores. Acaso lo torturaron con la saña con que él y Ramfis torturaron y mataron, el año 59, a los invasores de Constanza, Maimón y Estero Hondo, y, en 1961, a los comprometidos en la gesta del 30 de mayo.
–Un justo final, papá -su padre, que ha estado dormitando, abre los ojos-. Quien a hierro mata, a hierro muere. Se aplicó en el caso de Radhamés, si es que murió así. Porque, nada se ha comprobado. El artículo decía también que hay quienes aseguran que era informante de la DEA, que ésta le cambió la cara y lo protege por los servicios prestados, entre los mafiosos colombianos. Rumores, conjeturas. En todo caso, vaya final el de los hijitos de tu jefe y la Prestante Dama. El bello Ramfis destrozado en un accidente automovilístico, en Madrid. Un accidente que, según algunos, fue una operación de la CIA y Balaguer para atajar al primogénito que, desde Madrid, conspiraba, dispuesto a invertir millones en recuperar el feudo familiar. Radhamés, convertido en un pobre diablo, asesinado por la mafia colombiana por tratar de robar el dinero sucio que ayudaba a lavar, o de agente de la DEA. Angelita, Su Majestad Angelita I, de la que fui damita de compañía, ¿sabes cómo vive? En Miami, rozada por las alas de la divina paloma. Es ahora una New Borri Christian. En una de esas miles de sectas evangélicas, a las que empujan la locura, la idiotez, la angustia, el miedo. Así ha terminado la reina y señora de este país. En una casa limpia y de mal gusto, de cursilería híbrida de gringo y caribeño, dedicada a labores misioneras. Dicen que se la ve, en las esquinas de Dade County, en los barrios latinos y haitianos, cantando salmos y exhortando a los transeúntes a abrir sus corazones al Señor. ¿Qué diría de todo eso el Benemérito Padre de la Patria Nueva?
El inválido vuelve a levantar y encoger los hombros, a pestañear y aletargarse. Entrecierra los párpados y se acurruca, dispuesto a echar un sueñecito.
Es verdad, nunca has sentido odio por Ramfis, Radhamés o Angelita, nada comparable al que te inspiran todavía Trujillo y la Prestante Dama. Porque, de algún modo, los tres hijitos han pagado en decadencia o muertes violentas su parte de los crímenes de la familia. Y, con Ramfis, nunca has podido evitar cierta benevolencia. ¿Por qué, Urania? Tal vez por sus crisis psíquicas, sus depresiones, sus accesos de locura, ese desequilibrio que la familia ocultó siempre, y que, luego de los asesinatos que ordenó en junio de 1959, obligaron a Trujillo a internarlo en Bélgica en un hospital psiquiátrico. En todas sus acciones, aun las más crueles, hubo en Ramfis algo caricatural, impostado, patético. Como los espectaculares regalos a las actrices de Hollywood a las que Porfirio Rubirosa se tiraba gratis (cuando no se hacía pagar por ellas). O por esa manera de estropear los planes que su padre fraguaba para él. No había sido grotesca, por ejemplo, la manera como Ramfis desbarató el recibimiento, que, para desagraviarle por el fracaso en la Academia Militar de Fort Leavenworth, le preparó el Generalísimo? Hizo que el Congreso -¿presentaste tú el proyecto de ley, papi?»- lo nombrara jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, y que, a su llegada, fuera reconocido como tal, en un desfile militar en la Avenida, al pie del obelisco. Todo estaba en orden, y las tropas formadas, aquella mañana, cuando el yate Angelita, que el Generalísimo envió a buscarlo a Miami, entró en el puerto sobre el río Ozama, y el propio Trujillo, acompañado de Joaquín Balaguer, fue a recibirlo al puerto de atraque, para conducirlo a la parada. Qué sorpresa, qué decepción, qué confusión se apoderaron del Jefe, al entrar al yate y descubrir el estado calamitoso, de nulidad babosa en que la orgía viajera había dejado al pobrecito Ramfis. Apenas se tenía de pie, incapaz de articular una frase. Su lengua floja e indócil emitía gruñidos en vez de palabras. Lucía los ojos saltados y vidriosos y las ropas vomitadas. Y aún peor que él estaban los amigotes y las mujeres que lo acompañaban. Balaguer lo decía en sus memorias: Trujillo se puso blanco, vibró de indignación. Ordenó que se cancelara el desfile militar y la juramentación de Ramfis como jefe del Estado Mayor Conjunto. Y, antes de partir, cogió una copa e hizo un brindis que quería ser una bofetada simbólica al badulaque (la borrachera le impediría enterarse): «Brindo por el trabajo, lo único que traerá prosperidad a la República».
Otro acceso de risa histérica hace presa de Urania y el inválido abre los ojos, aterrado.
–No te asustes -Urania se pone seria-. No puedo dejar de reírme, cuando imagino la escena. ¿Dónde estabas, en ese momento? Cuando tu Jefe descubría a su hijito borracho, rodeado de putas y amigotes también borrachos? ¿En la tribuna de la Avenida, vestido de frac, esperando al nuevo jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas? ¿Qué explicación se dio? ¿Se cancela el desfile por delirium tremens del general Ramfis?
Vuelve a reírse, bajo la profunda mirada del inválido. -Una familia para reír y para llorar, no para tomarla en serio -murmura Urania-. A veces sentirías vergüenza de todos ellos. Y miedo y remordimiento cuando te permitías, aunque fuera muy en secreto, esa audacia. Me gustaría saber qué hubieras pensado del final melodramático de los hijitos del jefe. O de esa historia sórdida de los últimos años de doña María Mart’ínez, la Prestante Dama, la terrible, la vengadora, la que pedía a gritos que se sacara los ojos y despellejara a los asesinos de Trujillo. ¿Sabes que terminó disuelta por la arterioesclerosis? ¿Que la codiciosa sacó a escondidas del jefe todos esos millones y millones de dólares? ¿Que tenía todas las claves de las cuentas cifradas en Suiza y que, conociéndolas, las había ocultado a sus hijitos? Con mucha razón, sin duda. Temía que le birlaran sus millones y la sepultaran en un asilo para que pasara allí sus últimos años sin fastidiarles la paciencia. Fue ella, ayudada por la arterioesclerosis, la que terminó embromándolos. Hubiera dado cualquier cosa por ver a la Prestante Dama, allá en Madrid, abrumada por las desgracias, ir perdiendo la memoria. Pero conservando, desde el fondo de su avaricia, suficiente lucidez para no revelar a sus hijitos los números de las cuentas suizas. Y por ver los esfuerzos de los pobrecitos para que la Prestante Dama, en Madrid, en casa del feíto y brutito Radhamés, o en Miami, en la de Angelita antes del misticismo, recordara dónde las había garabateado o escondido. ¿Te los imaginas, papá? Rebuscarían, abrirían, romperían, rasgarían, en busca del escondite. Se la llevaban a Miami, la devolvían a Madrid. Y nunca lo consiguieron. ¡Se fue a la tumba con el secreto! ¿Qué te parece, papá? Ramfis alcanzó a dilapidar algunos milloncitos que sacó del país en los meses que siguieron a la muerte de su padre, porque el Generalísimo, (¿fue eso verdad, papá?) se empeñó en no sacar ni un centavo del país para obligar a su familia y secuaces a morir aquí, dando la cara. Pero Angelita y Radhamés se quedaron en la calle. Y, arterioesclerosis mediante, la Prestante Dama murió pobre también, en Panamá, donde la enterró Kalil Haché, llevándola al cementerio en un taxi. ¡Legó los millones de la familia a los banqueros suizos! Para llorar o reírse a carcajadas, pero en ningún caso para tomarla en serio. ¿Verdad, papá?
Vuelve a soltar otra carcajada, que la hace lagrimear. Mientras se seca los ojos, lucha contra un esbozo de depresión que crece en su interior. El inválido la observa, acostumbrado a su presencia. Ya no parece pendiente de su monólogo.
–No creas que me he vuelto histérica -suspira-. Todavía, papá. Eso que estoy haciendo, divagar, escarbar recuerdos, no lo hago nunca. Éstas son mis primeras vacaciones en muchos años. No me gustan las vacaciones. Aquí, de niña, me gustaban. Desde que, gracias a las sisters, pude ir a la universidad en Adrian, nunca más. Me he pasado la vida trabajando. En el Banco Mundial jamás las tomé. Y, en el bufete, en New York, tampoco. No dispongo de tiempo para andar monologando sobre la historia dominicana.
Cierto, tu vida en Manhattan es agotadora. Todas sus horas están cronometradas, desde las nueve, en que entra a su despacho de Madison y la 74 Street. Para entonces, ha corrido tres cuartos de hora en Central Park si hace buen tiempo, o hecho aeróbics en el Fitness Center de la esquina al que está abonada. Su jornada es una sucesión de entrevistas, informes, discusiones, consultas, averiguaciones en el archivo, almuerzos de trabajo en el reservado del estudio o algún restaurante de los alrededores, y una tarde igualmente ocupada, que se prolonga con frecuencia hasta las ocho. Si el tiempo lo permite, regresa andando. Se prepara una ensalada y abre un yogur antes de ver las noticias en la televisión, lee un rato y se mete a la cama, tan cansada que las letras del libro o las imágenes del vidéo empiezan a bailotear antes de diez minutos. Nunca falta uno y a veces dos viajes por mes, dentro de Estados Unidos, o por América Latina, Europa y Asia; en los últimos tiempos, también Africa, donde, por fin, algunos inversores se atreven a arriesgar su dinero y para ello buscan asesoría jurídica en el bufete. Es su especialidad: el aspecto legal de las operaciones financieras de las empresas, en cualquier lugar del mundo. Una especialidad a la que ha derivado luego de trabajar muchos años en el Departamento jurídico del Banco Mundial. Los viajes son más abrumadores que las jornadas en Manhattan. Cinco, diez o doce horas volando, a México City, Bangkok, Tokio, Rawalpindi o Harare, y pasar de inmediato a dar o escuchar informes, discutir cifras, evaluar proyectos, cambiando de paisajes y de climas, del calor al frío, de la humedad a la sequedad, del inglés al japonés y al español y al urdu, al árabe y al hindi, valiéndose de intérpretes cuyas equivocaciones pueden provocar decisiones erróneas. Por eso, tener siempre los cinco sentidos alertas, un estado de concentración que la deja extenuada, de modo que, en las inevitables recepciones, apenas reprime los bostezos.
–Cuando dispongo de un sábado y domingo para mí, me quedo feliz en casita, leyendo la historia dominicana -y le parece que su padre asiente-. Una historia bastante peculiar, verdad. Pero, a mi, me descansa. Es mi manera de no perder las raíces. Pese a haber vivido allá el doble de años que aquí, no me he vuelto gringa. ¿Sigo hablando como dominicana, verdad, papá?
En los ojos del inválido ¿brilla una lucecita irónica.
–Bueno, una dominicana relativa, una de allá. Qué Se puede esperar de alguien que ha vivido más de treinta años entre gringos, que se pasa semanas sin hablar español. ¿Sabes que estaba segura de que no te vería más? Ni siquiera para enterrarte iba a venir. Era una decisión firme. Ya sé que te gustaría saber por qué la he roto. Para qué estoy aquí. La verdad, no lo sé. Fue un impulso. No lo pensé mucho. Pedí una semana de vacaciones y aquí estoy. Algo habré venido a buscar. Tal vez a ti. Averiguar cómo estabas. Sabía que mal, que, desde el derrame, ya no era posible hablar contigo. ¿Te gustaría saber qué siento? ¿Qué sentí al volver a la casa de mi niñez? ¿ Qué, al ver la ruina que eres?
Su padre de nuevo presta atención. Aguarda, con curiosidad, que ella siga. ¿Qué sientes, Urania? ¿Amargura? ¿Cierta melancolía? ¿Tristeza? ¿Un renacer de la antigua cólera? «Lo peor es que creo que no siento nada», piensa.
Suena el timbre de la puerta de calle. Queda repicando, vibrando fuerte en la ardiente mañana.
VIII
El pelo que le faltaba en la cabeza le sobresalía de las orejas, cuyas matas de vellos negrísimos irrumpían, agresivas, como grotesca compensación a la calvicie del Constitucionalista Beodo. ¿También él le había puesto ese apodo, antes de rebautizarlo, en su fuero intimo, la Inmundicia Viviente? El Benefactor no lo recordaba. Probablemente, sí. Era bueno poniendo apodos, desde su juventud. Muchos de esos sobrenombres feroces que estampillaba sobre la gente se hacían carne de sus víctimas y llegaban a reemplazar sus nombres. Así había ocurrido con el senador Henry Chirinos, a quien nadie en la República Dominicana, fuera de los periódicos, conocía ya por su nombre, sólo por su devastador apelativo: el Constitucionalista Beodo. Tenía la costumbre de acariciar las sebosas cerdas que anidaban en sus orejas y, aunque el Generalísimo, con su manía obsesiva por la limpieza, se lo había prohibido delante de él, ahora lo estaba haciendo, y, para colmo, alternaba esta asquerosidad con otra: atusarse los pelos de la nariz. Estaba nervioso, muy nervioso. Él sabía por qué: le traía un informe negativo sobre el estado de los negocios. Pero el culpable de que las cosas fueran mal no era Chirinos sino las sanciones impuestas por la OEA, que estaban asfixiando al país.
Si te sigues escarbando la nariz y las orejas, llamo a los ayudantes y te tranco -dijo, malhumorado-. Te he prohibido esas porquerías aquí. ¿Estás borracho?
El Constitucionalista Beodo dio un bote en su asiento, frente al escritorio del Benefactor. Apartó sus manos de la cara.
–No he bebido ni una gota de alcohol -se excusó, confundido-. Usted sabe que no soy bebedor diurno, jefe. sólo crepuscular y nocturno.
Vestía un traje que al Generalísimo le pareció un monumento al mal gusto: entre plomizo y verdoso, con resplandores tornasolados; como todo lo que se ponía, parecía embutido en su obeso cuerpo con calzador. Sobre su camisa blanca bailoteaba una corbata azulina con motas amarillas en la que la severa mirada del Benefactor detectó lamparones de grasa. Con disgusto, pensó que esas manchas se las había hecho comiendo, porque el senador Chirinos comía atragantándose enormes bocados que se zampaba como temiendo que sus vecinos le fueran a arrebatar su plato, y masticando con la boca semiabierta, de la que salía disparada una lluviecita de residuos.
–Le juro que no tengo una gota de alcohol en el cuerpo -repitió-. Sólo el café puro del desayuno.
Probablemente, era cierto. Al verlo entrar al despacho hacía un momento, balanceando su elefantiásica figura y avanzando despacito, tentando el suelo antes de asentar la planta, pensó que estaba beodo. No; debía de haber somatizado las borracheras, pues, aun sobrio, se conducía con la inseguridad y los temblores del alcohólico.
–Estás macerado en alcohol, aunque no bebas pareces borracho -dijo, examinándolo de arriba abajo. -Es verdad -se apresuró a reconocer Chirinos, haciendo un ademán teatral-. Yo soy un poeta maudit, Jefe. Como Baudelaire y Rubén Darío.
Tenía piel cenicienta, doble papada, pelos ralos y grasientos y unos ojillos hundidos detrás de los párpados hinchados. La nariz, aplastada desde el accidente, era de boxeador, y la boca casi sin labios añadía un rasgo perverso a su insolente fealdad. Siempre había sido desagradablemente feo, tanto que, diez años atrás, cuando el choque de auto del que sobrevivió de milagro, sus amigos pensaron que la cirugía estética lo mejoraría. Lo empeoró.
Que siguiera siendo hombre de confianza del Benefactor, miembro del estrecho círculo de íntimos, como Virgilio Alvarez Pina, Paíno Pichardo, Cerebrito Cabral (ahora en desgracia) o Joaquín Balaguer, era una prueba de que, a la hora de elegir sus colaboradores, el Generalísimo no se dejaba guiar por sus gustos o disgustos personales. Pese a la repugnancia que siempre le inspiraron su físico, su desaseo y sus modales, Henry Chirinos, desde el comienzo de su gobierno, había sido privilegiado con aquellas delicadas tareas que Trujillo confiaba a gente, además de segura, capaz. Era uno de los más capaces, entre los que habían accedido a ese club exclusivo. Abogado, fungía de constitucionalista. Muy joven, fue con Agustín Cabral el principal redactor de la Constitución que hizo dar Trujillo en los inicios de la Era, y de todas las enmiendas hechas desde entonces al texto constitucional. Había redactado, también, las principales leyes orgánicas y ordinarias, y sido ponente de casi todas las decisiones legales adoptadas por el Congreso para legitimar las necesidades del régimen. Nadie como él para dar, en discursos parlamentarios preñados de latinajos y de citas -a menudo en francés-, apariencia de fuerza jurídica a las más arbitrarias decisiones del Ejecutivo, o para rebatir, con demoledora lógica, toda propuesta que Trujillo desaprobara. Su mente, organizada como un código, inmediatamente encontraba una argumentación técnica para dar visos de legalidad a cualquier decisión de Trujillo, ya fuera un fallo de la Cámara de Cuentas, de la Corte Suprema o una ley del Congreso. Buena parte de la telaraña legal de la Era había sido tejida por la endiablada habilidad de ese gran rábula (así lo llamó una vez, delante de Trujillo, el senador Agustín Cabral, su amigo y enemigo entrañable dentro del círculo de favoritos).
Por todos esos atributos, el perpetuo parlamentario Henry Chirinos fue todo lo que se podía ser en los treinta años de la Era: diputado, senador, ministro de justicia, miembro del Tribunal Constitucional, embajador plenipotenciario y encargado de negocios, gobernador del Banco Central, presidente del Instituto Trujilloniano, miembro de la junta Central del Partido Dominicano, y, desde hacía un par de años, el cargo de mayor confianza, veedor de la marcha de las empresas del Benefactor. Como tal, estaban subordinados a él Agricultura, Comercio y Finanzas. ¿Por qué encargar tamaña responsabilidad a un alcohólico consuetudinario? Porque, además de leguleyo, sabía de economía. Lo hizo bien al frente del Banco Central, y en Finanzas, por unos meses. Y porque, en estos últimos años, debido a las múltiples acechanzas, necesitaba en ese puesto a alguien de absoluta confianza, al que pudiera enterar de los enredos y querellas familiares. En eso, esta bola de grasa y alcohol era insustituible.
¿Cómo, bebedor incontinente, no había perdido la habilidad para la intriga jurídica, ni la capacidad de trabajo, la única, quizá, con la del caído en desgracia Anselmo Paulino, que el Benefactor podía equiparar a la suya? La Inmundicia Viviente podía trabajar diez o doce horas sin parar, emborracharse como un odre y, al día siguiente, estar en su despacho del Congreso, en el Ministerio o en el Palacio Nacional, fresco y lúcido, dictando a los taquígrafos sus informes jurídicos, o exponiendo con florida elocuencia sobre temas políticos, legales, económicos y constitucionales. Además, escribía poemas, acrósticos y festivos, artículos y libros históricos, y era una de las más afiladas plumas que Trujillo usaba para destilar el veneno de El Foro Público, en El Caribe.
–Cómo van los asuntos.
–Muy mal, jefe -el senador Chirinos tomó aire-: a este paso, pronto entrarán en estado agónico. Siento decírselo, pero usted no me paga para que lo engañe. Si no se levantan pronto las sanciones, se viene una catástrofe.
Procedió, abriendo su abultada cartera y sacando rollos de papeles y libretas, a hacer un análisis de las principales empresas, empezando por las haciendas de la Corporación Azucarera Dominicana, y siguiendo con Dominicana de Aviación, la cementera, las compañías madereras y los aserraderos, las oficinas de importación y exportación y los establecimientos comerciales. La música de nombres y cifras arrulló al Generalísimo, que apenas escuchaba: Atlas Comercial, Caribbean Motors, Compañía Anónima Tabacalera, Consorcio Algodonero Dominicano, Chocolatera Industrial, Dominicana Industrial del Calzado, Distribuidores de Sal en Grano, Fábrica de Aceites Vegetales, Fábrica Dominicana del Cemento, Fábrica Dominicana de Discos, Fábrica de Baterías Dominicanas, Fábrica de Sacos y Cordelería, Ferretería Read, Ferretería El Marino, Industrial Dominico Suiza, Industrial Lechera, Industria Licorera Altagracia, Industria Nacional de Vidrio, Industria Nacional del Papel, Molinos Dominicanos, Pinturas Dominicanas, Planta de Reencauchado, Quisqueya Motors, Refinería de Sal, Sacos y Tejidos Dominicanos, Seguros San Rafael, Sociedad Inmobiliaria, diario El Caríbe. La Inmundicia Viviente dejó para el final, mencionando apenas que tampoco allí había movimiento positivo», los negocios donde la familia Trujillo tenía participación minoritaria. No dijo nada que el Benefactor no supiera: lo que no estaba paralizado por falta de insumos y repuestos, trabajaba a un tercio y hasta un décimo de su capacidad. La catástrofe se había venido ya, y de qué manera. Pero, al menos -el Benefactor suspiró-, a los gringos no les había resultado lo que creyeron sería el puntillazo: cortarle el suministro de petróleo, así como los repuestos para autos y aviones. Johnny Abbes García se las arregló para que los combustibles llegaran por Haití, cruzando de contrabando la frontera. El sobreprecio era alto, pero el consumidor no lo pagaba, el régimen absorbía ese subsidio. El Estado no podría soportar mucho tiempo esa hemorragia. La vida económica, por la restricción de divisas y la parálisis de exportaciones e importaciones, se había estancado.
–Prácticamente, no hay ingresos en una sola empresa, Jefe. Sólo egresos. Como estaban en estado floreciente, sobreviven. Pero no de manera indefinida.
Suspiró con histrionismo, como cuando pronunciaba sus elegías funerarias, otra de sus grandes especialidades.
–Le recuerdo que no se ha despedido a un solo obrero, campesino o empleado, pese a que la guerra económica dura más de un año. Estas empresas suministran el sesenta Por ciento de los puestos de trabajo en el país. Dese cuenta de la gravedad. Trujillo no puede seguir manteniendo a dos tercios de las familias dominicanas, cuando, por las sanciones, todos los negocios están medio paralizados. De modo que… -De modo que… O me da usted autorización para reducir personal, a fin de cortar gastos, en espera de tiempos mejores…
–¿Quieres una explosión de miles de desocupados? -lo interrumpió Trujillo, tajante-. ¿Añadir un problema social a los que tengo?
–Hay una alternativa, a la que se ha acudido en circunstancias excepcionales -replicó el senador Chirinos, con una sonrisita mefistofélica-. ¿No es ésta una de ellas? Pues, bien. Que el Estado, a fin de garantizar el empleo y la actividad económica, asuma la conducción de las empresas estratégicas. El Estado nacionaliza, digamos, un tercio de las empresas industriales y la mitad de las agrícolas y ganaderas. Todavía hay fondos para ello, en el Banco Central.
Qué coño gano con eso -lo interrumpió Trujillo, irritado-. Qué gano con que los dólares pasen del Banco Central a una cuenta a mi nombre.
–Que, a partir de ahora, el quebranto que significa trescientas empresas trabajando a pérdida, no la sufra su bolsillo, Jefe. Le repito, si esto sigue así, todas caerán en bancarrota. Mi consejo es técnico. La única manera de evitar que su patrimonio se evapore por culpa del cerco económico es transferir las pérdidas al Estado. A nadie le conviene que usted se arruine, jefe.
Trujillo tuvo una sensación de fatiga. El sol calentaba cada vez más, y, como todos los visitantes de su despacho, el senador Chirinos ya sudaba. De rato en rato se secaba la cara con un pañuelo azulino. También él hubiera querido que el Generalísimo tuviera aire acondicionado. Pero Trujillo detestaba ese aire postizo que resfriaba, esa atmósfera mentirosa. Sólo toleraba el ventilador, en días extremadamente calurosos. Además, estaba orgulloso de ser el-hombre-que-nunca-suda.
Estuvo un momento callado, meditando, y la cara se le avinagró.
–Tú también piensas, en el fondo de tu puerco cerebro, que acaparo fincas y negocios por espíritu de lucro -monologó, en tono cansado-. No me interrumpas. Si tú, tantos años a mi lado, no has llegado a conocerme, qué puedo esperar del resto. Que crean que el poder me interesa para enriquecerme.
–Sé muy bien que no es así, jefe.
–¿Necesitas que te lo explique, por centésima vez? Si esas empresas no fueran de la familia Trujillo, esos puestos de trabajo no existirían. Y la República Dominicana sería el paisito africano que era cuando me lo eché al hombro. No te diste cuenta todavía.
–Me he dado cuenta, perfectamente, jefe.
–¿Tú me robas a mí?
Chirinos dio otro bote en el asiento y el color ceniza de su cara se ennegreció. Pestañeaba, azorado.
–¿Qué dice usted, jefe? Dios es testigo…
–Ya sé que no -lo tranquilizó Trujillo-. ¿Y por qué no robas, pese a tus poderes para hacer y deshacer? ¿Por lealtad? Tal vez. Pero, ante todo, por miedo. Sabes que, si me robas y lo descubro, te pondría en manos de Johnny Abbes, que te llevaría a La Cuarenta, te sentaría en el Trono y te carbonizaría, antes de echarte a los tiburones. Esas cosas que le gustan a la imaginación calenturienta del jefe del SIM y al equipito que ha formado. Por eso no me robas. Por eso no me roban, tampoco, los gerentes, administradores, contadores, ingenieros, veterinarios, capataces, etcétera, etcétera, de las compañías que vigilas. Por eso, trabajan con puntualidad y eficacia, y por eso las empresas han prosperado y se han multiplicado, convirtiendo a la República Dominicana en un país moderno y próspero. ¿Lo as comprendido?
–Por supuesto, jefe -respingó una vez más el Constitucionalista Beodo-. Tiene usted toda la razón.
–En cambio -prosiguió Trujillo, como si no lo oyera-, robarias cuanto pudieras si el trabajo que haces para la familia Trujillo, lo hicieras para los Vicini, los Valdez o los Armenteros. Y todavía mucho más si las empresas fueran del Estado. Allí sí que te llenarías los bolsillos. ¿Entiende, ahora, tu cerebro por qué todos esos negocios, tierras y ganados?
–Para servir al país, lo sé de sobra, Excelencia -juró el senador Chirinos. Estaba alarmado y Trujillo podía advertirlo en la fuerza con que aferraba contra su vientre el maletín con documentos, y la manera cada vez más untuosa con que le hablaba-. No quise sugerir nada en contrario, Jefe. ¡Dios me libre!
–Pero, es verdad, no todos los Trujillo son como Yo -suavizó la tensión el Benefactor, con una mueca decepcionada-. Ni mis hermanos, ni mi mujer, ni mis hijos tienen la misma pasión que yo por este país. Son unos codiciosos. Lo peor es que en estos momentos me hagan perder tiempo, cuidando de que no burlen mis órdenes.
Adoptó la mirada beligerante y directa con que intimidaba a la gente. La Inmundicia Viviente se encogía en su asiento.
–Ah, ya veo, alguno ha desobedecido -murmuró.
El senador Henry Chirinos asintió, sin atreverse a hablar.
–¿Trataron de sacar divisas, de nuevo? -preguntó, enfriando la voz-. ¿Quién? ¿La vieja?
La fofa cara llena de gotas de sudor volvió a asentir, como a su pesar.
–Me llamó aparte, anoche, durante la velada poética -vaciló y adelgazó la voz hasta casi extinguirla-. Dijo que era pensando en usted, no en ella ni en sus hijos. Para asegurarle una vejez tranquila, si ocurre algo. Estoy seguro que es verdad, jefe. Ella lo adora.
–Qué quería.
–Otra transferencia a Suiza -el senador se atoraba-. Sólo un millón, esta vez.
–Espero por tu bien que no le dieras gusto -dijo Trujillo, con sequedad.
–No lo he hecho -balbuceó Chirinos, siempre con el desasosiego que deformaba sus palabras, el cuerpo presa de un ligero temblor-. Donde manda capitán no manda soldado. Y porque, con todo el respeto y la devoción que me merece doña María, mi primera lealtad es con usted. Esta situación es muy delicada para mí, jefe. Por estas negativas, voy perdiendo la amistad de doña María. Por segunda vez en una semana le he negado lo que me pide.
¿También la Prestante Dama temía que el régimen se desmoronara? Hacía cuatro meses exigió a Chirinos una transferencia de cinco millones de dólares a Suiza; ahora, de uno. Pensaba que en cualquier momento tendrían que salir huyendo, que había que tener bien forradas las cuentas en el extranjero, para gozar de un exilio dorado. Como Pérez Jiménez, Batista, Rojas Pinilla o Perón, esas basuras. Vieja avarienta. Como si no tuviera más que aseguradas las espaldas. Para ella, nada era suficiente. Había sido avara desde joven, y, con los años, más y más. ¿Se iba a llevar al otro mundo esas cuentas? Era en lo único que siempre se atrevió a desafiar la autoridad de su marido. Dos veces, esta semana. Complotaba a sus espaldas, ni más ni menos. Así compró, sin que Trujillo se enterara, esa casa en España, luego de la visita oficial que hicieron a Franco en 1954. Así había ido abriendo y cerrando cuentas cifradas en Suiza y en New York, de las que él terminaba enterándose, a veces casualmente. Antes, no había hecho demasiado caso, limitándose a echarle un par de carajos, para, luego, encogerse de hombros ante el capricho de la vieja menopáusica, a la que por ser su esposa legítima debía consideración. Ahora era distinto. Él había dado órdenes terminantes de que ningún dominicano, incluida la familia Trujillo, sacara un solo peso del país mientras duraran las sanciones. No iba a permitir esa carrera de ratas, tratando de escapar de un barco que, en efecto, terminaría por hundirse si toda la tripulación, empezando por los oficiales y el capitán, huían. Coño, no. Aquí se quedaban parientes, amigos y enemigos, con todo lo que tenían, a dar la batalla o dejar los huesos en el campo del honor. Como los marines, coño. ¡Vieja pendeja y ruin! Cuánto mejor habría sido repudiarla y casarse con alguna de las magníficas mujeres que habían pasado por sus brazos; la hermosa, la dócil Lina Lovatón, por ejemplo, a la que sacrificó también por este país malagradecido. A la Prestante Dama tendría que reñirla esta tarde y recordarle que Rafael Leonidas Trujillo Molina no era Batista, ni el cerdo de Pérez Jiménez, ni el cucufato de Rojas Pinilla, ni siquiera el engominado general Perón. Él no iba a pasar sus últimos años como estadista jubilado en el extranjero. Viviría hasta el último minuto en este país que gracias a él dejó de ser una tribu, una horda, una caricatura, y se convirtió en República.
Advirtió que el Constitucionalista Beodo seguía temblando. Se le habían formado unos espumarajos en la boca. Sus ojillos, detrás de las dos bolas de grasa de sus párpados, se abrían y cerraban, frenéticos.
–Hay algo más, entonces. ¿Qué?
–La semana pasada, le informé que habíamos conseguido evitar que bloquearan el pago del Lloyd’s de Londres por el lote de azúcar vendido en Gran Bretaña y los Países Bajos. Poca cosa. Unos siete millones de dólares, de los cuales cuatro corresponden a sus empresas, y lo restante a los ingenios de los Vicini y al Central Romano. Según sus instrucciones, pedí al Lloyd’s que transfiera esas divisas al Banco Central. Esta mañana me indicaron que habían recibido contraorden.
–¿De quién?
–Del general Ramfis, Jefe. Telegrafió que se enviase el total del adeudo a París.
–¿Y el Lloyd’s de Londres está lleno de comemierdas que obedecen las contraórdenes de Ramfis?
El Generalísimo hablaba despacio, haciendo esfuerzos por no estallar. Esta estúpida bobería le quitaba demasiado tiempo. Además, le dolía que, delante de extraños, por más que fueran de confianza, quedaran al desnudo las lacras de su familia.
–No han servido aún el pedido del general Ramfis, Jefe. Están desconcertados, por eso me llamaron. Les reiteré que el dinero debe ser enviado al Banco Central. Pero, como el general Ramfis tiene poderes de usted, y en otras e siones ha retirado fondos, sería conveniente hacer saber al Lloyd’s que hubo un malentendido. Una cuestión de imagen, jefe.
–Llámalo y dile que se disculpe con el Lloyd’s. Hoy mismo.
Chirinos se movió en el asiento, incómodo.
–Si usted lo ordena, lo haré -musitó-. Pero, permítame un ruego, Jefe. De su antiguo amigo. Del más fiel de sus servidores. Ya tengo ganada la ojeriza de doña María. No me convierta también en enemigo de su hijo mayor.
El malestar que sentía era tan visible que Trujillo le sonrió.
–Llámalo, no temas. No voy a morirme todavía. Voy a vivir diez años más, para completar mi obra. Es el tiempo que necesito. Y tú seguirás conmigo, hasta el último día- Porque, feo, borracho y sucio, eres uno de mis mejores colaboradores -hizo una pausa y, mirando a la Inmundicia Viviente con la ternura con que un mendigo mira a su perro sarnoso, añadió algo inusual en su boca-: Ojalá alguno de mis hermanos o hijos valiera lo que tú, Henry.
El senador, anonadado, no atinó a responder.
–Lo que ha dicho compensa todos mis desvelos -balbuceó, bajando la cabeza.
–Has tenido suerte de no casarte, de no tener familia -prosiguió Trujillo-. Muchas veces habrás creído que es una desgracia no dejar descendencia. ¡Pendejadas! El error de mi vida ha sido mi familia. Mis hermanos, mi propia mujer, mis hijos. ¿Has visto calamidades parecidas? Sin otro horizonte que el trago, los pesos y tirar. ¿Hay uno solo capaz de continuar mi obra? ¿No es una vergüenza que Ramfis Y Radhamés, en estos momentos, en vez de estar aquí, a mi lado, jueguen al polo en París?
Chirinos escuchaba con los ojos bajos, inmóvil, la cara grave, solidaria, sin decir palabra, temeroso sin duda de comprometer su futuro si deslizaba una opinión contra los hijos y hermanos del Jefe. Era raro que éste se abandonara a reflexiones tan amargas; nunca hablaba de su familia, ni siquiera a los íntimos, y menos en términos tan duros.
–La orden sigue en pie -dijo, cambiando de tono al mismo tiempo que de tema-. Nadie, y menos un Trujillo, saca dinero del país mientras haya sanciones.
–Entendido, Jefe. En verdad, aunque quisieran, no podrían. Salvo que se lleven sus dólares en maletines de mano, no hay transacciones con el extranjero. La actividad financiera está en punto muerto. El turismo ha desaparecido. Las reservas merman a diario. ¿Descarta usted, de plano, que el Estado tome algunas empresas? ¿Ni siquiera las que están peor?
–Ya veremos -cedió algo Trujillo-. Déjame tu propuesta, la estudiaré. ¿Qué más, que sea urgente?
El senador consultó su libretita, acercándola a los Ojos. Adoptó una expresión tragicómica.
–Hay una situación paradójica, allá en Estados Unidos. ¿Qué haremos con los supuestos amigos? Los congresistas, los políticos, los lobbystas que reciben estipendios para defender a nuestro país. Manuel Alfonso siguió dándoselos hasta que se enfermó. Desde entonces, se han interrumpido. Algunos han hecho discretas reclamaciones.
–¿Quién ha dicho que se suspendan?
–Nadie, jefe. Es una pregunta. Los fondos en divisas destinados a ese efecto, en New York, se van agotando también. No han podido ser repuestos, dadas las circunstancias. Son varios millones de pesos al mes. ¿Seguirá tan generoso con esos gringos incapaces de ayudarnos a levantar las sanciones?
–Unas sanguijuelas, siempre lo supe -el Generalísimo hizo un ademán de desprecio-. Pero, también, nuestra única esperanza. Si la situación política cambia en los Estados Unidos, ellos pueden hacer sentir su influencia, hacer que se levanten o suavicen las sanciones. Y, en lo inmediato, conseguir que Washington nos pague al menos el azúcar que ya recibió.
Chirinos no parecía esperanzado. Movía la cabeza, sombrío.
–Aun si Estados Unidos aceptara entregar lo que ha retenido, serviría de poco, jefe. ¿Qué son veintidós millones de dólares? Divisas para insumos básicos e importaciones de primera necesidad sólo por unas semanas. Pero, si usted lo ha decidido, indicaré a los cónsules Mercado y Morales que renueven las entregas a esos parásitos. A propósito, jefe. Los fondos de New York podrían ser congelados. Si prospera ese proyecto de tres miembros del Partido Demócrata para que se congelen las cuentas de dominicanos no residentes en Estados Unidos. Ya sé que figuran en el Chase Manhattan y en el Chemical como sociedades anónimas. Pero ¿y si esos bancos no respetan el secreto bancario? Me permito sugerirle transferirlas a un país más seguro. Canadá, por ejemplo, o Suiza.
El Generalísimo sintió un vacío en el estómago. No era la cólera lo que le producía acidez, sino la decepción. Nunca había perdido tiempo, en su larga vida, lamiéndose las heridas pero lo que ocurría con Estados Unidos, el país al que su régimen dio siempre el voto en la ONU para lo que fuera menester, lo sublevaba. ¿De qué sirvió recibir como príncipe y condecorar a cuanto yanqui pusiera los pies en esta isla?
–Es difícil entender a los gringos -murmuró-. No me cabe en la cabeza que se porten así conmigo.
–Siempre desconfié de esos patanes -hizo eco la Inmundicia Viviente-. Todos son iguales. Ni siquiera se Puede decir que este acoso se deba sólo a Eisenhower. Kennedy nos hostiga igual.
Trujillo se sobrepuso -«A trabajar, coño»- y una vez más cambió de tema.
–García tiene todo preparado para sacar al pendejo del obispo Reilly de su escondite entre las faldas de las monjas -dijo-. Tiene dos propuestas. Deportarlo o hacer que el pueblo lo linche, para escarmiento de curas conspiradores. ¿Cuál te gusta más?
–Ninguna, Jefe -el senador Chirinos recobró el aplomo-. Ya conoce usted mi opinión. Este conflicto hay que suavizarlo. A la Iglesia, con sus dos mil años a cuestas, nadie la ha derrotado todavía. Vea usted lo que le pasó a Perón, por enfrentársele.
–Así me lo dijo él mismo, sentado donde tú estás -reconoció Trujillo-. ¿Ése es tu consejo? ¿Que me baje los pantalones ante esos carajos?
–Que los corrompa con prebendas, Jefe -aclaró el Constitucionalista Beodo-. O, en el peor de los casos, los asuste, pero sin actos irreparables, dejando las puertas abiertas a la reconciliación. Lo de Johnny Abbes sería un suicidio, Kennedy nos mandaría los marínes en el acto. Ése es mi parecer. Usted tomará la decisión y será la buena. La defenderé con la pluma y la palabra. Como siempre.
Los desplantes poéticos a que la Inmundicia Viviente era propenso, divertían al Benefactor. Este último consiguió sacudirlo del desánimo que comenzaba a ganarlo.
–Ya lo sé -le sonrió-. Eres leal y por eso te aprecio. Dime, confidencialmente. ¿Cuánto tienes en el extranjero, por si debes escapar de aquí de la noche a la mañana?
El senador, por tercera vez volvió a rebotar, como Si su asiento se hubiera vuelto chúcaro.
–Muy poco, Jefe. Bueno, relativamente, quiero decir.
–¿Cuánto? -insistió Trujillo, afectuoso-. ¿Y en dónde?
–Unos cuatrocientos mil dólares -confesó, rápido, bajando la voz-. En dos cuentas separadas. En Panamá. Abiertas antes de las sanciones, por supuesto.
–Una basura -lo amonestó Trujillo-. Con los cargos que has tenido, hubieras podido ahorrar más.
–No soy ahorrativo, jefe. Además, usted lo sabe, nunca me interesó el dinero. Siempre he tenido lo necesario para vivir.
–Para beber, querrás decir.
–Para vestirme bien, comer bien, beber bien y comprarme los libros que me gustan -asintió el senador, mirando el artesonado y la lámpara de cristal del despacho-. A Dios gracias, a su lado siempre realicé trabajos interesantes. Ese dinero ¿debo repatriarlo? Lo haré hoy mismo, si me lo ordena.
–Déjalo ahí. Si, en mi exilio, necesito ayuda, me echarás una mano.
Se rió, de buen humor. Pero, mientras se reía, de súbito volvió el recuerdo de la muchachita asustadiza de la Casa de Caoba, testigo incómodo, acusador, que le estropeó el ánimo. Hubiera sido mejor pegarle un tiro, regalarla a los guardias, que se la rifaran o compartieran. El recuerdo de aquella carita estúpida contemplándolo sufrir, le llegaba al alma.
–¿Cuál ha sido el más precavido? -dijo, disimulando su turbación-. ¿Quién sacó más dinero al extranjero? ¿Paíno Pichardo? ¿Alvarez Pina? ¿Cerebrito Cabral? ¿Modesto Díaz? ¿Balaguer? ¿Quién amasó más? Porque, ninguno de ustedes me ha creído que de aquí yo saldré sólo al cementerio.
–No lo sé, Jefe. Pero, si me permite, dudo que al~ guno de ellos tenga mucho dinero afuera. Por una razón muy simple. Nadie pensó jamás que el régimen pudiera acabar y que podríamos vernos en el trance de partir. ¿Quién iba a pensar que un día la tierra podría dejar de girar alrededor del sol?
–Tú -repuso Trujillo, con sorna-. Por eso sacaste tus pesitos a Panamá, calculando que yo no sería eterno, que alguna conspiración podía triunfar. Te has delatado, pendejo.
–Repatriaré esta misma tarde mis ahorros -protestó Chirinos, gesticulando-. Le mostraré los formularios del Banco Central por el ingreso de divisas. Esos ahorros están en Panamá hace tiempo. Las misiones diplomáticas me permitían algunos ahorros. Para disponer de divisas en los viajes que hago a su servicio, jefe. jamás me he excedido en los gastos de representación.
–Te has asustado, piensas que te podría pasar lo que a Cerebrito -siguió sonriendo Trujillo-. Es una broma. Ya me olvidé del secreto que me confiaste. Anda, ven para acá, cuéntame algunos chismes, antes de irte. De alcoba, no políticos.
La Inmundicia Viviente sonrió, aliviado. Pero, apenas comenzó a contar que la comidilla de Ciudad Trujillo, en este momento, era la paliza que había dado el cónsul alemán a su mujer, creyendo que lo engañaba, el Benefactor se distrajo. ¿Cuánto dinero habrían sacado del país sus más cercanos colaboradores? Si lo había hecho el Constitucionalista Beodo, lo habían hecho todos. ¿Serían sólo cuatrocientos mil los dólares que tenía a buen recaudo? Seguramente más. Todos, en el rincón más roñoso de su alma, habían vivido temiendo que el régimen se derrumbara. Bah, basuras. La lealtad no era una virtud dominicana. Él lo sabía. Durante treinta años lo habían adulado, aplaudido, endiosado, pero, al primer cambio de viento, sacarían los puñales.
–¿Quién inventó el eslogan del Partido Dominicano utilizando las iniciales de mi nombre? -preguntó, de sopetón-. Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad. ¿Tú o Cerebrito?
–Un servidor, jefe -exclamó el senador Chirinos, orgulloso- En el décimo aniversario. Prendió, veinte años después está en todas las calles y plazas del país. Y en la inmensa mayoría de los hogares.
–Tendría que estar en las conciencias y en la memoria de los dominicanos -dijo Trujillo-. Esas cuatro palabras resumen todo lo que les he dado.
Y, en ese momento, como un garrotazo en la cabeza, lo sobrecogió la duda. La certeza. Había ocurrido. Disimulando, sin entender las protestas de elogio a la Era en que se embarcaba Chirinos, bajó la cabeza, como para concentrarse en una idea, y, aguzando la vista, ansiosamente espió. Se le aflojaron los huesos. Ahí estaba: la mancha oscura se extendía por la bragueta y cubría un pedazo de la pierna derecha. Debía de ser reciente, estaba aún mojadito, en este mismo instante la insensible vejiga seguía licuando. No lo sintió, no lo estaba sintiendo. Lo sacudió un ramalazo de rabia. Podía dominar a los hombres, poner a tres millones de dominicanos de rodillas, pero no controlar su esfínter.
–No puedo seguir oyendo chismes, me falta el tiempo -lamentó, sin levantar la vista-. Anda y arregla lo del Lloyd’s, no vayan a girarle ese dinero a Ramfis. Mañana, a la misma hora. Adiós.
–Adiós, Jefe. Si usted permite, lo veré esta tarde, en la Avenida.
Apenas sintió que el Constitucionalista Beodo cerraba la puerta, llamó a Sinforoso. Le ordenó un traje nuevo, también gris, y una muda de ropa interior. Se puso de pie y, rápidamente, tropezando con un sofá, fue a encerrarse en el baño. Sentía mareos de asco. Se quitó el pantalón, el calzoncillo y la camiseta mancillados por la involuntaria micción. La camisa no estaba manchada, pero se la quitó también y fue a sentarse en el bidé. Se jabonó con cuidado. Mientras se secaba, maldijo una vez más las malas jugadas de su cuerpo. Estaba librando una batalla contra enemigos múltiples, no Podía distraerse a cada rato por esta mierda de esfínter. Se echó talco en las partes pudendas y la entrepierna, y, sentado en el excusado, esperó a Sinforoso.
Despachar con la Inmundicia Viviente le dejaba cierta desazón. Era verdad lo que le había dicho: a diferencia de los granujillas de sus hermanos, de la Prestante Dama, vampiro insaciable, y de sus hijos, parásitos succionadores, a él nunca le importó mucho el dinero. Lo utilizaba al servicio del poder. Sin dinero no hubiera podido abrirse camino en los comienzos, porque había nacido en una familia modestísima de San Cristóbal, y por ello, de muchacho, tuvo que procurarse de cualquier modo lo indispensable para vestirse con decencia. Luego, el dinero le sirvió para ser más eficaz, disipar obstáculos, comprar, halagar o sobornar a la gente necesaria y para castigar a los que obstruían su trabajo. A diferencia de María, que, desde que ideó el negocio de lavandería para la guardia constabularia cuando todavía eran amantes, solo soñaba en atesorar, a él el dinero le gustaba para repartirlo.
Si no hubiera sido así ¿habría hecho esos regalos al pueblo, esas dádivas multitudinarias cada 24 de octubre, a fin de que los dominicanos celebraran el cumpleaños del Jefe? ¿Cuántos millones de pesos había gastado todos esos años en fundas de caramelos, chocolates, juguetes, frutas, vestidos, pantalones, zapatos, pulseras, collares, refrescos, blusas, discos, guayaberas, prendedores, revistas, a las interminables procesiones que se acercaban al Palacio el día del Jefe? ¿Y cuántos muchísimos más en regalos a sus compadres y ahijados, en esos bautizos colectivos, en la capilla de Palacio, en que, desde hacia tres décadas, una y hasta dos veces por semana, se convertía en padrino de lo menos un centenar de recién nacidos? Millones de millones de pesos. Era la suya
Una inversión productiva, por supuesto. Ocurrencia en su primer año de gobierno, gracias a su conocimiento profundo de la psicología dominicana. Trabar una relación de compadrazgo con un campesino, con un obrero, con un artesano, con un comerciante, era asegurarse la lealtad de ese pobre hombre, de esa pobre mujer, a los que, luego del bautizo, abrazaba y regalaba dos mil pesos. Dos mil en las épocas de la bonanza. A medida que la lista de ahijados aumentaba a veinte, cincuenta, cien, doscientos por semana, los regalos -debido en parte a los alaridos de protesta de doña María y, también, a la declinación de la economía dominicana a partir de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre del año 1955- habían ido reduciéndose, a mil quinientos, a mil, a quinientos, a doscientos, a cien pesos por ahijado. Ahora, la Inmundicia Viviente insistía en que los bautizos colectivos se suspendieran o el regalo fuera simbólico, una telera o diez pesos por ahijado, hasta que terminaran las sanciones. ¡Malditos yanquis!
Había fundado empresas y hecho negocios para dar trabajo y hacer progresar a este país, para contar con recursos y regalar a diestra y siniestra, y así tener contentos a los dominicanos.
¿Y, con sus amigos, colaboradores y servidores no había sido tan magnífico como el Petronio de Quo Vadis? Los había enterrado en dinero, haciéndoles regalos cuantiosos en sus cumpleaños, matrimonios, nacimientos, misiones bien realizadas, o, simplemente, para mostrarles que él sabía recompensar la lealtad. Les había regalado pesos, casas, tierras, acciones, los había hecho socios de sus fincas y empresas, les había creado negocios para que ganaran buena plata y no saquearan el Estado.
Escuchó unos discretos golpecillos en la puerta. Sinforoso, con el traje y la ropa interior. Se los alcanzó con los Ojos bajos. Llevaba más de veinte años a su lado; de ser su ordenanza en el Ejército, lo promovió a mayordomo, llevándoselo a Palacio. No temía nada de Sinforoso. Era mudo, sordo y ciego para todo lo que concernía a Trujillo y con olfato suficiente para saber que, sobre ciertos temas íntimos, como las micciones involuntarias, la menor infidencia lo privaría de todo lo que tenía -una casa, una finquita con ganado, un automóvil, familia numerosa- y, acaso, hasta de la vida. El traje y la ropa interior, cubiertos por una funda, no llamarían la atención a nadie, el Benefactor acostumbraba cambiarse de ropa varias veces al día en su propio despacho.
Se vistió, mientras Sinforoso -fornido, el pelo cenado al rape, impecablemente aseado en su uniforme de pantalón negro, blusa blanca y chaleco blanco con botones dorados- recogía las ropas esparcidas por el suelo.
–¿Qué debo hacer con esos dos obispos terroristas, Sinforoso? -le preguntó, mientras se abotonaba el pantalón-. ¿Expulsarlos del país? ¿Mandarlos a la cárcel?
–Matarlos, Jefe -contestó Sinforoso, sin vacilar-. La gente los odia y, si no lo hace usted, lo hará el pueblo. Nadie perdona a ese yanqui ni al español que hayan venido a este país a morder la mano en que comían.
El Generalísimo ya no lo escuchaba. Tenía que reñir a Pupo Román. Esa mañana, luego de recibir a Johnny Abbes y a los ministros de Relaciones Exteriores y del Interior, tuvo que ir a la Base Aérea de San Isidro a reunirse con los jefes de la Aviación. Y se dio con un espectáculo que le revolvió las entrañas: en la misma entrada, a pocos metros del retén de guardia, bajo la bandera y el escudo de la República, una cañería regurgitaba agua negruzca que había formado un lodazal a orillas de la carretera. Hizo detenerse el automóvil. Bajó y se acercó. Era un caño de desagüe, espeso y pestilente -tuvo que taparse las narices con el pañuelo y, por supuesto, había atraído una nube de moscas y mosquitos. Las aguas derramadas seguían manando, anegando el contorno, emponzoñando el aire y el suelo de la primera guarnición dominicana. Sintió rabia, lava ardiente subiéndole por el cuerpo. Contuvo su primer movimiento, regresar a la Base y echar de carajos a los jefes presentes, preguntándoles si ésta era la imagen que pretendían dar de las Fuerzas Armadas: una institución anegada por aguas putrefactas y alimañas. Pero, inmediatamente decidió que había que ir con la amonestación hasta la cabeza. Y hacerle tragar a Pupo Román en persona un poco de la mierda líquida que surtía de ese desagüe. Decidió llamarlo de inmediato. Pero, al volver a su despacho, olvidó hacerlo. ¿Empezaba a fallarle la memoria, igual que el esfínter? Coño. Las dos cosas que le habían respondido mejor a lo largo de toda su vida, ahora, a sus setenta años, se volvían achacosas.
Ya vestido y acicalado, regresó a su escritorio y levantó el teléfono que comunicaba automáticamente con la jefatura de las Fuerzas Armadas. No tardó en escuchar al general Román:
–¿Sí, aló? ¿Es usted, Excelencia?
–Ven a la Avenida, esta tarde -dijo, muy seco, a modo de saludo.
–Por supuesto, jefe -se alarmó la voz del general Román-. ¿No prefiere que vaya ahora mismo al Palacio? ¿Ha pasado algo?
–Ya sabrás qué ha pasado -dijo, despacio, imaginando el nerviosismo del marido de su sobrina Mireya, al notar la aridez con que le hablaba-. ¿Alguna novedad?
–Todo normal, Excelencia -se atropelló el general Román-. Estaba recibiendo el informe de rutina de las regiones. Pero, si usted prefiere…
–En la Avenida -lo cortó él. Y colgó.
Lo regocijó imaginar el chisporroteo de preguntas, suposiciones, temores, sospechas, que había depositado en la cabeza de ese pendejo que era el ministro de las Fuerzas Armadas. ¿Qué le han dicho de mí al jefe? ¿Qué chisme, qué calumnia le llevaron mis enemigos? ¿Habré caído en desgracia? ¿Dejé de hacer algo que me ordenó? Hasta la tarde viviría en el infierno.
Pero, este pensamiento lo ocupó sólo unos segundos, pues otra vez retornó a su memoria el recuerdo vejatorio de la muchachita. Cólera, tristeza, nostalgia, se mezclaron en su espíritu, manteniéndolo en total desazón. Y, entonces se le ocurrió: «Un remedio igual a la enfermedad». El rostro de una hermosa hembra, deshaciéndose de placer en sus brazos, agradeciéndole lo mucho que la había hecho gozar. ¿No borraría eso la carita asombrada de esa idiota? Sí: ir esta noche a San Cristóbal, a la Casa de Caoba, lavar la afrenta en la misma cama y con las mismas armas. Esta decisión -se tocó la bragueta en una suerte de conjuro- le levantó el espíritu y lo alentó a seguir con la agenda del día.
IX
–¿Qué has sabido de Segundo? -preguntó Antonio de la Maza.
Apoyado en el volante, Antonio Imbert respondió, sin volverse:
–Lo vi ayer. Ahora me permiten visitarlo todas las semanas. Una visita corta, media hora. A veces, al hijo de puta del director de La Victoria se le antoja cortar las visitas a quince minutos. Por joder.
–¿Cómo está?
¿Cómo podía estar alguien que, confiado en una promesa de amnistía, dejó Puerto Rico, donde tenía una buena situación trabajando para la familia Ferré, en Ponce, y volvía a su tierra a descubrir que lo esperaban para juzgarlo por el supuesto crimen de un sindicalista cometido en Puerto Plata hacía siglos, y condenarlo a treinta años de cárcel? ¿Cómo podía sentirse un hombre que si mató lo hizo por el régimen y al que, en premio, Trujillo tenía ya cinco años pudriéndose en una mazmorra?
Pero no le respondió así, pues Imbert sabía que Antonio de la Maza no le había hecho esa pregunta porque se interesara por su hermano Segundo, sino para romper la interminable espera. Se encogió de hombros:
–Segundo tiene huevos. Si la pasa mal, no lo demuestra. A veces, se da el lujo de levantarme el ánimo.
–No le habrás dicho nada de esto.
–Por supuesto que no. Por prudencia y para que no se haga ilusiones. ¿Y si falla?
–No va a fallar -intervino, desde el asiento de atrás, el teniente García Guerrero-. El Chivo viene.
¿Iba a venir? Tony Imbert consultó su reloj. Todavía podía venir, no había que desesperarse. Él no se impacientaba nunca, desde hacía muchos años. De joven, si, Por desgracia, y eso lo llevó a hacer cosas de las que se arrepentía con todas las células de su cuerpo. Como aquel telegrama de 1949 que envió, loco de rabia, cuando el desembarco de antitrujillistas encabezado por Horacio Julio Ornes en la playa de Luperón, dentro de la provincia de Puerto Plata, de la que era gobernador. «Usted ordene y yo quemo Puerto Plata, Jefe.» La frase que más lamentaba en su vida. La vio reproducida en todos los periódicos, pues el Generalísimo quiso que todos los dominicanos supieran hasta qué punto era un trujillista convencido y fanático el joven gobernador.
¿Por qué Horacio Julio Ornes, Félix Córdoba Boniche, Tulio Hostilio Arvelo, Gugú Henríquez, Miguelucho Feliú, Salvador Reyes Valdez, Federico Horacio y los otros eligieron Puerto Plata, aquel lejano 19 de junio de 1949? La expedición fue un rotundo fracaso. Uno de los dos aviones invasores ni siquiera pudo llegar y se regresó a la isla de Cozumel. El Catalina con Horacio Julio Ornes y sus compañeros llegó a acuatizar en la orilla fangosa de Luperón, pero, antes de que terminaran de desembarcar los expedicionarios, un guardacostas lo cañoneó e hizo trizas. Las patrullas del Ejército capturaron en pocas horas a los invasores. Aquello sirvió para una de esas fantochadas que le gustaban a Trujillo. Amnistió a los capturados, incluido Horacio julio Ornes, y, en demostración de poderío y magnanimidad, permitió que de nuevo se exiliaran. Pero, mientras hacía este gesto generoso para el exterior, a Antonio Imbert, el gobernador de Puerto Plata, y a su hermano, el mayor Segundo Imbert, comandante militar de la plaza, los destituyó, encarceló y hostigó, mientras se llevaba a cabo una represión inmisericorde de supuestos cómplices, que fueron arrestados, torturados y muchos fusilados en secreto. «Cómplices que no eran cómplices», piensa. «Creían que todos se levantarían al verlos desembarcar. No tenían a nadie, en realidad.» Cuántos inocentes pagaron por aquella fantasía.
¿Cuántos inocentes pagarían si fallaba lo de esta noche? Antonio Imbert no era tan optimista como Amadito o Salvador Estrella Sadhalá, quienes, desde que supieron por Antonio de la Maza que el general José René Román, jefe de las Fuerzas Armadas, estaba comprometido en la conjura, se hallaban convencidos de que muerto Trujillo todo iría sobre ruedas, pues los militares, obedeciendo órdenes de Román, detendrían a los hermanísimos del Chivo, matarían a Johnny Abbes y a los trujillistas acérrimos e instalarían una junta cívico-militar. El pueblo se echaría a las calles a matar caliés, dichoso de haber alcanzado la libertad. ¿Saldrían así las cosas? Las decepciones, desde la estúpida emboscada en que cayó Segundo, habían vuelto a Antonio Imbert alérgico a los entusiasmos apresurados. Él quería ver el cadáver de Trujillo a sus pies; lo demás, le importaba menos. Librar a este país de ese hombre, eso era lo principal. Removido ese obstáculo, aun cuando las cosas no salieran tan bien de inmediato, se abriría una puerta. Eso justificaba lo de esta noche, aunque ellos no salieran vivos.